Parte I

La huella como victoria: la conciencia de la finitud y el heroísmo de la palabra

««Cuando todo es político, ya nada es político. Cuando todo es estético, ya nada es bello ni feo. Cuando todo es sexual, ya no hay erotismo. Esta es la fase terminal de nuestra cultura: la liberación total de los valores ha conducido a su absoluta indiferenciación. Occidente padece una leucemia de los signos: se multiplican de manera monstruosa, como células cancerosas, pero ya no significan nada. La sociedad actual está desinfectada, es transparente, hiperoxigenada, y por eso mismo es presa fácil de cualquier virus o brote de violencia ciega».» «Jean Baudrillard, La transparencia del mal (1990).»

Mi lectura de estos tres poemas de José Antonio Bobadilla es que constituyen una unidad de pensamiento, una meditación filosófica que avanza desde la conciencia individual hacia una dimensión universal del ser. No se trata únicamente de una reflexión sobre la muerte, sino sobre la condición humana, la trascendencia y el lugar de la palabra frente a una realidad que el poeta parece contemplar en un proceso de decadencia. Esa decadencia la percibo en distintos niveles: en la República Dominicana y en la isla, como expresión concreta de una crisis ética, espiritual y cultural; y, al mismo tiempo, como parte de una crisis más amplia del mundo occidental, donde la incertidumbre sustituye a las certezas, la superficialidad desplaza al pensamiento, el consumo reemplaza a la contemplación, la memoria histórica se desvanece y la oscuridad parece imponerse sobre la esperanza.

Sin embargo, frente a ese panorama, Bobadilla recupera, en mi lectura, una concepción profundamente griega del heroísmo. Para los héroes homéricos, la muerte no constituía la derrota definitiva, sino la oportunidad de alcanzar la victoria sobre el olvido mediante el kleos, la gloria imperecedera conquistada por los actos y preservada por la palabra. En estos poemas, esa batalla ya no se libra con las armas, sino con el pensamiento y la poesía. La verdadera victoria consiste en dejar una huella capaz de sobrevivir a la muerte física y de resistir la decadencia de una civilización.

En ese horizonte, el sujeto poético parece habitar un autoexilio. Vive en el mundo, pero no pertenece plenamente a él. Su conciencia rechaza una realidad dominada por el materialismo, la banalización del pensamiento, la pérdida de la memoria histórica y el debilitamiento de los grandes ideales que durante siglos sostuvieron la tradición occidental. Ese extrañamiento no conduce al silencio estéril, sino a una forma de resistencia interior. Frente a una civilización que parece haber renunciado a la contemplación, a la filosofía y a la búsqueda de la verdad, Bobadilla encuentra en la palabra poética un lugar de permanencia. Pero no se trata de una palabra destinada a todos; es una palabra exigente, simbólica y casi iniciática, compartida únicamente con aquellos lectores capaces de penetrar en su espesor metafísico y de reconocer, detrás de sus imágenes, una defensa de la dignidad del espíritu frente a la decadencia de la época.

José Antonio Bobadilla titula el primer poema «Más de mí en lo que puedo», una formulación que sitúa desde el inicio la reflexión en el ámbito de la conciencia individual. El sujeto poético comienza interrogándose por los límites de su propia existencia, por aquello que todavía puede hacer frente a la muerte, al tiempo y al deterioro del mundo. Es desde esa experiencia íntima que surge una de las imágenes centrales de toda la trilogía: la huella.

12.1

«Ceniza en la huella…»

La secuencia poética se abre con una de las imágenes más poderosas de todo el conjunto: «Ceniza en la huella». No la interpreto únicamente como el residuo de la muerte física, sino como la conciencia de la finitud y, al mismo tiempo, como la afirmación de aquello que permanece. La ceniza representa lo que el tiempo consume; la huella, aquello que resiste al tiempo y al olvido.

Es precisamente esa imagen la que me conduce a la tradición heroica griega. Para los héroes homéricos, la verdadera victoria no consistía en evitar la muerte, sino en conquistar una permanencia capaz de sobrevivir a ella. Aquiles acepta una vida breve porque sabe que alcanzará el kleos, la gloria que perpetúa su nombre en la memoria de los hombres. Desde esa perspectiva, la huella en Bobadilla deja de ser únicamente un vestigio para convertirse en el signo de una victoria espiritual. La muerte consume el cuerpo; la palabra preserva el ser.

Las preguntas con que concluye el poema no buscan resolver el misterio de la muerte, sino abrirlo. El poeta transforma la experiencia del dolor en una interrogación metafísica. Vivir y morir dejan de ser acontecimientos biológicos para convertirse en experiencias del espíritu. En esa tensión entre la ceniza y la huella comienza el itinerario filosófico que desarrollarán los poemas siguientes.

Parte II

La voluntad de permanencia: el exilio espiritual y la victoria del poeta sobre la muerte

El segundo poema lleva por título «Más de mí en lo que quiero». El desplazamiento del verbo poder al verbo querer no parece casual. La reflexión abandona el plano de la posibilidad para situarse en el ámbito de la voluntad. La trascendencia deja de depender únicamente de las circunstancias para convertirse en una decisión interior. El sujeto poético acepta la muerte como parte del destino humano y encuentra en la palabra el ejercicio más alto de esa voluntad de permanencia.

12.2

**«Morir es pactar con la pérdida de ser

menos que músculo y piel ahora penumbra y ruina

cuando el silencio frutece, devora y culmina

más allá de la noche que lo verá renacer.

Hay grandor de repente en la vil condena

como breve victoria adonde el vértigo afina

su frugal desamparo en la sed de la espina

que libera la suerte de un filo que es pena.

