“Dadme una generación que hable la verdad y yo os daré una generación que haga el bien”. (Eugenio María de Hostos)

“Lo único que no se resuelve es la muerte”. (William Shakespeare)

Quisiera decir muchas cosas de mi amigo Miguel, alma exquisita que he perdido recientemente. El pasado 7 de diciembre en la madrugada falleció el entrañable amigo a los 71 años.  Cuando murió Miguel no pude dormir. Me crucé con David Cupele y me dijo que el maldito cáncer lo había matado. La amistad nace de la nada y muere de todo. Toda memoria se pasea por ese desfile finito que nos da la vida. Para mi recordar no siempre implica tristeza sino que también acarrea un generoso revivir. Intentaré evocar la vida de mi amigo sin decorar ni intensificar mis recuerdos. ¡Vamos!

Lo primero que acude a mis recuerdos es la amplitud de sus intereses humanistas, claves en la vida de Miguel. Me situó en esas claves para dibujar de manera general la corriente de su vida. Y la pregunta es obvia; ¿Cuándo comienza Miguel a embarcarse como un singular defensor de la cultura propia y de la conciencia puertorriqueña? Mi amigo estuvo siempre en un vendaval del arte y literatura, la poesía y la guitarra. En su apartamento de la calle Sol vivió casi toda su vida.  Allí en un día caminaba todo el histórico San Juan, plagado de asedios y memorias felices entre muros, garitas, patios, pórticos, plazas, puertos y adoquines. En mi opinión, el San Juan  antiguo,  fue para Miguel su propio destierro sentimental. Salía los sábados a visitar a su mamá en Juncos y regresaba a San Juan con ella para llevarla el domingo a la misa mañanera en la catedral.  Nunca pensó mudarse a otra ciudad, pero le salió una princesa sevillana, de ella se enamoró y por ese amor planeaba cruzar el Atlántico, pero la muerte apagó ese destino.

Con el favor de Santiago, me vendió su apartamento en el barrio Machuchal en  Santurce. El árbol de mango que él sembró en el patio, y que luego tuvo que defender su existencia, me da sombras y frutos. Es tierra y cielo, conocimiento y equilibrio, raíces y  ramas y el tronco representa la vida elevada y frondosa de mi amigo Miguel.

Aunque ya no puede incorporar su pasado, la ciudad de San Juan fue su hogar paisano tanto así que disfrutó ampliamente su esencia colonial.  Lo conocí en la década de los ochenta del pasado siglo. De esos años tengo recuerdos de su figura esbelta, con melena, rostro redondo, sonrisa cuidada y daba pasos contados vistiendo blue jeans. Cuando me visitaba en Río Piedras llegaba con implacables camisas almidonadas y gafas de sol. Siempre fue una persona  que se distinguía por su elegancia tanto en la calle como en los salones. Mi querido amigo era consciente de su limpia y amable masculinidad; era de rasgos finos, gracioso, de admirable gentileza y caballerosidad. Siempre se expresaba bien y con prudencia. Su personalidad era sutil, con fuerza y buenos modales que impresionaba a sus amigos como a una tropa de desconocidos.

¡Qué si arrastraba miedos! Pues sí. Eran los típicos miedos de la moderna colonia que son marcas psicológicas del puertorriqueño cansado de luchar por un país más soberano y feliz. Sin embargo, los miedos de corta respiración los atribuía a la descarga de la condición humana. También lo vi atrapado en el enfado pero no se quedaba ahí, rápido regresaba a la calma interior porque entendía las paradojas de la culpa, la incomprensión y el resentimiento.

En esos momentos impredecibles, el bueno de Miguel llegaba a la conclusión de que el aguante y tragarse las cosas de nada sirven. En general,  Miguel fue un sanjuanero orgulloso de su ciudad amarga y bella, misteriosa y real, castigada y laureada.  Miguel amaba la gente del San Juan antiguo que llevan cinco siglos arraigada a melancolías. Miguel pertenecía a una ciudad emblemática como Franz Kafka a Praga, Marcel Proust a Cambray,  José Luis Borges a Palermo.

