Entre filosofía y poesía se dio un vínculo coincidente y marcharán en una batalla paralela. La poesía devino pues en voz y manifestación de la unidad con la religión, como acontece en la Divina Comedia, donde se realiza la identificación entre filosofía, teología, religión y poesía -y de ahí que Santayana incluyera a Dante dentro de los poetas filósofos, junto a Goethe y Lucrecio. Fue justamente a la poesía a quien le correspondió materializar la mitificación con el pensamiento y la fe, las ideas y las creencias. De ahí que la religión sea una forma de poesía mística o que la poesía tenga una raíz teológica. En el fondo, lo que hay en el centro de esta cuestión, es una ascesis de la palabra que actúa como eje del pensamiento, tras la búsqueda de lo absoluto. El poeta, el filósofo y el teólogo no hacen más que buscar el absoluto del ser, es decir, un sentido al ser. Como forjadora de luces y misterios, la poesía nos revela lo absoluto: cumple la función estética de postular ideas en forma de imágenes sensibles.
Durante el romanticismo, como predominaron la pasión y el sentimiento sobre la razón y el intelecto, la poesía asumió la soledad metafísica, la noche sobre el día, el crepúsculo sobre la aurora, el sueño sobre la vigilia, como temáticas, y el espacio de la filosofía fue ocupado por la poesía, como actitud ante la vida. “En el romanticismo, poesía y filosofía se abrazan, llegando a fundirse en algunos momentos con furia apasionada” (Zambrano 1998, 79). La poesía romántica se vuelve un discurso profético, una profecía de sí misma. Los poetas se creen profetas del mundo, amén de que se sienten héroes ególatras. Ese sentimiento profético se expresa en su búsqueda de exotismo y en el maridaje entre sueño y realidad. Como bien nos dice Albert Beguin: “El sueño no es la poesía, no es el conocimiento. Pero no hay conocimiento –si se da a esta palabra su sentido más elevado- ni hay poesía que no se alimenten en las fuentes del sueño” (Beguin 1996, 486).
Entre poetas-pensadores y teóricos como Baudelaire, Pessoa, Dante, Wallace Stevens, Valery, Eliot, Borges, Octavio Paz… hay una conciencia poética del pensamiento de una escritura que no aspira a la constitución de un sistema filosófico, sino a la creación de mundos, vale decir, que tematizan los grandes temas filosóficos desde la orilla del poetizar. “Es posible que una de las cuestiones esenciales para poetas y también para filósofos, sea el averiguar el verdadero suceso de la unión entre poesía y filosofía que tuvo lugar en el romanticismo” (Beguin 1996, 82).
Durante el auge del romanticismo, la poesía manifestó como suprema aspiración el imperio del pensamiento filosófico, en su tentativa por crear un absolutismo frente a los demás géneros literarios. La relación poesía y pensamiento se distancian y atraen mutuamente, en una especie de unidad binaria que adopta conciencia de sí misma. Las teorizaciones desde la perspectiva de la estética romántica ejercidas por Wordsworth y Coleridge son un ostensible modelo de la conciencia poética, de oficio, de lenguaje y del arte de los románticos, quienes creían en la inspiración, y, más aun, tenían conciencia de la inspiración como materia y fuente de creación (Novalis, Víctor Hugo, Schiller…).
La creencia en el delirio creador y el genio poético de los románticos se transformó en trabajo, en los poetas simbolistas (Baudelaire, Mallarmé). La inspiración poética de los románticos de tomar el sueño y la vida nocturna como fuentes de inspiración tuvo su mediodía durante el surrealismo –su heredero legítimo- donde la escritura y la creación automática del inconsciente sirvieron de técnica y fundamento de su estética y de su poética. La voluntad poética del romanticismo, que orilló en los límites del pensamiento, intentó ahondar en la raíz del sueño, en su búsqueda de lucidez. En cambio, los poetas simbolistas creían en que la poesía nombra a las palabras ante que a las cosas. En una célebre carta, el pintor impresionista francés Edgar Degas le dijo al poeta Mallarmé: “Su oficio es infernal. No consigo hacer lo que quiero y sin embargo estoy lleno de ideas…” Y Mallarmé le respondió: “No es con las ideas, mi querido Degas, con lo que se hacen los versos. Es con las palabras” (Valery 1990, 33).
