American University. Washington DC
Tuve el placer de conocer a Mateo Morrison y de aproximarme a la dimensión de su obra en 2024, durante la XIII Semana Internacional de la Poesía en la República Dominicana. Desde el primer momento supe que estaba ante un creador singular, generoso, empático y carismático, un poeta que encarna la historia de su tiempo, cuya labor comunitaria enriquece la vida de sus coterráneos e inspira el destino de muchos jóvenes. Dominicano, hijo de padre jamaiquino y madre dominicana, Morrison porta con orgullo y dignidad su doble herencia, así como los aciertos logrados como escritor y gestor cultural. Su compromiso social y su liderazgo natural han vigorizado la cultura de su país proyectándola hacia el mundo. La XXXVI Feria Internacional del Libro de Santo Domingo (2024), dedicada a su obra, es un reconocimiento explícito a sus aportes a la cultura y el arte de su país.
A pesar de sus grandes aciertos y distinciones, Morrison posee una rara humildad y la hizo patente cuando respondió a mis felicitaciones con estas palabras que revelan su carácter: “estuve muy feliz. Tal vez es que algo he hecho bien.” Recordemos que un fantasma lo persiguió cuando la marea ideológica cambiaba y se tornaba en su contra, y él supo ubicarse del lado que la historia exigía en aquel momento. Quizás por ello agrega: “Nada ha sido fácil.” “Todo ha sido muy difícil y lento.” Y lo percibo como si tratara de llenar de sentido cada sílaba de su decir.
En este ensayo abordo Brilla sobre mí un sol que invento (2024), una selección antológica de la obra poética de Morrison, realizada por Mario Bojórquez, autor del prólogo que la precede, donde analiza algunos aspectos fundamentales de su escritura. Después de mi asomo a este universo poético propongo que en Brilla sobre mí un sol que invento, la poesía de Morrison se organiza como una memoria que atraviesa sus estaciones íntimas en una sinfonía de cuatro movimientos, donde el amor —entendido como fuerza aglutinante que nos mantiene unidos y como energía expansiva generadora de vida— rige y estructura las estaciones del sujeto lírico. Leeré, pues, esta obra como un recorrido en cuatro movimientos que, mediante un lenguaje depurado y de espesura emocional, revelan cómo el amor articula la experiencia de la familia y la patria; del cuerpo, el erotismo y sus reveses; la herencia cultural y la anticipación de la muerte hasta llegar, finalmente, a prefigurar el silencio. Así, el amor se descubre como el eje que sostiene tanto el contenido del libro como la visión creadora y la propia vida del poeta.
1-AMOR FILIAL Y LEALTAD A LA PATRIA
Ingresamos a un autor que posee “una sensibilidad y una voluntad creativas con un sello particular y único,” en lo que concuerdo con Plinio Chahín (9). En Morrison, de la fuente del amor brotan con tonalidades múltiples sus poemas y se manifiesta primero en el ámbito de la familia, rica en afectos que determinan la seguridad del poeta. No es accidental que se abra la antología con su nacimiento, su origen y sus relaciones filiales; una primavera personal, un allegro, la sección más feliz y vivaz del poemario, la más solar y animada. Energía y claridad en el lenguaje impulsan al poeta que con intensidad sostenida registra con más interés el pasado y su amor a la familia y sus adhesiones. “Desde el átomo gris,”[i] poema del origen, a la pulsión del “deseo de escribir,” Morrison consciente de las exigencias de su vocación declara: “una palabra difícil de encontrar. / un camino de escombros donde cada letra / reclama un lugar exacto.” Sin embargo, el amor filial y sus afectos se redimensionan en un ámbito de tristeza y dolor por diversas ausencias. Primero, la muerte de su madre, Efigenia; luego la “Despedida a un hermano,” y después la pérdida de su padre, Egbert, evocado así: “usted transitó por el mar / … su descubrimiento fue un simple corazón / de una mujer…/ cargada de latidos cotidianos / que cesaron una tarde.” Y “El hueco estaba en nuestra casa / cinco pies de oquedades infinitas / de dolores rasgándonos la vida.” Cada duelo introduce un matiz distinto en la sinfonía emocional del libro, como si el allegro inicial se fuera modulando hacia movimientos más graves, donde la memoria se vuelve refugio y herida a la vez.
En este contrapunto entre amor y nostalgia, el hablante lírico descubre que el amor maternal es indestructible: “Retornar a tu vientre” configura un volver a la madre imaginada y añorada, convencido de que ella aún está presente y operando en su vida: “Nuestra separación fue ficticia / y la mejor prueba / es que me cuidas.” Estas palabras, así como los versos del primer poema de Brilla para mí un sol que invento, revelan que por encima de todas las vicisitudes el poeta ama la vida: “Yo nunca pedí nacer/ pero ya me he acostumbrado a esta vida.” La estructura del poemario evidencia el encadenamiento de sus poemas por afinidades temáticas de situaciones palpables, como si un asunto llamara al siguiente en un proceso de continuidad emocional y creativa.
Los poemas de Morrison sobre el amor filial se inscriben en una amplia tradición literaria. Gabriela Mistral dedicó parte esencial de su obra a la figura materna y a la maternidad, César Vallejo en Trilce alude a la madre y al dolor de su muerte; debo notar que Vallejo es uno de los poetas más admirados por Morrison y en su honor fundó el Taller César Vallejo en 1979, el cual sigue activo. Asimismo, sobre el tema de la muerte, Jaime Sabines escribió un duelo filial en “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines,” y Vicente Gerbasi publicó su incomparable poemario Mi padre el inmigrante, un hermoso poema de largo aliento. La presencia de la madre y el padre como núcleos temáticos es recurrente en la poesía universal: allí están Vicente Huidobro, Antonio Machado, Langston Hughes y Maya Angelo con sus poemas a la madre; Amado Nervo nos dejó “Amor filial;” y Kahlil Gibran incluye la reflexión sobre la familia en El profeta. Incluso mi propia escritura ha explorado esta temática. Todo ello confirma la vigencia del tema en la tradición literaria.