El mundo entero caminaba por la calle Sol y deambulaban extranjeros sin rumbo por una estrecha acera que terminaba en el monumento de la Rogativa.  Desde los altos de su piso asedia el día,  la libertad, la bahía, la catedral y a turistas.  Durante la noche asedia a la esfera de eros y las musas. Sus intereses intelectuales y docentes poco a poco fueron instalando su propia biblioteca. Cientos de libros y obras conformaron un fantástico pañal de conocimientos y sabiduría. Además, conservaba cientos de documentos y artefactos ancestrales por doquiera. Y el techo elevado alcanzaba las nubes.

Su biblioteca era su taller de trabajo académico, era un lugar aislado donde escuchaba voces de escritores, compositores y poetas. Con semejante compañía no era capaz de sentirse solo. Las noches las dedicaba a escuchar música y a planificar sus cursos de arte para la escuela y la universidad. También, era agradable respirar el aliento antiguo de los pilares y vigas de su residencia. Las reinas moras anidaban dentro del piso mientras que los trinos de los polluelos, que no inquietaban a Miguel, armonizaban con los estantes y bodegones que adornaban las paredes tapiadas de adobe.

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Miguel Santiago Santana.

Muchas veces lo acompañaba al templo sagrado que fue su biblioteca donde recibía a sus buenos amigos. Muchas veces me repitió la frase de Juan Montalvo la cual yo adopté: “Sin libros de referencias derretios en lágrimas”.  También, el apartamento era un museo de objetos raros, con galerías de rocas, telas, cuadros y antigüedades de siglos de misterios y leyendas.  En su biblioteca se podían escuchar los ecos del pasado,  libros clásicos, el disco de vinilo; cosas que perdieron vigencia, pero nunca muertas para él porque su biblioteca fue expresión de lenguaje, arte y música de un pueblo inquieto que consideraba  en marcha continua. Era de la opinión que el combustible de su salvación eran los escritores, artistas, maestros, pensadores, los jóvenes atrevidos, hombres y mujeres moldeados por buenas acciones.

La biblioteca fue un recinto de trabajo donde Miguel pasó miles de jornadas semanales preparando sus lecciones de arte para sus curiosos alumnos de Santurce. La música de Campos Parsi y Amaury Veray, las danzas de Quintón y Juan Morel Campos obraron el milagro de unir en armonía alma y cuerpo.  Tuvo mucho talento para tocar la guitarra acústica pero también habitaba en su interior un pianista latente. Nunca le vi tocar las teclas blancas y negras pero su amigo Rogelio si lo escucho tocar el piano a la medida de un maestro.

Me abrió las puertas de su salón de clases en la Escuela Central de Artes Visuales de Santurce. Aún conservaba la lección del día anterior. Y de inmediato imaginé al alumno motivado por la omnipresencia del Maestro Santiago como le llamaban sus estudiantes. Me pareció maravilloso pensar que aquel salón cuidado y adornado por él, era una fiel continuidad de su apartamento de la calle Sol. La atmósfera cultural y artística  era la misma. Vi  libros abiertos y cerrados por todas partes, se leen cartas y recuerdos de sus exalumnos felicitándolo. En lugares visibles hay fotos de Hostos, poemas de Martí y grafitis del Nobel, Gabriel Garcia Marquez, frases filosóficas de Eduardo Galeano. Lo adornaba con tapices, aperos ancestrales, lámparas con tenues luces profanas y sagradas. Y un tocadisco nítido esperando tocar la canción apropiada de Lucecita  Benítez, Juan Manuel Serrat  o de Pablo Milanés. En aquellas paredes escolares se palpaba su existencia toda. Tal y como era él. De modo que  cuando entré a su otro hogar en la Central sentí la vida de ayer de nuestro país, sentí el silencio y el golpe lento de sus zapatos por su salón. Miguel poseyó dos hogares con la misma calidad humana. Quisiera rogar por su memoria que nada ni nadie eclipse las dos residencias de Miguel en esta tierra.

La suave conversación, sus secretos poemas y su guitarra consoladora, sus anécdotas entretenidas, su próximo viaje a España y, más ese dar y recibir; todo ello, representó un formidable estímulo para estar cerca de Miguel Santiago Santana.  Frecuentemente, lo visitaba los viernes en la tarde  cuando la tenue luz invadía la bahía. Luca, su mascota, me recibió  con el mismo cariño del amo.  Me invitaba a cenar en su apartamento en el plácido atardecer  para degustar un vino español, unas lonchas de salmón canadiense acompañado de unos espárragos asados, y, de sobremesa, un delicioso queso de cabra. Siempre tenía presente que la amistad debe estar acompañada por el  almíbar de la ambrosía.