Valery aspiraba a una poesía pura, a alcanzar la sustancia simbólica de las cosas, antes que los objetos en sí, a alcanzar la profundidad del conocimiento y la realización pura del hombre, a través de la creación poética. Tanto Mallarmé como Valery son poetas puros por derecho propio. La poesía pura es simple, cerebral, despojada de adornos y de lirismo, como aspiraba Paul Valery, y llevada a España por Jorge Guillén, quien llevó la poesía, como pocos en lengua española, a la concreción formal, a la economía verbal, a una poesía del ser, con versos entrecortados, de pausas y silencios que son relámpagos de intuición.
El término de “poesía pura” fue acuñado por el francés Henri Bremond, en una conferencia que dictó en la Academia Francesa, el 24 de octubre de 1925. Luego el término se extendió a España, Inglaterra, Italia y Alemania.
El poema puro transforma una idea en una expresión abstracta, en una síntesis verbal; es la representación estética de una imagen en el espíritu. La imagen se reduce a la sustancia del poema, en tanto que la imaginación opera con la fuerza de la inteligencia. Así pues, la inteligencia será lo que moverá el ritmo y el sentido interno del poema, mientras que la poesía será la materia del poema, elaborada con la inteligencia espiritual. La residencia de la poesía, en síntesis, será la mente y no el corazón. “Aquella poesía en la que predominaba el elemento irracional era poesía pura” (Stevens 1987, 12).
El poeta busca lo irracional porque ama lo desconocido y busca lo desconocido porque anhela lo irracional para alcanzar el conocimiento, que es su suprema aspiración estética. La poesía es pues experiencia de lo irracional en la búsqueda del mundo de lo desconocido. En tanto fuente de conocimiento, la poesía guarda una relación dinámica con el pensamiento, del cual se nutre para galvanizar la sustancia de su composición. El énfasis en lo irracional permite al poeta acceder al mundo de lo inefable, de lo desconocido por la experiencia racional y sensorial. La energía poética resulta, por tanto, el efecto de la experiencia del pensar poético. “El poeta no puede profesar lo irracional como el sacerdote profesa lo desconocido… Para el poeta, lo irracional es lo elemental; pero ni la poesía ni la vida están comúnmente ligadas a la dinámica máxima de lo irracional” (Stevens 1987, 19).
La poesía se alimenta de una energía metafísica, similar a la energía con la que el hombre busca a Dios, fuera del tiempo y más allá del mundo racional y suprasensible. En el campo de la imaginación, el poeta elucubra en las fluctuaciones de su mundo subjetivo y penetra en la esencia estética de las formas y de los fenómenos de las cosas. La emoción poética se sitúa en el centro de la experiencia de la escritura del poema, de suerte que el poeta penetra en la esencia de lo real. Para Pascal, la imaginación es la dueña del mundo, mientras que para Santa Teresa es la loca de la casa. Así pues, la imaginación funciona como la fuerza suprema de la mente creadora, como la metafísica del poema, como el viaje fantástico por la trascendencia del mundo concreto.
Para los poetas románticos, la imaginación tenía una categoría similar al pensamiento, en la que la imaginación poética llegó a su punto más elevado, siendo así que la poesía alcanzó un poder metafísico de valor universal en el camino de la consagración de la belleza. A través de la poesía, el artista logró en el romanticismo alcanzar la condición de la filosofía, o más bien, de la sabiduría del pensamiento, con relación a la creación de la obra perfecta y universal. La imaginación metafísica de la poesía conduce al poeta a la consumación del acto creador, y de ahí que la metafísica y la imaginación se identifican en el proceso de la creación artística. En tal virtud, el poeta norteamericano Wallace Stevens, afirma:
La imaginación es la libertad de la mente. Lo romántico es el fracaso en el uso de esa libertad. Es a la imaginación lo que el sentimentalismo al sentimiento: es un fracaso de la imaginación, así como el sentimentalismo es un fracaso del sentimiento (Stevens 1987, 49).
