Hay prisiones que no necesitan barrotes. Algunas se construyen con dinero; otras, con ambición, orgullo, reputación, miedo o con esa necesidad profundamente humana de controlar aquello que, por naturaleza, nunca estuvo bajo nuestro dominio.  En La dama de picas, Alexander Sergeyevich Pushkin construye una de esas prisiones.

Hermann observa durante mucho tiempo el juego sin participar. No es, al principio, el jugador impulsivo que pierde una fortuna en una mesa. Todo lo contrario: calcula, se contiene, mira desde afuera. Parece dominar aquello que contempla, pero cuando escucha la historia de una anciana condesa que supuestamente conoce el secreto de tres cartas capaces de garantizar la victoria, algo comienza a transformarse dentro de él. Ya no quiere simplemente dinero. Quiere el secreto y esa diferencia es fundamental porque la riqueza todavía podría tener un límite; la obsesión, no.

Entonces Herman comienza a sacrificar progresivamente aquello que debería impedirle cruzar determinadas fronteras. Se aproxima a Lizaveta no movido por el amor, sino porque ella puede conducirlo hasta la condesa. Manipula sentimientos, invade espacios y convierte a las personas en instrumentos para alcanzar aquello que desea. Cuanto más convencido esta de que se aproxima a controlar su destino, menos control conserva sobre sí mismo.  Ahí comienza la verdadera tragedia de La dama de picas.

 Hermann cree estar persiguiendo tres cartas, cuando en realidad esta construyendo su propia celda. Tal vez esa sea una de las observaciones más inquietantes de Pushkin: pocas veces reconocemos una prisión mientras la construimos. Cada decisión parece pequeña, razonable o incluso necesaria. Un paso conduce al siguiente hasta que aquello que inicialmente perseguíamos termina por gobernarnos. No ocurre solo con el dinero.

Podemos convertir en prisión el éxito, el prestigio, una relación, una posición social, el resentimiento, la necesidad de tener razón o incluso la opinión que los demás tienen de nosotros. Lo peligroso no siempre es aquello que deseamos, sino el momento en que dejamos de poder alejarnos de ello.  Hermann esta convencido de que ha descubierto una manera de dominar el azar, pero el azar —o quizá su propia obsesión— termina dominándolo.

Es precisamente aquí donde La dama de picas comienza a dialogar con otra de las grandes obras de Pushkin: Eugene Onegin.  En ella, la prisión ya no esta construida principalmente por la ambición económica, sino que esta hecha de orgullo, reputación y convenciones sociales.

Lensky no muere porque exista entre él y Onegin una enemistad que lo haga inevitable. Muere porque ambos quedan atrapados en un código de honor que convierte la posibilidad de retroceder en humillación. Hay un momento en el que todavía podrían detenerse. Hay una inteligencia suficiente para comprender lo absurdo de lo que esta ocurriendo, pero existe algo aparentemente más poderoso que la razón: la mirada de los demás. Onegin dispara.

Pushkin comprendía perfectamente la tragedia del duelo. Comprendía cómo hombres inteligentes podían terminar realizando actos absurdos e irreversibles simplemente porque una sociedad les había enseñado que retirarse era mas vergonzoso que destruirse. Lo escribió, lo convirtió en literatura, lo observó desde afuera y, sin embargo, años después, cuando su propia reputación y su honor quedaron atrapados entre rumores relacionados con su esposa, Natalia Goncharova, y Georges d’Anthès, Pushkin terminó aceptando el mismo lenguaje que había llevado a Lensky a la muerte: el duelo.

Entonces ocurre algo extraordinario y terrible.  La literatura deja de anticipar la tragedia de un personaje y comienza a parecerse a la de su propio creador. Pushkin no traicionó su novela; terminó habitándola. La ficción que había creado para mostrar la tragedia del orgullo y del honor social terminó por envolver a su propio autor, hasta convertir su muerte en el último capítulo que jamás escribió.

