El escenario se encuentra oscuro, solo se ve una luz dirigida a un gran retrato de Francisco Alberto Caamaño y una figura solitaria en el umbral de la puerta. La casa está vacía, con ecos de lo que alguna vez fue un hogar. Illio Capocci observa en silencio, con postura de cansancio y de ira contenida. La tensión es palpable, como si las paredes mismas pidieran una respuesta. En sus manos, las huellas de una vida de guerra. Mira alrededor, pero nada parece real, todo es vacío y desolación.

Illio Capocci: (Entra caminando sigilosamente con su fusil en las manos como si estuviera en guerra, luego se incorpora, destapa una cantimplora y toma agua) Yo estuve allí. Fui uno de los que empuñó las armas, uno de los que luchó por algo que creía, por un país que necesitaba ser libre, por un gobierno legítimo, el de Juan Bosch. (Encendiendo un cigarrillo) No éramos guerrilleros, no éramos comunistas. Éramos hombres comunes, (Señalando al público) personas como ustedes, solo queríamos lo que era justo. Queríamos justicia para nuestro pueblo, queríamos ver a la República Dominicana en pie nuevamente. (Se para en atención mientras de fondo suena el himno de la revolución, luego la música baja y se escuchan disparos, sirenas y bombas a lo lejos) Solo quedaron montones de nada. Fui bebiendo mi propia alma en el recipiente del olvido… Maldita cólera que causó infinitos males a mi sombra. ¡Sombra del pasado que necesito reivindicar! Así como el general Máximo Gómez se reivindicó en Cuba, yo lo haré aquí. (Buscando bajo la mesa) ¿Dónde están los rostros que un día me llamaron padre, marido, hermano? (levantando un periódico) Ni sus voces resuenan en esta casa vacía. ¿Quién me los arrebató? ¿Quién me los robó? (Su voz se quiebra, como si algo en su interior se resquebrajara. Hace una pausa, y luego, se vuelve hacia un rincón, como si buscara la presencia de algo, de alguien.) ¡Oh, espectros del pasado! ¿Habrá traición más cruel que la que me aguarda en cada rincón de esta morada que alguna vez fue la mía? Niños, esposa… todo arrancado, todo desvanecido… Las flechas envenenadas de sus palabras, vestidas de mentira, fueron dando en el blanco incorrecto, y aquí estoy, errante, buscando lo que ya no existe. (Su rostro se endurece, su cuerpo tenso, como si estuviera por saltar al combate. Habla con una rabia contenida.) Hiriendo desde la distancia, causando males intangibles. Óyeme, tú que llevas rastro de muerte, caminando a las catacumbas de traiciones escondidas. Matando el honor, pariendo la humillación… y al final, ¿qué ganamos? Viles despojos como recompensa. (Levanta una lápida y la coloca sobre la mesa) Los juguetes de mis hijos… ¿Los abandonaste por miedo, o por traición, o porque ya no podías soportar esta maldita espera? La promesa de casa, de amor, de familia. ¿Dónde se fue eso? (Se ríe amargamente) ¿Dónde están los rostros que me dieron vida? ¿Dónde están las risas que me alentaban? La guerra, la maldita guerra… Deidades inconsultas, reyes de fango… (Acaricia la lápida mientras suenan voces de niños llamándolo, suenan varios disparos) Refugios de cobardes, rastros de traiciones. ¡Maldito sistema! ¿Qué esperaban de nosotros?, sino que devoráramos nuestras almas en el nombre de algo que no existe. Todos los fracasos salieron a tu encuentro, ninguno te aguardó ni un segundo. (Se sienta en una caja) El sol se fue a dormir y la noche perfumada de derrota vino a mí, a recordarme que hay mieles que matan. (Hace una pausa. La ira se mezcla con tristeza, su voz se suaviza un instante. Parece hablarle a los recuerdos, levantando una prenda de vestir de niño) Hijo mío… ¿Por qué huyes de tu destino? Horas aciagas arroparán tu descendencia si traicionas tu deber. ¡Ay, hijo mío! ¿Por qué insistes en caminos oscuros? (Cae de rodillas) Ay, hijo mío… no arrastres tus penas hasta mi pecho… que un padre muere dos veces cuando muere un hijo. (Saca una petaca y se da un trago, mientras mira al público) Yo no seguiré siendo un criminal de guerra, un fascista, yo moriré como un héroe. (Toma una bandera dominicana y la hondea) Ese 24 de abril comenzó una lucha que nadie esperaba.
Nos enfrentamos a un ejército enemigo, no solo formado por soldados, sino por un poder que ya había arrasado con nuestros sueños, nuestros derechos, y nuestra gente. Nos enfrentamos a los intereses de un gobierno que pensaba que podía decidir por nosotros sin tener en cuenta el sufrimiento que ya habíamos soportado durante años. Yo era un mercenario contratado por Trujillo para adiestrar el cuerpo élite de los hombres ranas. Al ver la bravura y decisión del Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, hombre de complexión fuerte y porte decidido, cuya presencia irradiaba determinación y carácter, comprendí que esta era la oportunidad de reivindicarme. (Rememorando) Caamaño tenía un rostro serio, con rasgos marcados que reflejaban la madurez y la responsabilidad que asumía como defensor de su patria. Su mirada, penetrante y confiada, transmitía una combinación de valentía y convicción que inspiraba respeto en quienes lo rodeaban. ¡Coronel! Le dije, tengo experiencia militar y quiero luchar a su lado.
Aquel hombre de principios firmes, que hablaba con claridad y autoridad, pero siempre con respeto hacia los demás, me puso la mano en el hombre mientras me lanzaba una mirada penetrante: −Usted vendrá en calidad de jefe de la escolta presidencial. ¡Qué honor! ¡Qué orgullo! No podía fallar, estaba dispuesto a dar la vida y así lo hice. (Se le quiebra la voz. Se agacha, como si sostuviera un peso invisible, enojado, casi gritando) ¡Ay, hijo mío! ¡Ojalá el olvido te recuerde! Mientras dulces tragedias amarguen lo poco que me queda, todos los fracasos salieron a tu encuentro, ninguno te aguardó ni un segundo. La Fama fue mala mensajera, mató los sentimientos, las emociones, y tú, mi querido hijo, te dejaste llevar, quien te mandó a querer volar más que el halcón, quien te mandó a exagerar. Injuriaron tus pasos, te guiaron por los senderos equivocados.

