Cuando el 18 de marzo de 1861 el general Pedro Santana declaró ante el pueblo dominicano que había llevado a cabo la anexión de la República Dominicana a España, en calidad de provincia ultramarina, estaba declarándose ipso facto en contra del verdadero querer de ese conglomerado humano, que, al decir del Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, es: “Ser libre e independiente de toda potencia extranjera.”
Eso se comprueba fehacientemente en que, inmediatamente se hizo el anuncio, se levantaron voces de protesta en diferentes puntos del territorio nacional y se produjeron varias sublevaciones armadas, que, aunque sofocadas en el plano militar, sirvieron de semillas germinadoras de todo el proceso que habría de desencadenarse posteriormente.
Los más importantes conatos de resistencia que enfrentó el gobierno español, en principio presidido por el general Pedro Santana en su condición de Capitán General de Santo Domingo y luego por los capitanes generales Felipe Rivero Lemoyne, Carlos de Vargas y Cerveto y José de la Gándara, fueron los siguientes: En el ámbito cívico hubo protestas aisladas de inmediato en los pueblos de San Francisco de Macorís, Puerto Plata, Baní y otros pueblos de la República, cuando se procedió a bajar la bandera tricolor para enhestar la española. En el plano militar la Acción Armada del Coronel José Contreras, Cayetano Germosén y otros en Moca el 2 de mayo de 1861; la Acción Armada de los Generales Francisco del Rosario Sánchez, José María Cabral y Fernando Taveras entre mayo-julio de 1861 en Juan Santiago, El Cercado, Las Matas de Farfán, San Juan de la Maguana y Neiba; el Alzamiento de Cayetano Velázquez, Nicolás de Mesa, Manuel Ocampo, Pepe Rocha y otros en Neiba del día 9 de Febrero de 1863; la Acción Armada del 21 de Febrero de 1863 en Guayubín, Sabaneta y Montecristi y el Alzamiento de Santiago de los Caballeros el 24 de Febrero de 1863, entre otros.
1-La Acción Armada del Coronel José Contreras, Cayetano Germosén y otros en Moca el 2 de mayo de 1861
El 2 de mayo de 1861, cuando apenas habían transcurrido cuarenta y cinco días de la proclamación de la anexión de la República Dominicana a España, se produjo la primera protesta armada, con ciertos niveles de organización, en la región del Cibao, la cual estaba dirigida por el coronel José Contreras. Esta consistió en el asalto de la Plaza de Armas de Moca, aprovechando la ausencia del comandante de la misma, general Juan Suero –quien luego sería el general más notable de los criollos pertenecientes al ejército español, por su crueldad, recibiendo el sobrenombre de “El Cid Negro” por el Capitán General y último Gobernador ibérico en Santo Domingo, José de la Gándara- y el posterior sitio de la Villa de Moca por espacio de diez días, donde alrededor de doscientos hombres se posesionaron de la dotación militar e inmediatamente proclamaron la restitución de la independencia nacional.
José Contreras era oriundo de Jábaba, sección de Moca, quien logró el grado de coronel de caballería en la Guerra de Independencia que se había escenificado en la Línea Noroeste. Desde hacía algún tiempo era militar retirado por los problemas visuales que padecía, lo que le llevó a la condición de no vidente. Esto no fue obstáculo para organizar, junto a sus compañeros de armas, Cayetano Germosén, José María Rodríguez y José Inocencio Reyes, la primera acción armada contra la anexión. Los sublevados fueron sorprendidos en horas de la noche por el Comandante Juan Suero, quien improvisó una pequeña fuerza y recuperó la Plaza de Armas, apresando al coronel José Contreras y a los demás implicados.
Pedro Santana, Capitán General de la Colonia de Santo Domingo, se dirigió a Moca y el 19 de mayo de 1861 mandó a ejecutar al coronel José Contreras y a tres de los jefes del movimiento, sin escucharle en un juicio de apelación, poniendo de manifiesto una vez más sus ya de por sí conocidos ímpetus sanguinarios, justo el día en que se produjo el Real Decreto de la Reina Isabel II, en que aceptaba la reintegración de Santo Domingo a la Corona Española.
Al coronel José Contreras y a sus compañeros, Cayetano Germosén, José María Rodríguez y José Inocencio Reyes, les cabe el honor de haber sido los primeros dominicanos en levantarse en armas e inmolarse contra la anexión a España y en tratar de lograr la restauración de la Independencia de la República Dominicana.
2-La Acción Armada de los Generales de División Francisco del Rosario Sánchez, José María Cabral y Fernando Taveras en Juan Santiago, El Cercado, San Juan de la Maguana, Las Matas de Farfán y Neiba entre Mayo-Julio de 1861
En virtud de la información que tenían sobre los planes parricidas del general Pedro Santana en relación con la anexión de la República Dominicana al mejor postor, como era el caso de España, los Generales de División, Francisco del Rosario Sánchez y José María Cabral y Luna emitieron sendos manifiestos de alerta al pueblo dominicano sobre los despropósitos del déspota, en diciembre de 1860 y enero de 1861, respectivamente.
La Proclama suscrita por el general José María Cabral y Luna, de fecha 24 de diciembre de 1860, centra su contenido en advertir a la República Dominicana sobre los planes anexionistas del “tirano que la ha atormentado desde la cuna”, quien se proponía venderla “como una esclava del extranjero”.
Con esa arenga se hizo eco desde el destierro que le tocaba vivir en Saint Thomas de la voz de dolor e indignación del pueblo dominicano por los aprestos mercantiles del general Pedro Santana y de los esfuerzos desplegados por dicho pueblo para mantener viva la llama de la libertad y la independencia nacional.
En ese texto, Cabral recordó la espada de honor que en otros tiempos la patria querida le concedió, al tiempo que reclamó un puesto en sus filas para desenfundarla nuevamente en defensa de la nacionalidad dominicana, ya que otros la mancillan con el moho de la felonía, la alevosía y la perfidia.
De igual modo, pidió que se le indicara una posición, un territorio y un tiempo en que pudiera cumplir con su deber de soldado de la patria, dispuesto a pelear por ella, ya fuese para obtener la victoria o para morir. Al tiempo que manifiesta su clara disposición a verter la sangre que fuese necesaria y a dar la vida para defender la libertad del pueblo dominicano, de las naciones que conforman el mundo y del género humano frente a quienes pretendieran esclavizarles.
En esta disertación, el general Cabral refirió los esfuerzos heroicos que durante 16 años desplegaron los dominicanos por la consolidación de su independencia y su libertad, lo que le permitió escribir páginas gloriosas e imperecederas, las que deben servirles de portaestandartes para evitar que un déspota desquiciado e ingrato la venda al mejor postor por temor o ambición. Por último, llama al pueblo dominicano a las armas para salvar la República de los renegados e ingratos, como forma de evitar una vida entera de recogimiento, ignominia y arrepentimientos, al tiempo de reafirmar el grito heroico del 27 de febrero.
Veamos el texto íntegro de la Proclama emitida por el general José María Cabral:
“PROCLAMA DEL GRAL. J.M. CABRAL, 24 DE DIC. 1860
DIOS, PATRIA Y LIBERTAD. REPÚBLICA DOMINICANA.
JOSÉ MARÍA CABRAL, General de División de los Ejércitos de la República
DOMINICANOS!
La patria de los sacrificios y del heroísmo va a ser vendida como una esclava del extranjero, por el tirano que la ha atormentado desde la cuna.
En la oscuridad de mi destierro he oído vuestra voz doliente e indignada, y conozco lo sublime de esa indignación y lo noble de vuestros intentos.
Yo también soy de los vuestros y reclamo un puesto en vuestras filas.
En otros tiempos esa patria querida, que hoy se lleva al mercado, me concedió una espada de honor… Mi patriotismo era el único mérito, que he creído siempre tener para merecerla: -él me impone hoy el deber de desenvainarla en defensa de nuestra nacionalidad, ya que otros manchan la suya con el orín de la traición.
Señaladme un puesto, un lugar cualquiera y al instante estaré con vosotros.- Quiero ser de los primeros en combatir, en triunfar o perecer.- Mi sangre es de la patria i nunca con más gusto lo derramaría por ella!
DOMINICANOS! Constancia, valor, patriotismo.- Convenceos de que es mil veces más noble y más preferible morir en defensa de nuestra libertad para vivir esclavos en nuestros propios lares. ¡Qué importa la vida cuando se arrastra una cadena de oprobio!
Yo sé que vosotros no necesitáis de lecciones, pero tened la vista al norte y al sud de nuestro hemisferio, volvedla a Europa y oiréis el estruendo de esos ejércitos de hombres libres que van completando la civilización de nuestro siglo… Que esos ejemplos os sirvan a no desalentaros en nuestros generosos esfuerzos… La causa de la libertad, no es la causa de un pueblo, ni de un número determinado de naciones; es la causa del género humano, la causa evangélica, la causa de Dios.
COMPATRIOTAS! Una página más de gloria, pero de gloria imperecedera.- Que no se diga, que el pueblo que dieciséis años ha luchado por su libertad, bastándose por sus sacrificios a sí mismos, deja arrebatarse esa libertad por un tiranuelo cuya traición es hija de la cobardía.
DOMINICANOS! Una hora de entusiasmo salvará a la República; una hora de entusiasmo nos salvará de una vida entera de vergüenza, de oprobio y de remordimientos, y nos hará legar intacto a nuestros hijos, el fruto de tres lustros de lucha y de gloria.
A las armas! A las armas! Remontémonos a 1844, confirmemos el grito heroico del 27 de Febrero, y escarmentemos para siempre a los traidores.
Diciembre 24 de 1860. José M. Cabral.”[1]
Esta Proclama del general José María Cabral tiene el singular mérito histórico de haber sido la primera protesta realizada por dominicano alguno contra los fementidos propósitos desplegados por el general Pedro Santana y sus agentes diplomáticos en pro de la anexión de la República Dominicana a España.

Otro documento similar, que parece haber sido redactado también por la pluma del general José María Cabral, pero firmado por mil patriotas dominicanos opuestos a la anexión de la República Dominicana a España, apareció también el 24 de diciembre de 1860. En ese texto se hace un llamado al pueblo dominicano a salvar la patria del peligro que constituía el general Pedro Santana como mercader en el poder, quien tras haber fallado en sus intentos de venderla a los Estados Unidos recurrió a España, dejándole entonces como única salida la revolución.
En ese escrito se indica que al pueblo dominicano se le entregaba como un rebaño al yugo colonial español a un vil precio, cuyo oro obtenido se repartiría entre seis u ocho criminales más, sus cómplices, quienes gozarían tranquilos las riquezas adquiridas con tan ilícito comercio y luego se reirían irónicamente ante el ruido de sus cadenas. De igual manera, se indica que la vergüenza se adherirá a la parte superior de los hogares dominicanos y la marca del deshonor mancillará su faz.
