Después de recorrer estas páginas, vuelvo al lugar donde comenzó esta reflexión.
La Feria Internacional del Libro abre sus puertas, recibe visitantes, presenta escritores, organiza actividades, vende libros y durante varios días convierte a la ciudad en un gran espacio alrededor de la palabra escrita.
Después, los pabellones se desmontan.
Los escenarios desaparecen.
Los invitados regresan a sus países.
Las fotografías quedan en las redes sociales.
Las estadísticas comienzan a circular.
Y la vida cotidiana vuelve a ocupar el lugar que tenía antes de la Feria.
Pero queda una pregunta.
La misma que ha acompañado estas páginas:
¿Qué queda cuando termina la Feria?
Si queda solamente el recuerdo de un gran acontecimiento cultural, habremos hecho una buena Feria.
Si quedan nuevos lectores, habremos hecho algo mucho más importante.
Si quedan niños que descubrieron el placer de leer, jóvenes que encontraron un autor, familias que incorporaron el libro a su vida, maestros con nuevas herramientas, bibliotecas más activas y escuelas comprometidas con la lectura, entonces podremos afirmar que la Feria produjo una verdadera transformación.
Porque el propósito último no debería ser que la gente vaya a la Feria.
Debería ser que la Feria consiga que la gente quiera seguir leyendo cuando regrese a su casa.
Una propuesta que puede convertirse en compromiso nacional
A lo largo de este ensayo he planteado ideas que, naturalmente, pueden ser discutidas.
He propuesto medir el impacto lector de la Feria.
Crear programas de lectura antes y después del acontecimiento.
Entregar libros dominicanos a niños y jóvenes.
Fortalecer la participación de las escuelas y las familias.
Utilizar la tecnología como aliada.
Crear redes de bibliotecas y clubes de lectura.
Descentralizar las actividades.
Incorporar de manera más activa a los centros culturales, universidades, escritores, editoriales y organizaciones de la sociedad.
Y he planteado algo que considero fundamental:
que la Feria pueda transformarse progresivamente de un acontecimiento anual en una política permanente de formación de lectores.
Nada de esto debería entenderse como una fórmula definitiva.
Son propuestas para conversar.
Porque una política cultural verdaderamente democrática no se construye desde una sola oficina ni desde una sola institución.
Se construye escuchando.
Se construye convocando.
Se construye sumando capacidades.
Se construye también aceptando que lo que hemos hecho puede ser mejorado.
Una Feria que pertenezca al país
La Feria Internacional del Libro es demasiado importante para quedar reducida a una estructura administrativa.
Pertenece al Estado, pero también pertenece a los escritores.
A los lectores.
A las escuelas.
A las universidades.
A las bibliotecas.
A las editoriales.
A los centros culturales.
A las familias.
A los niños.
A los jóvenes.
Y, en definitiva, pertenece a la sociedad dominicana.
Por eso debemos avanzar hacia una Feria verdaderamente nacional.
Una Feria que tenga su gran centro en Santo Domingo, pero que pueda extenderse por todo el territorio.
Una Feria que no aparezca solamente durante unos días, sino que esté presente durante todo el año mediante programas de lectura.
Una Feria que convoque a nuestras instituciones culturales para trabajar juntas.
Una Feria que reconozca que descentralizar no significa dividir, sino multiplicar.
Y que comprenda que liderar no significa necesariamente hacerlo todo.
A veces liderar significa convocar a otros para hacer juntos lo que ninguno podría hacer solo.
La responsabilidad de los gobiernos
Los recursos públicos destinados a la cultura y a la educación deben producir resultados que puedan ser evaluados.
No basta con saber cuánto se gastó.
No basta con saber cuántas actividades se realizaron.
No basta con saber cuántas personas asistieron.
Necesitamos saber qué cambió.
Cuántos niños comenzaron a leer.
Cuántos jóvenes continuaron leyendo.
Cuántas escuelas mantuvieron sus programas.
Cuántas bibliotecas aumentaron sus usuarios.
Cuántos libros circularon.
Cuánto mejoró la comprensión lectora.
Y, sobre todo, si estamos consiguiendo formar ciudadanos con mayor capacidad para comprender, pensar y discernir.
La evaluación no debe ser enemiga de la cultura.
Puede ser una de sus mejores aliadas.
Porque evaluar no significa reducir la cultura a números.