En Mateo Morrison, cada situación personal y cada acontecimiento de su país sumergen al poeta en una nuevo registro del escenario donde se desenvuelven él como individuo y la colectividad en una espiral expansiva de amor que llega a abarcar la patria. Con la muerte del dictador, Rafael Leonidas Trujillo en 1961 empieza un período de redemocratización del país hasta 1965. Juan Bosch, electo presidente en 1962, es derrocado en un golpe de estado en 1963 y, en consecuencia, tiene lugar la insurrección popular del 24 de abril de 1965. En ese momento Mateo Morrison, presidente de la sociedad Cultural La Unidad, decide apoyar la insurrección popular frente a la intervención de Estados Unidos. Por este motivo se le inscribe en los Poetas de Posguerra, grupo surgido después de la Guerra Civil de 1965, que recibió el fuerte influjo Poesía Sorprendida, movimiento de vanguardia dominicano.
Sobre el tema mencionado se encuentra el poema “Ojos de madre, vientos de guerra,” que alude a la ocupación estadounidense, madre y patria se fusionan metafóricamente: “Aquí madre también se cuecen las habas de tus sueños. Los frutos cultivados en el patio recientemente han sido agujereados. Otra bandera arde en las escuelas…” La madre se vuelve tierra y la tierra es madre en su capacidad nutricia y protectora: “Nunca me has abandonado” aun “cuando un nuevo disparo alumbra los círculos del patio,” y “… las balas persiguen a mis tíos transformados… en diestros combatientes.” Como diría Álvaro Mutis sobre su propia poesía, citando a Neruda, estos poemas “nacen de un largo rechazo” (570), de una insatisfacción con la herencia que el tiempo no logra borrar, y similarmente nacen de un profundo amor filial por la madre-patria.
El amor, esencia desde donde escribe Morrison, le alcanza incluso para humanizar y compadecerse solidariamente del enemigo, una postura que rompe con la lógica binaria de los conflictos armados. Leamos: “Hoy he aprendido a dirigir mis ojos al enemigo…Los invasores pueden tener también hijos y esposas que los esperen y madres que como tú agiganten los ojos para que yo pueda leer los signos del peligro.” Ese mismo amor filial y patriótico le revelan significantes simbólicos inscritos en las marcas citadinas: “el puente fue la frontera entre la dignidad y el vacío.” Las muertes familiares llegan a ser preludio de las muertes colectivas y el poema a la muerte de la madre, se resemantiza en el fin de la vida en libertad ese abril de 1965.
Al continuar la poetización de esta terrible experiencia, expresa: “Las palabras pelean entre sí y cada adjetivo se transforma en un cañón, aunque la gramática no sabe de balas.” Son los versos de un poeta comprometido con la libertad de su madre-patria: “Debo regresar, me muero por no dejarte sola atormentada, combatiente.” Es oportuno mencionar aquí a Víctor Villegas, quien le dedicó a Mateo Morrison su poema “Anduve la distancia,” donde versifica sobre el paso del tiempo y las muertes que anteceden a la gran muerte y a la soledad (24). En Morrison el drama interno personal prefigura la vorágine nacional y colectiva, convirtiéndose en componente narrativo fundamental, y en vía de inspiración que traspasa y orienta su práctica poética.
La vastedad temática y la variedad de recursos literarios en Brilla sobre mí un sol que invento están coloreados con el pincel perpetuo del amor, verdadero manantial de su poesía en sus distintas manifestaciones. El amor-solidaridad reaparece en el poema “Instante de la muerte” dedicado a Carmen Delia Fortunato; un poema que confirma la delicada sensibilidad que inspira su escritura, la consideración y respeto por el otro, así como la clara conciencia de cohesión con la humanidad que signan la escritura de Morrison. Frente a la solidaridad la muerte sólo es juego, performance, nunca el fin del amor. En “La escena de la muerte” la imaginación creadora se impone: “Y es que a veces… / jugamos a morirnos.” “Todos hemos aprendido a actuar / en la escena impostergable de la muerte.”
El amor, en su poesía, posee incluso el alcance de metaforizar la historia, veamos: “la ciudad no perdona el desafío de sus luces…”. Las mariposas que “murieron envenenadas en la ciudad” y que “se dejaron atraer por las luces potentes / y cayeron derrumbadas en el pavimento.” Si bien se refiere a las muchachas y a las mariposas que traía el viento ” evocan, inevitablemente, a las hermanas Mirabal, heroínas asesinadas por la dictadura de Trujillo, y, luego, arrojadas por un precipicio para simular un accidente. En memoria de estas víctimas, la ONU declaró en 1999 el 25 de noviembre como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
En un mundo amenazado y en riesgo, Morrison conoce las crisis que fracturan la familia, la patria y los valores sociales, aun así, su mirada no persiste en el fin o la destrucción total, más bien es la búsqueda de opciones para crear un mundo mejor. La confianza del poeta en el poder inconmensurable de la imaginación sorprende en estos versos: “para hacer una ciudad posible / tenemos que crearla día a día / en nuestras mentes.” Esta es su respuesta frente a “La ciudad de la posguerra,” herida y caótica. En este proceso de reconstrucción simbólica, hace suyas las palabras de Walt Whitman: “Mi lengua y cada átomo de mi cuerpo nacieron aquí,” con lo cual subraya su genealogía terrestre y su menos evidente linaje literario. Ante su ciudad ocupada militarmente rompe el silencio: “Esta ciudad no es la mía.” Su ciudad no reconoce señales como “This side” / “Stop”, “This way” y para recobrar un sentido de pertenencia se dirige a la “Ciudad Colonial” y declara: “Llegar aquí es como encontrarse / con los siglos / … y exigirles que nos digan / cuánto odio y amor encierran / esta arcilla, arena y cal…” y con lucidez histórica, concluye recordando, con gran honestidad, que en sus inicios la ciudad colonial “fue odio concentrado contra esclavos…”
Así escribe Morrison quien conoció y compartió con grandes poetas coterráneos como Manuel del Cabral y Pedro Mir, igualmente reconocidos por sus poéticas de amor y esperanza, y por su atención al acontecer social de una isla manchada por inusitadas injusticias. Frente a la misma realidad, el desmoronamiento, las contradicciones e injusticias que bullen en la poesía Cabral y de Mir, Morrison encuentra la salida del amor transmutada en mística —“Rezar, rezar, rezar”— y una poesía social que incita a cooperar, asumir la realidad y protestar contra la violencia y la intromisión autoritaria, sin abandonar jamás el reino de la solidaridad.