En ese manifiesto se expresa que en el mañana las madres negarán a los hijos sus cobijos, las esposas sus miradas a los maridos, los hijos sus caricias a los padres y las vírgenes de la patria no tejerán ya más coronas para sus cabezas. Así mismo, que en el mañana los dominicanos serán la mofa del universo y no tendrán ni siquiera la esperanza de la piedad, ya que los pueblos degenerados no la merecen. En tal sentido, no podrían legarle a sus familias ni nación, ni satisfacción, ni decoro, ni pertenencia ni siquiera el sosiego de la morada hogareña. En fin, el insigne escudo de la cruz se habría transformado en el atuendo del esclavo.
En lo adelante se llama al pueblo dominicano a tomar las armas para salvar la patria y la libertad con la revolución santa, noble, justa y grande en el año 1861, con el único objetivo de conservar la nacionalidad dominicana, creada a costa de la sangre y la fortuna de sus ciudadanos, tal como había ocurrido el 27 de febrero de 1844, con lo cual el grito de la nación hará cesar el grito de los partidos. Igualmente, se llama a que cada ciudadano se convierta en un soldado de la libertad y que ante el ¡Viva la Nación! el tirano traidor caiga para siempre, porque en esta jornada gloriosa de la patria no hay más que dos filas: la de los buenos dominicanos y la de los traidores, ya que los neutrales y los indiferentes son sospechosos. Hacen un llamado a salvar a la patria y a matar a los traidores, y que el primer día de la jornada sea el gran día de la reconciliación de todos los buenos.
Hacen un llamado a todo el pueblo a luchar con las armas para lograr el triunfo, para vencer o para morir, ya que la muerte es preferible a la degradación y a permanecer impasible. También llaman al pueblo dominicano a levantarse en un solo día, en una sola hora y como un solo hombre, ya que la victoria se necesita a toda costa y para conseguirla no se debe economizar ningún medio: si no triunfan en las ciudades y los palacios, en las aldeas; sino en las aldeas, en las llanuras; sino en las llanuras, en los bosques, ya que harían una guerra de gigantes que asombre al mundo y que haga temblar la tierra bajo sus pies.
En este comunicado se llama a los dominicanos a lograr el triunfo o la muerte y que, antes de perecer, la República entera se reduzca a cenizas, y, si es posible, se debe pedir a la Providencia que antes de descarriarse, la tierra preferida de Colón, se sumerja para siempre en el Océano. Al mismo tiempo se le llama a las armas, al combate, a la victoria para ceñirse la corona de laurel de los héroes, antes que empuñar la palma de los mártires.
El contenido completo de ese mensaje los ponemos a disposición de los lectores para conozcan los términos exactos utilizados por los mil patriotas que los firmaron:
“LLAMAMIENTO A LA NACIÓN
24 DICIEMBRE 1860
DIOS, PATRIA Y LIBERTAD. REPÚBLICA DOMINICANA.
LLAMAMIENTO A LA NACIÓN.
DOMINICANOS!
La patria está en peligro y no hay más que un remedio para salvarla: -la revolución!
Santana desde su último advenimiento al poder puso la República en el mercado.
El precio del Yankee no le convino…
Hoy la adjudica a la España y se prepara a entregar al pueblo dominicano, como un rebaño, bajo el yugo colonial, al precio vil de menguadas dignidades y del oro que repartirá entre seis u ocho más criminales, sus cómplices.
Mañana los traidores gozarán tranquilos de las riquezas adquiridas con tan criminal tráfico, y una risa irónica asomará a sus labios al oír el ruido al ruido de nuestras cadenas.
Mañana la vergüenza vendrá a fijarse al dintel de nuestros hogares y el estigma de la ignominia manchará nuestras frentes.
Mañana nuestras madres nos negarán su regazo, nuestras esposas sus miradas, nuestros hijos sus caricias y las vírgenes de la patria no tejerán ya coronas sobre nuestras cabezas.
Mañana seremos el escarnio del universo y no tendremos esperanza ni aún a la compasión: -los pueblos degenerados no la merecen.
Mañana no podremos legar a nuestras familias ni patria, ni gloria, ni honor, ni propiedades, ni aún el reposo del hogar doméstico.
Mañana, para deciros de una vez, habremos trocado el noble escudo de la cruz por la librea del esclavo!
Pues bien ¿qué recurso nos queda para salvarnos?-LA REVOLUCIÓN! La revolución, santa, noble, justa, grande, cuando tiene por objeto la conservación de una nacionalidad creada a costa de la sangre y la fortuna de sus ciudadanos; la revolución, santa, noble justa, grande, cuando se trata de salvar la Patria y la Libertad.
Patria! Libertad! Ese fue el grito heroico que precedido del de la providencia, se oyera el 27 de Febrero de 1844; que ese mismo grito sea el de 1861; grito de la nación que hará cesar para siempre el grito de los partidos.
DOMINICANOS! A las armas! Que cada ciudadano sea un soldado armado de la libertad y que a los ecos de ¡Viva la Nación! el tirano traidor caiga para siempre: -que la indignación se apodere de nuestras almas y que al desplegar ese valor heroico, hijo de esta tierra, sobrepuje esta vez a todo nuestro pasado; que el fuego del patriotismo brille en nuestros ánimos, como el sol de los trópicos que vivifica nuestro suelo.
DOMINICANOS! A las armas! No haya excusa para los rezagados. En esta gran jornada de la Patria no hay más que dos filas, la de los buenos dominicanos y la de los traidores. Cada uno debe colocarse en la suya, porque en los grandes peligros de la Nación, los neutrales y los indiferentes son sospechosos.
Que de hoy más se olviden todos los errores y cesen los rencores de partido y los odios se extinguen. Salvemos la patria y mueran los traidores, y que el primer día de la jornada, sea el gran día de la reconciliación de todos los buenos.
DOMINICANOS! A las armas! Es preciso triunfar, es preciso vencer o es preciso morir; porque la muerte es preferible a la degradación y si permanecemos impasibles no contemos más con la dignidad de hombres libres.- Nuestros fueros cesarán el día en que se haga nuestra entrega; y si no sabemos el lenguaje de los cortesanos, e ignoramos el de los aduladores o no aprendemos el de los esbirros, contemos ya con la eterna proscripción del gran Heredia, o con el garrote vil del infortunado Plácido.
DOMINICANOS! A las armas! Levantémonos en un solo día, en una sola hora, como un solo hombre. Que no haya tregua ni salvación de los traidores! Necesitamos la victoria a toda costa; para conseguirla nada economicemos. Que los reveses no nos desanimen. Si no triunfamos en las ciudades y en los palacios, en las aldeas; sino en las aldeas, en las llanuras; sino en las llanuras en los bosques… Debemos hacer una guerra de gigantes que asombre al mundo y que haga temblar la tierra bajo nuestros pies.
DOMINICANOS! El triunfo o la muerte, y que antes de sucumbir la República entera se reduzca a cenizas, y si es posible es, pidamos a la Providencia, que antes de envilecerse esta tierra predilecta de Colón, se sepulte para siempre en el Océano!
DOMINICANOS! A las armas! Al combate, a la victoria! Ciñámonos la corona de laurel de los héroes, antes que empuñar la palma de los mártires.
Santo Domingo, Diciembre 24 de 1860.
MIL PATRIOTAS.”[2]
Sin duda alguna, este documento fue clave para la integración de todos los sectores de la Nación dominicana a la lucha contra la anexión a España, llevada a cabo por el general Pedro Santana y sus seguidores, ya que la gran mayoría del pueblo dominicano depuso, aunque fuera momentáneamente, el espíritu de partido en aras de lograr la restauración de la independencia nacional.
La acción emprendida posteriormente por los restauradores se convertiría en una guerra popular que tocaría tanto a las ciudades, a los pueblos, a las aldeas, a las llanuras y a las montañas, donde todos los dominicanos con sentimientos patrióticos y dominicanistas se integraron sin reservas a la causa de la patria bien amada, obteniendo como recompensa, a la postre, el triunfo arrollador sobre los traidores y los suplantadores de la nacionalidad dominicana.
Otro documento fundamental, que sería la antesala de la acción armada llevada a cabo por los generales de división Francisco del Rosario Sánchez, José María Cabral y Fernando Taveras, fue el Manifiesto emitido dos meses antes del anuncio de la anexión de la República Dominicana a España desde Saint Thomas por parte del patricio Sánchez, en fecha 20 de enero de 1861, a donde había sido exiliado por el general Santana el 6 de septiembre de 1859.
En ese escrito se pone de relieve que el dictador Santana, enemigo de las libertades del pueblo dominicano, imitador de todos los tiranos y vergüenza de la civilización, se planteaba eternizar su nombre y estampar para siempre su afrenta con el crimen de la muerte de la patria, ya que la República Dominicana estaba vendida a una nación extranjera y el cruzado pendón no ondearía más sobre los fortines y oficinas públicas.
Sánchez planteó que era su deber sagrado ponerse al frente de la resistencia que impidiera la ejecución de tan criminales proyectos y garantizar que no corra ningún riesgo la independencia nacional, ya que ese movimiento revolucionario lo encabeza quien fuera instrumento del Destino para enarbolar la primera bandera dominicana.
El patricio del 27 de Febrero de 1844 indica que no habría acudido a esa invocación que su recato rechaza, si no lo exigieran las circunstancias, ya que los dominicanos conocen bastante sus sentimientos patrióticos, la rectitud de sus principios políticos y el entusiasmo que siempre ha mostrado por la Patria y su libertad, razón por la cual no tenía la menor duda de que le harían justicia.
Al mismo tiempo expresa que ha pisado el territorio de la República Dominicana entrando por Haití porque no había podido hacerlo por otra parte y porque estaba persuadido de que esta República, contra quien combatieron por la nacionalidad cuando era un imperio, está empeñada, al igual que él, en que los dominicanos se mantengan fieles a la política de un gobierno democrático, educado y equitativo. Pero aclara que si la calumnia buscare subterfugios para deshonrar su nombre, le respondería diciendo en alta voz, aunque sin jactancia: YO SOY LA BANDERA NACIONAL.
Manifiesta también que las cadenas del despotismo y de la esclavitud aguardan a los dominicanos, si permiten que el tirano Santana se entregue al goce tranquilo de los bienes obtenidos con el precio de su venta, de sus hijos y de sus propiedades. Por tanto, los invita a rechazar semejante agravio con la irritación del hombre libre, dando el grito de reproche al autócrata Santana, el perjuro por excelencia, el parricida por instinto y el que se ha adueñado de la República, único responsable de este crimen tan abominable de lesa patria o de entrega de la patria a una nación extranjera.
Llama a los dominicanos a las armas porque llegó el día de salvar la libertad para siempre, ya que se oye el clamor de la Patria afligida que reclama auxilio de sus mejores hijos. Por tanto, es necesario acudir en su defensa, salvar a República Dominicana, la hija predilecta de los trópicos, de las cadenas ignominiosas de sus verdugos, que es la mejor manera de mostrarse dignos hijos de la patria y del siglo de la libertad. También motiva al pueblo dominicano a probar al mundo que forma parte de los pueblos indómitos y guerreros que admiten la civilización por las costumbres, sin menoscabo de sus derechos.