Los positivistas lógicos le pusieron límites a la imaginación, mientras que los románticos la llevaron a su clímax, de suerte que la imaginación romántica alcanzó un sentido trascendente y de amplitud sin precedentes, con todos sus poderes sensibles. Es decir, que para los poetas románticos, decir metafísica era decir imaginación. “Considerar a la imaginación como metafísica es pensarla como parte de la vida, y pensarla como parte de la vida es hacerse consciente del alcance del artificio” (Stevens 1987, 50). Así como hay una imaginación poética, artística, literaria, también hay una imaginación científica, pues el científico, para hacer ciencia, tiene que imaginar antes de descubrir, es decir, imagina lo que inventa. No hay imaginación sin percepción y mucho menos sin sensación. Toda imaginación poética es metafísica, en el sentido trascendente de la palabra.
Para Wallace Stevens: “El poeta es el orador de la imaginación” (Stevens 1987, 52). La imaginación tiene el poder de mirar al margen del tiempo, hacia adelante y hacia atrás, vale decir, que en el viaje de la imaginación, vemos, miramos. Asimismo, nos permite ver las ilusiones. Toda imaginación es metafísica y toda metafísica es imaginación. La operación de la imaginación poética penetra en los intersticios de la realidad y la transfigura en imagen visible.
Para este poeta: “Uno vuelve a las primeras obras de la imaginación con la misma expectativa con la que uno vuelve a las últimas obras de la razón” (Stevens 1987, 59). La razón sirve, en cambio, de sistematización de la imaginación, de ente de equilibrio, de fuerza que participa como cálculo frente al azar subjetivo de la creación.
El poeta se sitúa fuera de la razón, aun cuando apele al pensamiento. Hacer poesía y hacer filosofía implican ambas un diálogo con el pensamiento. El poeta explora en su mismidad, hace un viaje interior, una introspección ontológica para desentrañar los arcanos que le permiten explorar en el territorio de su memoria, de su espíritu creador; el filósofo no emprende un viaje hacia adentro de sí mismo, sino hacia fuera, pero empleando el pensamiento para argumentar y examinar lo real, lo social y lo natural. A pesar de que tanto el poeta como el filósofo hacen uso del pensamiento, su aplicación es distinta y sus resultados, también. La filosofía tiene nostalgia de la poesía y un vacío de lo sagrado, donde tiene su origen.
La actitud filosófica y la actitud poética tienen su origen pues en lo sagrado, alimento de los dioses, donde habita el asombro primigenio de la poesía y la filosofía. “Y así, la filosofía se inicia del modo más antipoético por una pregunta. La poesía lo hará siempre por una respuesta a una pregunta no formulada” (Zambrano 1993, 66). La poesía y la filosofía tienen un origen común, pero luego se separaron y tomaron horizontes que se bifurcaron después de haber brotado de la misma fuente, de la misma raíz nutricia. El filósofo no inventa dioses, en cambio, el poeta crea dioses: sacraliza o profana. La poesía parte de la inocencia; la filosofía, de la ignorancia o de la duda metódica para fundar sistemas de pensamientos. La filosofía desciende a las tinieblas de la ignorancia para iluminar la razón pura de la existencia, en su pregunta por el ser de las cosas del mundo. Ese principio del no saber, de la “docta ignorancia” (Nicolás de Cusa) de las cosas, es el origen de la filosofía. El pensamiento humano hundió sus raíces en la ignorancia y la tomó como punto de partida del conocimiento.
En la respuesta a la pregunta por las cosas y su origen por parte de la filosofía se produce una revelación que despierta al hombre mismo de su estado de ser, en su soledad. La filosofía ha padecido, desde su origen, una esclavitud, al padecer el delirio de explicar todo lo existente. La disputa pues entre poesía y filosofía de atracción-repulsión se expresa entre padecimiento y asunción de ambas actitudes. El poeta oculta su pensamiento en las palabras por no asumir una responsabilidad. Entrega su ser en la palabra y el silencio, y el filósofo, en su búsqueda de verdad, encuentra su razón práctica, en el acto de pensar. El filósofo tiene conciencia de su razón y el poeta conciencia de su logos.
La filosofía penetra en la ignorancia, la toma como impulso en su búsqueda de sabiduría y conocimiento; la poesía, en cambio, rechaza la ignorancia. En este dilema radica el nivel de asimilación o desasimilación existentes entre poesía y filosofía. De ahí que Zambrano reitere:
Si la filosofía es la que pregunta, la filosofía es la que encuentra. Filosófico es el preguntar y poético el hallazgo.- ¿Todo hallazgo, no será siempre poético? Y así, en la primera etapa –presocrática- de la filosofía griega encontramos ese momento feliz de las nupcias entre filosofía y poesía (Zambrano 1993, 73).