2-AMOR, EROTISMO Y SUS REVESES Y DEPURACIONES
El segundo movimiento del poemario lo marca la irrupción del amor en su manifestación erótica-sensual. Se trata de un adagio: un movimiento fragoroso, emocionalmente denso, aunque menos agitado que el anterior, más predecible en su cadencia y centrado en la expresividad. Erotismo, sexo, afecto y su reverso se funden en esta extensa sección del texto, correspondiente a la etapa de la madurez, al verano íntimo del poeta.
En “Espasmos de la noche,” el yo poético que ha vivido, puede convertir en versos sus experiencias: “La sábana sabe de otras cosas /…sabe de los cuerpos diluidos, / … de la humedad que hace temblar,” antes de caer en el silencio. De modo similar, en “Enigmas de un hermoso secuestro,” el deseo se manifiesta desde una sensibilidad compasiva y empática que gobierna el encuentro erótico, pareciera, con una joven trabajadora sexual. Leamos: “No te permitieron purificar tu niñez / corriendo en los arrozales… ” En los versos anteriores se advierte la complejidad y pluralidad del erotismo y sobre todo se nota la compasión del hablante. Como señala Fernando Cabrera, en Morrison está presente: “Deseo por el placer y, a la vez, deseo por la poesía” (97).
En contraste, cuando el amor erótico y la pasión bajan el telón —quizás por el desgaste derivado de la obligación o la costumbre— emerge una dualidad dolorosa: “No soy más que un juguete desechado,”—manifiesta- “busco tu amor debajo de las grutas / tal vez percibas que aún existo.” Otros poemas confrontan una relación de compromiso agrietada por el recuerdo de un vínculo inaceptable para las normas sociales, un amor de “erecciones que anulas en rítmicos minutos.” Convertidos en “huérfanos ahora / de las lujuriosas maneras / de traspasar los cuerpos,” los amantes transitan entre la conciencia del decaimiento y la imposibilidad de recomenzar, pues hacerlo equivaldría a “ir acariciando escombros.”
El hablante lírico ya sabe que el amor erótico es transitorio y empieza a anticipar la vejez y la muerte o “La esperada quinta estación.” El poeta ya conoce la mutación del amor de las parejas en el tiempo, cuando eros se vuelve ausencia. En “Soliloquio desnudo” declara: “Te percibo por las calles de toda la ciudad,” “vacío de tu voz.” “Duermo sobre las mismas caderas / que me sacudieron / y no sé despertar.” La memoria, entonces, se convierte en refugio: el parque tantas veces evocado, donde acontecen algunas de sus experiencias amorosas es un espacio privilegiado por el poeta. Además, allí asumió “la función de escritor y trabajador de la cultura el 21 de mayo 1967”, cuando en el parque del ensanche de Ozama con Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio y Rafael Abreu Mejía fundó el grupo literario La Antorcha, al que luego se unieron Soledad Álvarez y Amarilis Rodríguez.
Se trata del mismo parque donde “vestida de azul la poesía / encarnó en un cuerpo mulato a medianoche.” Ahora poesía y cuerpo mulato equivalen en sus imágenes, aunque la mirada del poeta hacia la mujer es siempre empática, responde a códigos de su época: no ofrece información sustancial sobre ella, pero sí construye la imagen de un cuerpo mulato convertido en receptor de “Una lluvia de latidos,” y su intimidad permanece inaccesible. Todo ello configura una atmósfera de ambigüedad contemporánea perceptible en el juego de presencias y ausencias, de exterioridad e interioridad, donde la insatisfacción erótica funciona como vía de exploración del yo y de sus conflictos. Esta tensión en su poesía es, además , imagen del choque entre ciudad y campo, entre lo rural y lo urbano.
El tema amoroso en Mateo Morrison continúa una tradición que atraviesa culturas; la poesía latinoamericana ha entretejido el amor y el erotismo a través de los siglos. No hay quien se precie de poeta que no haya escrito poemas de amor. Entre sus representantes encontramos a Sor Juana Inés de la Cruz con sus Sonetos y Redondillas que dan cuenta del encanto y la transitoriedad del amor, de sus cambios circunstanciales, y de las otras caras del amor menos deseables; Octavio Paz, el poeta que más más ha penetrado en el erotismo visto como unión de los opuestos y una convergencia entre cuerpo y espíritu que puede conducir a la mística; Delmira Agustini, poeta inaugural que se adelanta a su tiempo con una atrevida poesía erótica y mística. Vicente Huidobro aporta una mirada vanguardista del amor, frecuentemente fusionada con el erotismo; Ana Istarú, heredera de Agustini ha escrito su excepcional poesía declaradamente erótico-amorosa, y Pablo Neruda quien además de sus Veinte poemas de amor tiene poemas de desamor como algunos que aparecen en su obra Residencia en la tierra escritos durante su etapa en Oriente, donde captura el significado de los celos y el deseo y la venganza por amor.