Por último, Sánchez estimula a los dominicanos a tomar las armas para derrocar a Pedro Santana y su tiranía, al tiempo de declararse libres e independientes, enarbolando la bandera cruzada del veintisiete de febrero y proclamando un nuevo gobierno que reconstituya al país y de las garantías de libertad, progreso e independencia que necesita.
Ahora procederemos a transcribir el texto completo del Manifiesto que el General de División Francisco del Rosario Sánchez dirigió al pueblo dominicano el 20 de enero de 1861, desde Saint Thomas:
“MANIFESTACIÓN QUE EL GENERAL DE DIVISIÓN FRANCISCO SÁNCHEZ, JEFE DEL MOVIMIENTO NACIONAL DE LA PARTE SUR, DIRIGE A SUS CIUDADANOS.
(Saint Thomas, 20 de enero de 1861)
DOMINICANOS!
El déspota PEDRO SANTANA, el enemigo de vuestras libertades, el plagiario de todos los tiranos, el escándalo de la civilización, quiere eternizar su nombre y sellar para siempre vuestro baldón, con un crimen casi nuevo en la historia. Este crimen es la muerte de la Patria. La República está vendida al extranjero y el pabellón de la cruz, muy presto, no tremolará más sobre vuestros alcázares.
He creído cumplir con un deber sagrado, poniéndome al frente de la reacción que impida la ejecución de tan criminales proyectos y debéis concebir, desde luego que, en este movimiento revolucionario, ningún riesgo corren la independencia nacional ni vuestras libertades, cuando lo organiza el instrumento de que se valió la Providencia para enarbolar la primera bandera dominicana.
Ya no os haría este recuerdo que mi modestia rechaza, sino estuviera apremiado a ello por las circunstancias; pero conocéis bastante mis sentimientos patrióticos, la rectitud de mis principios políticos y el entusiasmo que siempre he tenido por esa Patria y por su libertad; y, no lo dudo, me haréis justicia.
He pisado el territorio de la República entrando por el territorio de Haití, porque no he podido entrar por otra parte, exigiéndolo así, además, la buena combinación, y porque estoy persuadido que esta República, con quien ayer cuando era imperio, combatíamos por nuestra nacionalidad, está hoy tan empeñada como nosotros, porque la conservemos merced a la política de un gabinete republicano, sabio y justo.
Más, si la maledicencia buscare pretextos para mancillar conducta, responderéis a cualquier cargo, diciendo en alta voz, aunque sin jactancia, que YO SOY LA BANDERA NACIONAL.
COMPATRIOTAS! Las cadenas del despotismo y de la esclavitud os aguardan: es el presente que Santana os hace para entregarse al goce tranquilo del precio de vosotros, de vuestros hijos y de vuestras propiedades: rechazad semejante ultraje con la indignación del hombre libre, dando el grito de reprobación contra el tirano.- Sí, contra el tirano, contra Santana y sólo contra él. Ningún dominicano -si alguno le acompaña-, es capaz de semejante crimen a menos que esté fascinado.
Hagamos justicia a nuestra raza dominicana. Sólo Santana, el traidor por excelencia, el asesino por instinto, el enemigo eterno de nuestra libertad, el que se ha adueñado de la República, es él que tiene interés en ese tráfico vergonzoso –él solo es capaz de llevarle a efecto para ponerse a salvo de sus maldades-, él sólo es responsable y criminal de lesa-patria.
DOMINICANOS! A las armas! Ya llegó el día de salvar, para siempre, la libertad: Acudid; ¿no oís el clamor de la Patria afligida que os llama, en su auxilio? Volad a su defensa, salvad a esa hija predilecta de los trópicos, de las cadenas ignominiosas que su descubridor llevó a la tumba. Mostraos dignos de vuestra patria y del siglo de la libertad.
Probad al mundo que hacéis parte del número de esos pueblos indómitos y guerreros que admiten la civilización por las costumbres, goces con menoscabo de sus derechos, porque esos goces son cadenas doradas que no mitigan el peso, ni borran la infamia.
DOMINICANOS! A las armas! Derrocad a Santana: derrocad a la tiranía y no vaciléis en declararos libres e independientes, enarbolando la bandera cruzada del veintisiete y proclamando un gobierno nuevo que reconstituya el país y os dé las garantías de libertad, de progreso y de independencia que necesitáis.
Abajo Santana!
Viva la República Dominicana!
Viva la libertad!
Viva la independencia!
Dada en Saint Thomas a 20 de Enero de 1861 y 17 de la Patria.
F.R. SÁNCHEZ.”[3]
Como se ha podido observar, la Manifestación suscrita por el patricio Francisco del Rosario Sánchez daba una clarinada del crimen de lesa patria que en esos momentos llevaba a cabo el dictador Pedro Santana contra la República Dominicana para ponerla en manos de la corona española.
Sánchez estaba bien enterado de las gestiones que, por diversas vías, realizaba el presidente Santana. En primer lugar, hizo gestiones para obtener la anexión o el protectorado de la República Dominicana con los Estados Unidos, pero debido a las situaciones internas por las que atravesaba el país del Norte, no le fue posible llevar a feliz término su felonía. En segundo lugar, se vio obligado a dirigir su mirada hacia la monarquía española, la cual aún conservaba dos posesiones coloniales en el Caribe: Cuba y Puerto Rico, con quien concretizó importantes acuerdos después de las gestiones diplomáticas desplegadas tanto por el general Ramón Matías Mella para que reconocieran la independencia nacional, sin ver coronada con el éxito su misión, como por el general Felipe Alfau, quien, en lugar de lograr el protectorado como se había pensado inicialmente, obtuvo la anexión de la República Dominicana a España, en calidad de provincia ultramarina.
La respuesta del general Pedro Santana al Manifiesto de Sánchez no se hizo esperar, procediendo a contestarle al día siguiente, el 21 de enero de 1861, donde puso de relieve una vez más el cinismo que siempre adornó a su adusta figura y la perfidia que en todo momento le acompañó, en aras de lograr sus propósitos mal sanos.
Observemos la respuesta del presidente entreguista Pedro Santana:
“PROCLAMA DE SANTANA CONTRA SÁNCHEZ
21 DE ENERO DE 1861
DOMINICANOS!
El gobierno que vela siempre por la salud de la Patria no perdía de vista a los traidores que desde el extranjero fraguaban sus planes liberticidas: seguía sus pasos, descubría sus secretos y se preparaba para inutilizar sus criminales esfuerzos. Ya hoy la traición es manifiesta. El cobarde que jamás ha sacado la espada en defensa de la Patria, el que vociferaba haber sido de los héroes del 27 de Febrero, él toma por pretexto para deslealtad la defensa de la nacionalidad Dominicana, el Ex General Francisco Sánchez en fin, busca hoy a los Haitianos para solicitar de ellos tal vez, poner por obra los planes de Domingo Ramírez.
DOMINICANOS! ALERTA, ya veis los lazos que os tienden, ya conocéis los planes de esos hombres que tanto alarde hacen de su dominicanismo; que tantas veces han implorado y obtenido gracia; ya los veis hoy, cuando el Gobierno se prepara a dar en su favor una amnistía casi general, encaminarse a Haití para demostraros sus verdaderas intenciones, su mentido patriotismo y hasta la falta de pudor político, que no ha permitido a otros cambiar la nacionalidad Dominicana por la de sus perpetuos contrarios.
ALERTA, pues, Dominicanos, ALERTA, compañeros de armas, pongámonos en guardia contra esa facción liberticida que sabremos escarmentar una vez más si quiere venir a turbar nuestro reposo.
Confiad en la fuerza del Gobierno, descansad en el acendrado amor a su patria del que fue por tantos años y en tantos combates lo ha sellado con su sangre, y esperad, en fin, en esa Providencia que tantas veces nos ha dado la Victoria: Ella protegerá nuestras armas; y con ellas como siempre, venceremos.
Dado en el Palacio Nacional de Santo Domingo a los 21 días del mes de enero de 1861.
PEDRO SANTANA.”[4]
Con esta Proclama, Santana puso de relieve una vez que era la simulación, la desfachatez y la hipocresía personificadas. Demostraba así su fementida capacidad maquinadora para hacer del descrédito gratuito de los demás su arma más letal, a través de la contraacusación infundada y los argumentos más ruines.
Las expresiones insólitas que utilizó contra los artífices de la Independencia Nacional del 27 de Febrero de 1844, sólo les cabían a él mismo, cuando los calificó de “traidores que desde el extranjero fraguaban sus planes liberticidas”, “cobardes que jamás han sacado la espada en defensa de la Patria”, “su mentido patriotismo”, “la falta de pudor político”, “esos hombres que tanto alarde hacen de su dominicanismo” y “esa facción liberticida”.
Todo el desmentido que pretendió hacer el general Santana en su Proclama del 21 de enero de 1861 sobre el contenido del Manifiesto del general Sánchez fue plenamente confirmado por los hechos dos meses después cuando llevó a cabo la anexión de la República Dominicana a España el 18 de marzo de 1861.
La reacción no se hizo esperar. Los dos generales de División de la República que habían lanzado sendos manifiestos por separado en diciembre de 1860 y enero de 1861, José María Cabral y Francisco del Rosario Sánchez, veintidós días después de que Santana llevara a cabo ese crimen de lesa patria, lanzaron un manifiesto conjunto, justo el 30 de marzo de 1861, fecha en que se cumplía el 17 aniversario de la Batalla del 30 de Marzo de 1844 de Santiago de los Caballeros.
En ese escrito analizaban de forma pormenorizada las consecuencias funestas que este hecho tendría para el país, al tiempo que llamaban a la población dominicana a las armas contra la anexión a España y a cobijarse bajo el pabellón tricolor de los cuartos encarnados y azules con la cruz blanca para alcanzar la victoria una vez más frente al sempiterno tirano y traidor de la Patria, general Pedro Santana.
Transcribimos a continuación el texto completo de este trascendental documento histórico:
“MANIFIESTO QUE LOS GENERALES FRANCISCO R. SÁNCHEZ Y JOSÉ MA. CABRAL DIRIGEN A LOS PUEBLOS DE LA REPÚBLICA.
(Saint Thomas, 30 de Marzo 1861)
DOMINICANOS!
Ochenta y cinco años ha que resonó en la América virgen, el primer grito de libertad e independencia. Este grito sublime que lanzó la primogénita de las repúblicas, la patria de Washington, fue acogido por la más avanzada de las naciones en la civilización moderna. La noble Francia prestó a la América del Norte sus tesoros, sus naves, el prestigio de su aprobación y hasta de sus héroes.
Poco después se vio un prodigio que últimamente ha sido apreciado en su justo valor el genio sublime de Víctor Hugo y Lamartine. El mundo vio atónito convertirse en arengas y vítores a la libertad, el alarido que las clases oprimidas lanzaban en la parte occidental de la Isla de Santo Domingo, y los descendientes del África formaron una República que subsiste hoy encarrilada en la vía de la civilización y el progreso. Todo el mundo de Hispano América y la parte Española de la primada de las Indias reivindicaron sus derechos a la independencia, y solas entre las grandes Antillas, quedaron Cuba y Puerto Rico, con manchas de ignominias en el mapa del Nuevo Mundo, si bien es verdad que sus nobles hijos, si no han podido triunfar de la tiranía que los abruma, han sabido suministrar víctimas para los holocaustos del despotismo.
