En un país donde la prisa cotidiana muchas veces nos empuja a vivir de espaldas al pensamiento crítico; donde reflexionar es, en no pocas ocasiones, un privilegio malinterpretado como un ocio sin utilidad; donde escribir un artículo de fondo, narrar la nación, poetizar un estado de ánimo, ensayar un fenómeno determinado o novelar una realidad concreta o ficticia puede interpretarse —cuando menos— como un germen de subversión política o un asunto reservado a minorías ilustradas, iniciativas como el Festival Mar de Palabras emergen como un acto, un pacto y un rapto de resistencia cultural en el sentido más amplio y fecundo del término. Más aún: constituye una apuesta lúcida por el porvenir de nuestras literaturas nacionales.
Lo viví, lo sentí y lo probé. Y quien lo probó, lo sabe, como reza el verso final del célebre soneto de Lope de Vega.
La República Dominicana, esta media (gran) isla del Caribe, es pródiga en eventos provinciales, nacionales e internacionales; privados, estatales o híbridos. Todos poseen sus peculiaridades, sus matices y sus propios anclajes sociales, culturales y, por qué no, políticos. Cada propuesta difiere de las demás en sus estéticas, pronunciamientos, gestores, autores, públicos, estructuras organizativas y patrocinadores. Sin embargo, de algo no me cabe la menor duda: todas comparten un denominador común, sembrar el hábito de la lectura para contribuir a elevar el nivel cultural de sus comunidades.
El Festival Mar de Palabras ha comenzado a recorrer ese camino al congregar la lucidez de intelectuales y creadores de distintas geografías para repensar el ejercicio de la escritura en lengua española. Se trata de un encuentro donde convergen autores procedentes de diversas geografías y disímiles contextos culturales para aportar y aprehender; para religar culturas, experiencias creativas e idiosincrasias; para compartir miradas sobre nuestros respectivos entornos socioculturales y, sobre todo, para propiciar un abrazo humano que fortalezca los valores de la convivencia, la paz y la pluralidad en nuestro continente.
Y eso, frente a los «tiempos duramente humanos» que vivimos, constituye un gesto de extraordinario altruismo. Mar de Palabras apenas comienza su travesía. Se incorpora sobre sus propias olas y ensaya ya sus primeras marejadas.
Así pude constatar que no se trata únicamente de un festival literario más. Es, en esencia, un espacio de reencuentro donde la palabra —esa herramienta antigua que nos hizo humanos y que aún nos renueva— viene a ocupar el centro de la construcción ciudadana. Ciudadanos somos, en pleno siglo XXI, seres cada vez más amenazados por la apatía, rendidos muchas veces a los mecanismos de la automatización y a los artificios algorítmicos a los que entregamos una parte creciente de nuestra capacidad crítica con apenas un clic.
Que la República Dominicana sea sede de festivales internacionales de literatura cuyas agendas aborden la memoria, las migraciones, la soledad, la democracia, el impacto de la inteligencia artificial sobre la escritura, la persistencia del pensamiento crítico, las artes visuales, la poesía, el cine, la historia, el periodismo cultural y las fronteras cada vez más difusas entre nuestras regiones caribeñas, latinoamericanas y España, no constituye un dato menor.
Por el contrario, es una señal de madurez cultural, de voluntad colectiva y de capacidad organizativa. Es la evidencia de que el Festival Mar de Palabras busca insertarnos, como nación, en un diálogo más amplio, más crítico y más humano. Un diálogo multinacional, multicultural y abierto. Es echar a la mar, con vientos a sotavento, los destinos culturales e históricos de nuestras naciones.
Cuando una fundación como la que honra el legado de René del Risco Bermúdez convoca a escritores, pensadores, editores, intelectuales en general y, por sobre todo, a los lectores, está proponiendo algo más que la organización de un evento: está tejiendo toda una comunidad, una red de intelectuales, como me gusta definirla, capaz de sostener identidades disímiles dentro de un mismo tejido social. En esa invitación a la pluralidad radican tanto la razón de ser como la huella que este evento va dejando ya en nuestro panorama cultural.
Mar de Palabras nos está recordando que la lectura y su promoción no son un lujo ni una actividad privativa de minorías. Nos las propone como un instrumento para abrirnos a la otredad, pero también para dejarnos permear por ella; como un gesto vital para comprendernos como esa sociedad capaz de mirarse a sí misma, de narrarse a sí misma y de creer en sí misma. Porque lengua y memoria conforman un crisol identitario donde se funden el barrio y las grandes urbes de nuestros países, el delirante ritmo de la vida citadina y la apacible cadencia de nuestros terruños en una sola voz narrativa. Y es algo que también visualizó Mar de Palabras: ningún territorio, físico o simbólico, es privativo del silencio ni ha quedado fuera de los desafíos contemporáneos que entraña alcanzar una producción artística verdaderamente analítica.
