La filosofía se escribe con ideas, la poesía con palabras. La concepción simbolista de Mallarmé de que “la poesía no está escrita con ideas, está escrita con palabras”, encierra una distinción entre la estructura del pensamiento filosófico y la estructura de la poesía, en sus funciones representativas. Del lenguaje abstracto al lenguaje racional, de la poesía al concepto, del mito a la razón, existe un canal de mediación que permitió la separación y la influencia entre el pensamiento y la imagen. En ese mismo sentido, Ernst Cassiser afirma:
La humanidad no pudo comenzar con el pensamiento abstracto o con un lenguaje racional; tuvo que pasar por la edad del lenguaje simbólico, del mito y de la poesía. Los pueblos primitivos no pensaban en conceptos sino en imágenes poéticas; hablaban fabulando y escribían jeroglíficos (Cassirer 1974, 228).
El poeta tiene sed de infinito, y esa es su religión, su creencia en que la poesía es la consumación de la eternidad: encarnación del espíritu de la palabra en su más luminosa representación. El núcleo de la imagen poética reside en la búsqueda de misterio, de trascendencia de su logos. “”Lo maravilloso, lo prodigioso y lo misterioso son los únicos temas que permiten un verdadero tratamiento poético” (Cassirer 1974, 233). La poesía se mueve en una búsqueda de absoluto y de infinito; es la expresión de la experiencia sensible del mundo fenoménico y de sus elementos. La intuición poética es una abstracción metafórica que postula relaciones de representación de lo imaginario; es un proceso de síntesis metafísica de lo real donde no hay sujeción a leyes sino que, antes bien, la imaginación del poeta subvierte la realidad del mundo. La búsqueda teleológica de la filosofía y la poesía se cruzan. La aspiración de ambas por alcanzar el conocimiento es común –sólo que usan vías y estrategias diferentes de acceso. La palabra poética encarna en el discurso y se consagra en el instante de la creación. Para el filósofo español Eugenio Trías:
La filosofía usa, como la poesía, la expresión escrita para poderse producir. No basta el habla y el diálogo para consumarse el acto filosófico… La filosofía es literatura de conocimiento. El filósofo es, desde Platón, siempre escritor. La escritura le invade y le penetra (Trías: 2000). “Filosofía y poesía”. www. Elcultural.es-version-papel-opinion-2712. (Consultado el 6 de abril de 2013).
La filosofía también encarna en estilo del pensamiento como la poesía en estilo verbal. La materialidad del pensamiento filosófico es la expresión de una consustanciación de la escritura con las ideas, en tanto que la poesía es la representación de una materialización de la percepción imaginaria de lo estético. De un asombro enigmático primordial, la filosofía elucubró la posibilidad de aprehender el mundo real por el lenguaje -en principio oral y luego escrito, en diálogo o en tratado, o bajo cualquier forma escrita de pensamiento. De igual modo, Eugenio Trías, continúa diciendo:
No hay filosofía sin estilo, escritura y creación literaria; pero tampoco la hay sin elaborada forja conceptual que, de alguna indirecta manera, no desprenda aires de familia comunes a la buena poesía; no la hay desde luego sin gestación de tramas y urdimbres conceptuales, por mucho que esa retícula de conceptos se halle siempre, a diferencia de la ciencia, al límite mismo de su encuentro con el misterio; y en consecuencia en la frontera misma de lo que puede expresarse y decirse. La tensión es máxima. El fruto es sabroso. Ya que de esa tensión puede surgir el juego lingüístico y conceptual en el cual la propuesta filosófica se reconoce (Trías 2000).
La poesía se pertrecha de argumentos intrínsecos al discurso filosófico y se manifiesta en tropos y ritmos, despertando emociones y pasiones, desvelos y cavilaciones, en tanto que la filosofía se apodera de un estilo y crea conceptos ideales, en base a una experiencia de pensamiento, pero que también puede producir sacudimientos de emotividades.
En sus orígenes, la filosofía buscó la unidad del ser, distanciándose de las levedades de las cosas y de las superficies cotidianas, en su tentativa por elevarse más allá de la experiencia inmediata del mundo sensible. Las preguntas filosóficas originarias por el ser de las cosas se concretan en sus hallazgos. Cada pregunta demanda una respuesta. En cambio, en la poesía, las preguntas no esperan respuestas, pues son preguntas que no esperan una verdad sino más preguntas, que a su vez generan más misterio y más luces, más perplejidades y más visiones. Las interrogaciones y las exclamaciones actúan como figuras retóricas que iluminan y abren un espacio de reflexión y vacío. En resumen: las fantasías poéticas se alejan de la verdad, en su delirio, tras la búsqueda del logos.