La parte Española de la Isla de Santo Domingo después de proclamar su independencia en 1821 y después de haber permanecido libre durante 22 años, unida a la parte de Occidente, vio coronados sus deseos elevándose al rango de Nación libre e independiente el 27 de Febrero de 1844 con el reconocimiento y protección moral de las potencias civilizadoras, en cuyo número entró la misma España.
La desgracia proverbial que desde su descubrimiento ha perseguido a esta Isla, quiso que desde luego la República Dominicana cayese en manos de un déspota bárbaro, pero afortunado, que ha jugado con sus destinos, de la manera más escandalosa que pudiera referir la historia de la tiranía y de las aberraciones del despotismo.
Después de diez y siete años de lucha heroica, de nobles sacrificios; al través de los procedimientos más dislocados y usando de la hipocresía la más absurda y más disimulada que haya hecho uso un traidor miserable, hemos presenciado el acto más innoble y más degradante que pueda concebir el entendimiento humano: este acto es el escándalo y la vergüenza de América.
Pedro Santana, el tirano de Santo Domingo, el Domiciano de las Antillas, después de estar explotando y tiranizando la República Dominicana por espacio de diez y siete años; disfrutando de un poder incontestado y en medio de una tranquilidad y de un progreso preconizado en todos los periódicos de la República, da, en la primada de las Indias, el primer ejemplo de despronunciamiento de la Independencia Nacional en favor de la sujeción al despotismo extranjero. Diez y nueve días después de haber celebrado el décimo séptimo aniversario de la Independencia, y de haber jurado en las aras de la Patria, sostenerla, arría el pabellón nacional y enarbola la bandera española en medio de una población desapercibida y pasmada en presencia de un acto tan criminal e imprudente como inesperado. Qué palabras podrán jamás expresar con su debida fuerza, la enormidad de la traición? –Parece que uno asiste a una farsa, donde la suposición impide que el espectáculo fingido afecte el ánimo como debiera, dada la realidad de lo que se presencia; porque en la jornada del día 18 de Marzo en que se ejecutó en la Capital de Santo Domingo el acto más grave que pueda presenciar un pueblo, faltó no sólo la pompa, que siquiera debió remedarse por vía de rutina, sino hasta la sanción del terror con que el despotismo sabe decorar sus actos cuando no puede hacerlo amar. Así los dominicanos en media hora dejaron de ser dominicanos y pasaron a ser españoles, sin aplaudir, sin temer, sin aprobar ni resistir: parece que el exceso de este acto incalificable destruyó todo género de sensación popular. Esta impasibilidad de la Capital ha sido ocasión de que Santana haya consumado su acto inicuo en otras poblaciones de la República después de desarmadas las poblaciones, enarbolando el pabellón español de la manera que ya se ha dicho, haciendo creer que había plan combinado y recurso ponderable de fuerzas españolas.
Nadie ignora que en toda la República, y principalmente en la misma Capital, existía un sentimiento de repugnancia invencible contra semejante proyecto. Pero Santana ha tenido el cuidado, después de proscribir todo el partido nacional, de desarmar todas las poblaciones, como ya se ha dicho, y poner en prisión los personajes cuyos sentimientos liberales le hacían temer una resistencia patriótica.
Ahora bien, ¿qué visos de legalidad pueden dársele a la venta de un pueblo, cuando su voluntad no ha sido consultada de antemano? Se quiere hacer valer el argumento de que las poblaciones han recibido el cambio de la nacionalidad, espontáneamente, pero esto no sólo es una completa falsedad, sino que, aún en el caso de que fuera cierta, nada supondría a favor de la traición de Santana, quien por el hecho sólo de ser su primer mandatario y de haber jurado en las aras de la Patria y ante la nación, defender y garantizar la independencia nacional, le era menos permitido que a ningún otro, destruir esa nacionalidad que tantos sacrificios ha costado, y que es el único bien que los dominicanos hayan disfrutado bajo su poder fatal y sanguinario.
Cuando la América toda es libre e independiente; cuando la misma isla de Cuba tiene que presenciar periódicamente la proscripción y el patíbulo con que se castiga a sus hijos más ilustres por sus aspiraciones a la libertad y la independencia, ¿se concibe acaso que un pueblo que disfruta de estos beneficios, los sacrifique a favor de una potencia cuyo sistema colonial la hace insoportable en América? La España, dominicanos, tiene que seguir uno de estos dos sistemas para gobernaros: o debe dejaros la libertad civil, la libertad política y la igualdad de que disfrutáis, hace cuarenta años, o debe gobernaros con un sistema de esclavitud civil o política, con sus preocupaciones de raza y con su desigualdad de jerarquías. El primer sistema es imposible, porque implica contradicción con sus propios intereses; el segundo, le es forzoso seguirle para no dar motivos de queja y conservar el equilibrio colonial de Cuba y Puerto Rico.
Es verdad, dominicanos, que los primeros días os halagarán con sueldos y con demostraciones de fingida consideración; pero que esto será muy pasajero. Tan pronto como la España asegure su dominación, os veréis sometidos al vilipendio de los impuestos más caprichosos y de la desigualdad más chocante; entonces veréis que habréis trocado vuestra bandera en vano, porque seréis españoles como súbditos, pero permaneceréis siempre en calidad de pueblo conquistado, y a quien el temor de volver a pensar en su libertad, hará que el gobierno adopte las medidas más duras y más vejatorias con tal que le aseguren la presa que desea conquistar.
La España no puede dar el mal ejemplo de respetar en Santo Domingo la libertad y la igualdad que proscribe en Cuba y Puerto Rico; entonces veréis que el cambio de bandera sólo se ha operado para asegurar el goce tranquilo de unos pocos que van a disfrutar del precio de vuestra libertad.
Tened entendido, dominicanos, que la palabra anexión con que se nos quiere fascinar, no es más que un engaño grosero: que la República Dominicana no puede de ninguna manera formar parte de la Monarquía Española: ella no podrá ser más que una colonia, como lo son Cuba y Puerto Rico, es decir: tierra de esclavos, tierra de opresión para sus habitantes, tierra de desigualdad para los pobres y los pequeños, tierra de humillación y de desprecio para los que no son nobles; tierra, en fin, que no pueden convenir sino a los sátrapas que la gobiernan y a los esbirros que recogen las primicias del despotismo, sacrificando toda dignidad personal.
Dominicanos! A las armas! Vosotros que a precio de vuestra sangre y vuestro reposo, formasteis la República Dominicana, tened el brío suficiente para volverla a reconstruir. Para lograr tan noble fin, no tenéis más que hacer sino es unirnos a los jefes de honor que batallan para reconquistar vuestra libertad e independencia, para volver a enarbolar el estandarte de la cruz.
Dominicanos! A las armas! Agrupaos en derredor de esa bandera que tantas veces habéis conducido a la victoria. Sacrificad todos los rencores pasados ante las aras de la Patria, y que de hoy en adelante no haya más que un solo partido: el partido nacional, del otro lado sólo quedará Santana con los cuatro logreros que han especulado con vuestra libertad e independencia. Alentaos y combatid seguros de que la victoria vendrá a vuestro encuentro: no olvidéis al gran Bolívar dijo estas palabras que desde entonces han servido de consuelo a todos los oprimidos: ´el pueblo que quiere ser libre, no hay poder que lo sujete a la esclavitud´. Si un hombre solo, si un déspota avaro y desnaturalizado ha podido venderos como esclavos, vosotros debéis desmentir este concepto declarándoos libres, independientes y dominicanos, para que la posteridad, al leer la historia de los acontecimientos políticos de nuestra Patria, vea que si la República Dominicana ha producido un monstruo traidor y cobarde, capaz de vender la nación que gobernaba, ha habido también un pueblo valiente y generoso que rechace semejante ignominia y reconquiste su libertad y sus derechos.
¡Viva la República Dominicana!
¡Viva la Libertad!
¡Viva la Religión!
Dado en Saint Thomas a 30 de Marzo de 1861.
SÁNCHEZ.-J.M. CABRAL.”[5]
Los generales Francisco del Rosario Sánchez y José María Cabral destacan de forma muy acertada los aportes dados por los Estados Unidos, Francia y Haití al proceso de independencia y libertad que vivieron América del Norte, Hispanoamérica y las Antillas a finales del siglo XVIII y gran parte del siglo XIX, con la sola excepción de Cuba y Puerto Rico, que permanecieron bajo el régimen de esclavitud de España.
Sánchez y Cabral reseñan el proceso por el cual atravesó la parte oriental de la Isla de Santo Domingo, tras la declaración de independencia encabezada por el licenciado José Núñez de Cáceres el primero de diciembre de 1821, la dominación haitiana durante veintidós años en que se abolió la esclavitud y la proclamación de la independencia nacional el 27 de Febrero de 1844 que hizo posible la constitución de la República Dominicana como nación libre e independiente.
Los patriotas de la Independencia recalcan la desdicha en que había caído la Isla de Santo Domingo desde su descubrimiento por parte de Cristóbal Colón y España hasta que la República Dominicana, que ocupa su parte oriental, cayó en manos de Pedro Santana, a quien definen como un “déspota bárbaro, pero afortunado”, que impuso a este país las más crueles acciones propias de la tiranía y el despotismo, al tiempo que desconoció la lucha heroica y los nobles sacrificios de un pueblo por su libertad durante diecisiete años, al arriar la bandera tricolor y en su lugar colocar la de la nación Ibérica. Señalan a Santana como el “primer ejemplo de despronunciamiento de la Independencia Nacional en favor de la sujeción al despotismo extranjero”, justo 19 días después de haber celebrado el 17 aniversario de la fundación de la República y jurar ante el Altar de la Patria de sostenerla firmemente, sin haber tenido hasta entonces ningún tipo de resistencia del pueblo dominicano, el cual previamente había sido sabiamente desarmado por el tirano.
Los generales de la República consideran un contrasentido que, cuando todos los pueblos de América son libres y en que la propia Cuba hace esfuerzos ingentes para salir del sistema colonial esclavista, el general Santana se adelanta a entregar al pueblo dominicano a este régimen cruel e insoportable, ya que por más falsas promesas que hiciera España de que garantizará la libertad civil, la libertad política y la igualdad entre los dominicanos, está compelido a mantener ese sistema de opresión so pena de romper el equilibrio colonial en Cuba y Puerto Rico. En tal sentido, sostenían que en principio a los dominicanos se les lisonjeará con sueldos y falsas demostraciones de consideración, pero que, tan pronto logren consolidar su dominio, se les tratará como esclavos, se les subirán los impuestos y las desigualdades e injusticias campearán por sus fueros, siendo los únicos beneficiarios el sátrapa y sus esbirros.
En lo adelante, Sánchez y Cabral hacen un llamado al pueblo dominicano a luchar con las armas en las manos por la reconstrucción de la República Dominicana como nación libre e independiente junto a ellos que fueron entes importantes en su proceso de constitución, de manera que se pueda lograr enarbolar nuevamente la enseña tricolor de la cruz. En ese manifiesto llaman a los dominicanos a deponer los rencores del pasado y todo espíritu de partido que tienda a su división y, por el contrario, les invitan a cerrar filas en el partido nacional, ya que del otro lado solo quedará Santana con sus acólitos, a cuyos monstruos traidores y cobardes sabrán combatir por su libertad y sus derechos.
