Esta vez, estoy frente al libro de cuentos Desvivencias (Cuentos), de Mélida García. El libro tuvo una tirada limitada de 100 ejemplares en Editora Búho, Santo Domingo, R.D., 1997). Contiene 61 págs.
La composición y la diagramación son de Editora Búho. La portada y las ilustraciones interiores a blanco y negro son del artista del pincel Dalis Jáquez. El cuidado de la edición estuvo a cargo del académico y poeta Juan Gelabert. La fotografía es de José María Fernández Mesa.
Este libro está dedicado a su pueblo de nacimiento, Cotuí-RD., con agradecimientos a sus padres Rafael García y Julia Reyes, “quienes no sólo me dieron el ser, sino que me enseñaron a ser” (Ver pág. 9, obra citada).
Este es su segundo libro de cuentos y contiene dos prólogos: uno bajo la firma del fenecido poeta y gestor cultural Manuel Mora Serrano, y el otro firmado por José Martín Paulino.
Al inicio del libro nos encontramos con la siguiente advertencia:“Los personajes y situaciones de la presente obra son producto de la imaginación de su autora y (sin embargo) cualquier parecido con personajes y situaciones de la vida real no es pura coincidencia”.(Ver pág. 15, obra citada).
Antes de iniciar los cuentos que integran este libro, la ironía y el doble sentido en el uso de la lengua conllevan a los-as lectores-as a la multiplicidad semántica que la autora nos presenta, a partir del manejo de la lengua en estas narraciones.Once breves cuentos y un epílogo, que en forma de cierre narrativo, conforman la estructura temática de este libro.
Siguiendo el discurso de Manuel (Manolito) Mora Serrano en su prólogo, al referirse a estos cuentos y señalar que tienen “un Sprite de malalechismo” (Ver pág. 11, obra citada), se puede advertir un humor negro desde el cual la autora procura burlarse del desvivir de nosotros y de ella misma.
Me permito plantear que se trata de una obra asumida como una excusa para que la autora externe su reproche al “mal vivir” de ella misma y de nuestra gente, en este país dependiente y consumista.
Desvivencias representa la narrativa del desvivir, en boca de personajes y contextos narrativos que, reales o no, constituyen la expresión irónica y melancólica de una autora que se narra y se ironiza a sí misma desde su propio imaginario.
La palabra, en estos cuentos, sale afilada, cortante y convertida en símbolo y conceptualización de la ironía, hecha burla y azote subyacente.
Estoy de acuerdo con que estos cuentos sean tildados de “mala-leche” por su profunda y fina ironía. Son cuentos que, en el fondo, destilan ironía.
A partir de la percepción de que la autora nos narra su pensar, su imaginar y su actuar en esta vida, es que el intimismo y la melancolía se anidan aquí como centro dramático y expresivo de estos cuentos.
La palabra, en este narrar, es sostenida más allá de su base rítmica y comunicativa, para manifestar agonía, transformación, burla y rechazo social y político, desde un decir que no es canto, pero que sí es sátira y armonía.
En estos cuentos, el sujeto-narrador es también sujeto-actuante. En esa doble actuación se constituye en lo que llamamos narrador omnisciente y participativo.
Es por eso que la autora nos pone ante una narrativa que sale del marco tradicional de contar y nos permite ser parte del extraño narrar de sus propias vivencias, a partir de la voz y los gestos de personajes tomados de su entorno vivencial.
Quien narra, en estos cuentos, en voz masculina y/o en voz femenina, proyecta la imagen, la memoria, la concepción y el pensar de la autora.Y es que, como sucede en el cuento titulado “La otra” (Ver págs. 39-41, obra citada), Ella y la otra están cimentadas en una íntima relación recíproca.
A sabiendas de que a su amado le gusta su escritura y le gusta ella como mujer, ella siente celos y se convierte en su rival; pero está conminada a quererla y amarla, a pesar de su hondo celo, porque esa otra es su propia escritura. Es ella misma, hecha grafía, sonido y significado desde la palabra.
La sátira recorre todo el cuerpo narrativo de estos cuentos, sobre todo si ponemos nuestros ojos en sus brevísimos cuentos “Desvivencias I” y “Desvivencias II” (Ver pág. 51-52, obra citada).
Hay una crítica mordaz a la práctica médica en nuestro país, exponiendo de manera directa cómo lo mercantil ha sustituido lo que ha de ser una acción humana, como los servicios médicos en nuestra sociedad.
Aquí, del humor de “mala leche” que brota de estos cuentos, no se salva ni el mismo diablo, como ocurre en el cuento “Desvivencias VIII” (Ver pág. 58, obra citada).
Expone aquí el infierno de tormentos terrenales que se vive en este país, peor que el tormento de fuego del infierno del mismo Satanás.
Y para testificar aquel picante humor negro la autora en estos cuentos se da el lujo de cerrar este libro con lo que ella tituló “Epílogo”, soltando al aire una “inocente” pregunta: “Y usted, ¿cuándo murió?”
En sí misma, esa interrogante es el último cuento que sirve de cierre a este libro. Yo, de manera particular, sigo vivo, no puedo responderla. Amigo-a lector-a, presente usted la respuesta: “¿Y usted, cuándo murió?”
Así de profunda y traviesa es la voz de esta fenecida autora dominicana, desde su narrativa intimista y melancólica.
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