Significa preguntarnos si aquello que hacemos está cumpliendo realmente el propósito para el cual lo hacemos.
La responsabilidad también es nuestra
Pero sería injusto colocar toda la responsabilidad sobre el Estado.
El problema de la lectura también nos interpela como sociedad.
¿Qué hacemos los padres?
¿Leemos con nuestros hijos?
¿Tenemos libros en nuestras casas?
¿Conversamos sobre lo que leemos?
¿Visitamos bibliotecas?
¿Regalamos libros?
¿Qué hacemos los escritores?
¿Estamos escribiendo para los nuevos lectores?
¿Qué hacemos los maestros?
¿Estamos consiguiendo que nuestros estudiantes descubran el placer de leer o solamente cumplan tareas?
¿Qué hacemos los medios de comunicación?
¿Dedicamos suficiente espacio al libro, al pensamiento y a la literatura?
¿Qué hacemos los gestores culturales?
¿Estamos creando experiencias capaces de acercar realmente a la gente a la lectura?
Y quienes hemos trabajado durante años en la cultura también debemos preguntarnos:
¿Qué estamos haciendo nosotros para que el país lea?
No podemos pedirle a los demás lo que nosotros mismos no estamos dispuestos a hacer.
El libro como acto de libertad
Hay algo más profundo detrás de todo esto.
Leer no es solamente adquirir información.
Es conquistar una forma de libertad.
Quien lee puede comparar.
Puede dudar.
Puede imaginar.
Puede descubrir que una misma realidad admite diferentes interpretaciones.
Puede reconocer una mentira.
Puede cuestionar una afirmación.
Puede ponerse en el lugar de otro.
Puede construir una opinión propia.
Por eso una sociedad que lee es también una sociedad con mayores posibilidades de pensar libremente.
Y quizás aquí encontremos una de las razones más profundas para preocuparnos por la lectura.
No estamos hablando únicamente de libros.
Estamos hablando del tipo de ciudadanía que queremos construir.
La Feria que necesitamos
No propongo una Feria más grande.
Propongo una Feria más profunda.
No necesariamente más pabellones.
Más lectores.
No solamente más actividades.
Más experiencias significativas.
No solamente más visitantes.
Más personas que regresen a sus hogares con el deseo de continuar leyendo.
No solamente más libros vendidos.
Más libros leídos.
No solamente más escritores invitados.
Más escritores dominicanos llegando a nuevos lectores y dialogando con el mundo.
No solamente más fotografías.
Más conversaciones.
No solamente más inauguraciones.
Más procesos.
Y no solamente una Feria internacional durante unos días.
Una política nacional de lectura durante todo el año.
Ese, a mi juicio, debería ser el próximo gran salto.
Honrar la historia mirando hacia adelante
La transformación que convirtió aquella antigua Feria Nacional del Libro en una Feria Internacional fue posible porque hubo personas capaces de imaginar algo que todavía no existía.
José Rafael Lantigua fue parte fundamental de esa visión.
Reconocerlo no significa idealizar el pasado.
Significa comprender que las instituciones culturales avanzan cuando alguien se atreve a imaginar el siguiente paso.
Hoy nos corresponde a nosotros.
La República Dominicana de este tiempo enfrenta desafíos que no existían de la misma manera cuando comenzó aquella transformación.
Tenemos redes sociales.
Tenemos plataformas digitales.
Tenemos inteligencia artificial.
Tenemos una cantidad extraordinaria de información disponible.
Pero también tenemos una generación cuya atención es disputada permanentemente.
Por eso necesitamos renovar nuestra manera de acercar el libro a los ciudadanos.
No podemos luchar contra el presente.
Tenemos que aprender a utilizarlo.
La tecnología puede ser una puerta hacia la lectura.
La Feria puede ser el encuentro.
La escuela puede ser el espacio de formación.
La familia puede ser el lugar donde el hábito se fortalezca.
La biblioteca puede convertirse nuevamente en un territorio de encuentro.
Y el libro puede seguir siendo ese objeto extraordinario que nos permite conversar con personas que quizá nunca conoceremos, que vivieron hace siglos o que todavía no han nacido.
Una última pregunta
Después de todo lo escrito, quizás alguien pueda preguntarse:
¿No estamos exigiendo demasiado a una Feria?
Mi respuesta es sencilla:
Quizás sí.
Pero precisamente porque creo en ella.
Las instituciones importantes merecen preguntas importantes.