De su lado, el seis de abril de 1861 el gobierno haitiano, ejercido desde el año 1859 por el general Fabré Geffrard, envió a España una nota de protesta por haberse anexado la República Dominicana, bajo el entendido de que ni el general Santana ni la monarquía española tenían derecho a conculcar la independencia de un pueblo que durante veintidós años había compartido con Haití un mismo Estado y un mismo Gobierno, pero que a partir del 27 de Febrero de 1844 había tomado la decisión de separarse de su vecino de Occidente para proclamar su independencia política, tener su propio blasón y adquirir su soberanía absoluta.
A continuación transcribimos la carta dirigida por el general Fabré Geffrard a España:
“PROTESTA DEL GOBIERNO DE LA REPÚBLICA DE HAITÍ CONTRA LA ANEXIÓN DE SANTO DOMINGO A ESPAÑA.
Fabré Geffrard, Presidente de Haití.
El general Santana, consumado el atentado que desde largo tiempo premeditaba, ha hecho enarbolar la bandera española sobre el territorio del Este de Haití. Unos actos emanados de ese General declaran este hecho, y una nota, con fecha del 6 de abril de este año, del Cónsul de S.M. Católica en Haití, lo notificó al Gobierno haitiano.
Ciertamente, el Gobierno de Haití no podía esperar tal desenlace. Las relaciones amigables que la corte de Madrid había contraído con él desde pocos años, acreditando cónsules acerca de él, no le habían preparado a ello; si, sobre las instancias de las potencias mediadoras, se habían dado prisa en conceder a los dominicanos una tregua de cinco años, no era, sin duda, para que este desenlace fuese preparado a la sombra de esa tregua y de la mediación leal de la Francia y de la Inglaterra.
¿Con qué derecho España tomaría hoy posesión de la parte Este? ¿Esa provincia no había cesado enteramente, desde largos años, de ser su colonia?¿No aceptó de hecho, cerca de un cuarto de siglo, la incorporación voluntaria de la parte Este a la República de Haití? En último lugar, ¿no reconoció la Independencia de la República Dominicana, y no trató con ella de Estado a Estado?
La España no tiene, pues, ningún derecho sobre la parte oriental de Haití; no tiene más derecho sobre este territorio, que podría tener la Francia o la Inglaterra; y la toma de posesión del Este por la España es un hecho tan enorme como si hubiese sido efectuada por la Francia o por la Inglaterra. Si fuera menester admitir que España tuviese aún derechos sobre la República Dominicana, también sería necesario admitir que ella los tiene sobre México, sobre Colombia, sobre el Perú, sobre todas las Repúblicas independientes de la América, que son de origen español.
Además, ¿con qué derecho, por su lado, el general Santana y su facción entregan a la España el territorio dominicano? ¡Tal es la voluntad de las poblaciones! dicen ellos. ¡Afirmación mentirosa! Esas poblaciones que tiemblan bajo el régimen de terror organizado por el general Santana, no puede manifestar ningún voto libre. Buen número de ciudadanos honrados, esclarecidos, de patriotas adictos a la República Dominicana, arrojados fuera de su patria por el general Santana protestan con toda su energía contra esta enajenación de su patria, que edifican de cobarde traición.
Nadie pondrá en duda que Haití tiene un gran interés en que ninguna potencia extranjera se establezca en la parte Este. Desde el momento en que dos pueblos habitan una misma isla, sus destinos, respecto de las tentativas del extranjero, son necesariamente solidarios. La existencia política del uno se encuentra íntimamente ligada con la del otro, y están obligados a garantizarse el uno al otro su mutua seguridad. Suponed que fuese posible que la Escocia pasase de repente, sea bajo la dominación rusa, sea bajo la dominación francesa, ¿dirían que la existencia de la Inglaterra no se vería desde luego profundamente comprometida?
Tales son los vínculos necesarios que unen las dos partes oriental y occidental de Haití. Tales son los motivos poderosos por los cuales nuestras constituciones todas, desde nuestro origen político, han declarado constantemente que la isla entera de Haití no formaría más que un solo Estado; y no fue ambición de conquista la que dictó esa declaración; fue únicamente ese sentimiento profundo de nuestra propia seguridad; porque los fundadores de nuestra joven sociedad declaraban, al mismo tiempo, que en Haití se prohibía toda empresa que pudiese turbar el régimen interior de las islas vecinas.
El Gobierno haitiano, comprendiendo mejor las condiciones de la independencia y de la seguridad de las naciones, ha querido, pues, formar siempre con la población dominicana un Estado único y homogéneo. En el espacio veintidós años, esa mira ingente se realizó por la libre y espontánea voluntad de las poblaciones del Este. Los dos pueblos se han mezclado, han vivido la misma vida política y social, no han formado más que un solo y mismo Estado; y la administración de esa mitad de la patria común costó, en veintidós años, grandes sacrificios pecuniarios al Gobierno haitiano.
Si el pueblo del Este ha obrado una separación en 1844, jamás fue otro su objeto que el reivindicar la facultad de gobernarse a sí mismo. Al gobierno unitario quiso sustituir por un sentimiento sospechoso de libertad, dos Gobiernos distintos, sin desconocer sin embargo, el vínculo íntimo y la comunidad de intereses de las dos poblaciones.
La separación del Este jamás ha sido, en el fondo, sino una contienda sobre la forma de Gobierno. Jamás esas poblaciones, tan celosas de su libertad, han entendido entregarse a una dominación extranjera, como también el Gobierno haitiano nunca consentirá sino en esa autonomía, objetos de sus votos más ardientes, para mejor asegurar los intereses comunes y la independencia común de los dos pueblos.
El Gobierno de Haití protesta, pues, solemnemente y a la faz de la Europa y de la América, contra toda ocupación por la España del territorio dominicano: declara que la facción Santana no tiene ningún derecho de enajenar ese territorio, bajo cualquier título que sea: que no reconocerá jamás semejante cesión: que hace altamente toda reservas a este fin, como se reserva el empleo de todos los medios que, según las circunstancias, podrían ser propias para asegurar y afianzar su más precioso interés.
Dado en el Palacio Nacional de Puerto-Príncipe a 6 de Abril de 1861, año 58º. de la independencia.- Geffrard.
Por el Presidente: El Secretario de Estado, Presidente del Consejo.-J. Paul.
El Secretario de Estado de la Guerra y la Marina.- T. Dejoie.
El Secretario de Estado de Justicia, de los Cultos y de la Instrucción Pública.- F. E. Dubois.
El Secretario de Interior y de la Agricultura.- Fs. Jn.- Joseph.
El Secretario de Estado de Hacienda, del Comercio y de las Relaciones Exteriores.- V. Plaisance.
El Secretario de Estado de la Policía General.- L. Lamothe.”[6]
El Gobierno haitiano, presidido por el general Fabré Geffrard, protestó contra la anexión inconsulta de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo a España llevada a cabo por el general Santana, a la sombra de las diferentes potencias que habían sido signatarias de una tregua militar en 1856 entre Haití y República Dominicana, como fueron los casos de Francia e Inglaterra, de las que también formaba parte la nación Ibérica.
De igual manera, establecía claramente que no reconocería jamás semejante cesión de la República Dominicana a España, al tiempo que elevaba su voz de protesta ante los pueblos de Europa y América por tan abominable hecho; mostraba una actitud solidaria con la causa dominicana, tomando como punto de partida su propia seguridad; y, por tanto, se reservaba el derecho de usar todos los medios a su alcance, según lo exigieran las circunstancias, para lograr la desocupación del territorio dominicano por parte de las tropas de la nación Ibérica, en aras de asegurar y garantizar su propios intereses, para evitar que la Isla fuera convertida nuevamente en una colonia esclavista europea.
No conforme con el envío de esa nota a la Corte española, el general Geffrard lanza una proclama al pueblo haitiano y al ejército el 18 de abril de 1861, donde los llama a combatir con las armas a la única nación que mantenía posesiones esclavistas en el Caribe en ese momento, España, en desmedro de las islas de Cuba y Puerto Rico, donde habitaban mayoritariamente sus hermanos de África en la más abyecta esclavitud e injusticia.
De igual modo, les alerta sobre la posibilidad de que España pretenda nuevamente apoderarse de toda la Isla para implantar su sistema de dominación y opresión, lo que pondría en peligro la patria haitiana, su nacionalidad y su libertad, razón por la cual les llama a rechazar con las armas las hordas invasoras bajo el grito inmortal de los fundadores de la República: Libertad o muerte.
Ahora se procederá a reproducir el texto completo de la exhortación del general Geffrard a su pueblo y a su ejército contra la anexión de Santo Domingo a España:
“PROCLAMA DIRIGIDA POR EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE HAITÍ, MR. GEFFRARD, AL PUEBLO Y AL EJÉRCITO CON MOTIVO DE LOS SUCESOS OCURRIDOS EN SANTO DOMINGO EL 18 DE MARZO DE 1861.
AL PUEBLO Y AL EJÉRCITO.
HAITIANOS.
A favor de infames intrigas y manejos reprobados, el Gobierno español, engañando y seduciendo al general Santana, que rige los destinos de nuestros hermanos del Este de la isla, acaba de enarbolar su bandera sobre los muros de Santo Domingo. Sabéis que esa bandera autoriza y protege la esclavitud de los hijos de África. En Cuba y en Puerto Rico gimen desesperados, bajo la tiranía de una mano cruel, millones de nuestros hermanos y de nuestros conciudadanos, a quienes considera más viles y miserables que las bestias de los campos y a quienes se maltrata sin piedad bajo la sombra de ese pabellón degradado, que al ondear en Santo Domingo nos presagia la desaparición y el término de nuestras libertades.
¡Haitianos! ¿Consentiréis que vuestra libertad se pierda y que se os reduzca a la esclavitud? Hoy, en pleno siglo XIX, cuando Italia, Hungría y Polonia, pueblos oprimidos por un régimen menos terrible todavía que el de España impone a nuestros hermanos de sus colonias, luchan por emanciparse y conquistar la independencia, ¿podréis consentir que arraigue en nuestro suelo la autoridad de un Gobierno extraño, decidido a conspirar contra nuestra libertad y a destruirla por la violencia o por la astucia? No; vosotros jamás sufriréis tal ignominia.