¡Traidores! ¡Indómita hemorragia de pasiones efímeras! (Su mirada se clava en la distancia. Habla como si la memoria le quemara, como si las palabras que pronuncia fueran dagas arrojadas al viento, con amargura) Los que habitaban en las mazmorras ya han muerto. Era valiente en la pelea lejana, con la boca era valiente, en el campo de batalla un simple cobarde más. Incendios dislocados, incendios sin fuego. Resplandores negros, brillos apagados. (Manipulando su fusil) El ruido de las balas es algo que nunca se olvida. No me refiero al sonido del fusil, sino al sonido del miedo. Miedo en los ojos de los jóvenes que se alistaban, miedo en las caras de los padres que sabían que sus hijos no regresarían, miedo en la voz de aquellos que luchaban con la esperanza de un futuro mejor, pero sin saber si lograrían verlo. (Destapa la petaca y se toma un trago) La guerra no tiene gloria, ni héroes, solo tiene dolor. La guerra te arrastra, te arrebata todo, te quita lo que más amas. Perdí a mis hermanos de armas, a los que combatieron a mi lado, a los que compartieron conmigo sueños de un país mejor. Perdí la confianza en el sistema, en la política, en la humanidad. Perdí todo. No solo la vida de mis compañeros, sino también mi fe. ¿Por qué? Porque no nos dieron la oportunidad de ver la victoria. Nos dejaron caer, nos dejaron sufrir mientras afuera los poderosos seguían jugando a ser dueños del destino de nuestra nación. ¡Oh mi Coronel! la dulzura del sueño devoró las naves de tus expediciones fallidas, la fuerza, por primera vez, temió ser fuerte. (Levanta las manos al aire como si estuviera combatiendo fantasmas invisibles) Enjambres de piropos engañosos, inhabilitando a guerreros de juguete… ¡Insensato! Desdichado, débil e inepto… ¿Quién te mandó a querer volar más que el halcón? ¿Quién te mandó a exagerar? Aquí, en las ruinas de todo lo que fuimos, ¿Huirán los temores? ¿Huirán los recuerdos? ¿Huirán las derrotas? (De repente, su tono cambia. Su mirada es fija y penetrante, como si hablara con algo o alguien más, algo invisible que lo observa desde las sombras, desafiante) Óyeme, tú que llevas rastro de muerte, caminando a las catacumbas de traiciones escondidas.
La palabra vale cuando la boca que la pronuncia está revestida de verdad. Cavernosas sonrisas ocultando la realidad… y respirando miedos infundados. (Se detiene un momento, respirando profundamente, como si meditara sobre sus propias palabras. Luego, vuelve a hablar con furia.) ¡Mira hijo, ahí está tu madre y el general! ¡Te están llamando! Ellos se movían entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira. ¡Mírala, se burla de nosotros! Ningún hombre fue demasiado para ella. Ninguna sangre borrará tanta humillación. ¡Oh, traidores! ¡Cuán crueles fueron con nosotros! Fue un error llorar por quien no valía tantas lágrimas. (Mira hacia la ventana. La luz del atardecer se cuela tímidamente en la habitación con tono rojizo. Sus palabras se vuelven más suaves, como un susurro melancólico, saca una carta de su bolsillo y comienza a leer):
Entre las sombras del amor…
Como el susurro suave del viento,
que acaricia y luego se esfuma…
Así llegó tu amor, brillante y callado,
como un faro, una promesa, un fuego.
Y yo…
Atrapado en la fragilidad de tus palabras,
creí en tus ojos, reflejo de un mar en calma.
Pero en tu pecho, la traición dormía,
silenciosa, como el viento en la madrugada.
(La luz de la tarde se apaga lentamente. El militar se queda en silencio, mirando al vacío. Se levanta, con la mirada fija, como si su alma ya estuviera en otro lugar.)
Tu amor…
Fue una llama que me quemó,
y ahora, bajo la lluvia,
solo queda la ceniza.
(Doblando la carta y guardándola en sus bolsillos) No pude enviar esta última carta. La revolución, si es que se le puede llamar así, no fue lo que soñamos. Nos prometieron la vuelta a la democracia, la restauración del orden constitucional, pero el precio que tuvimos que pagar fue demasiado alto.
(Levanta una gran foto de los interventores en el país) La intervención extranjera, la ocupación de las fuerzas de los Estados Unidos… nos despojaron de nuestra lucha, la pisotearon como si fuera solo un juego de ajedrez. No entendían lo que estábamos haciendo. Para ellos éramos solo piezas en un tablero, algo que se podía mover a su antojo. Pero para nosotros, era la lucha por el alma de nuestra patria. (Se lanza al suelo pecho en tierra mientras suenan disparos) El Puente Duarte… ¡Dios mío! ¿Quién podría olvidar ese día? Fue uno de los más sangrientos. Combatimos con todo lo que teníamos, con nuestras manos y nuestros corazones. El pueblo estaba con nosotros. El pueblo no se detuvo, no retrocedió, a pesar del horror, a pesar de las bombas que caían sobre nuestras cabezas. Pero al final, ¿de qué sirvió todo eso? Al final, fuimos los derrotados, y nuestro país continuó siendo una marioneta en las manos de los que nunca quisieron vernos libres.