María Zambrano, en su ensayo La disputa entre la filosofía y la poesía sobre los dioses, de su libro Poesía y filosofía, establece cuatro etapas esenciales en la revelación entre poesía y filosofía, a saber:
1) Pregunta filosófica en que se descubre la actitud netamente filosófica; 2) El descubrimiento filosófico de la realidad poética del ápeiron; 3) La unidad entre filosofía y poesía habida en Heráclito, Parménides, Empédocles y 4) La denuncia de la ´mentira´ de la poesía por Platón (Zambrano 1993, 73-74).
En el combate con lo estético entre poesía y filosofía, lo sagrado actúa como espejo de atracción y reflejo del ser. El fondo de esta antigua querella es pues la iluminación de lo sagrado. La diferencia o similitud entre ambas se mide precisamente en su relación con lo sagrado. Ambas tratan históricamente de extraer de lo sagrado la unidad de todo lo existente. La poesía se formó una imagen de lo sagrado. Poesía y filosofía, por consiguiente, se enfrentaron en su postura por transformar lo sagrado en presente ideal. Para el filósofo alemán Karl Marx, antes de la fundación de su sistema filosófico, los filósofos no habían hecho más que interpretar el mundo de diversas maneras. La meta es transformarlo. En su famosa tesis filosófica número 11 sobre Feuerbach propuso que de lo que se trata es de transformar el mundo. Para Marx, la misión del filósofo residía en “cambiar el mundo”; mientras que para el poeta simbolista francés Arthur Rimbaud, la meta era “cambiar la vida”. Marx pidió al filósofo un sentido pragmático que no tenía, y lo instó a jugar un papel revolucionario, y que contribuyera en el proceso de transformación revolucionaria de la sociedad.
La búsqueda de lo sagrado también se define como una búsqueda por encontrar la recomposición de la unidad del ser. La pregunta poética y la pregunta filosófica buscan entonces la realidad del ser. El pensamiento filosófico configura su acción de transformación de lo sagrado en su pregunta por el ser y su identidad, en su tentativa por desentrañar la esencia de las cosas.
Los filósofos presocráticos –Empédocles, Parménides, Jenófanes, Heráclito, Zenón de Eleas, Demócrito de Abdera, Anaxímedes, Anaximandro, Tales de Mileto, etc. -que elaboraron sus obras como palabra-idea, en cierto modo, podría decirse que también escribieron una filosofía de la pasión. Mientras que los poetas de la misma época y generación escribieron una poesía de la idea, en un tono silogístico. Estos poeta-pensadores de la historia del pensamiento filosófico optaron por estructurar sus obras en base a especulaciones poéticas, en las que se confundían la idea y la emoción, el concepto y la imagen. En la poesía hispánica del Siglo de Oro encontramos esta impronta en la poesía metafísica de Quevedo, en las coplas de Jorge Manrique, en la poesía barroca de Sor Juana Inés de la Cruz, arquetipo de poesía metafísica.
El poeta inició su oficio como imitador de la naturaleza y creó así su mundo mediante la palabra. De ahí el componente mimético-imitativo, tanto de la poesía lírica como de la épica. A los creadores griegos antiguos se les pueden considerar los fundadores de la poesía filosófica, que igual corresponden a una historia de la poesía como a una historia de la filosofía. Los poetas trataron de hacer énfasis en la poesía como símbolo del mundo, y los filósofos, en la filosofía, en tanto un saber de las cosas. Así pues, la poesía fue concebida como simbolización en versos, y la filosofía como idealización, más allá de cualquier forma de expresión: en diálogos (Platón), en versos (Lucrecio), aforismos o silogismos (Empédocles, Demócrito, Heráclito, etc.). La concepción antigua del poema filosófico habría de girar en torno a una idea como visión del mundo. Este tipo de poema argumentativo-filosófico representaba una visión intelectiva frente a la visión sensorial de la poesía lírica.
