De las 638 actividades del programa de la XXVIII Feria Internacional del Libro, la investidura honoris causa de  José Mármol, por la Universidad APEC, fue excepcional por varias razones.

La primera fue la emotividad que matizó el honor concedido, la segunda fue el impacto personal que le causaba al homenajeado, que reaccionaba con una sonrisa de satisfacción y humildad, y un  discurso de aceptación estuvo lejos de ser una pieza protocolar de agradecimiento.

El poeta convirtió el reconocimiento académico en una oportunidad para formular una reflexión de amplio alcance sobre algunos de los dilemas que, a su juicio, enfrenta la sociedad contemporánea: la necesidad de una educación que forme conciencias críticas, los riesgos de una revolución tecnológica que avance sin controles éticos y la defensa de la escritura y la poesía como territorios fundamentales de la libertad humana, la memoria y la identidad.

Mármol, invariable en su condición de estudioso y prácticamente del pensamiento crítico, luego de los agradecimientos mandatorios, hizo lo que debía: ejercer ese derecho oportuno a plantear sus interrogantes.

Y lo hizo desarrollando tres preocupaciones, que en el fondo coincidían en la defensa de la condición humana frente a todo aquello que pueda reducirla, sustituirla o convertirla en una pieza pasiva de los sistemas que ella misma ha creado. Fue ese discurso, probablemente, el ritual reflexivo sobre la condición humana, más denso y profundo, compartido durante toda la Feria del Libro.

Los medios han dado a conocer las impresionantes fotos de la solemnidad del acto., cuidadosamente diseñado: los discursos reseñando su trayectoria, la entrega de los símbolos de la Universidad (birrete, anillo, toga suplementaria a la espalda con los colores emblemáticos (los mismos colores patrios), pero nadie dudaba que Mármol hablaría con voz propia, reiterando sus principios, observaciones y críticas en torno a la formación humana. Y bien que lo hizo.

Desde esa perspectiva, el discurso de Mármol puede leerse como una suerte de declaración intelectual ante una universidad dedicada precisamente a la formación y al conocimiento.

No habló solamente de educación.

No habló solamente de inteligencia artificial.

Tampoco habló solamente de poesía.

Habló, en el fondo, de qué clase de ser humano y de sociedad queremos construir en una época en la que la tecnología avanza mucho más rápidamente que la capacidad colectiva para establecer sus límites éticos.

La educación como formación de ciudadanos libres

Mármol inició su primera reflexión recuperando el pensamiento de Eugenio María de Hostos, cuya concepción educativa vinculó con la formación de ciudadanos libres, capaces de desarrollar su facultad de raciocinio y de mantener en alto el estandarte de la conciencia moral.

En esa visión hostosiana encontró un paradigma concebido en el siglo XIX, pero que, según sostuvo, conserva plena vigencia en el siglo XXI.

La educación, desde esa perspectiva, no puede reducirse a la transmisión de información ni a la capacitación para el trabajo.

Su finalidad esencial es mucho más ambiciosa: formar seres humanos capaces de pensar, discernir, ejercer su libertad y actuar sobre la realidad a partir de principios éticos y auténticos valores humanos.

Mármol recordó que durante décadas el país acumuló atrasos educativos vinculados a una deuda económica y social. Pero advirtió que el problema contemporáneo no puede resolverse simplemente acumulando recursos tecnológicos dentro de las aulas.

Mármol, Honoris Causa – Universidad APEC, plantea usar educación, inteligencia artificial y poesía para defender al ser humano

La incorporación de dispositivos digitales a los procesos pedagógicos, dijo, no ha significado necesariamente un salto cualitativo favorable.

El problema está en haber confundido el medio con el fin.

Se ha caído, según su planteamiento, en el error de considerar la presencia del medio digital como una finalidad en sí misma, cuando debería ser entendido como un instrumento al servicio del talento humano y de su facultad creativa y transformadora.

La tecnología, por tanto, no sustituye la educación.

Y mucho menos sustituye al educador.

Para Mármol, una transformación educativa auténtica pasa necesariamente por la formación de los maestros.