La verdad es que la guerra de abril no fue solo una guerra de balas. Fue una guerra de ilusiones, de esperanzas rotas. La intervención extranjera no solo nos derrotó militarmente, sino que también se llevó nuestras esperanzas. Nos dijeron que la lucha era para evitar el comunismo, para evitar que un régimen socialista tomara el poder. Pero nosotros solo queríamos una cosa: que Juan Bosch regresara, porque su gobierno era el que nos había dado la esperanza de un futuro más justo. (Abriendo una maleta) ¿Qué les puedo contar de mí? Quizá todo lo que han oído no sea más que una sombra de lo que realmente fui, o tal vez, ni siquiera eso. Muchos me ven como un hombre de pocas palabras, y en cierto modo, tienen razón. Pero hay algo más en mi interior, algo que no suelo compartir con facilidad. En la vida, aprendí que no todo se dice, que a veces el silencio pesa más que cualquier palabra, y yo, desde joven, me hice experto en mantener mi boca cerrada. Pero ahora, quizás, es momento de hablar. (Se da un trago, se acomoda, enciende un cigarrillo y comienza a hablar)

Yo soy Illio Capocci, un italiano, hijo de madre alemana y padre italiano. Una mezcla que ya empieza a decir mucho de mi persona. No soy hombre de grandes discursos, pero sí de hechos. De acción. Mi vida, desde que era un adolescente, ha estado marcada por la guerra. No recuerdo un tiempo sin ella. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, yo tenía apenas unos años, pero lo que vi, lo que viví, me moldeó de maneras que solo aquellos que han estado en el ojo del huracán podrían entender. Mi primer gran test fue con Mussolini. Al principio, un joven teniente encargado de una compañía que operaba gases letales. Recuerdo aquellos días en los que luchábamos con una ferocidad que no parecía tener límites. La vida de un soldado, de un joven soldado como yo, se medía en victorias y derrotas, en días de lucha y noches de miedo. Pero nunca pensé que la guerra sería mi hogar, mi destino. Tras la caída de Mussolini y la captura de muchos de nuestros hombres, me vi forzado a escapar, huir, dejar atrás todo lo que conocía. Pasé por Alemania, un país que, aunque aliado, era tan extraño para mí como lo era el infierno mismo. Ahí me uní a las tropas hitlerianas, un capitán de la Gestapo, parte de los temidos «KHMER», las tropas especiales. Recuerdo bien cómo éramos percibidos como máquinas de guerra, como instrumentos de una ideología que no comprendía completamente, pero que cumplía a la perfección. Fui testigo de tantas atrocidades en la guerra. Vi caer ciudades, vi hombres morir por nada, vi prisioneros masacrados como si fueran nada más que insectos. En las Ardenas, en los campos de batalla, me enfrenté a la humillación de ser llamado criminal de guerra, pero sabía que, si caía en manos de los aliados, sería el fin para mí. Por eso decidí unirme a la Legión Francesa, cambiar mi destino, encontrar otro propósito. Fue entonces cuando llegué a Vietnam, a la batalla de Dien Bien Phú. Un combate donde la historia de los colonizadores se quebró. Y ahí, nuevamente, la guerra me abrazó con su brutalidad. Luego, mi vida tomó un giro aún más oscuro. Volví a Europa, me retiré, y comencé a trabajar como asesino por encargo. Y no fue cualquier trabajo, no. Fue un trabajo sucio, muy sucio, donde la vida humana valía lo que pagaran por ella. Recibí encargos de personas poderosas, como aquel judío, el embajador de Trujillo en Israel, que me contrató para asesinar a Anselmo Paulino. Aún recuerdo ese día. El trabajo estaba hecho, estaba listo para cumplir con mi cometido, cuando, de repente, me dijeron que lo parara. Me ofrecieron el dinero, pero yo no lo quise. El trabajo no tenía precio, la responsabilidad que sentía hacia mi misión era más grande que cualquier pago. Sin embargo, poco después, Trujillo me llamó. Me necesitaba. Me quería para formar un cuerpo de élite, los «hombres ranas», una unidad de soldados de élite, como los que había entrenado en la Legión. Acepté, como siempre acepté las órdenes. No me hacía preguntas, solo cumplía.

