A partir de la década de los 80 del siglo pasado, se produce el primer estallido de mujeres poetas y escritoras en las letras dominicanas. Fue una especie de sturm und drang (en la acepción germana del romanticismo), es decir, de golpe y tormenta, ímpetu y eclosión, sin precedentes. Algo así como un boom que sacó de la invisibilidad a un puñado de mujeres que escribía poesía, desde un “cuarto propio” –para usar una expresión de Virginia Woolf. Estas mujeres dominicanas, que asumieron el oficio de la escritura, como sujetos femeninos, orillaron en los límites de la identidad y la insularidad: fundaron una ruptura en la tradición de la lírica criolla. De igual modo, crearon, con su discurso, una poética, desde los márgenes del ser femenino y su otredad, en una búsqueda de libertad expresiva y ontológica. Articularon un tejido escrito que revela fisuras, rizomas, formas, estilos y concepciones de un espacio textual, que desafió su espíritu o su cuerpo. Esa búsqueda de sentido, que persiguen con su discurso, se define como una necesidad de legitimización de sus voces. De los ecos de sus palabras resuenan la sustancia y la semilla que germinan en los surcos de la ciudad y sus reflejos, del mar y sus ecos, de la naturaleza y sus seducciones. Este corpus de la poesía femenina, escrita desde la órbita de su ser más hondo, echa raíces en la temporalidad del pasado y el presente, del mito y la memoria, y de sus biografías personales. Desde el cuerpo de su enunciación, las voces de estas mujeres dejan escapar sus resonancias magnéticas, en este espacio citadino de Santo Domingo.
En el decurso de los años ochenta y noventa, las voces poéticas de Ángela Hernández, Martha Rivera, Aurora Arias, Carmen Sánchez, Ylonka Nacidit Perdomo, Chiqui Vicioso, Irene Santos, Marianela Medrano, Sabrina Román, Sally Rodríguez, Miriam Ventura, Dulce Ureña, Isabel Pastora Hernández, entre otras, se dejaron sentir, desde la simbología del temblor y sus ecos, del verbo y su carne, del cuerpo y sus luces. Estas voces líricas dejaron la huella de la identidad, del género y la etnicidad, de una escritura, que funda un imaginario de la insularidad y la feminidad.
Estas peroraciones vienen a colación, como preámbulo al enjundioso y erudito texto de la académica argentina, Ester Gimbernat González, profesora emérita en University of Northern Colorado. Se trata de un cuerpo de reflexiones muy agudas y penetrantes, a la luz de la teoría feminista de la literatura, de la filosofía y de la crítica literaria, haciendo acopio de citas, notas, epígrafes y fragmentos bien imbricados y apropiados a su discurso teórico-crítico. Estos recursos técnicos le imprimen un insólito rigor conceptual y un espléndido repertorio filológico a su estudio, que le sirven de aval y base teórica a sus tesis y a sus afirmaciones. Desde la semiología barthesiana hasta la teoría feminista de Helene Cixous, Adrienne Rich, Elaine Showalter, Iris Zavala o Toril Moi, desde el psicoanálisis y la filosofía deleuzeana, hasta la semiótica de Julia Kristeva, el repertorio textual de obras citadas que hace esta estudiosa de la poesía escrita por mujeres en la literatura dominicana, es sorprendente y asombroso. Sin duda, se trata, a mi juicio, del más sesudo y profundo –conceptualmente hablando– de los estudios y aproximaciones teórico-filosófico a la poesía femenina de la República Dominicana, con un aparato crítico y con los instrumentos intrínsecos del análisis y la interpretación de textos poéticos.
Las poetas que estudia Gimbernat, a partir del signo femenino, articulan un tejido de voces en espiral ascendente, que despliegan su imaginario y su sensibilidad, en una galaxia de símbolos del cuerpo letrado de la isla. Esta académica aborda la obra poética de las figuras emergentes, en su momento, y consagradas, no por el signo femenino, sino por la voz de su ser poético, no sin desenfado y soberbia. Un rasgo peculiar de estas poetas reside en el tono autobiográfico, el matiz erótico y la potencia metafórica de sus registros e imágenes poéticas. Estas voces aglutinantes, que conforman el corpus de una época y de una generación, constituyen a la vez el eje central de esta radiografía crítica. Es a un tiempo una anatomía del cuerpo ontológico de la mujer poeta de la época finisecular dominicana. Este texto sirve, por consiguiente, de termómetro para medir la temperatura del ser poético del sujeto femenino dominicano.