Su gastronomía mediterránea estaba guiada por los placeres de un exquisito sibarita caribeño. Tal y como hacía Lezama Lima, cenar con Miguel era una experiencia culinaria llena de vista y paladar, sensualidad y poesía. Sin esperarlo, caminaba del balcón a la cocina de fogones antiguos.  No lo escuchaba, pero regresaba con las manos llenas de sencillez y apetitos. Se sentaba conmigo sin mirarme a los ojos. Nuestra conversación era íntima y sinfónica a la vez. La ley de la belleza y la docencia establecen puntos de contacto entre nosotros. La etapa de la jubilación llegó inevitablemente y la experimentó con preocupaciones.  Se retiró contra su voluntad, no soportó haber perdido su escritorio en la Central. Sus queridos alumnos, la ausencia de ellos  fue su mayor carencia profesional.

Creo que, desde el momento de su retiro, mi colega comenzó a contraerse y su alegría fue mermando. Pero esto solo fue al principio de su retiro. Fue un bajón que él superó con calma y tesón. Ese fue su mundo y su fuerza  por mucho años. Pensaba que las últimas peripecias dogmáticas de la educación neoliberal, le habían robado tanto su salón de clase como a sus queridos estudiantes. Pero aún le quedaba Luca su mascota leal. Se trata de un perro sato rescatado de las miserias de las calles  de Río Piedras.  Miguel escuchaba y veía a Luca como si fuera la encarnación de su hijo que no tuvo y quiso tener. Vivir con una mascota es trazar una amorosa concepción de la vida. Poco después de su retiro murió su mascota. Sufrió mucho la muerte de Luca y conservó sus cenizas para unirlas a las suyas cuando llegara su momento. Miguel era de la misma opinión de Oscar Wilde; “Los animales no juzgan, no traicionan y no esconden su amor”.   El amo y su mascota vivieron en una jaula de oro, pero su lucidez, su coraje por la vida útil y creativa nunca flaquearon. Después de su jubilación, conoció a África, docente como Miguel, y tuvo con ella la fuerza extraordinaria de abrirse camino a una relación amorosa donde llueve el arte, los viajes, el amor  y un futuro común.  No hace falta revivir la voluntad de amar de esta pareja hasta el último abrazo.

En el salón de clases, en sus viajes y en sus paseos por el Viejo San Juan, el sombrero de Panamá, lo distingue como un faro luminoso en medio de  la resaca oceánica. Sabía llevar un sombrero, sabía quitárselo y ponérselo más que una protección su sombrero representaba una época, más que un adorno como diría el novelista Arturo Pérez Reverte, el sombrero: “es una extensión de su persona, un símbolo elegante y un respeto por las viejas costumbres”.  Miguel me enseñó a ponerme sombreros por las angostas calles de San Juan. De modo que teníamos  sombreros para estar seguros de recibir juntos el  azar y el destino.  Hoy día esa emoción entre  amigos de llevar apegos parecidos, ya no se destilan. Qué pena la pérdida de mi amigo Miguel, pero no por eso olvidaré los afectos humanos que aprendí de él y seguirán conmigo como también seguirá existiendo el árbol de mango que el viento acerca a mi ventana.

Quién pudo conocer la conciencia puertorriqueña de Miguel, llegó a la conclusión de que su virtud perseverante, su batallar, su docencia y su obra fueron en conjunto, una crónica del bien querer a su país. A los veinte años anhelaba ser sacerdote, pero cuando se mudó a la capital se encontró creyendo profundamente en la educación que le  inspiró la obra y el pensamiento de don Eugenio María de Hostos. “Quienquiera que padece por la verdad y la injusticia; ese es mi amigo”. Entiendo que es un epitafio maravilloso que enfrenta también su declaración de un masón cuya lealtad moral conservó a la logia de la calle Loíza en Santurce. Ambos pertenecían a la misma nación, vivieron tiempos distintos. Hostos fue el Maestro sembrador y Miguel el discípulo aventajado.