Entonces llegó la Revolución Dominicana, y con ella, un cambio que no esperaba. Fue en los primeros días de lucha cuando comprendí que esta guerra, esta revolución, ya no era solo mía. Me uní a ella, no porque me lo pidieran, sino porque lo sentí. Aquella revolución tenía algo más que solo el rescate de una constitución. Tenía el eco de justicia, de dignidad, algo que no había sentido en ninguna de las guerras anteriores. Aquí, en esta tierra que nunca imaginé que podría llamar mía, encontré algo diferente. En las calles de Ciudad Nueva, cuando patrullaba con Caamaño, cuando oía los vítores del pueblo, sentí lo que nunca había sentido, que por fin mi lucha tenía un propósito. No solo era la guerra, era la esperanza. Recuerdo que me dijeron que debía repartir medicina, que debía estar en los primeros días de la revolución, en las trincheras. Y lo hice. Porque sabía que esto era diferente, que lo que estaba en juego era más grande que cualquier batalla que hubiera luchado antes. En esas noches largas, después de los combates, mientras el pueblo de Santo Domingo me vitoreaba, yo ya no era el hombre frío y calculador que había sido antes. Yo era un hombre que sentía la revolución en su pecho. Y luego, mi caída. La última misión. El 19 de mayo, frente al Palacio de Gobierno, con mis hombres ranas, con mis soldados. Sabía que muchos de ellos caían conmigo. Sabía que no todos volverían. Pero no importaba. El sacrificio estaba hecho. La guerra no termina nunca, pero la lucha, la lucha por algo que se cree, esa lucha no se puede abandonar. Y si ese es el precio de la justicia, si ese es el precio de la revolución, entonces moriré feliz.

Así fui yo. Capocci. Un hombre de pocas palabras, pero de muchas historias. (Se pone de pie, se engancha el fusil) Hoy, después de tantos años, me pregunto si valió la pena. Si ese sacrificio, ese sufrimiento, esas vidas perdidas, realmente cambiaron algo. La política no cambia, la pobreza sigue ahí, la desigualdad sigue gobernando nuestras calles. Los poderosos siguen siendo los mismos, y el pueblo, el mismo que luchó, sigue esperando una justicia que nunca llega. La guerra no trae paz. Solo trae más dolor. La gente cree que la guerra es un fin, pero en realidad, es solo un nuevo comienzo para otro tipo de sufrimiento. Los que fuimos a la guerra, los que luchamos, no pedimos venganza, ni gloria. Solo pedimos que el sacrificio no fuera en vano. Pero a veces, las cosas no salen como uno espera. Al final, el dolor se queda, no se olvida. Uno piensa que el tiempo lo cura todo, pero no. El tiempo solo disfraza el sufrimiento, lo empuja hacia el fondo, pero nunca lo borra. ¿Qué queda después de todo esto? Solo los recuerdos. Solo el eco de las voces de aquellos que ya no están. Y el saber, que, aunque luchamos con todo lo que teníamos, al final no logramos ganar. Solo perdimos.

(La luz se apaga por completo, dejando al militar solo en la oscuridad, con sus pensamientos flotando como sombras que no se desvanecen.)
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