El canon de la poesía femenina de nuestro país lo impone Salomé Ureña, a fines del siglo XIX, y a mediados del siglo XX, Aída Cartagena Portalatín, dentro de la Poesía Sorprendida, como figura puente, que funda la apertura para que, en la década del 60, surjan Jeannette Miller y Soledad Álvarez. O Carmen Natalia Martínez, en el contexto del grupo los Independientes del 40, como precursora de esta estirpe.
Así pues, en este libro, Por ancla el mar (2007), Ester Gimbernat, desde el ámbito académico del mundo americano, y desde una perspectiva multicultural, ausculta en la psicología y la ontología del sujeto femenino, de su ser lírico, a partir de un enfoque de la crítica cultural, y cuyo marco teórico está referido a una época y a un conjunto de poetas. Sitúa las variables de la poesía femenina de la diáspora, desde los estudios de Daisy Cocco, amén de diseccionar la dialéctica ruptura-tradición movimiento-trascendencia de las voces canónicas o rebeldes del devenir de la “ciudad letrada”. En efecto, de estas voces dimanan sangre y sudor, coraje y lágrima, humor y erotismo, amor y desgarramientos, que signan los derroteros de sus andaduras, como autoras de poesía.
La escritura de estas mujeres refleja un orden confesional, en su espacio de enunciación. En el universo poético, que encarnan y recrean, postulan un contrapunto entre la isla y el cuerpo femenino. En efecto, sus voces actúan como paradigma en la poética del cuerpo que representan, en su discurso, en un territorio matizado por “lo de adentro y lo de afuera”, el espacio de la intimidad y el tiempo de la exterioridad. En cada una hay una imagen de la autoconciencia del oficio de la poesía y del lenguaje poético mismo. Desde el Caribe insular hispánico, y desde el yo más biográfico, más hondo, de algún modo, refleja la huella de la colonización, el mestizaje y el proceso de criollización y etnicidad que comporta hablar, decir y cantar desde la órbita de la modernidad dominicana. Las voces de la identidad son, a la vez, la representación de la subjetividad de cada yo poético femenino. Deseo, mirada, imagen y paisaje representan las fuentes de la creación, de donde se nutren la imaginación y la sensibilidad de cada una de ellas, en clave de sus propias subjetividades, para fundar su mundo poético, su universo lírico. La genealogía de las obras poéticas de estas mujeres escritoras media entre la biblioteca, la sexualidad y la ciudad, como fuentes e influencias, en su génesis creativa. Pero todas orientan su discurso, como una crítica al orden patriarcal y a los poderes falocráticos, y desde una rebelión del cuerpo y de su ser dramático. Dentro de la órbita del imaginario femenino hay dos claves seminales: la experiencia y la fe en que confluyen sus fuentes de creación. Dicho en otras palabras: entre el intimismo y el exteriorismo. En medio de esos avatares de la sensibilidad hay, pues, una búsqueda de un sentido, que es, a la vez, una búsqueda de un lenguaje propio y autónomo. Pero que es, también, una búsqueda de la palabra poética.
La poética feminista que postulan en sus obras es estudiada, en cierto modo, desde la perspectiva ginocrítica, en la vertiente de Elaine Showalter. Y desde esta tendencia, Ester Gimbernat ha auscultado en los entresijos y la intertextualidad, la intersubjetividad y la psicología del ser poético, que emplean estas mujeres poetas dominicanas. La autora de este libro vislumbra el ser fragmentado, escindido, de cada una de ellas, como rasgo común, pero, a la vez, percibe una ruptura al silencio; o, más bien: una crítica al silencio y a la soledad de su yo. Es decir: inauguran un discurso de insubordinación, rebeldía y erosión al cuerpo social, a las estructuras de poder y al orden familiar. En esa tesitura de sus palabras líricas, el signo de sus alteridades se disuelve y mezcla en su memoria, en un proceso de disolución de lo íntimo y lo personal.
En síntesis, la labor crítica desplegada por la doctora Ester Gimbernat refleja una espléndida erudición, en su cuerpo textual y en su proceso de investigación. Se trata de la indagación de un insólito rigor conceptual y densidad argumentativa, con que penetra en el universo del discurso poético de cada poeta, en su contexto comparativo. Por ende, postula vasos comunicantes y un hilo conductor, que atraviesa y unifica el lenguaje, la poética y la estética que fundan, en su búsqueda de universalidad y estilo propio. Su labor investigativa, consagración y dedicación al estudio de un periodo y de una generación de la poesía dominicana, la sitúan en un tiempo y un espacio singulares y especiales, en las letras dominicanas contemporáneas, cuyos aportes son inconmensurables y categóricos.
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