La imitación de la poesía se aproxima a la emoción, y la sabiduría de la filosofía al concepto; la primera se desentiende del fenómeno real, y la segunda, se ocupa de las preguntas sobre las certezas del mundo. La poesía hinca su mirada en la imagen y la filosofía penetra en la piel del pensamiento, con su espíritu de sistema, de estirpe reflexiva, conceptual o analítica. La metáfora y la idea oscilan entre el mundo del sueño y el mundo de la realidad. Desde la antigüedad hasta los albores del romanticismo se creyó que la poesía era una creación no de los hombres sino de los dioses, de suerte que el poeta no era más que un intérprete de los dioses, entre el mundo de arriba y el mundo de abajo, pero además, un inspirado por las musas. El poeta devino además en intérprete de la memoria, que se situaba en la historia para trascenderla y tomar una imagen de la intrahistoria para edificar los poemas, que son cuerpos de palabras, cargadas de símbolos. Si el filósofo era un amante de la sabiduría, el poeta era un amante de la inspiración, un devoto de las musas. Mientras el filósofo enuncia pensamiento y argumenta conceptos racionales y lógicos, el poeta revela visiones, miradas intuitivas. Para Goyes Narváez:
La crítica moderna al pensamiento metafísico platónico se da en la medida que el griego asignó al contenido de verdad de la filosofía una forma mítico-poética de su teoría de las almas, intentando demostrar que es imposible alcanzar la verdad absoluta donde Platón hace residir la diferencia entre la filosofía y la poesía. La diferencia se localizó en el modo de producción de discurso, en la dinámica poesía-pensamiento y no poesía-verdad (Goyes Narváez: 2002) “Poesía y filosofía: ¿Gradación de la verdad o del conocimiento”? Especulo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid. http: www.ucm.es-info.especulo-numero 21-poefilos.html (Consultado el 14 de abril de 2013)
En Platón, la inspiración poética como fuente de creación, reside en la capacidad que posee el poeta para emitir pensamientos sin tener que argumentarlos de manera racional o lógica. El poeta crea desde un estado pleno de lucidez pasional y emotiva, antes que de una lucidez racional. La creación poética es el resultado de un impulso de la razón estética. Para Hölderlin, “el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”. Como poeta romántico que fue, creía que además “la poesía es una enfermedad del espíritu”, con lo que le dio al sueño un poder imperial, una soberanía, sobre el pensamiento y la razón. Como todo poeta romántico, el sueño y la noche constituyen la materia de la creación artística. En tal sentido, Goyes Narváez sentencia:
La poesía está tan llena de pensamientos como la filosofía, no las diferencian el grado de adecuación de esos pensamientos a la verdad, sino el modo de ser producidos: mediante el razonamiento los de la filosofía (las ideas) o mediante la inspiración los de la poesía (mitos) (Goyes Narváez 2002).
Las “verdades” que expresa la poesía no vienen dadas por la mediación del pensamiento, sino por la intuición espontánea. La forma de conocimiento fundada por el discurso poético es el producto de una vía especial de aproximación a la realidad. La poesía tiene su centro de radiación en lo general, y la filosofía, en lo particular, como un saber especial de la naturaleza y origen de las cosas del mundo real. Así pues, Goyes Narváez, afirma:
Si el poeta comunica pensamientos, verdades tales o mejores que el filósofo, lo hace sin pensar, puesto que estas vienen dadas por la inspiración que le ofrece las musas. De suerte que el filósofo dice verdades pensando y el poeta dice verdades sin pensar, pues está en un estado alterado… La filosofía contemporánea intenta rectificar devolviéndole a los poetas no únicamente la expresión de su poetizar como un estado original y creativo, sino que ese poetizar es pensar (Goyes Narváez 2002).
Aristóteles admite en su Poética la diferencia entre poesía e historia, y reconoce incluso que la poesía es una forma de conocimiento, pero diferente al conocimiento filosófico. Este filósofo no era partidario de que el discurso poético esté al mismo nivel conceptual y cognoscitivo que el filosófico, en materia de aproximación a la verdad. La historia y la filosofía, a través de la poesía, se encaminan a un acercamiento a lo real, en el camino del conocimiento, en tanto disciplinas humanas.
El poeta persigue un don en el cultivo de la palabra, y busca una vía de conocimiento, mediante la pasión y el talento creativo, el entusiasmo y la emoción. Esa percepción del conocimiento que alcanza el poeta por medio de la palabra es insuflada por una fuerza ontológica cuyo entusiasmo pone en vilo la razón del pensar. En ese sentido, Goyes Narváez sentencia:
Como en Longino, Kant observa que el poeta piensa, pero lo hace de una forma diferente. Si el filósofo trabaja con ideas, el poeta lo hace con imágenes, con un lenguaje figurado. Kant además precisará que la poesía auténtica, siempre dará qué pensar (Goyes Narváez 2002).