Al reverso del amor, manantial de la creación de Morrison, aparece la inevitable señal de ruptura y separación. En “Textos inombrados,” el amor asediado descubre sus reveses: disputas, distanciamientos, y reconciliaciones erótico-sexuales que desembocan en un vacío profundo, una tristeza inmensa y finalmente en la indiferencia. En “Si la casa se llena de sombras,” el poeta modula con lenguaje sencillo, libre de artificios y experimentaciones, el amargo sabor de la distancia, los desacuerdos, y las tensiones familiares, sin embargo, queda la esperanza porque en algún punto “estará la luz esperando” y “A punta de amor / vas a deslizar tu rostro entre mis manos…” Recuperar el amor es recobrar la estabilidad del hombre “cansado de ciudad.” Pero la reconciliación no basta cuando la sequedad de la rutina transforma el hogar en un desierto de tristeza, donde la mujer vive en soledad, y el hombre se repliega y se deleita en su mundo: “Qué hacer con la tristeza / me preguntas,” manifiesta la voz poética que, imbuida en Lezama Lima y Octavio Paz, responde: “Una oscura pradera me convida.” ¿Acaso se refiere a su quehacer poético o al silencio que percibimos como indiferencia cuando el amor se ha roto? La otra cara del amor —su deterioro— se hace igualmente visible en esta obra, cuando el poeta contrapone el tiempo de plenitud con la evidencia del desgaste afectivo: antes “pude escribir las memorias de nuestros cuerpos encendidos,” y ahora “con nada podría reescribirlas,” lo cual enfatiza la dificultad de recuperar la intensidad perdida.
En “Visiones del transeúnte,” poema dirigido a un tú (¿su otro yo?) de rasgos autobiográficos, el hablante afirma la libertad de ese otro yo: usted es “un héroe de este siglo,” que “ha hecho germinar algunas rosas.” y sin ilusiones declara: usted “ha recobrado el derecho / a las pequeñas libertades.” No obstante, esta autoafirmación se ve inmediatamente cuestionada cuando anticipa el ritual del regreso a casa y la actitud crítica de quien lo espera: “Bien que llegues / ardiente de poesía…/ arribes derribando / muros construidos /… agredas el tranquilo / estadio de mis horas / tomes una rígida posición y exprimas mi cariño…” Esta escena se suma al apremio de sus múltiples responsabilidades — “… mientras nos aprisionan las paredes, /… mis próximas reuniones, las luchas populares…” — que refuerzan la imagen de un sujeto absorbido por su mundo, sus tareas y compromisos. En contraste de nuevo ese tú, que podría ser la mujer, permanece como un enigma: el poema poco comunica de sus deseos, preocupaciones o de su vida interior. Esta ausencia no parece responder a una voluntad deliberada de silenciarla sino más bien a una limitación cultural y generacional. El hablante poético quizá no sabe cómo acceder a ese universo psíquico femenino porque, para los hombres de su tiempo, dicho acceso fue históricamente restringido. Así, la representación de la mujer revela no sólo una perspectiva parcial, sino también las fronteras simbólicas que condicionan la posibilidad de comprender en su totalidad al otro. Ello no niega que sea un texto que reta los rituales cotidianos, “cargado de rebeldía y lirismo” como afirma Manuel Matos Moquete (40) y tampoco niega que estamos frente a un poeta capaz de una gran empatía con la mujer y con los otros.
En el envés del amor residen el odio, el dolor, los celos y la pérdida, tal como se observa en “Dormitando en la avenida,” poema basado en un sueño en el que al final el amor sólo es ruptura, recuerdo y añoranza de lo irrepetible. “La pareja del parque” convoca, además, un pasado, “es el reflejo de nosotros,” afirma el hablante, cuando ignoraban “que el dolor llegaría a nuestros pechos… “ La figura femenina, por su parte, aparece reiteradamente desde una mirada externa e insustancial. En “La mujer que se viste,” la representación descansa en la mera apariencia y su atracción erótica, pero la mujer se presenta como un ser pasivo, receptivo. De manera similar en “Este aposento,” se ve una mujer en actitud de espera: “Y tu cuerpo expectante / ocupando la otra mitad / de un posible paraíso.” El poeta conduce al lector por territorios que oscilan entre el cortejo y la seducción y en ocasiones nos lleva a la tragedia para crear un significado escueto de episodios y la chispa surge y se activa precisamente en la convergencia.
El tema del amor y el desamor, tal como lo enfoca Mateo Morrison, se inscribe en la tradición occidental más antigua. Safo, por ejemplo, en el siglo VI a. de C. reformula la poesía griega, alejándose de la épica y de sus héroes para abrazar sus emociones personales y agregar una intimidad inaugural en su tiempo. Es la primera poeta en hablar del deseo y del amor erótico de un modo tan directo y preciso. Asimismo, Catulo, dentro de la tradición del amor y laso oscuro, escribe sobre el amor con certeza y complejidad únicas para su tiempo. Sus poemas dirigidos a “Lesbia-Clodia” son la crónica de un amor apasionado, seguido por la amarga ruptura ahogada en el resentimiento. Catulo ejemplifica la habilidad para mostrar las emociones horribles derivadas del desamor: celos, venganza y obsesión. Sus versos entre la adoración, la ternura y el orgullo herido, recuerdan que el poema de amor igualmente expresa otras caras menos deseables del amor emocional. En el mismo sentido se puede ubicar a Dante y su amor por Beatriz, quien se transfigura de mujer amada en guía espiritual a través del Paraíso en la Divina Comedia. John Keats y su amor frustrado por Fanny Brawne es otro ejemplo adecuado. Para Keats él el amor, más que una emoción, era su visión de mundo, la estructura que daba sentido a su existencia.
Existe en esta obra Morrison, una suerte amalgama psíquica donde confluyen música, pintura, poesía, amor, erotismo, desamor, dolor y muerte. Estos elementos, aunque diversos se mantienen unidos por la experiencia vital del propio poeta y por la coherencia interna de su sensibilidad, la cual expresa mediante una sobriedad formal y una disposición combinatoria. Me refiero al sentido que Octavio Paz atribuyó al arte combinatoria, noción relacionó con la obra de Robert Rauschenberg y Mallarmé y que el mismo aplicó en Blanco y El mono gramático.