La patria está en peligro, nuestra nacionalidad amenazada, nuestra libertad comprometida. ¡A las armas, haitianos! Corramos a las armas para rechazar con ellas las hordas invasoras. Que vuestra consigna sea aquella frase inmortal que sirvió de guía a los fundadores de nuestra República: la libertad o la muerte. Rechacemos la fuerza con la fuerza. No vacilemos ante ningún sacrificio, ni retrocedamos ante ningún obstáculo. Todos los medios son buenos cuando se trata de defender la libertad. Aunque lleguemos a ver a nuestros pueblos reducidos a montones de escombros y el país entero convertido en un inmenso sepulcro, combatiremos sin tregua ni cuartel. ¡Dios hará triunfar a los haitianos! Después de haber exhalado el último de nosotros su postrer suspiro, España nada lograría porque ni Europa, ni América consentirán jamás que se plantase su aborrecida bandera sobre el suelo de nuestra querida patria. ¡A la lucha! Es necesario que acabe la dominación de España en América. La expulsaremos de Santo Domingo y esa derrota será precursora de su expulsión definitiva del golfo de México. España anhela destruir nuestra nacionalidad y no sabe que al intentarlo abre su propia tumba. El porvenir justificará esta predicción.
¡A las armas, haitianos! Marchemos al combate y no las soltemos de las manos hasta que la autoridad española, desaparezca del territorio de Haití. Si la suerte nos fuese adversa, lo que no es creíble, hagamos que el estandarte español ondee solo sobre nuestras cenizas y nuestros cadáveres.
La historia y la posteridad aplaudirán nuestro heroísmo. Las naciones cultas vengarán nuestra derrota y nuestra ruina.
Dado en el Palacio Nacional de Port-au-Prince el 18 de Abril de 1861.
FABRÉ GEFFRARD.”[7]
El nivel de enardecimiento del Gobierno haitiano, encabezado por su presidente Geffrard, ante la anexión de la República Dominicana a España, es lo que explica el apoyo solidario en armas y entrenamiento militar dado a los patriotas dominicanos que encabezaban los generales Francisco del Rosario Sánchez, José María Cabral y Fernando Taveras para llevar a cabo una insurrección en la parte Este de la Isla de Santo Domingo. Esta acción, que se efectuó a finales de mayo, junio y principios de julio de 1861, estaba conformada por tres frentes guerrilleros: uno se dirigía a San Juan de la Maguana, presidido por Sánchez; otro se orientaba hacia Las Matas de Farfán, encabezado por Cabral; mientras que el tercero, se encaminaba hacia Neiba, comandado por Taveras.
Encontrándose el general Sánchez en Puerto Príncipe, recibió como emisario del alcalde de Sabaneta, Santiago Rodríguez, al joven entusiasta José Cabrera, con quien le mandó el recado de que podía contar con él y otros patriotas del Cibao para con la justa causa revolucionaria que se proponía emprender, orientada a devolverle la soberanía a la mancillada República Dominicana. El joven Cabrera fue de mucha ayuda para Sánchez, por ser un gran conocedor de la zona fronteriza, lo que le permitió al héroe de febrero entrar en contacto fácilmente con los patriotas de la línea fronteriza del Suroeste.
En la comunidad de El Cercado, Sánchez logró la cooperación del influyente general Santiago de Óleo y sus subalternos, procediendo a cruzar la frontera con un ejército de 500 hombres bien armados, con la clara disposición de lograr el restablecimiento de la República Dominicana, acompañado de los generales José María Cabral y Fernando Taveras, así como de los oficiales Pedro Alejandrino Pina, Juan Erazo, Valentín Ciriaco Báez y Juan de la Cruz, entre otros. Asimismo, el proyecto independentista de la Regeneración Dominicana contó con la participación entusiasta de un conjunto de soldados destacados y de varias centenas de dominicanos civiles dispuestos a darlo todo en aras de la restauración de la independencia nacional perdida a mano de los peninsulares españoles.
El general Fernando Taveras procedió a apoderarse de Neiba, que, para entonces, contaba con una población de 10 mil personas. De su lado, el general José María Cabral y su lugarteniente, coronel Gabino Simonó, tomaron a Las Matas de Farfán, que al momento sólo tenía una población de 2 mil personas. En tanto que el general Francisco del Rosario Sánchez y su división se hizo cargo de las comunidades de El Cercado y Cachimán, cuya población era inferior a las anteriores. Todos estos poblados formaban parte de la entonces extensa provincia o departamento de Azua.
En la noche del 30 de mayo de 1861 llegaron las primeras noticias sobre la tentativa revolucionaria que encabezaban Sánchez, Cabral y Taveras. Inmediatamente, el general Santana dispuso que se formara una división para ir a combatirla, encabezada por el general Antonio Abad Alfau, acompañada de una brigada de tropas españolas bajo las órdenes del brigadier español Antonio Peláez de Campomanes. Todas las fuerzas, a pesar de la inclemencia del tiempo, caracterizada por fuertes lluvias, caminos intransitables y ríos crecidos, se reunieron en la ciudad de Azua el 4 de junio de 1861. El general Santana se presentó en esta ciudad el 16 de junio, procediendo a ordenar de inmediato que el general Francisco Sosa se dirigiera a Neiba por tierra y el general Antonio Abad Alfau con el batallón de Puerto Rico y otras fuerzas se dirigiera a Barahona por mar, para desembarcar allí y llegar al mismo punto que Sosa.
El propio general Santana se puso al frente de las fuerzas que se dirigían a San Juan de la Maguana y, acosados por ellas, los insurrectos se vieron obligados a replegarse a El Cercado. Este hecho, junto a la noticia de que el gobierno español había enviado una escuadra a Puerto Príncipe para intimidar al presidente haitiano Fabré Geffrard, con la amenaza de que bombardearía la capital haitiana si no retiraba inmediatamente el apoyo que le daba a los revolucionarios dominicanos dirigidos por Sánchez –a lo que se vio obligado a acceder el gobernante haitiano, procediendo a enviar informantes oficiales para que aquellos desistieran de sus planes y se replegaran a Haití-, lo cual creó un gran desaliento en las filas revolucionarias, produciéndose grandes deserciones a partir de entonces.
En ese panorama enrarecido se produce la traición del general Santiago de Óleo, quien para hacerse complaciente con las tropas realistas españolas encabezadas por Santana levantó pérfidamente sus armas contra el general Francisco del Rosario Sánchez y sus compañeros de ideal. La versión más creíble es aquella que da cuenta de que el general De Óleo llegó –por entre los montes- al Mangal, lugar situado al pie del primer paso del río Cañas, en las proximidades de la hoy loma Juan de la Cruz, en lo que actualmente se conoce como la comunidad de Juan Santiago, camino de Hondo Valle hacia Haití, e hizo una emboscada al general Sánchez y sus tropas.
En ese lugar, el general De Óleo recibió a sus antiguos compañeros con descargas cerradas, cuando los revolucionarios se replegaban hacia Haití para salvarse del ataque de las fuerzas realistas que encabezaba el general Santana. El indigno general De Óleo hirió en las ingles al general Sánchez. Luego procedió a apresar a Sánchez y a 21 de sus compañeros, los cuales no pudieron huir por no conocer adecuadamente esos lugares. El joven José Cabrera, verdadero práctico en el conocimiento de toda la línea fronteriza logró salvarse de la persecución, pudiendo llegar hasta Haití, para luego regresar en febrero de 1863 a Sabaneta y tomar parte en el movimiento que encabezaría Santiago Rodríguez en la Línea Noroeste. Tras el fracaso de este movimiento, Cabrera volvería a ser una figura clave en el izamiento de la bandera dominicana en el Cerro de Capotillo, Dajabón, el 16 de agosto de 1863, acción con la cual se daría inicio a la Guerra de la Restauración, de la que también serían personajes destacadas los generales Santiago Rodríguez, Benito Monción y Gregorio Luperón, entre otros.
Los prisioneros fueron trasladados a San Juan de la Maguana, en donde el general Sánchez y sus compañeros de armas fueron sentenciados a muerte por orden del capitán general Pedro Santana, gobernador de Santo Domingo, quien para hacer una pantalla designó un Consejo de Guerra, presidido por el general Domingo Lazala (enemigo declarado de Sánchez) y como fiscal acusador a Tomás Pimentel. El juicio, cuya sentencia prejuiciada se presumía de antemano, fue revestido de un carácter aparatoso y cruel.
Veamos lo que nos dice el general español De la Gándara sobre el juicio y la ejecución sumaria llevada a cabo por el general Santana contra los patriotas:
“El número de prisioneros llegó a elevarse a 21.Se les sujetó por orden de Santana a un sumarísimo e irregular procedimiento y fueron fusilados el 4 de julio, contra la opinión y las reclamaciones escritas del brigadier Peláez, que pasó quizás los límites de la subordinación, impulsado por los sentimientos de humanidad, bien que puede exponerse en su descargo que aquellas ejecuciones constituyen un acto de tiranía grosero e indefinible, pues según refieren testigos presenciales no se hizo para condenarles más que una parodia de consejo de guerra, incapaz de satisfacer en manera alguna las legítimas exigencias de un procedimiento racional. Se les condenó a sufrir la última pena, y esta sentencia fue cumplida en términos que repugna recordar, pues mientras a unos los remataron a tiros, otros sucumbían a palos o a machetazos, de lo que protestó asimismo un comandante ([8]) del regimiento de la Corona, que con fuerza de este cuerpo se hallaba en San Juan.”[9]
El general Francisco del Rosario Sánchez fungió como abogado defensor suyo y de sus compañeros, procediendo a cuestionar las leyes con que se les juzgaría: si con las dominicanas, que no contemplaban la pena de muerte para quienes defienden su soberanía; o con las españolas, que al momento no habían entrado en vigencia en la colonia de Santo Domingo. Intentando lograr el descargo de sus compañeros de infortunio de todo compromiso con la organización y ejecución de la acción armada que él encabezaba, Sánchez asumió la total responsabilidad del hecho. Esto no fue óbice para que los esbirros del general Pedro Santana llevaran a cabo de la forma más vil que uno se pueda imaginar la ejecución de la pena de muerte tanto del general Francisco del Rosario Sánchez como de los veintiún compañeros de armas que le acompañaban.
A continuación recogemos la parte más ilustrativa de la defensa que hizo Sánchez de sus compañeros de infortunios en esa ocasión tan crucial:
“¿Con qué leyes se me habrá de juzgar? ¿Con las españolas que no han comenzado a regir, pues el protocolo de la Anexión establece un interregno de meses para que comiencen a regir las leyes del reino, o con las dominicanas, que me mandan a sostener la independencia y la soberanía de mi patria?… ¿En virtud de qué ley se nos acusa? ¿Amparándose en cuál ley se pide para nosotros la pena de muerte? ¿Invocándose la ley dominicana? ¡Imposible! La ley dominicana no puede condenar a quienes no han cometido otro crimen que el querer conservar la República Dominicana. ¿Invocando la ley española? No tenéis derecho para ello. Vosotros sois soldado del ejército dominicano, ¿dónde está la ordenanza española que rige vuestros actos? ¿Dónde está el código español en virtud del cual nos condenaríais? ¿Es posible admitir que en el Código Penal Español haya un artículo por el cual los hombres que defienden la independencia de su país deben ser acusados y condenados a muerte?… Pero veo que el señor Fiscal pide para estos hombres lo mismo que para mí, la pena capital. Si hay un culpable, el único soy yo. Estos hombres vinieron porque yo los conquisté.[10]”
El 4 de julio de 1861, debajo de una mata de guásuma, justo donde en la actualidad se encuentra el cementerio municipal de San Juan de la Maguana, se hizo cumplir la sentencia de la pena de muerte de Sánchez y sus acólitos, dictaminada en los hechos por órdenes del hatero del Seibo, general Pedro Santana. Ese día el general Sánchez fue fusilado junto a sus compañeros de armas: Juan Erazo, Benigno del Castillo, Gabino Simonó Guante, Domingo Piñeyro, Félix Mota, Francisco Martínez, José Antonio Figueroa, Manuel Baldemora, Rudecindo de León, Juan Gregorio Rincón, José de Jesús Paredes, Julián Morris y Morris, Pedro Zorrilla, Luciano Solís, José Corporán, Epifanio Jiménez y Sierra, Segundo Mártir y Alcántara, Juan de la Cruz, Juan Dragón León García y Pascual Montero.