Cuando se capacite técnica, pedagógica y humanísticamente a los docentes, sostuvo, será posible esperar alumnos con mejor desempeño en las pruebas nacionales e internacionales y con mayores perspectivas para contribuir a la modernización de los procesos productivos, a la competitividad del país y a una mejor convivencia social.

(Notamos la ausencia de citas a Pedro Henríquez Ureña, quien hace tiempo expresó parte de estas preocupaciones, pero respetamos el derecho del expositor a seleccionar sus fuentes)

Pero el propósito último vuelve a ser humano.

No se trata únicamente de producir mejores resultados académicos ni trabajadores más eficientes.

Se trata de formar ciudadanos comprometidos con el respeto al otro y con el progreso de la nación.

El “pulmón de la democracia”

En uno de los planteamientos centrales de su intervención, Mármol llevó la discusión educativa directamente al terreno político y social, no como una defensa partidaria, sino como una reflexión sobre la democracia.

“La educación, entendámoslo de una vez por todas, es la condición económica para formar conciencias críticas y espíritus libres”, sostuvo.

La formulación adquiere especial importancia porque Mármol no presentó la educación como un servicio público más, sino como una condición de posibilidad de la ciudadanía democrática.

La llamó “el pulmón de la democracia” y recurrió a una imagen tomada de la tradición intelectual rusa para afirmar que constituye el aire que el pueblo necesita para respirar.

Mármol, Honoris Causa – Universidad APEC, plantea usar educación, inteligencia artificial y poesía para defender al ser humano

De ahí su exhortación a convertir la búsqueda de una mejor educación en una obsesión colectiva.

Una sociedad puede alcanzar avances importantes en otras áreas y, sin embargo, permanecer vulnerable si sus ciudadanos carecen de las herramientas intelectuales necesarias para interpretar críticamente la realidad.

En el razonamiento de Mármol, educar es también preservar la libertad.

Formar personas capaces de pensar por sí mismas constituye, por tanto, una tarea que trasciende las aulas.

Es una tarea democrática.

La segunda preocupación: vivir en el torbellino de la hipermodernidad

A partir de ahí, el discurso cambió de escenario.

Mármol situó al ser humano contemporáneo en lo que denominó “el torbellino de la hipermodernidad y la globalización”.

Se trata, explicó, de una época marcada por cambios acelerados y angustiosos que alcanzan prácticamente todos los ámbitos de la existencia: los objetos, los procesos, los mercados, las formas de interacción humana, la mentalidad y la vida cotidiana.

La velocidad del cambio, sin embargo, no debe confundirse con progreso.

Y ahí aparece una de sus principales advertencias.

En medio de esa hipermodernidad existe el peligro de una radical e irreversible crisis de la ética y del proyecto humanístico.

La expresión es fundamental para comprender el resto de su discurso.

Mármol no planteó una oposición entre tecnología y humanidad.

Su preocupación es otra: qué ocurre cuando el desarrollo tecnológico pierde de vista los fines humanos que deberían orientarlo.

La revolución tecnológica, advirtió, puede derivar, si no se definen paradigmas de control y propósitos constructivos, en “un tsunami inhumano” y en un eventual “eclipse total de la civilización”.

No presentó esa advertencia como una preocupación exclusivamente suya.

Aludió al temor manifestado por tecnólogos y filósofos de la tecnología ante la posibilidad de una evolución autónoma y descontrolada de sistemas cada vez más sofisticados.

Y llevó esa preocupación directamente al territorio de la inteligencia artificial.

Inteligencia artificial: herramienta o sustituto del ser humano

Aquí se produjo probablemente uno de los momentos conceptualmente más fuertes de su intervención.

Mármol reconoció que la inteligencia artificial constituye, sin duda, un recurso valioso para la investigación, el conocimiento y la vida cotidiana.

Pero estableció una distinción que consideró esencial.

Una cosa es comprender y asumir la inteligencia artificial como una herramienta algorítmica capaz de realizar determinadas tareas propias de la inteligencia humana.

Otra, muy distinta, es delegarle las tareas que constituyen precisamente algunos de los atributos fundamentales del ser humano.

La frontera que plantea Mármol no está, entonces, entre utilizar o no utilizar inteligencia artificial.