En el marco del amor erótico —sensual y sexual— aparece como un territorio de alegrías intensas, proporcionales a sus decepciones y derrotas. Lo que hace que el hablante acuda a un amor más sublime, más depurado, y menos condicionado, despojado de muletas: el amor al arte. Esto se ve claramente en un poema dedicado a Dionisio Blanco que aparece en esta antología y que hace parte de su obra A propósito de las imágenes (1991), dedicada al artista. Allí desde la mirada, nos recuerda que la poesía y la pintura comparten un fundamento común, ambas laboran con imágenes, aunque con materiales distintos. Lo que la poesía modula con palabras, la pintura lo expresa con colores y formas. En “Dibujo del entorno,” poema dedicado a Blanco, Morrison dice: “que alguien recoja / y bordee lo que fue dicho / haciendo del color un lenguaje de múltiples contornos.” La referencia no es casual; Blanco pinta mujeres anónimas y coloridas cuyos rostros suelen ocultarse bajo de un sombrero, figuras detenidas en sus ocupaciones cotidianas, y en actitudes diversas, cuya evolución interior, imperceptible por fuera, reside detrás de la quietud. Así, la lectura del poeta sobre la obra de Blanco deviene una reflexión sobre la capacidad del arte para capturar aquello que permanece latente, callado, pero profundamente humano.
La pintura, en su capacidad expresiva, puede presentar retratos, naturalezas muertas, paisajes, integrar elementos arquitectónicos, incluso ilustrar alegorías o mitos, abordar temas religiosos, histórico o subjetivos. No obstante, la poesía por su naturaleza lingüística puede transmitir mejor distintas fases de un carácter, enfocarse en asuntos sociales, y manifestar múltiples circunstancias de manera menos limitada que la representación pictórica. Si adoptamos una perspectiva cosmológica, el amor aparece como fuerza expansiva en “El rostro oculto se multiplica,” el ojo amplia su visón, lágrimas y sudores se hacen ríos y el verbo subyace en este fluido primordial. “Las palabras están ahí” y se revelan como colores de una pintura que pronunciadas son lenguaje, gesto, y sentido.
Morrison se realiza, además, como poeta que ama la naturaleza y reconoce la importancia del balance ecológico. En consecuencia, propone: “comencemos a restaurar el equilibrio / de una nueva utopía,” cada elemento debe ocupar su lugar y recuperar su función. La contraposición entre ciudad y campo se equipara, poéticamente, a la relación mujer-niña. Después de iniciar con un epígrafe de Gerardo Diego que dice: “La timidez me impidió ver tus senos cuando nacían,” pero “Volverá tu niñez y jugaremos.” El campo se transforma en ciudad, y la niña que crece se convierte en sirena anciana; así, las posibilidades idas no están perdidas, pues la esperanza de renacer alimenta la continuidad del amor. Esta “voluntad de poder como arte,” en sentido nietzscheano, se observa en “Poema al dolor no merecido.” Ante la aflicción, el poeta optar por la esperanza, el canto, la luz de los faroles, el amor, y la fe en la eternidad de la vida: “donde uno de nosotros muera /… se levantará una órbita de luz / que otro tomará para clarear el camino.” Su mirada se ancla en lo natural, espacio donde se siente como pez en el agua. En otros momentos, sin embargo, emerge una melancolía indescifrable en el hablante que atraviesa un territorio de conflictos sociales, amorosos y familiares y vive ese tránsito como un espíritu extraviado.
En Brilla sobre mí un sol que invento un tema funciona como el preludio de otros, y mediante el recurso de tópicos tradicionales construye una poética combinatoria, una suerte de estilo alquímico, donde lo personal se confunde con lo social y lo comunitario. En ese universo el amor sigue siendo el ancla de su mundo y el origen de sus propuestas. Ya lo había advertido Marcio Veloz Maggiolo al afirmar que “Mateo es y ha sido siempre, tanto en el ámbito de la negritud como de lo social, un poeta del amor” (313).
3-EL AMOR, LA HERENCIA CULTURAL Y ANTICIPACIÓN DE LA MUERTE
En la sinfonía poética de Mateo Morrison los dos primeros movimientos, el amor familiar y el amor a su país en un allegro; y el amor erótico y sus reveses y depuraciones en un adagio, encuentran continuidad en un tercer movimiento concebido como un minueto. Este movimiento, más gracioso y moderado, adopta un ritmo de danza con un estilo elegante que acompaña la secuencia vital del poeta. Se trata de la sección relacionada con la herencia cultural y el acercamiento al última etapa de la existencia. Su poesía, aquí, se despliega como una sinfonía o un diario compuesto de partituras de amor a la comunidad, a su acontecer y al conocimiento cultural.
En la estación otoñal de su vida, con un compás más pausado, la voz poética sopesa influencias e intereses y memorias, anticipando su propio final y dejando una lluvia de imágenes que constituyen el registro de un legado cultural. Leer “Pasajero del aire”(2010), por ejemplo, es viajar por contextos culturales donde el poeta escapa de la muerte o se encuentra con su sombra. El poema escrito en prosa es una autocontemplación tranquila en la que el sujeto lírico se diluye en hitos de la alta cultura, incluyendo, sus traiciones y la cultura popular. Y aunque enumerativo y sin un orden preciso, da cuenta de lo vivido y aprendido, de lo que recuerda y desea o anticipa. El recurso del viaje le permite trasladarse a través de múltiples épocas sin reglas lógicas, como es propio del lenguaje poético. La voz anuncia su partida con un leitmotiv que marca la cadencia del poema: “Me iré,” en el caballo que derribó al abuelo cuando intentaba huir de la esclavitud; en el barco donde despidieron a Ozama; en el ojo del huracán; en el estallido del volcán; o a través del amazonas. Los anteriores referentes remiten a su entorno afectivo y personal. Luego, el viaje toma vuelo y se desplaza hacia otros espacios simbólicos alusivos a su saber cultural: “Me iré” en el Arca de Noé, en el primer vuelo hacia un planeta, una embarcación fenicia, las aguas de Heráclito, la muralla china, los vientos del monte Sinaí, o la estatua de Buda.