En cambio, los generales José María Cabral y Fernando Taveras, así como los compatriotas que les acompañaban, lograron replegarse a tiempo hacia territorio haitiano, después de enfrentar a las tropas realistas encabezadas por los generales Antonio Abad Alfau en Neiba y Eusebio Puello en Las Matas de Farfán, tras recibir el aviso correspondiente a la encrucijada en que se encontraba el general Fabré Geffrard ante la amenaza española de bombardear a Puerto Príncipe, la capital de Haití, si no le retiraba inmediatamente el apoyo a los expedicionarios dominicanos.
3-El Alzamiento del 9 de Febrero de 1863 en Neiba
La madrugada del 9 de febrero de 1863 un grupo de patriotas que no estuvo de acuerdo con la anexión del país a España, encabezado por el alférez Nicolás de Mesa, Cayetano Velázquez, Manuel Fabián (mejor conocido como Manuel Chiquito), Manuel Ocampo, Luis Venancia, José Antonio de Mesa, Manuel de Sena, Antonio Marmolejo, Alejo Marmolejo, Bartolomé Moquete, Francisco Terrero, Simeón Suberví, Gervasio Santana, Juan La Hoz, Domingo Santana y Domingo Sánchez, entre otros, tomó por asalto la gobernación militar de la común de Neiba, poblado situado en el Suroeste de la República Dominicana, al “grito del Dominicano libre.”[11] (Abreu Cardet y Sintes Gómez: 2012: 64).
El sitio de la gobernación militar trajo consigo la toma de la cárcel, reduciendo a la obediencia a sus centinelas –cuatro soldados, un cabo y un sargento- y la prisión del comandante militar de Neiba, coronel de las reservas Tomás Bobadilla hijo, quien había sido designado en esa posición el 10 de diciembre de 1862. Posteriormente pidieron al sacerdote de la común, José Borras y Sedo, que abandonara el poblado, como una forma de neutralizar la influencia que pudiera tener este sobre la comunidad, a lo cual este se negó.
La mayor parte de los conjurados procedían de la sección de Cambronal –hoy denominada Galván, en homenaje al escritor Manuel de Jesús Galván-, la mayoría campesinos, con la excepción de los alférez Nicolás de Mesa y Manuel Ocampo y el zapatero Cayetano Velázquez, los cuales “lograron controlar en Neiba los tres poderes esenciales de España en Santo Domingo: el ejército, el poder civil y el clero. Aunque este último se negó a abandonar la población, pero estaba controlado por los revolucionarios.”[12]
Esta acción se mantuvo por espacio de siete horas, desde las cuatro de la madrugada hasta las once de la mañana, cuando el Alcalde Mayor de Neiba, don José Camuyrán, se presentó al lugar invocando el orden, a lo cual no se negaron los complotados, procediendo a reconocerlo como la autoridad judicial de la común y prestándole la obediencia correspondiente.
Los objetivos del movimiento no estaban del todo claro, ya que algunos de los complotados hablaban de una República Dominicana libre e independiente, mientras que otros hablaban de la incorporación al vecino país de Haití. Con esto último no estaba de acuerdo una parte de los conjurados y la población en general, ya que el 22 de diciembre de 1855 los patriotas dominicanos, encabezados por Francisco Sosa y Lorenzo de Sena, habían vencido a las tropas haitianas encabezadas por los generales Garat y Senneville, en la Batalla de Cambronal.
Este movimiento fue el segundo en producirse en el Suroeste de la República Dominicana, al producirse la anexión a España y tras el fracaso de la acción armada encabezada por los generales Francisco del Rosario Sánchez, José María Cabral y Fernando Taveras entre mayo y julio de 1861.
4-La acción srmada del 21 de gebrero de 1863 en la Línea Noroeste
El alcalde Santiago Rodríguez, quien había participado activamente en la guerra de independencia contra las tropas haitianas en la Batalla de Sabana Larga, donde alcanzó el grado de coronel y donde fue gravemente herido, fue el iniciador del movimiento del 21 de febrero de 1863.
Rodríguez, quien no pertenecía a ninguna entidad política partidaria, gozaba de un gran prestigio en su calidad de fundador de la comunidad de Sabaneta y contaba con el apoyo de sus compañeros de lucha e ideal en la guerra de la independencia, se dedicó a integrar a la causa restauradora a todos los patriotas de la Línea Noroeste y del resto del Cibao que no estaban de acuerdo con la anexión a España llevada a cabo por el general Pedro Santana el 18 de marzo de 1861 y con las masacres perpetradas en Moca contra el coronel José Contreras y seguidores y en San Juan de la Maguana contra el general Francisco del Rosario Sánchez y seguidores, entre mayo y julio de ese año.
Estos aprestos revolucionarios le permitieron estructurar un gran movimiento en todo el Cibao, cuya acción simultánea debía realizarse el 27 de febrero de 1863 en las ciudades de Puerto Plata, Moca, La Vega, San Francisco de Macorís, Santiago de los Caballeros, San José de las Matas y en las diferentes poblaciones de la Línea Noroeste, justo al cumplirse el 19 aniversario de la Independencia Nacional. Sin embargo, una circunstancia inesperada puso en riesgo el plan definido. El coronel Norberto Torres, jefe de caballería de Guayubín, que se había comprometido a cooperar con el movimiento, se pasó de tragos y en la gallera tuvo un altercado con un soldado español, llegando a alertarle de que dentro de cinco días los españoles iban a saber lo que les ocurriría.
Lo ocurrido fue informado por el soldado español al capitán Garrido, oficial de la Plaza de Armas de Guayubín, quien dio la orden de aprehenderlo de inmediato, a lo que reaccionó el coronel Torres cruzando el río Yaque del Norte y dirigiéndose a la sección Martín García. Allí disparó tres trabucazos frente a la casa del inspector Raimundo García, reunió a todos los hombres que se presentaron al lugar y se dirigió al general Lucas Evangelista de Peña para avisarle de lo ocurrido, persona designada por Santiago Rodríguez para tomar la común de Guayubín.
El general Lucas de Peña decidió adelantar la acción militar y llamó con carácter de urgencia a sus hombres de Martín García, Machete, Cerro Gordo y otras comunidades pertenecientes a la común de Guayubín. En la noche del 21 de febrero de 1863 tomaron la plaza de armas y fueron rechazados por el otrora patriota de la batalla del 30 de marzo de 1844, general Fernando Valerio, quien era el comandante de Guayubín y partidario del gobierno realista español.
Luego de un cese al fuego, se realizó un consejo de guerra entre los principales oficiales revolucionarios de la zona, los tenientes coroneles Juan Antonio Polanco y Benito Monción, así como los oficiales José Cabrera, Pedro Antonio Pimentel, Juan de la Cruz Álvarez, José Ramón Luciano, José Barrientos, Manuel González y otros, donde se decidió la táctica de escalar sigilosamente los muros del cementerio e internarse en el pueblo de Guayubín durante la noche, para que los españoles creyeran que se habían retirado. La acción militar táctica tuvo muy buenos resultados, ya que sorprendieron a los soldados de la guarnición, quienes fueron vencidos y apresados con armas y bagajes por parte de los patriotas, constituyéndose este en el primer bautizo victorioso de la jornada patriótica recién se iniciaba.
La decisión de adelantar la acción patriótica llegó a los oídos del coronel Santiago Rodríguez, lo que lamentó profundamente, ya que ello trajo consigo el retiro de algunos oficiales revolucionarios –como fue el caso del coronel José Antonio Salcedo, quien estaba supuesto a participar bajo las órdenes del general Lucas Evangelista de Peña-, quienes se negaron rotundamente a participar en el precipitado movimiento, al estimar que el mismo estaba de antemano condenado al fracaso. Salcedo permaneció en su casa durante el episodio y se integró posteriormente de forma activa en la Guerra Restauradora, a partir de la toma de la común de Guayubín, tras el izamiento de la bandera tricolor en el cerro de Capotillo, Dajabón.
Rodríguez había conquistado para la causa patriótica al general Antonio Batista, quien era comandante de la Plaza de Armas de Sabaneta y también atrajo al coronel Thomas Pierre, quien había nacido en Haití, pero hasta entonces servía al ejército realista dominico-español. El joven Gregorio Luperón había llegado al poblado de Sabaneta atraído por los acontecimientos revolucionarios y, al ser perseguido activamente por el Comandante de la Plaza de Armas de Puerto Plata, general Juan Suero, quien lo había apresado para obligarle a entregarle unos títulos de propiedad que este retenía en forma de hipoteca por un dinero que le adeudaba, logró escaparse de la cárcel de la Ciudad Atlántica.
El 21 de febrero de 1863 llegó a Sabaneta desde Puerto Plata, el hermano de Santiago Rodríguez, Manuel Casimiro Rodríguez, quien había ido en calidad de comisionado de la revolución a ultimar los detalles del golpe en la Ciudad Atlántica, trayendo desde allí la seguridad de que ese poblado estaba listo para el pronunciamiento que se había programado originalmente para el 27 de febrero de 1863.
Al amanecer el 22 de febrero, fue necesario pronunciar la comunidad de Sabaneta, retirándose el general Antonio Batista desde el día anterior al campo de Los Cercadillos, donde lo hicieron preso por puro formalismo. Los oficiales que pronunciaron el ¡Viva la República Dominicana! fueron los coroneles Santiago Rodríguez, Thomas Pierre, Ignacio Reyes y José Mártir, entre otros.
Para comprometer al general Batista con la causa, Santiago Rodríguez lo mandó a acercarse a Santiago de los Caballeros a través del pueblo de San José de las Matas. En ese orden organizó una columna encabezada por el general Batista con la participación del joven Gregorio Luperón en la vanguardia y el coronel Ignacio Reyes en la retaguardia. De igual modo contó con la incorporación del general Bartolo Mejía, un importante soldado de la Independencia que vivía en la Sierra y era el jefe de la revolución en San José de las Matas.
La columna partió desde Sabaneta y aumentó su número de integrantes cuando pasó por la comunidad de Guaraguanó. Al cruzar el río de Mao por la comunidad de Bulla tuvo que enfrentarse con las tropas realistas de la común de San José de las Matas, logrando vencerlas para seguir su camino. Pero al llegar a la confluencia de los ríos Inoa y Amina, se encontraron con el coronel de la reserva José María Checo, al servicio de España, quien le hizo frente con su columna en un combate que duró todo el día 23 de febrero.