El retrato de Miguel siempre muestra un contexto humano. Listo con su propia voz y madurez, desfilaron por su vida mentores y amigos entrañables como Don Ricardo Alegría, fundador del Instituto de Cultura con quien tejió una relación profunda. Don Ricardo fundó el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, del cual Miguel fue el primer bibliotecario y uno de sus más distinguidos estudiantes.  No había nada que hiciera don Ricardo que Miguel no supiera.  No pude convencerlo de que escribiera una apasionante biografía de don Ricardo.

Admiró muchísimo a la historiadora Loida Figueroa y al sociólogo Manual Maldonado Denis. En las tardes solariegas acompañaba a Tite Cure Alonso en un banco de la Plaza de Armas. El académico universitario don José Ferrer Canales tiene una especial mención en su vida intelectual. Miguel lloró de rabia  con los nietos de la  colonia, cuando se enteró de la devastación de su biblioteca personal que fue a parar a la calle. Después llegó la relación novelística con Nilita Vientós Gastón. Conoce por sus hechos y tenacidad a don Enrique Laguerre, al poeta don Juan Antonio Corretjer, a la hispanista Concha Meléndez. Y no puedo pasar por alto la profunda amistad con el destacado actor Miguel Angel Suárez y el con el profesor martiano y hostosiano, Arcenio Suarez Franceschi. De igual encanto cultivó una amistad con la primera actriz puertorriqueña Madeleine Willemsen. Miguel acostumbraba hacer regalos a los amigos de cosas que él apreciaba mucho. Por ejemplo, me obsequió una foto grande enmarcada de Madeleine y Los soles truncos de René Marqués. La coloqué en el centro de la sala de mi apartamento. Además, me obsequió otra foto en blanco y negro del reportero gráfico don Luis Castro que tomó de Nilita Vientós Gascón, aparece sentada en el Senado de Puerto Rico con un vestido de encajes, collar de perlas, cartera, sombrero de copa y su dedo índice en acción.  Se puede ver en mi apartamento colgada arriba de un librero. Estaba en una ocasión de cumpleaños y el buen amigo de Miguel, me sorprendió con una pintura hermosa en acrílico del pintor Edgardo Suárez Rodríguez.  Los regalos que hacía Miguel tenían que ser interpretados como parte de sus sentimientos. Yo creo que eran sus confidencias sinceras y afectuosas. Lo conocí siempre  desprendido consigo mismo y generoso abriendo las puertas de su casa.

La intensidad poética lo es todo y eso nunca le faltó a Miguel. Arrancaba  emociones cuando recitaba la elegía En la tumba de Segundo Ruiz Belvis de Eugenio María de Hostos. Miguel se lo  sabía de memoria.

La voz poética de mi amigo siempre fue libre como dramática. Aún escucho a Miguel escalonando su voz homérica cuando Hostos buscaba la tumba del independentista Segundo Ruiz Belvis en el cementerio de Valparaíso, Chile. Y escribió Hostos y lo recitaba Miguel:

 “¿En dónde está Segundo Ruiz?

¡Como todos los que sigilamos la vergüenza

de la patria,  habrá ido a esconderse en el rincón más oscuro!”.

A la voz atractiva de Miguel, le tocó conocer la vorágine estadolibrista que rodeaba el país, sin embargo, él tuvo la capacidad de unirse a todos aquellos que formaron el hervidero de la resistencia cultural durante la escalada anexionista de la década de los setenta y ochenta. Como él vivió grandes momentos y conoció tantas personas especiales, le propuse a Miguel que escribiera un libro de su círculo de amigos con breves historias contadas de carne y hueso. Él tenía la receta y los ingredientes de ese suculento plato anecdótico, pero no fue servido. La muerte inesperada de mi amigo se llevó tantas memorias hermosas que cuando lo pienso me martillea el corazón.

Con mucho acierto, Miguel supo elegir a sus estelares antepasados boricuas.  Además, conoció particularmente a artistas y escritores del Viejo San Juan. Fueron paisanos y  queridos pintores como don Rafael Tufiño, don Luis Alonso, el novelista don Emilio Díaz Valcárcel y poetas como Edwin Reyes y Vicente Rodríguez Nietzsche fundadores de la Revista Guajana. Con estos geniales puertorriqueños, Miguel formó una cofradía en San Juan  de  gratitud y veneración, de conocimientos y anécdotas, de brindis y saludos hermanados. La leyenda, el arte y la humanidad de los amigos de Miguel hoy día constituyen  un patrimonio de todos. Desde luego que no tengo dudas de que Miguel Santiago Santana vivió palatinamente con profundidad la última edad de oro del Viejo San Juan.