El poeta no cifra su visión estética del mundo con su vocación no cognoscitiva, como el filósofo, sino de mediador de lo real y verbalizador de lo intuitivo. “De este modo, el motivo de la inspiración resulta, a despecho de su tópica interpretación, un invisible gozne mediador entre las manifestaciones poéticas y las filosóficas” (Cervera Salinas 2007, 84).
La creación poética como imitación del mundo natural funciona pues como potencia del espíritu, en su vuelo ascensional de lo intuitivo. El verbo se transforma en imagen inspiradora del canto que desvela la realidad no en su búsqueda de verdad sino de iluminación. “Las fuerzas contradictorias que dirigen y gobiernan el mundo y que son, en suma, la causa de la existencia y de la movilidad de todas las cosas. Verdad solamente revelada al poeta que es también filósofo” (Cervera Salinas 2007, 85). La poesía instala una realidad poética que no es la misma realidad que se define como una manera de verdad, como la que postula la filosofía. En el fondo, la realidad que funda la poesía es epifanía de la palabra creadora, que tiene una autorreferencia en el sentido mismo que crea.
El poeta apela a la imagen del logos racional, y, al igual que el filósofo, toma de la sabia del pensamiento o del mito, y funda su mundo personal de símbolos estéticos. Se revela así la disputa sobre la preeminencia e influencia recíproca del poeta en el filósofo, o viceversa: de si fueron los filósofos los que influyeron en los poetas, al hacer la crítica racional de lo mítico, en lugar de poetizar lo mítico, como los poetas, de manera más conservadora.
El poeta busca la verdad inspirada y el filósofo, por su parte, la verdad racional. Con Parménides -último representante de la escuela presocrática del poeta-filósofo-, la poesía “alcanza su cumbre, el vuelo hacia la concepción ontológica total del poema” (Cervera Salinas 2007, 87). El pensamiento entraña una potencia poética que se revela en el logos, como entidad verbal, al nombrar el signo y la cosa. La poesía será siempre, en esencia, una búsqueda ontológica por develar -o revelar- la estructura de la realidad en su expresión contingente. El poeta desprende las posibilidades poéticas de las ideas y la faceta rítmica del pensamiento, ya que “siendo palabra, es también razón y logos” (Cervera Salinas 2007, 89). Mediante el poema se hace visible una idea, un pensamiento; como hecho del lenguaje y expresión de la lengua, el poema edifica un universo fenomenológico y ontológico, transformándose previamente en un espacio de símbolos connotativos.
El poema adquiere pues el estatuto de dador expresivo de símbolos, emblema de la palabra y, en definitiva, epifanía del logos. La escritura poética es así la reconstrucción de una aventura del ser por el reino de la imaginación, que ilumina el espacio del conocimiento. En su viaje epifánico del ser, la voz poética manifiesta su búsqueda ontológica para aprehender el sentido fenomenológico de las cosas. Iluminación intuitiva, la poesía transfigura el pensamiento y la razón en palabra, y el poeta las incorpora a su registro sensible. Ser es pensar y pensar es ser, pues no hay pensamiento sin un ser que lo cree, ni un ser que no cree un pensamiento. Pensamiento y ser se vuelven entes, a través del lenguaje verbal.
El poeta no nos revela la verdad de lo existente o del ser, sino de la presencia del mundo real o aparente: expresa la fenomenología del mundo físico en palabras sensibles. Designa las cosas de la realidad sensible y fenoménica del ser y las ilumina, revelándonos la idea y el logos. “La poesía efectivamente no se circunscribe tan solo a la idea, a la especulación y al logos” (Cervera Salinas 2007, 95). El aliento poético funda pues un espíritu verbal que expresa la raíz del fenómeno poético en su conjunto. “La vieja querella de lo poético y lo filosófico relativiza así una zona, ámbito o territorio donde fundar sus alianzas, más allá de sus recíprocas condenas” (Cervera Salinas 2007, 95).