En horas de la noche, cuando terminó el enfrentamiento, el general Antonio Batista recibió un expreso de Santiago Rodríguez en que le ordenaba la retirada y el regreso inmediato a Sabaneta para defenderla con su columna, ya que el general Hungría, gobernador de Santiago de los Caballeros, había tomado la común de Guayubín y se disponía a tomar Sabaneta. Batista acató la orden y, cuando se dirigía a Sabaneta, fue interceptado por las tropas realistas en El Peñón, donde su columna sufrió una fuerte derrota. Esto lo sumió en una fuerte depresión que lo llevó a intentar suicidarse, pero fue reanimado por el coronel Ignacio Reyes y se quedó en su casa de Los Buenos en Guaraguanó. Delegó en Ignacio Reyes la dirección de la columna a su cargo.
Al día siguiente, los revolucionarios recuperaron Guayubín, donde establecieron su Cuartel General. Fue en aquel momento en que el ejército libertador, con la voluntad unánime de todos los patriotas, el voto de los caudillos y el entusiasmo que produce una causa justa próxima a la victoria, procedió a designar con el rango de generales a los ciudadanos Santiago Rodríguez, Norberto Torres, Gregorio Luperón, Ignacio Reyes y Thomas Pierre. Asimismo, fueron elevados a la categoría de coroneles los patriotas Juan Antonio Polanco, Benito Monción y José Lasage; de igual modo, fueron ascendidos al rango de comandantes los revolucionarios Juan de la Cruz Álvarez, Justo Carrasco, José Mártir y Raymundo Díaz.
A continuación, en la común de Montecristi, se desató el movimiento insurreccional, el cual fue asumido por el patriota José Alejandro Metz con el refuerzo del comandante inspector Juan Antonio Polanco y el capitán Federico de Jesús García. Polanco quedó al mando de Montecristi, poblado que había sido tomado por los revolucionarios. Se logró contactar nuevamente al coronel José Antonio Salcedo, quien se haría cargo de operar un movimiento insurreccional en Puerto Plata, para cuya empresa contó con el apoyo del joven teniente Wenceslao Álvarez, pero desgraciadamente ambos fueron apresados y no pudieron cumplir su cometido.
El general Hungría se vio compelido a regresar a Santiago de los Caballeros para enfrentar los conatos revolucionarios que se habían producido el 24 de febrero. Cuando llegó el 25, el movimiento revolucionario había sido sofocado y procedió a tomar las medidas que creyó pertinentes para controlar la situación. Inmediatamente, se dispuso a reunir más fuerzas para someter nuevamente a Guayubín y el 27 de febrero de 1863 se hace acompañar de un grupo de patriotas, quienes se autodenominaron “misioneros de la paz”, los cuales eran: coronel Furcy Fondeur, licenciado Benigno Filomena de Rojas, Carlos Fermín y Tito Fermín.
El recién ascendido coronel Benito Monción fue el oficial designado para batirse con el general Hungría. Monción había salido desde Guayubín con una columna de 800 hombres y una pieza de artillería de a ocho. En el sitio conocido como Hato del Medio Abajo, cerca de Guayubín, el coronel Monción encontró a los referidos miembros de la autodenominada Comisión de Paz y poco tiempo después fue alcanzado por el coronel Pedro Antonio Pimentel con varios hombres de a caballo, quien le recomendó que retrocediera hacia Guayubín, lo cual hizo de inmediato. Al llegar a Guayubín, el general Lucas Evangelista de Peña le expresó que habían decidido cancelar la acción y entrar en arreglos con los españoles, quienes estaban dispuestos a darles garantías a todos los revolucionarios y a hacer otras concesiones, de acuerdo con lo que había testificado la autodenominada Comisión de Paz.
El coronel Benito Monción se mostró en desacuerdo con el arreglo y decidió hacer el ataque con quienes quisieran seguirle. Lucas de Peña, Norberto Torres y otros oficiales se refugiaron en Haití con una buena parte de los conjurados, mientras que Benito Monción, Juan de la Cruz Álvarez y otros valientes decidieron resistir a las tropas realistas del general Hungría en el fuerte de Mangá. Este es un lugar fortificado que ubicado en la confluencia de los ríos Yaque del Norte y Guayubín, el cual nunca pudieron tomar los haitianos durante las diferentes batallas que se escenificaron en la Línea Noroeste, posterior a la proclamación de la Independencia Nacional.
En la madrugada del 2 de marzo de 1863, Monción hizo trasladar a Mangá cuatro piezas de artillería y todas las municiones que requería del arsenal de Guayubín, que luego voló tras desocupar el pueblo. A las siete de la mañana llegó el general Hungría a la común de Guayubín, que encontró totalmente desierta, lo que le obligó a seguir su camino hacia el fuerte de Mangá. Los sublevados se habían reducido a 200 hombres, de un total de 2 mil que le acompañaban cuando estaba el general Lucas de Peña.
El fuerte de Mangá era una posición sólida y muy bien artillada, pero la artillería estaba en las manos inexpertas del patriota San Mézquita, quien nunca hizo blanco sobre las tropas de los adversarios. Hungría, que era un bravo y experto militar, se dio cuenta de que la inferioridad numérica de los española estaba equiparada con la falta de puntería de los cañones de Mangá. Es así como da la orden de vadear el río Yaque del Norte y dispone que el coronel Velazco recompusiera sus tropas con la ayuda de Campillo, al tiempo que los capitanes españoles Casas y Valenzuela se trepaban por los terraplenes de la orilla del río y sorprendieron a los patriotas dominicanos.
El factor sorpresa fue el que decidió la victoria a favor de los españoles, luego de que, hábilmente, lograran dividir la fuerza de los patriotas mediante la estratagema de una supuesta Comisión de Paz. Valenzuela se lanzó sobre una de las piezas para tomarla, y aunque cayó herido de once machetazos, tras caer de un balazo la cara de la Virgen del Rosario que habían colocado entre dos cañones para que les protegiera, los dominicanos se desmoralizaron y huyeron en desbandada, para reunirse posteriormente en El Llano, cerca de Sabaneta. En esa batalla participó como jefe de la caballería española, el general Gaspar Polanco, quien formaba parte de las reservas realistas.
Después de la victoria de Mangá, el general Hungría despachó una tropa al mando del coronel Campillo con el objetivo de tomar la común de Montecristi, pero cuando llegó el 3 de marzo de 1863 la encontró desierta. Los patriotas se habían retirado por la falta de municiones y recursos, tras enterarse de la derrota sufrida por los dominicanos en el Mangá. Al tomar Campillo la ciudad los vecinos retornaron a sus casas.
El 4 de marzo de 1863 desembarcó al puerto de Montecristi el brigadier Buceta, procedente de Samaná, quien, al ser informado por el coronel Campillo de lo ocurrido, dispuso que dos compañías reforzaran al general Hungría en la toma de la común de Sabaneta. El general Hungría con una fuerza aplastante de más de mil hombres, atacó a Sabaneta el 5 de marzo, logrando así el triunfo definitivo sobre los insurrectos dominicanos, no sin sufrir bajas importantes de parte de los bravos patriotas Santiago Rodríguez, Gregorio Luperón, Justo Carrasco, José Mártir e Ignacio Reyes, entre otros. La mayor parte de ellos se vio obligada a cruzar la frontera dominico-haitiana, mientras que otros se quedaron merodeando por los pueblos de la Línea.
5-La Sublevación del 24 de Febrero en Santiago de los Caballeros
El 24 de febrero de 1863, al conocer de la toma de la común de Guayubín por parte de los patriotas dominicanos, se sublevan en Santiago de los Caballeros –careciendo por completo de todo tipo de armas para enfrentar al enemigo- el sastre Ramón Almonte y los comandantes Vidal Pichardo y Carlos de Lora, quienes se dirigen al fuerte Dios, apoderándose de la cárcel vieja, situada en la Plaza de Armas y antiguo Palacio de la Gobernación, procediendo a poner en libertad a los presos políticos, en virtud de la orden dada por el regidor Pablo Pujol.
En esas circunstancias, el gobernador interino, general Archille Michell, de las reservas dominicanas, reunió al Ayuntamiento de Santiago de los Caballeros para intervenir en la situación caótica que se estaba produciendo. Sin embargo, el jefe militar, teniente coronel Joaquín Zarzuelo, del Batallón de la Corona, se le impuso al gobernador. El Ayuntamiento, formado por prestantes ciudadanos, general Juan Luis Franco Bidó –presidente de la Sala Capitular-, Ulises Espaillat, Máximo Grullón, Pablo Pujol y Alfredo Deetjen, vocales, así como el síndico Belisario Curiel, todos patriotas reconocidos que estaban comprometidos con el movimiento revolucionario, trataban de evitar que se produjera una intervención de las tropas españolas y que esto degenerara en un baño de sangre. Al caer la tarde, el teniente coronel Zarzuelo apresó a todos los integrantes del Ayuntamiento de Santiago y envió una compañía del fuerte de San Luis a enfrentar a los revolucionarios desarmados.
Las tropas españolas, al mando del capitán La Fuente se lanzaron contra los manifestantes con sus bayonetas, logrando que los amotinados indefensos se dispersaran rápidamente en horas de la noche, luego de intentar varias piruetas. En la acción fueron muertos el abanderado Gautier, de origen boricua; Ignacio de la Nana y Agapito Valentín. En tanto, de las tropas españolas, solo murió un soldado y hubo varios heridos de machetes y lanzas, que eran los tipos de armas que portaban los manifestantes. Al amparo de la oscuridad, los conjurados se reunieron nuevamente en el fuerte Dios y decidieron reunirse en la común de Sabaneta, todos los que pudieran.
La mayor parte de los patriotas que intentaron dar el golpe del 24 de febrero de 1863 en Santiago de los Caballeros se ocultaron después de la acción y luego se acogieron al indulto emitido días después por la reina Isabel II, que sobrepasaba la centena de personas.
[1] Emilio Rodríguez Demorizi. Acerca de Francisco del Rosario Sánchez, Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, 1976, pp. 119-121.
[2] Ibidem, pp. 121-123.
[3] Ibidem, pp. 123-124.
[4] Ibidem, pp. 124-125.
[5] Ibidem, pp. 126-129.
[6] Gral. José de la Gándara. Anexión y Guerra en Santo Domingo, Tomo I. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1975, pp. 419-421.
[7] Ibidem, pp. 417-419.
[8] Se refiere al comandante Antonio Luzón, quien protestó enérgicamente contra el fusilamiento de Sánchez y sus compañeros, y, para no autorizarlo con su presencia, salió de San Juan de la Maguana con las fuerzas militares que le acompañaban.
[9] Gral. José de la Gándara. Anexión y Guerra en Santo Domingo, Tomo I. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1975, pp. 204-205.
[10] Ramón Lugo Lovatón. Sánchez, Tomo II. Ciudad Trujillo: Editora Montalvo, 1948, pp. 156-157.
[11] José Abreu Cadet & Elia Sintes Gómez. El Alzamiento de Neiba: Acontecimientos y Documentos (Febrero de 1863). Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2012, p. 64.
[12] Ibidem, p. 46.
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