Pocas veces lo vi sumergido y de haber tenido algún naufragio lo sobrellevó llevándolo a puerto seguro. Pienso que vivió como ese puertorriqueño que emerge de su propia isla, y en el abismo, salió a la superficie cubierto de esperanzas. Miguel Santiago Santana fue una voz sincera que sobrevivió a las ruinas contemporáneas de su amado San Juan. Lugar complejo, sin purezas, amo su caos, sus castillos, los extramuros, La  Perla y Puerta de Tierra.

Muy temprano en su brillante carrera docente conoce la frase axiomática de José Martí: “Patria es humanidad”. Un anhelo pedagógico tan elevado se unió al momento de efervescencia cultural  favorable a su destino como docente en la Central High. Su primer amor fue la docencia.

Nació Miguel en el barrio Lirios de Juncos en 1954. Creció mirando la montaña del Yunque y por el otro lado la Cordillera de Cayey. Su familia echó fuertes raíces tabacaleras a lo que se atribuyen sus frecuentes mudanzas. Se mudaron a San Juan y siguieron los traslados. De joven la pasó entre el barrio El Fanguito y en el caserío Luis Lloren Torres. El peregrinaje se detuvo cuando encontraron estabilidad.  Fue estudiante en la famosa escuela Central High de Santurce. Allí descubriría sorpresas, convicciones y acciones ejemplares de alumnos destacados en un centro escolar absorbido por la historia del movimiento estudiantil, la lucha por nuestro vernáculo, el pensamiento libre modelado por la riqueza del arte. Después de su escuela superior,  a sus veinte añitos ingresa al seminario sacerdotal en la ciudad de Ponce. Allí va a conocer al escritor y hombre de Dios Fray Mario Rodríguez León con quien cultivó una larga e inseparable amistad. Como dijo en su momento  Goethe, “Dios nos prepara un misterioso taller’. Sin embargo, abandonar el sacerdocio fue importante para que surgiera su compromiso por la docencia.

¡Cuánto entusiasmo debe experimentar un adolecente de un caserío que se gradúa de la Central de Santurce! En esa institución estudiaron jóvenes puertorriqueños  que dejaron una marca importante en nuestra sociedad como don Vicente Géigel Polanco, Pura Belpré, César Adreu Iglesias, Antonio Martorell, Jacobo Morales, Sylvia Rexach  e Ismael Rivera. Todos ellos, fueron ejemplos de ingenio, de mucha energía patriótica. Pocos puertorriqueños del siglo XX como Miguel tuvieron un recorrido personal tan orgulloso de sus maestros y amigos, y tan lleno de sorpresas  para los aforismos y paradojas.

Más tarde regresaría a la Central como maestro de historia del arte. La docencia es el camino a recorrer con paciencia y dedicación. Fue su evangelio.  Desde el primer día de clase juró lealtad a los jóvenes de su país. Tenía un ritmo tonificante sin pausa ni descanso para marcar algo diferente.  Más allá del salón de clase, tuvo fuerzas para asumir esa inmensa responsabilidad de viajar con sus estudiantes y darles a ellos una nueva experiencia cultural sin parangón en la Central.

Colmado de abundantes tesoros culturales saca tiempo durante la docencia para fundar la imponente Revista Caribe. Como excelente editor hace de cada número una joya de la literatura. Cada número fue un examen profundo del pensamiento caribeño. En las páginas de esa revista, Miguel le dio vida propia a  Ramón Emeterio Betances, Eugenio María Hostos, Ramón Romero Rosa,  Juan Bosch, Julia de Burgos, Pedro Mir, José Alcántara Almánzar. También,  destacó la figura perdida del periodista cubano Pablo de la Torriente Brau, nieto del historiador Salvador Brau. En ella aparecen ilustres colaboradores de las antillas como el poeta dominicano Mateo Morrison, el poeta y ensayista cubano Cintio Vitier entre muchos otros destacados escritores. Como editor, fue un vigoroso divulgador y eficaz investigador.

Su pensamiento Antillano entrelaza la historia y la literatura de Puerto Rico con Cuba y República Dominicana. La fraternidad de las Antillas fue el sueño grato de mi amigo, hoy ausente.  Centrado con ese espíritu antillano en 1989,  Miguel acepta la encomienda de Director Ejecutivo del Comité Sesquicentenario de Eugenio María de Hostos  y cuyo Presidente fue el destacado  hostosiano, Manuel Maldonado Denis.