La poesía no es pura idea ni puro sentimiento. Ni mera argumentación conceptual ni simple sensación emotiva. El eje que permite la diferenciación de la poesía y la filosofía es la imaginación, que determina el talento individual frente a una tradición histórica. Según Goyes Narváez:
La poesía se caracteriza por la ´abundancia de pensamientos´ y de ´representaciones´, pues ella pone la imaginación en libertad elevándola estéticamente hasta las ideas. Por esta razón, Kant considera a la poesía como la más bella de las Bellas Artes, como la más superior de todas. Este vínculo entre poesía y pensamiento será refrendado por Hegel que, en principio, establece una diferenciación entre imaginación ordinaria y creadora (Goyes Narváez 2002).
Para Longino, entre filosofía y poesía hay un diálogo permanente y recíproco, pero esto no significa que se identifiquen o subsuman. Sobre este histórico debate, Goyes Narváez sentencia:
La poesía es fruto de la capacidad de pensar, pero de una capacidad específica que es la imaginación. No obstante, la imaginación no es locura o privación de la razón, ni tampoco pasión, como en Longino, sino pensamiento mismo, vía de acceso al conocimiento. Por eso Hegel concluía que la filosofía piensa en conceptos y la imaginación poética en intuiciones o ideas estéticas. De suerte que la famosa diferencia propuesta por Platón del delirio o de la imitación en Aristóteles, se salva porque, tanto la poesía como la filosofía piensan y conocen, cada una a su manera, y mediante medios diferentes. Las limitaciones no las tiene la poesía sino la filosofía, puesto que esta última no puede excederse de la experiencia sensible; la poesía, en cambio, crea una realidad nueva, “otra naturaleza”. Cuando la razón ancla, por así decirlo, en la experiencia concreta, la imaginación poética trasciende esa realidad, la transforma en algo distinto que supera esa naturaleza (Goyes Narváez 2002).
Salta a la vista que después de Nietzsche el espíritu de sistema del discurso filosófico da un giro estilístico, haciéndose más poético y literario, lúdico y narrativo. El filósofo persigue un método, una vía de expresión, en su búsqueda de universalidad; el poeta, en cambio, no busca sino que encuentra, en el camino de la creación, la gracia y el don de su espíritu verbal. Así pues, la imaginación poética busca un mundo posible y la invención de un ser estético. La del poeta, si bien es una imaginación creadora, es, a la vez, una imaginación crítica, pues la poesía deviene crítica del lenguaje, de la realidad y de la temporalidad. La metáfora poética posee un poder de abstracción y captación de la realidad que desborda lo nombrado, en virtud de que la imaginación le imprime clarividencia e iluminación a lo real, mientras que el concepto filosófico es insuficiente para darnos enunciación de las cosas, a pesar de su poder de argumentación.
El poeta traspone la realidad objetiva en realidad subjetiva, a través de la sensibilidad y la imaginación. Con el uso del instrumento de la sensibilidad, el poeta construye poemas con los materiales de la imaginación. “Esto no quiere decir que un poeta escribe poesía porque escribe poesía, aunque pueda sonar así. Un poeta escribe poesía porque es un poeta; y no es un poeta porque es un poeta sino debido a su sensibilidad” (Stevens, 1987, 8). Así pues, Wallace Stevens encontró que lo irracional le confiere a la razón poética una energía vital que alimenta la imaginación, “pues si el elemento irracional es simplemente energía poética, deberá encontrarse donde sea que se encuentre la poesía. Una manifestación tal es la revelación de la individualidad del poeta” (Stevens 1987, 9). Para este gran poeta norteamericano, incluso “la elección de un tema es algo completamente irracional, suponiendo que el poeta se permita toda libertad de elección” (Stevens 1987, 10). El tema es el contenido de la poesía, y su continente es el poema. Cada poeta busca un tema, pero la poesía lo desborda. André Gide decía que detrás de cada poema hay una parte de Dios, y para Baudelaire, esa misma parte provenía de Satán; Rubén Darío decía que el poema es hijo de la inteligencia, mientras que André Bretón afirmaba que el poema surge de un “automatismo psíquico”, y Lugones decía que “la poesía nace de la poesía”, de suerte que cuando el poeta lee poesía, le nace el impulso para escribir otro poema, que sería algo así como la variación del poema leído. El abate Henri Bremond creía que el poeta escribe poesía para encontrar a Dios, a través de la oración y de la fe, al igual que los poetas místicos.