Sus guías en la aventura del viaje son afectivamente significativos: “Granma” (la abuela) lo conduce desde México hasta llegar a la mayor de las Antillas; Fidias lo acompaña en las olimpiadas; contempla la ligereza de Aquiles y los suspiros de Helena; llega a Itaca con Ulises donde lo espera Penélope, y arriba a la sabiduría en las alas de san Juan, con Dante, Virgilio y Beatriz. En esta suerte de inventario cultural figuran, a su vez, íconos colectivos que el poeta desea encontrar: Rosa Parks, Nelson Mandela, Martin Luther King, Marilyn Monroe, Gandhi… todos miembros de las mal llamadas minorías: negros que lucharon por sus derechos, mujeres abusadas y maestros pacifistas de la humanidad. El poema incorpora además espacios de su memoria intelectual y cargados de connotaciones históricas: Wall Street, la basílica de San pedro, Venecia, París, El Mar Negro, la magia del haikú, los caligramas de apollinaire, Hiroshima y Nagasaki, la estatua de la libertad, el Palacio de la Moneda, la Franja de Gaza, África y el tambor. Como se puede anticipar, “Pasajero del aire,” despliega un tejido de imágenes cargadas de profundo sentimiento, memoria y nostalgia, pero, sobre todo, comunica su anhelo de libertad y de disolución en lo que para él ha sido lo más preciado.
Como en el minueto, con vocación de universalidad, el poema obedece a una estructura ternaria y en ocasiones binaria que refuerza la analogía con el carácter musical. Puede intuirse que se trata de un poema escrito en la madurez cuando el poeta se plantea el viaje definitivo. De igual modo, se vuelve a notar el uso de una suerte de poética “combinatoria.” que le permite articular múltiples referentes culturales en un solo movimiento lírico. Pues en Brilla para mí…. se encuentran poemas de notable refinamiento, caracterizados por una aguda atención al detalle y por la convergencia de diferentes realidades. Aunque suele considerarse un lugar común afirma que el poeta debe ser humanista, en su caso importa evidenciar que dicha condición se cumple plenamente.
En la madurez de su producción poetiza a figuras del ámbito artístico, histórico, cultural, social y político que han modelado el mundo contemporáneo. Allí leemos poemas como “Sor Juana,” dedicado al gran ícono de las letras americanas del siglo XVIII, cuya obra, aún hoy, resulta contemporánea. En “Emily Dickinson” poetiza para destacar su experiencia del aislamiento en las que concibió sus poemas imbuidos de paz, amor y quietud; y “Emoción por las islas” homenaje a Saint John Perse, cuyas palabras, resuenan con imágenes de islas donde instala su casa, y de arenas, imagen de infinitud de la vida.
Asimismo, en “Dorothy Dandridge,” —cantante, bailarina y actriz, primera africana-americana en ganar un Oscar, contra la exclusión racista de su tiempo—, Morris rescata la memoria de las mujeres artistas y de las comunidades afrodescendientes. Esta línea se prolonga mediante otras figuras como Martin Luther King, Nelson Mandela, Angela Davis, Alicia Alonso; Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Duke Ellington y Harry Belafonte entre otros. El poeta, con sentido de ocasión convoca representantes de descendientes africanos para evidenciar el racismo estructural que todavía pervive en los sistemas sociales, a pesar de que ha habido circunstancias históricas favorables a los derechos civiles. Este racismo no es ajeno al Caribe de Morrison, quien lo poetiza con una cierta amargura; tanto en el exterior como en su propio país, la discriminación excluye modos alternativos de ver el mundo e impone formas de coerción. Este es un tema vivo en el poeta desde 1983, cuando publicó Visiones del transeúnte, un homenaje a representantes del movimiento de la negritud en el que figuran Frantz Fanon, Aimé Cesarire, y René Depestre.
Por otra parte, Mateo Morrison escribe desde un regreso del engaño, lo que explica el tono irónico de poemas como “Reunión de máscaras,” dirigido contra la burocracia: “las máscaras se reúnen / para debatir los sonidos / del agua / los latidos del centro de / la tierra / y la muerte lenta del sol,” versos que denuncias la pretensión de reinventar nuestras vidas. Pero tal pretensión jamás ha sido una opción ideal. El poeta sabe que la vida consiste en un destino similar al de Sísifo: “Hoy preparamos los instrumentos / para la gran fiesta.” “Mañana volveremos a caer en el vacío / y así hasta el infinito” repitiendo actos, gestos costumbres para volver a nacer.
Su trabajo se sitúa a contracorriente de las generaciones anteriores: no aspira al ser incuestionable, unitario, ni a trabajos que ni asombraban, ni aburrían, y tampoco se adscribe al radicalismo, pese a su clara posición solidaria. En este sentido recuerda a Walter Benjamin, más capaz de escribir sobre sobre sí mismo a partir de recuerdos que sobre experiencias contemporáneas. De manera semejante Morrison ha adoptado un modo francamente imaginativo y rítmico de poetizar su experiencia vital y su pasado movido por una perspectiva de amor.
4-FINAL
Como ya anoté, he organizado mis reflexiones sobre Brilla sobre mí un sol que invento en cuatro secciones que resuenan metafóricamente con las estaciones del año y con los movimientos de una pieza musical: allegro y primavera, adagio y verano, minueto y otoño. Ahora, arribamos al finale que se asocia con el invierno; este último movimiento concluye con un aire de grandeza y de liberación de sentimientos en una obra que puede leerse, además, como un diario íntimo que termina aspirando al silencio. El mismo silencio de donde nace el amor. De modo que no es casual que el último poema sea “Breves visiones del oriente,” una serie de haikús, el género de poesía más breve.