Mientras otros estudiosos dudan, Miguel, el historiador de deleitosa comprensión, afronta lo insólito al escribir una extensa biografía del obispo puertorriqueño Antulio Parrilla Bonilla, publicada por la Editorial Gaviota en 2018. Le costó más de diez años terminar una obra maestra de quinientas páginas de copiosos matices espirituales y patrióticos, piedad y resistencia, luchas y sacrificios, abnegación y afectos. Estos son los elementos que narran largos años de investigación y consultas. Esta insigne biografía fue su obra maestra, su mayor legado como historiador y patriota. Si Miguel pasó una vida en el arte, su biografiado pasó su vida en los evangelios como credo moral de la descolonización de Puerto Rico. La siguiente frase de monseñor Parrilla le va al dedillo a Miguel.  ”Tenemos que vivir a la altura de lo que predicamos”. Su único libro lo dedicó a sus seres más queridos en primer lugar:  A la madre Laura Santana, mi sempiterna maestra. Al Dr. José Ferrer Canales, antillano, patriota y maestro. Y a la Dra. Margot Arce de Vázquez.  

Un año antes de su retiro en 2021, me obsequió su obra y me hizo la siguiente dedicatoria de su puño y letra de Miguel.

 “A mi querido amigo Juan Casillas Álvarez, poeta, que la vida ejemplar de este gran patriota y cristiano cabal te inspire a seguir luchando por la liberación integral de nuestra patria”.

 Con mi abrazo entero:  

Miguel.

Su estilo de vida fue a la forma del siglo XX. Fue generoso con el  vino y los viajes, incisivo en los museos, elegante en la tertulia, en un café era reflexivo, concentrado en las salas de estudios, callado en la lectura, consolado en la música y contemplativo en un paisaje.  Admiraba el mundo de ayer con sus angustias y esperanzas. Con la poesía y la historia de su lado,  creía en un mundo mejor sin guerras, sin colonias, sin explotados ni explotadores. En el pasado siglo, Miguel comenzó un camino floreciente por la vida, siguió jurando lealtad por la docencia y extendió sus brazos cuando el amor le regaló felicidad en el último tramo de su vida. Entre Miguel y África todo el peso recayó en el amor. Esa fue su espléndida victoria.

Miguel fue un maestro excelente, enseñaba más allá de las apariencias. Se preparaban bien para sus clases, sus lecciones eran relevantes e innovadoras para transformar, conectar, elevar la vida y sacudirla amablemente. Me consta que el profesor Santiago elegía un lenguaje que ayudaba a entender la realidad, los miedos, las dudas y lo inexplicable. Usaba palabras que activaban la curiosidad y no faltaba la poesía en el mundo gris del alumno. La palabra parlamentaria la definió Montesquieu en el siglo XVIII: “La palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha”. El buen maestro cuando se cuida de las palabras también cuida de sus alumnos y de sus amigos. “Una palabra mal colocada, gritaría Voltaire, estropea el más bello pensamiento”. 

Muchos estudiantes de la Central confiaron en las bondades del Maestro Santiago. Adentrarse en sí mismo aconsejaba Rainer María Rilke en Cartas a un joven poeta. Ese fue uno de los poemarios que puso en manos de muchos estudiantes. El conocido periodista y escritor Cézanne Cardona Morales fue alumno de Miguel y fue en sus clases donde Cézanne  sintió el llamado de la literatura y la vida misma. En un rincón del Atlántico está enterrado el poeta Pedro Salinas en el cementerio de la vieja capital.  La poesía acerca. Cada 27 de noviembre Miguel arrojaba flores a su tumba y terminaba el ritual leyendo bajo sus gruesas cejas, el maravilloso poema El Contemplado de Salinas.

Sarabel Santos Negron fue estudiante del maestro Santiago en la Central High. Hoy en día es artista plástica y dirige el Museo de Arte del municipio de Bayamón. En su emotiva despedida en la misa de Réquiem en la iglesia Franciscana del Viejo San Juan, Sarabel dijo a los presentes todas las cualidades de su maestro. Su elocución la tituló: ¿Cómo se construye una voluntad?  A continuación cito las palabras de Sarabel que mientras leía se vieron lágrimas de ausencia y gozo, a la vez.