Quizás esa sea la ironía más cruel de su historia: haber comprendido la trampa sin conseguir escapar de ella, porque reconocer aquello que puede destruirnos no significa necesariamente haber aprendido a vencerlo. Podemos identificar el orgullo y continuar obedeciéndolo; denunciar el peso de las apariencias y seguir viviendo para ellas; comprender la absurda tiranía del qué dirán y, llegado el momento, entregar nuestras decisiones precisamente a quienes nos observan.

Pushkin escribió sobre hombres atrapados por los códigos de su tiempo. Al final, él también quedó atrapado y es entonces cuando Hermann, Onegin, Lensky y el propio Pushkin parecen encontrarse en el mismo lugar. Sus prisiones son distintas, pero comparten una característica esencial: cada uno cree que toma decisiones libres mientras algo comienza silenciosamente a decidir por él.

Para Hermann, la obsesión; para Lensky, el honor; para Onegin, el orgullo y la convención. Para Pushkin, trágicamente, aquella misma concepción del honor cuya capacidad destructiva había sabido reconocer en la ficción. Pero tal vez la pregunta más importante que deja La dama de picas no sea si existen el destino, la suerte o unas cartas capaces de garantizar la fortuna.

La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿en qué momento aquello que deseamos comienza a decidir por nosotros? Pero aún existe otra pregunta más difícil: ¿Cuánto de lo que llamamos decisión propia nace realmente de nuestra voluntad y cuánto ha sido escrito de antemano por el orgullo, el miedo, las convenciones y la mirada de los demás?

Tal vez nuestras prisiones más peligrosas sean precisamente aquellas cuyas puertas permanecen abiertas. Porque mientras exista una puerta cerrada, sabemos que estamos cautivos; pero cuando podemos marcharnos y no lo hacemos, resulta mucho más difícil reconocer quién realmente sostiene la llave.

Hermann pudo detenerse; Onegin pudo detenerse; Lensky pudo detenerse; Pushkin pudo detenerse, y nosotros también hemos tenido, alguna vez, ese instante diminuto en el que todavía era posible retroceder.  Quizás por eso Pushkin continúa hablándonos casi dos siglos después. No porque sus personajes pertenezcan a una Rusia distante, aristocrática y desaparecida, sino porque las prisiones humanas han cambiado de apariencia sin desaparecer.  Seguimos construyéndolas, seguimos justificándolas y, a veces, incluso somos capaces de reconocerlas en los demás mientras cerramos cuidadosamente la puerta de la nuestra.

Saber no siempre significa haber aprendido. Tal vez la verdadera libertad no consista en reconocer nuestras cadenas. Tal vez comience cuando seamos capaces de romperlas.

Nota sobre el escrito Alexander Pushkin

Alexander Sergeyevich Pushkin nació en 1799. Fue un escritor ruso, nacido en Moscú y considerado el fundador de la literatura rusa moderna. La dama de picas (The Queen of Spades), publicada en 1834, es uno de sus relatos más célebres y permanece como una inquietante exploración de la ambición, la obsesión y el destino. Pushkin murió con apenas 37 años en 1837.

Vailma Roca

Vailma Roca Fernández es abogada graduada de la Universidad Católica Santo Domingo, licenciada en Educación y Ciencias por la Universidad de Florida, donde también obtuvo una maestría en Comunicación con concentración en Periodismo Digital y Narrativa Multimedia. Escritora y servidora pública en el estado de Florida, actualmente publica en The Times of Israel y Alachua Chronicle. Su trabajo se centra en amplificar voces, contar historias con propósito y defender los derechos de los estudiantes con necesidades especiales y de sus familias. Como miembro de la Comisión Histórica del Condado de Alachua, promueve además la preservación de la memoria colectiva y el valor de las comunidades que forjan identidad. Su trayectoria entre el derecho, la educación, el periodismo y el servicio público refleja una profunda vocación por la justicia social, la verdad y la dignidad humana.

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