La poesía recrea el ideal del logos: refleja la visión del mundo de las esencias arquetípicas. De ahí que el poeta se afirma en recreador de las apariencias, pero también de las formas sensibles. La poesía es además una forma de conocimiento, ya que la sensibilidad que crea en el lector abre una perspectiva de acceso a una aproximación del mundo. En tanto conocimiento, la poesía nos aporta un aprendizaje cognoscitivo-sensible de la realidad porque, en el proceso de su lectura, vemos, y al ver, aprendemos psicología humana, filosofía, ontología, teología, antropología, etc. Como legado de una tradición escrita u oral de los pueblos y las civilizaciones, la poesía, desde sus orígenes, ha sido una expresión de conocimiento y un medio de comunicación. El poeta expresa así, desde la intuición del verso y la palabra rítmica, las potencias del logos.
Como se ve, aun la poesía lírica, basada en la emoción y el sentimiento, prescinde de la reflexión, de la meditación y del saber. Es decir, la poesía no huye del pensamiento, como tampoco la filosofía de la pasión y de la intuición. Toda poesía, en esencia, aspira al logos: tiene promesa de absoluto y anhela el mito. El antagonismo entre poesía y filosofía, en sus albores, está marcado por el mito. Su percepción en tanto forma de conocimiento y visión del mundo real entraña una frontera de equilibrio y reciprocidad. La poesía refleja una nostalgia perdida, nacida de un tiempo no recobrado, que persiste en su resurrección: encarna un lenguaje nostálgico que anhela promesa de salvación, a través de la palabra, en su afán de quedar en la memoria de su canto.
El poeta lucha con el tiempo histórico, distanciándose de lo sagrado, para transformarse en memoria de lo imaginario, al tomar una imagen del pasado. “Y mientras la razón se dirigía ante todo, al porvenir, de esencia previsora, la poesía será ya siempre memoria; memoria, aunque invente” (Zambrano 2000, 48).
El filósofo, en cambio, no siente la nostalgia del paraíso, como el poeta, pues su espejo no es la historia sino la ontología de las cosas. Poesía e historia transcurren en una tensión recíproca, en tanto que la historia y la filosofía afirman su razón de ser en un contra-espejo de relaciones temporales. Zambrano afirma pues que:
La Filosofía se separó rápidamente de la Poesía, ¡qué velocidad vertiginosa en el espacio recorrido desde el venerable poema de Parménides a la antipoética prosa de Aristóteles! Pero, hija de la Poesía, la Filosofía vino a crear en sus momentos de madurez, en la plenitud de la posesión de sí misma, una forma en que la antigua unidad reaparece, aunque irreconocible… (Zambrano 2000, 49).
Para Hegel, las tres grandes etapas del espíritu humano en la búsqueda de absoluto son la filosofía, el arte y la religión, con lo que dejó establecida la potencia del pensamiento filosófico sobre las demás expresiones del espíritu humano, en su intento por fundar una filosofía del espíritu, que fuera a la vez un tratado novelesco sobre la historia de la filosofía. Así pues, la distancia entre poesía y filosofía, poesía y religión, arte y filosofía ha experimentado históricamente un cruce de caminos de resentimiento y atracción fatal, o de amor-odio. En ese mismo sentido, Zambrano sentencia:
En realidad, la distancia entre poetas y filósofos ha sido tanta, tanta la voluntad de discordia, que ni siquiera se han puesto de relieve las diferencias… La poesía resentida ante la objetividad de la Filosofía, y esta embriagada de absoluto, no entraron siquiera en semejante discusión; discusión con los poetas como Platón hizo aun con crueldad tanta, es reconocerles (Zambrano 2000, 54).
Ese espíritu de sistema que ha matizado cierta tradición filosófica tiene su tradición; también, la vocación aforística, de aliento poético, como una forma nostálgica del hacer filosófico en sus orígenes, de algunos pensadores occidentales. La voluntad de sistema entra en conflicto con la voluntad de fragmento, y esa ha sido la raíz filológica (sic) de la historia de la poesía y la historia de la filosofía. Desde el tratado aristotélico hasta el fragmento nietzscheano ha habido una tradición pendular, entre los pensadores y los escritores, acerca de la esencia del lenguaje y su función para expresar ideas o imágenes.
Entre lo sagrado y el pensamiento media una imagen poética de la realidad, una visión estética del mundo, en que lo visible se transfigura en alegoría del tiempo. La poesía apunta hacia una unidad de lo sagrado, en una vocación de iluminación de la palabra. Solo la palabra hace posible la fundación de una presencia temporal del ser.
Compartir esta nota