“Recuerdo que el primer día de clases con él en la Escuela Central de Artes Visuales en Santurce (hace unos 25 años atrás), la tarea que nos asignó fue contestar esta pregunta: ¿Cómo se construye una voluntad? Santiago sabía cómo encender las mentes…”.

“Con él aprendimos a leer el color, a descifrar las imágenes, a entender el contexto de las cosas, a ser visitantes asiduos a exposiciones. De momento, era tan maravillosa la historia, divertida, intrigante, increíble… éramos parte de ella… somos parte de ella.

“Puedo afirmar con certeza que todos los que tuvimos el gran privilegio de ser sus estudiantes atesoramos alguna memoria significativa con él. Pues, nunca podremos olvidar cómo eran sus clases y, sobre todo, cómo era él, ese gran hacedor de experiencias”.

“Mi mayor deseo es que podamos tener la oportunidad de ser más como él, entregarnos como él lo hizo a la educación, al país y a las nuevas generaciones. Que tengamos la dicha de retribuir en esta vida todo el bien que hemos recibido e impactar a otros como él lo hizo con nosotros, sus eternos estudiantes”.

“Cierro mi reflexión preguntando: ¿Cómo se construye entonces una voluntad? Creo que Miguel Santiago Santana vivió la respuesta a esta pregunta: la voluntad se construye con valentía, entrega y amor”.

Las palabras de Sarabel, a su querido profesor Santiago, llaman a la inspiradora entereza que resulta del valor de enseñar con tradición, fuerza y arte.

Miguel Santiago Santana, en mis recuerdos encara una confesión sin trasiegos  y centrada en la fraternidad. Sus recuerdos me obsequiaron un bello acontecimiento de quererle como un hermano, fuimos docentes dedicados, alegres paisanos e incorruptibles. Me quedé con su sombrero y él se quedó con el mío.  El 7 de diciembre de 2025, doña Laura Santana perdió a su único hijo, Virgen Santana a un único hermano.  David Cupele, Ché Paralitici, Rogelio Burgos Guadalupe, Ernesto Ojeda, Pablo Tufiño, Gloria Ortiz, María Teresa Machado, Alejandra de Lourdes López Masa, Abderraman Brenes la Roche, Mario Rodríguez León y yo perdimos a un auténtico amigo.  Sin embargo, con mayores quebrantos los alumnos de Santurce perdieron a unos de sus maestros más líricos, épicos y lúcidos. En tanto que, África Cabanillas Casafranca, su flor más  bella y su voz más dulce, estuvo siempre al lado de Miguel hasta el último latido del corazón.

Enterramos las cenizas de Miguel y de su mascota, en el Cementerio de Santa María Magdalena de Pazzis en San Juan. Sus restos descansan mirando el Atlántico, muy cerca de la tumba de don Ricardo Alegría y del poeta Pedro Salinas.

(Juan Casillas Álvarez)

Juan Casillas Álvarez

Escritor y catedrático universitario

Juan Casillas Álvarez. Natural del pueblo de Las Piedras, Puerto Rico.Estudió en la Universidad de Puerto Rico, donde fue estudiante de historia y literatura. Luego en el Centro de Estudios en Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. También hizo estudios graduados en la Universidad de Connecticut donde terminó su maestría en historia comparada. También ha cursado estudios en Harvard University. Ha dedicado buena parte de su vida a la enseñanza en las escuelas públicas de Boston y Cambridge en Massachussets en USA. Ha publicado en Internacional Poetry Review, University of North Carolina. Ha participado en muchos recitales en diferentes ciudades de los Estados Unidos. Su libro de poemas "Lugar Profano” bajo el sello de Isla Negra (2015) es su primer libro de poesía. También, su poesía ha sido publicada en la revista Cine y Literatura de Chile, Trasdelmar de México, Antología de Voz Celestial, Revista kartmesa ambas de Perú. Sus ensayos, relatos y crónica han sido publicados en la Revista Diálogos, Exégesis, 80grados, Revista Cruces, Periódico Claridad, Adoquín Time, Asento, Revista Siglo22 y Letralia. Continúa respirando y machacando la literatura. Actualmente vive en su país, Puerto Rico. casillasjuna40@gmail.com

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