Contrasta este deseo de silencio y brevedad en Morrison, con su exuberancia, su manera de valorar la aceptación, el aplauso, la comunicación, y la vida en comunidad a los que regresa con frecuencia. Pero a sus 80 años ya anticipa el final y las metáforas más potentes las ha escrito desde sus luchas socio-comunitarias que han condicionado, a su vez, sus batallas personales: su trabajo creativo, la compleja dinámica amorosa, la familia y, ahora, su envejecimiento. Estos temas mencionados informan la obra de un autor que anuncia su retiro para dedicarse a sí mismo, según afirma en el poema, “Cansado de sostener”: “He decidido anunciarles mi agotamiento crónico,” “Me iré en silencio sin dar órdenes,” a “escribir poemas” y “a leérmelos a mí mismo”. La inquietud por la muerte es más evidente en “Preocupación por los huesos.” Mencionar los restos en los cementerios, despierta resonancias con saturno, dios del tiempo y de la muerte. Tal vez por ello insiste en la necesidad de vivir sin artificios, pues “Máscaras no hay,” “todo parece nítido” en su poesía de carácter relacional que se sostiene con aplomo y transita entre el contrapunto de lo luminoso y la tristeza sombría, entre la energía briosa y esencial y los reproches, entre la vida y la muerte, pero invariablemente nacida del amor y desde la sinceridad que no es más que otra forma del amor, el regente de su propia vida. Creo que algo o mucho de esto captó, el poeta Manuel del Cabral cuando en su poema titulado “La conciencia de Mateo” expresó: “Ni siquiera podemos acercarnos cuando duerme, / porque llegó dormido / porque llegó tan limpio / que si lo despertamos / lo ensuciamos” (95).
En esta última etapa se ve más claro cómo el poeta presenta el encanto del poema como revés de la melancolía, del dolor y la cercanía de la muerte, porque aún brilla sobre él “un sol que inventa” que le permite ver con claridad. En consecuencia, en “Nocturnidad del viento” poema que, por cierto, contiene el verso que da título a esta antología, articula: “soy sombra que atraviesa las calles,” “veo correr a mis hermanos,” “deslizándose a mi lado / enormes monumentos a la soledad,” mientras “lo único estático en la ciudad son mis ojos.” El poeta es la constante en un espacio donde reina el cambio y también la decadencia que conduce al lugar “donde la muerte y la vida se abrazan.” Versos consistentes con su percepción de su propio fin terrestre como estos: “ahora mis rodillas no pueden sostenerse “ y casi lloro al desfallecer” y busca, entonces, en su vestimenta “un orden en el que pueda depositar / (su) última sonrisa.” De modo similar, el poema “Inmadurez” reitera el mismo presentimiento del final. Más adelante, la evocación de Heráclito –“bañarse dos veces en el mismo río / es muy difícil”- subraya la fugacidad e inestabilidad de la verdad, del amor y de la libertad; mientras en “Aplastado el insecto,” cuestiona la interrupción de la libertad de la vida. El poeta ya sabe por su experiencia que ”matar es limitar la posibilidad del universo.”
Sus reclamos no son neutrales; son más bien afirmaciones que surgen de una sabiduría, de la conciencia profunda de la verdad y del amor, incluso de sabia aceptación de tánatos. Su visión de la muerte es también el sueño de un retorno al origen, como se manifiesta en su poema “Tempestad del Silencio:” “imán enorme que me impulsa a volver a las grutas,” al comienzo del mundo. Se trata de la pulsión de muerte, concepto que desarrolló Freud, la fuerza inconsciente que busca la destrucción y el retorno a la inactividad, el reposo de la vida, a la no existencia, el paso a otra dimensión, al absoluto innombrable. El poeta siente ese impulso de desaparecer, un estado en que tánatos pulsión de muerte triunfa sobre eros, pulsión de vida, de amor y de creatividad. Esta aceptación determina que los poemas de Morrison sobre el fin y la muerte no tengan un tono apesadumbrado y de derrota, pues, él posee el secreto para reconfigurarlos así sea en un “museo viviente”.
Para este finale retomo las palabras de César Augusto Zapata quien afirma que “Mateo Morrison es la imagen del poeta natural… es el poeta de sensibilidad social que por su persistencia y práctica ha ido agigantando una palabra que le es visceral, que forma parte de su ser: literatura…” (111). Esta valoración me lleva a mencionar algunos de los maestros o antecesores que el propio Morrison nos revela en su obra Brilla sobre mí un sol que invento. Ellos funcionan como conexiones y resonancias que dialogan con su poética, y contribuyen a configurar una hermosa obra, centrada y generosa, plenamente coherente con mi tesis del amor como núcleo de su pensamiento creador, su arte poética.
Morrison ha bebido de todas las aguas de la tradición religiosa, desde La Biblia, El Corán, El libro de los muertos hasta El Talmud, los Vedas, y esto se adivina en los contextos y profundidad de su obra. Además, está familiarizado con la tradición literaria. Numerosos poemas privilegian la naturaleza como escenario: pastos, altos árboles, frutales, naranjos y “zonas minadas de guayabas;” lo que sugiere una coincidencia y conocimiento de la vertiente naturalista del romanticismo latinoamericano. Se refiere a figuras como Octavio Paz en “Blancor de las palabras a propósito de Octavio Paz,” un autor fundamental por su poesía y por sus aportes teóricos sobre crítica poética. Igualmente aparece Garcilaso en “Otro homenaje,” el cual cita su célebre verso: “polvo serás más polvo enamorado.” En “Sócrates no huyó,” Morrison recuerda al gran filósofo griego que saboreó la cicuta en nombre de la ética con lo cual hace un guiño al diálogo de “Fedón.” Esto da pie para recordar el diálogo entre Ion y Sócrates, quien pensaba que los poetas dicen lo que dicen por cierta predisposición divina de su naturaleza o porque están inspirados, pero no pueden dar cuenta exacta de lo dicho. Por otra parte, el aprecio que Morrison siente por su herencia jamaiquina lo conecta con Bob Marley y su música “disuelta en lo aires de Jamaica.” Otra manera de seducir con un canto solidario de vocación universal que ilumina, sin evadir la realidad sombría.