Y una Feria Internacional del Libro que ha alcanzado la dimensión que tiene la nuestra puede aspirar a mucho más que a ser un acontecimiento exitoso.
Puede convertirse en una herramienta de transformación nacional.
Puede ayudar a combatir el deterioro de la lectura.
Puede contribuir a mejorar la comprensión.
Puede acercar a los ciudadanos al pensamiento.
Puede descubrir nuevos lectores.
Puede ayudar a que nuestros niños encuentren en los libros una compañía para toda la vida.
Por eso no escribo estas páginas contra la Feria.
Las escribo a favor de la Feria que todavía podemos construir.
Conversemos
No tengo la última palabra.
Ni pretendo tenerla.
Soy un ciudadano vinculado durante muchos años al arte, al teatro, a la cultura y a la gestión cultural.
He visto proyectos nacer.
He visto instituciones crecer.
He visto también proyectos desaparecer cuando se pierde la visión que les dio origen.
Por eso me permito preguntar.
Y también proponer.
Quizás esté equivocado en algunas de mis apreciaciones.
Ojalá.
Porque entonces tendremos la oportunidad de discutirlas, corregirlas y construir algo mejor.
Lo que no deberíamos hacer es dejar de conversar.
Por eso mi invitación final no es una sentencia.
Es una convocatoria.
Conversemos sobre la Feria que queremos.
Con los escritores.
Con los maestros.
Con los bibliotecarios.
Con los padres.
Con los estudiantes.
Con las universidades.
Con las editoriales.
Con los centros culturales.
Con los gestores.
Con las autoridades.
Con todos aquellos que creen que la cultura puede transformar una sociedad.
Evaluemos.
Reconozcamos los aciertos.
Aceptemos las deficiencias.
Probemos nuevos caminos.
Descentralicemos.
Integramos.
Midamos.
Corrijamos.
Y volvamos a intentarlo.
Porque la cultura no se construye de una vez y para siempre.
Se construye todos los días.
Cuando la Feria termine
Y ahora sí regreso a la pregunta inicial.
¿Qué queda cuando termina la Feria?
Quiero imaginar que queda un niño que recibió su primer libro y esa noche pidió que se lo leyeran.
Un adolescente que descubrió a un escritor dominicano y buscó otro de sus libros.
Una familia que decidió dedicar una hora a la semana a leer juntos.
Un maestro que encontró una nueva manera de conversar con sus estudiantes.
Una escuela que creó un club de lectura.
Una biblioteca que volvió a llenarse.
Un joven que descubrió que la literatura también podía hablarle de sus propios sueños, conflictos y preguntas.
Un ciudadano que, después de leer, decidió pensar un poco más antes de compartir, juzgar o condenar.
Si conseguimos eso, aunque no aparezca en la fotografía oficial ni en el balance de visitantes, habremos logrado algo extraordinario.
Porque una Feria puede recibir cientos de miles de personas.
Pero basta con que una sola de ellas descubra el amor por la lectura para que una vida pueda cambiar.
Y si son miles, puede comenzar a cambiar un país.
Por eso quisiera que algún día podamos decir que la Feria terminó y, sin embargo, la lectura apenas comenzaba.
Que los pabellones fueron desmontados, pero los libros continuaron abiertos.
Que los escritores se marcharon, pero sus palabras permanecieron.
Que las luces se apagaron, pero algo quedó encendido.
El deseo de comprender.
Porque quizás el verdadero desafío nunca fue solamente conseguir que los dominicanos lean más.
Quizás sea conseguir que comprendamos mejor lo que leemos, lo que escuchamos, lo que vemos y lo que vivimos.
Comprender un libro.
Comprender al otro.
Comprender nuestra historia.
Comprender nuestras contradicciones.
Comprender nuestro presente.
Comprender, incluso, el país que somos y el país que queremos llegar a ser.
Entonces la Feria habrá cumplido una misión mucho más grande que la de organizar un acontecimiento cultural.
Habrá ayudado a sembrar una ciudadanía capaz de leer el mundo.
Y quizá ese sea el verdadero comienzo.
Porque cuando aprendemos a leer los libros, descubrimos que también podemos aprender a leer la vida.
Y cuando aprendemos a leer la vida, quizás comenzamos finalmente a leer nuestro país.
La Feria termina.
La lectura comienza.
Y quizás, con ella, comience también la transformación del país que no lee.
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