El espíritu ejerce un imperio sobre los sentidos antes de alcanzar el conocimiento poético. Desde la angustia de la creación, el poeta expresa su ascesis, que no es más que una apoteosis de su inteligencia imaginativa. En su ejercicio estético, el poeta escribe desde su parto creativo, en una transfiguración de su experiencia estética que concluye en su obra de imaginación. La poesía pues no será el resultado del intelecto ni de la mente racional, sino la galvanización de su espíritu creador y de su conciencia estética. Mediante la abstracción, el poeta le confiere a la poesía el instrumento verbal de su vuelo imaginario por las regiones del ser y el pensar.
El poeta nos ofrece entonces un tesoro embrujado que es producto de una especie de ensalmo cautivador de todo lector, al hacer contacto con la materia del poema -y que sería imposible describir o definir. Con su palabra, se vuelve el ilusionista que crea ecos con sus resonancias hechas de silencios y versos. Así pues, el poeta desentraña los misterios del pensamiento y la metáfora, con sus creaciones conscientes que iluminan las zonas oscuras del alma. La creación poética es transfigurada en sustancia de ensoñación, a través del éxtasis que le permite al poeta percibir los efluvios y las emanaciones del tiempo, en una ascesis mística. Quien dice poesía dice abstracción del ser en el espíritu de la palabra, en su tentativa por vencer el tiempo y nombrar el mundo. El espacio del ser se abisma en el yo del poeta, en un ejercicio intelectual de la pasión y el deseo, de la sensibilidad y el raciocinio; en una dinámica de los sentidos, en la que las percepciones juegan al juego de las visiones, la poesía adquiere el sentido de una presencia estética deslumbrante.
En la época novosecular -y también en la finisecular-, la poesía experimenta intentos y experiencias diversas de sometimiento, ensayo y experimentación que media entre las modas y las tradiciones, participando de vías desconocidas, que encuentran cauces de novedades y transformaciones, en sus fluctuaciones y ondulaciones, revivals y transfiguraciones. Las combinaciones formales impactan en los gustos de la época y en la sensibilidad del presente.
La poesía es la manifestación apasionada del conocimiento. Pasión y conocimiento funcionan así como ejes de mediaciones que equilibran la creación poética. “La poesía es el primero y el último de todos los conocimientos –es tan inmortal como el corazón del hombre” (Wordsworth 1999, 71). El poeta siente y piensa, y expresa su mundo a través de la palabra, impulsado por estímulo interior. La poesía, en síntesis, nace de la emoción cognoscitiva y el pensamiento apasionado, en un desbordamiento de la intuición
Admitamos que la intuición poética es una forma del conocimiento. Sin embargo, no toda intuición es materia poética o artística sino científica -o aun filosófica. La intuición que resulta de la experiencia poética es una intuición especial del lenguaje literario. Dicha operación del intelecto estético es un ejercicio de la intuición simbólica de la forma, de suerte que la “intuición del instante” (Bachelard) creador depara en idealización de la naturaleza, que se transforma, a su vez, en fuente de conocimiento. Y si la poesía es conocimiento es porque es forma, materia intuitiva de la imaginación. Toda intuición es una experiencia sensorial. Sin el comercio de los sentidos no hay intuición; tampoco hay experiencia poética sin intuición sensorial.
Para el esteta italiano, Benedetto Croce, hay dos tipos de conocimientos: el conocimiento intuitivo o expresión y el conocimiento intelectual o concepto: el primero pertenece al arte y el segundo a la ciencia. Para este filósofo, la poesía es un lenguaje del sentimiento y la prosa, de la inteligencia. El arte, y en especial, la poesía, es forma, vale decir, expresión de la creación verbal. “Al poeta, al pintor a quien le falta la forma, le falta todo, porque se falta a sí mismo. La materia poética circula en el espíritu de todos; solo la expresión, esto es, la forma, hace al poeta” (Croce 1962, 110-111). La imaginación poética se concretiza en una experiencia intuitiva de la palabra. Como representación del sentimiento, la intuición lírica ejerce un imperativo estético esencial en la concepción y creación del poema. “Pero intuición quiere decir precisamente indistinción de realidad e irrealidad, la imagen en su valor de mera imagen, la pura idealidad de la imagen” (Croce 1985, 23). El poeta recurre a la intuición inconsciente, en un gesto sensible de la experiencia estética, de suerte que el poema depara en alegoría de una idea, en símbolo de una percepción intuitiva. En ese sentido, B. Croce sentencia:
Esta necesidad de resolución del dualismo alegórico –afirma Croce- nos lleva, en efecto, a afinar la teoría de la intuición como alegoría, porque en el símbolo la idea no vive por sí sola, pensable separadamente de la representación simbólica, ni esta vive tampoco por sí misma, representable de modo vivo sin la idea simbolizada (Croce 1985, 31).
Así pues, y en síntesis, el clásico esteta italiano Benedetto Croce define el arte como intuición y la poesía como intuición lírica, en consecuencia, el arte siempre será para él intuición lírica.
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