La antología Brilla sobre mí un sol que invento culmina con haikús, género poético japonés, introducido por Juan Tablada en la literatura hispana. A modo de clausura “Visiones de Oriente,” nos deja en una atmósfera de sosiego y de meditación, un finale, lentísimo que anticipa la inevitable muerte, pero con gran aceptación porque el poeta ha logrado hacer las paces consigo mismo. Su poesía nos dice este presente es resultado de aquello y escuchamos una voz lírica que ya mayor en edad y autoridad se ha vertido en una poética iniciada a los 13 años y ha continuado trasegando senderos al servicio de una cultura en la cual su evolución y su vida se han cumplido. La presencia de la muerte en poesía es un tema universal y poliédrico; se relaciona con el final físico, con la transformación existencial y con el amor al anhelo de retornar al origen. La manera de sentirla va del temor al dolor y a la aceptación. En Morrison, los poemas sobre la muerte no son tristes, ni temerosos o dolorosos. Hay en ellos una aceptación y un intento de entender la vida y la condición del ser humano. La muerte, quizás, entendida como una necesidad, mas no una urgencia como la veía Alexandra Pizarnik.
José Ángel Bratini ha señalado que Morrison “es un poeta de luz y esperanza, dueño de una poesía que en sus inicios se tornó social y política.. “ y que “evolucionó pronto hacia temas que evocan la ternura del ambiente familiar, la pasión del erotismo, y el amor“ (19). En esta etapa de su invierno íntimo, atravesado por la escritura como permanencia se ve claro cómo su obra se organiza en torno a modelos binarios -orden y caos, presencias y separaciones, aceptación y rechazo, amor y desamor, vida y muerte- se despliegan en una evidente diversidad formal: poemas en prosa, poemas más musicales, haikús, textos líricos, narrativos e incluso épicos. Alterna el verso libre con otros ritmos, y, en ocasiones, prescinde de verso para ingresar en lo narrativo, y crea imágenes novedosas, o recurre a enumeraciones que, a veces, rozan lo caótico. Estos procedimientos remiten a la estética vanguardista, pero todavía podemos ver la anécdota gratuita y el tono mordaz del epigrama en algunos de sus poemas.
Con relación a la temática, en Brilla para mí un sol que invento el lector encontrará poemas sobre el individuo, la tierra natal, la familia, los amigos, lo social, el amor y el erotismo y su reverso, así como el arte y metapoesía. Leer esta obra da la sensación de un orden casi cronológico en su modo de rememorar, pero no es una autobiografía. Se trata, más bien, de espacios, momentos y experiencias saturadas de discontinuidades; su propuesta no es reescribir su pasado, sino comprenderlo y mostrar sus convergencias con otros sucesos en su entorno. En síntesis, Morrison examina su propia existencia mientras declara: “desorientado continuó mi caótica marcha hacia el abismo.” Abismo que se asocia a la muerte y al viaje definitivo del sujeto liberado de los límites impuestos por las circunstancias terrenales, el apego y el sufrimiento. Siempre desde una perspectiva del amor, principio generador de su poética.
OBRAS CONSULTADAS
Morrison, Mateo. Brilla sobre mí un sol que invento. Selección y prólogo de Mario Bojórquez, Círculo de Poesía Ediciones, 2024.
Bratini, José Ángel. Una idea cultural en movimiento. Mateo Morrison: Biografía gráfica. Editora Nacional, 2024, p19
Cabrera, Fernando. Citado en José Ángel Bratini, Una idea cultural en movimiento. Mateo Morrison: Biografía gráfica. Editora Nacional, 2024, p. 97.
Chahín, Plinio. “La parcela erótica de Mateo Morrison.” Terreno de eros, Editorial Búho, 2019, p. 9.
Catulo, Cayo Valerio. Poesías. Traducción y notas de Juan Petit. Editorial Lumen, Barcelona, 1975.
Del Cabral, Manuel. “La conciencia de Mateo.” En José Ángel Bratini, Una idea cultural en movimiento. Mateo Morrison: Biografía gráfica, Editora Nacional, 2024, p. 95.
García, Enrique. Una mirada a la poesía de Mateo Morrison. Antología. Estudio crítico y selección de García. Editorial Búho, 2023.
Gerbasi, Vicente. Mi padre el inmigrante. 1945. Antología poética, Monte Ávila Editores, 1970.
Keats, John (1795-1821). A Treasure of Great Poems. Louis Untermeyer. Simon and Schuster, New York. 1992. pp.749-776
Matos Moquete, Manuel. Mateo Morrison. Plenitud de vida y escritura. Editora Nacional, Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2024, p. 40.
Mutis, Alvaro. Poesía y Prosa. Instituto Colombiano de Cultura. Editorial Andes, Bogotá, 1981. 570.
Platón. “Ion” y “Fedón.” Diálogos I, Biblioteca Clásica Gredos, España 1985.
Safo. Poemas y fragmentos. Edition Bilingüe. Traducción de Manuel Rodríguez Tobal. Ediciones Hiperión, 1990.
Veloz Maggiolo, Marcio. “Mateo Morrison: De la poesía de la posguerra al amor.” Mateo Morrison. Plenitud de vida y escritura, Editora Nacional, Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2024, p. 313.
Villegas, Víctor. “Anduve la distancia.” En José Ángel Bratini, Una idea cultural en movimiento. Mateo Morrison: Biografía gráfica, Editora Nacional, 2024, p. 24.
Zapata, César Augusto. “Viaje estético: del gesto social a la imagen lúdica.” En José Ángel Bratini, Una idea cultural en movimiento. Mateo Morrison: Biografía gráfica, Editora Nacional, 2024, p. 24.
[i] Todas las citas de sus versos provienen de la antología Brilla para mí un sol que invento. Las citas diferentes se indican claramente en el texto.
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