Ningún público, dentro o fuera de los marcos institucionales —entiéndanse universidades, centros culturales, academias, especialistas y participantes—, estuvo exento de una programación cuidadosamente articulada y de temáticas que hicieron reír, reflexionar, aplaudir, fruncir ceños, asentir o disentir a salas llenas en cada entrega, cada conversatorio y cada taller. Todo ello conformó una amalgama de debates, conversatorios y panel tras panel, al calor de jornadas diarias francamente memorables, enriquecedoras y preñadas de un caudal de ideas en constante movimiento, una detrás de otra, diálogo tras diálogo configuraron una pleamar de exploraciones estéticas, experiencias personales y testimonios vivenciales y creativos de insondable humanidad. Todo ello, respaldado por una enjundiosa y actualizada propuesta editorial que, durante los días del evento, exhibieron, comercializaron e intercambiaron los autores y el público asistente en otro significativo gesto de confluencia intelectual.
En tiempos en que América Latina parece debatirse entre discursos polarizados —arremetidas a diestra y siniestra de las ideologías que con frecuencia intentan simplificar la complejidad y los matices de nuestras realidades—, la cultura y, especialmente, la literatura se presentan como un tercer espacio imprescindible para la (re)conquista del Homo sapiens frente al Homo digitalis o, más preocupante aún, frente al Homo artificialis. Surge entonces esta alternativa como un auténtico piélago para la reflexión, donde los tornasoles y los horizontes de la literatura, sus intimidades creativas —casi confesionales—, sus itinerarios atravesados por zozobras y tolerancias, rutinas productivas, realidades sociales y tensiones entre poder y desposeídos, todo cuanto nos resulta esencial como materia prima para desplegar sobre la página en blanco y aquello que, por punzante, perverso o innombrable, como materialización de la conciencia que lo crea, ha encontrado habitáculo en este Festival Mar de Palabras.
Leer, dialogar y escuchar al otro es también una forma de ejercer la democracia. La literatura, junto con las artes visuales y la reflexión histórica, no solo embellece y ennoblece la vida: también la cuestiona, la revela y la transforma. Nos obliga a mirar de frente nuestras contradicciones sociales; nos impele a sanar nuestras «venas abiertas» y también a experimentar aquellas posibilidades de redención colectiva que aún se vislumbran.
Encontrar un abrazo en el ejercicio de la lectura, de la mano de la ficción, la poesía, el ensayo, la no ficción, el periodismo cultural, el cine, la música y la oralidad, a través de la conversación, la interpretación y la reflexión multidisciplinaria provenientes de otras geografías, constituye una oportunidad más para entender el mundo, comprenderlo después y narrarlo más adelante. Eso permite un evento como el Festival Mar de Palabras. Y eso, por sí solo, ya es motivo suficiente para embarcarse en futuras travesías y partir hacia otro bojeo de la creación humana «por el mar de las Antillas».
Por eso no veo a Mar de Palabras como un evento aislado, sino como un síntoma esperanzador. Un preludio. Apenas concluimos su segunda edición. Es un indicio de que, en medio de las tensiones políticas y las urgencias económicas, de las carencias sociales y las emergencias culturales de nuestros pueblos, aparece un atisbo… allá, en el horizonte del pensamiento crítico que se gesta en el continente y en esa otra agitación de culturas que es nuestro mar Caribe. Tal vez una Fata Morgana, sí, pero una que anuncia la proximidad de una luz, de un faro cada vez más tangible en nuestro paisaje cultural; acaso el marmoris de una identidad regional que va besando costas, playas y riberas hasta convertirse en un verdadero «epicentro cultural del Caribe».
Desde la cresta de una ola, emergiendo de las profundidades del conocimiento humano y rompiendo los arrecifes de la ignorancia, un país que lee es, inexorablemente, un país que piensa. Y un país que piensa difícilmente se deja arrastrar por la inercia, los tabúes o la manipulación. Apostar por la lectura es, en definitiva, apostar por la libertad. Que esta marejada no sea pasajera es una responsabilidad tanto de sus gestores y organizadores como de los escritores, artistas, intelectuales y lectores que la hemos hecho nuestra.
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