Está entre utilizar una herramienta y renunciar a facultades humanas fundamentales.

Su advertencia alcanza la competencia lingüística, la facultad de pensar y la memoria.

Entregar esas capacidades a sistemas artificiales, sostuvo, puede conducir a la irrelevancia de la especie humana y de su legado histórico.

Mármol, Honoris Causa – Universidad APEC, plantea usar educación, inteligencia artificial y poesía para defender al ser humano

La frase es deliberadamente provocadora, pero el razonamiento que la sostiene es claro: si la tecnología comienza a pensar, recordar, escribir y expresarse por nosotros, el problema deja de ser tecnológico y se convierte en antropológico.

¿Qué queda del ser humano cuando progresivamente delega aquellas facultades mediante las cuales se reconoce como ser humano?

El peligro de una sociedad de “cretinos digitales”

Mármol introdujo entonces una preocupación relacionada con la economía de la atención.

Se refirió a los efectos de la exposición permanente a las pantallas y a la distracción adictiva producida por el ecosistema digital.

En ese punto evocó los trabajos del filósofo y neurocientífico francés Michel Desmurget, cuya investigación ha llamado la atención sobre los efectos de determinadas prácticas digitales sobre la atención y el desarrollo cognitivo.

Para Mármol, la atención es un bien que debe protegerse porque en ella se encuentra una parte esencial de lo humano.

Por eso formuló una advertencia especialmente fuerte: la sociedad corre el riesgo de preparar el terreno para la creación de “una sociedad de cretinos digitales”.

La expresión no fue utilizada para descalificar a las personas atrapadas en el universo digital, sino como una advertencia sobre las consecuencias de una cultura en la cual la distracción permanente puede terminar desplazando la concentración, la reflexión y la capacidad de pensamiento.

El problema, en esta perspectiva, no es la pantalla en sí misma.

Es la posibilidad de que la pantalla termine gobernando la atención.

Y quien controla la atención adquiere una forma de poder sobre la persona.

La administración digital del mundo

Mármol amplió entonces el horizonte de su preocupación.

Evocó las advertencias del pensador francés Éric Sadin acerca de la administración digital del mundo y el control robotizado de la existencia.

El planteamiento adquiere aquí una dimensión política y civilizatoria.

Si las decisiones humanas comienzan a quedar subordinadas progresivamente a sistemas cuya superioridad cognitiva y capacidad de procesamiento se presentan como argumentos suficientes para reemplazar el juicio humano, el riesgo no consiste solamente en perder determinados empleos o habilidades.

El riesgo mayor sería convertir la existencia humana en una realidad administrada por sistemas cuya lógica no necesariamente incorpora los valores humanos que deberían orientar sus decisiones.

Mármol habló, por ello, del peligro de que la eficacia útil de la inteligencia artificial termine convirtiendo a los seres humanos en “zombis inútiles y abominables”.

La paradoja es evidente.

Una herramienta creada para aumentar la capacidad humana podría terminar debilitándola si, en lugar de ampliar las facultades del individuo, comienza a sustituirlas.

Del “monstruo” nuclear al monstruo algorítmico

Para reforzar su argumento, Mármol recurrió a una de las imágenes más poderosas de la historia de la ciencia moderna: J. Robert Oppenheimer y el nacimiento de la bomba atómica.

Recordó la famosa reacción de Oppenheimer después de comprobar el poder destructivo de la primera explosión nuclear, cuando evocó los versos del Bhagavad-gītā: “Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”.

Mármol utilizó esa escena como metáfora para formular una pregunta dirigida al presente.

¿Sería equivocado establecer un paralelo entre aquel lamento y las advertencias que hoy formulan científicos de la informática, ingenieros y filósofos vinculados al lenguaje de la programación acerca de los peligros de una inteligencia artificial desarrollada sin regulaciones oportunas?

La comparación no pretende equiparar literalmente la inteligencia artificial con las armas nucleares.

Su función dentro del discurso es otra: recordar que la capacidad de crear algo tecnológicamente extraordinario no implica necesariamente que la humanidad haya resuelto cómo gobernar aquello que ha creado.

La lección de la era nuclear, según la lectura planteada por Mármol, es que la humanidad puede adquirir una capacidad técnica extraordinaria antes de desarrollar los mecanismos políticos, jurídicos y éticos necesarios para controlarla.

Por eso su preocupación se dirige particularmente hacia la regulación.

No una regulación destinada a detener el conocimiento.

Sino una regulación capaz de impedir que la eficacia tecnológica se transforme en una fuerza autónoma desligada de los principios humanos.

La tercera preocupación: escribir para no desaparecer

Después de llevar su discurso hacia los grandes dilemas de la educación, la tecnología y la civilización, Mármol realizó un giro íntimo.

Dejó por un momento el territorio de las grandes transformaciones históricas y regresó al espacio personal donde, según sus propias palabras, encuentra su razón de ser: la escritura.

“Escribo en un país pequeño del Caribe insular”, expresó, mientras describía su experiencia cotidiana de perderse, antes de que despunte el alba, en los laberintos —unas veces encantados y otras veces difíciles— del lenguaje, la imaginación y el pensamiento.

La imagen funciona como autorretrato intelectual.

Mármol no presentó la escritura como una profesión.

La presentó como una necesidad existencial.

Ha dicho que escribe para sí mismo y para un hipotético lector que, mediante la lectura, completa el significado de lo escrito.

Ahí aparece una de las ideas más profundas de su discurso:

El texto no termina cuando el escritor coloca la última palabra.

El lector participa en la construcción de su significado.

Por eso, explicó, no puede evitar la escritura.

Intentarlo significaría imponer sobre sí mismo “una borradura ontológica, una obliteración existencial”.

Es una afirmación que va mucho más allá de la vocación literaria.

Para Mármol, escribir no es solamente producir literatura.

Es existir.

La poesía como respiración

En el tramo más íntimo de su intervención, el poeta explicó por qué escribe poesía.

Lo hace, dijo, por íntima convicción, por plena libertad, por profunda soledad y por simple necesidad vital.

Con la poesía —expresó— respira, medita, se demora y contempla.

La poesía le permite mirar con asombro la vacuidad de todo y la plenitud de la nada, así como la sombra de la fatalidad, las habilidades y las muecas de la muerte.

Es un lenguaje que le permite aproximarse a aquello que no puede ser explicado completamente mediante el discurso racional.

Pero la poesía tampoco es para Mármol un ejercicio puramente individual.

Al escribir, afirma que deja “un sonoro rastro” de su ser, de sus temores, angustias y alegrías.

Y al mismo tiempo deja un registro de la comunidad de la que forma parte.

Porque la escritura también es memoria colectiva.

Lengua, memoria e identidad

El discurso alcanzó entonces su última estación: la lengua.

Mármol dijo escribir para recoger, en la creación, el legado de un pueblo, una tradición y una cultura que hicieron de su lengua la razón de ser, el sustrato de su propia historia y el camino utópico de un destino identitario.

Aquí la preocupación individual del escritor vuelve a encontrarse con la preocupación civilizatoria planteada al hablar de inteligencia artificial.

La lengua no es solamente un instrumento de comunicación.

Es el lugar donde una comunidad deposita su memoria.

En ella sobreviven las experiencias, los valores, los conflictos, las formas de nombrar el mundo y las maneras particulares de interpretarlo.

De ahí la frase final con la que Mármol llevó el discurso hacia una conclusión casi ontológica:

“Soy, existo, en la medida en que poseo esa lengua”.

Y agregó, en una formulación que condensa buena parte de su pensamiento: “Más allá de significar, esencialmente es existir”.

Tres preocupaciones y una misma defensa

Leído en conjunto, el discurso de aceptación del Honoris Causa puede entenderse como una arquitectura de tres grandes preocupaciones.

La primera es la educación: formar seres humanos capaces de razonar, ejercer su libertad, desarrollar conciencia moral y participar responsablemente en la democracia.

La segunda es la tecnología y la inteligencia artificial: aprovechar sus posibilidades sin entregarles aquellas facultades que constituyen el núcleo de la experiencia humana, y establecer controles éticos antes de que la capacidad técnica avance más rápidamente que la capacidad de regulación.

La tercera es la escritura y la poesía: conservar el lenguaje como espacio de libertad, memoria, pensamiento, identidad y existencia.

Las tres preocupaciones se relacionan.

Una educación sin pensamiento crítico puede producir usuarios eficientes de tecnología, pero no necesariamente ciudadanos libres.

Una tecnología sin ética puede multiplicar las capacidades humanas, pero también puede terminar sustituyendo aquellas facultades que hacen posible el pensamiento autónomo.

Y una cultura que abandone la lengua, la memoria, la lectura y la escritura puede perder progresivamente los instrumentos con los cuales una sociedad interpreta su propia historia.

Por eso el discurso de Mármol no fue, en esencia, un discurso sobre el pasado.

Fue un discurso sobre el futuro del ser humano.

Y quizás ahí reside su mayor importancia en el contexto de una universidad.

Ante una institución dedicada a formar profesionales para una sociedad tecnológica, el poeta planteó una pregunta que queda abierta mucho después de terminada la ceremonia:

¿Para qué sirve formar seres humanos cada vez más capaces técnicamente si, al mismo tiempo, no se garantiza que conserven la capacidad de pensar, recordar, crear, discernir y decidir por sí mismos?

La respuesta de Mármol no fue tecnológica.

Fue humanística.

Y tampoco fue nostálgica.

Fue una defensa de la educación, de la ética, de la lengua, de la poesía y del pensamiento crítico como herramientas para entrar en el futuro sin dejar atrás aquello que hace que el ser humano siga siendo humano.

Lo imperdible esta tarde de Martes 29

6:00 p. m. – Compañía de Teatro de Panamá: La ciudad de piedra. Sala Carlos Piantini (Teatro Nacional).

– Conversatorio: «La poesía en tiempos de inteligencia artificial». Participantes: Heidy Lorenzo, Jordan Hernández y Ronny Ramírez (Taller Literario César Vallejo). Pabellón de las Buenas Palabras (Sala Ravelo, Teatro Nacional) \

– Conferencia: «Proceso creativo en la novela Lukio». Conferencista: Luis R. Santos. Pabellón de Identidad y Ciudadanía (Auditorio Museo de Arte Moderno).

– Recital: «Volver al Taller literario César Vallejo». Participantes: Plinio Chahín, José Siris, Miguel Antonio Jiménez, Julio Cuevas y Cézar Zapata (miembros fundadores del taller). Presenta: Mateo Morrison. Sala de Letras (Auditorio Museo de Historia Natural).

– Charla: «De Wattpad a la voz propia». Charlista: Sarai Pérez (LadyKathy). Pabellón del Cómic.

– Coloquio: «90 años sin Lorca». Participantes: Diego Valverde Villena (Bolivia) y Joumana Haddad (El Líbano). Sala Aída Bonnelly (Teatro Nacional).

7:00 p. m

– Coloquio: «Narrativa visual en tres novelas posmodernas de la ficción especulativa dominicana». Participantes: Markus Edjical, Jorge E. Pérez y Juan Julio Ovando (Odilius Vlak). Modera: Marileidy Pérez. Pabellón del Cómic.

– Conversatorio: «El arte de viajar a través a través de las palabras» Participan: Alejandro González Luna y Frank Báez. Pabellón de Autores, Autoras y Talleristas (Auditorio Museo de Historia y Geografía).

– Conferencia: «Memoria de la Revolución de los Claveles». Conferencista: Hugo Gonçalves (Portugal). Sala Aída Bonnelly (Teatro Nacional).

8:00 p. m. – Coloquio: «La crónica de arte desde la radio: orígenes y evolución». Participantes: Carlos T. Martínez y Marino Guzmán. Pabellón de las Buenas Palabras (Sala Ravelo, Teatro Nacional)

José Rafael Sosa

Periodista

Escritor, periodista y animador cultural. Nació en Puerto Plata en 1950. Tiene una amplia trayectoria en el periodismo cultural dominicano. Se ha caracterizado por cultivar géneros que le faciliten una comunicación efectiva con sus lectores, como el cómic y el origami. Es el principal escritor de literatura de crecimiento personal en República Dominicana.

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