Serás sólo algo más del final que promete

lo que has jurado como carne y edad

fulgor y materia de entrañables aciertos

donde la vida es honor de badajo y ariete

cuyo destino fatal es fundamento y verdad

que despliega oriflamas sobre la paz de la muerte.»**

En el segundo poema la interrogación deja paso a la afirmación. Si el primero abría el misterio de la muerte mediante una serie de preguntas, ahora el poeta parece haber alcanzado una comprensión más profunda de ese tránsito. El verso inicial, «Morir es pactar con la pérdida de ser / menos que músculo y piel», establece desde el comienzo una diferencia esencial entre el cuerpo y el ser. La muerte ya no representa la aniquilación absoluta, sino el desprendimiento de la materia para acceder a otra dimensión de la existencia.

En mi lectura, este poema expresa también la experiencia de un hombre que vive en una suerte de autoexilio espiritual. Habita un mundo que ya no reconoce como propio, una realidad marcada por el deterioro de la memoria, del pensamiento y de los valores que durante siglos dieron sentido a la civilización. Ese extrañamiento no conduce a la desesperación, sino a la búsqueda de una permanencia que no depende de la carne, sino del espíritu y de la palabra.

Sin embargo, esa resistencia interior puede leerse también desde otra perspectiva. Tengo la impresión de que el poeta no solo experimenta un exilio espiritual frente a su época, sino también un exilio del reconocimiento. La conciencia de la finitud parece entrelazarse con la de una obra que busca permanecer en un tiempo donde la poesía, la reflexión y el pensamiento ocupan un lugar cada vez más marginal. No afirmo que el poema hable explícitamente de ello; propongo, más bien, una lectura según la cual la angustia de la muerte convive con la angustia del creador que se sabe llamado a dejar una huella en una cultura que parece olvidar con rapidez a quienes la sostienen desde la palabra.

Resulta especialmente significativo que el silencio «frutece». Bobadilla convierte el silencio en una fuerza creadora. No es ausencia ni vacío; es el lugar donde germina una nueva forma de existencia. La noche deja de ser únicamente el símbolo de la muerte para convertirse en el espacio del renacimiento. La muerte aparece así como una transformación y no como una clausura definitiva.

La expresión «breve victoria» adquiere, desde la tradición heroica griega, una resonancia particular. En Homero, la victoria nunca consiste en escapar de la muerte, sino en conferirle sentido. El héroe acepta su destino porque sabe que existe una gloria que sobrevive al cuerpo. En Bobadilla, esa victoria ya no pertenece al guerrero, sino al poeta. El combate no se libra en el campo de batalla, sino en el interior de la conciencia. La espada ha sido sustituida por la palabra.

El cierre del poema confirma esa intuición. Las «oriflamas sobre la paz de la muerte» evocan, en mi lectura, los antiguos estandartes de la victoria. No anuncian el triunfo militar, sino la afirmación de una verdad conquistada mediante la aceptación de la finitud. La muerte deja de ser la derrota del ser para convertirse en el fundamento de una trascendencia alcanzada por la memoria, el pensamiento y la creación poética.

Así, el segundo poema profundiza el camino iniciado en «Ceniza en la huella». Si en el primero la huella aparecía como la posibilidad de vencer al olvido, en este segundo momento esa victoria comienza a definirse con claridad: no consiste en prolongar la vida biológica, sino en transformar la existencia en una obra capaz de permanecer más allá del tiempo.

Parte III

Del yo al nosotros: la palabra, la memoria y la permanencia del ser

La trilogía culmina con «Más de todos en lo que nos espera». El recorrido iniciado en el yo alcanza finalmente el nosotros. La experiencia individual se universaliza y la muerte deja de ser un acontecimiento privado para convertirse en una condición compartida por toda la humanidad. El héroe ya no busca únicamente salvar su propia memoria; comprende que forma parte de una tradición, de una historia y de una comunidad cuya continuidad depende de la palabra.

12.3

**«Somos para que la sombra de otros suceda

al péndulo fatal de un tiempo hecho ceniza,

donde el barro y la sangre son la vieja divisa

del hombre que no sabe cuánto olvido le queda.

Somos para morir en la oscura arboleda

que alimenta la noche con su raíz imprecisa,

mientras la vida apenas como un relámpago avisa

que toda certidumbre finalmente se enreda.

Somos el paso breve de una memoria incierta,

la voz que aún persiste cuando el cuerpo se ha ido,

el rumor de la historia buscando su verdad.

Somos apenas huella sobre la tierra abierta,

un nombre que resiste los límites del olvido,

hasta encontrar en la palabra su única eternidad.»**

El tercer poema completa el itinerario iniciado en los dos anteriores. Si en 12.1 el sujeto poético experimenta la herida de la finitud y en 12.2 comprende la muerte como transformación, en 12.3 el yo desaparece para dar paso al nosotros. La reflexión deja de pertenecer exclusivamente al individuo y se convierte en una meditación sobre el destino común de la humanidad.

El verso inicial, «Somos para que la sombra de otros suceda», expresa una de las intuiciones más profundas del conjunto. La existencia individual solo adquiere sentido en la continuidad de quienes vendrán después. La muerte deja de ser un acontecimiento privado para convertirse en el fundamento mismo de la historia y de la cultura. Somos eslabones de una cadena mayor que nosotros mismos.

Leído desde esta perspectiva, el conjunto de los tres poemas puede entenderse como una respuesta poética a una época marcada por la incertidumbre y la pérdida de referentes. La República Dominicana, la isla y el mundo occidental aparecen, en mi interpretación, como escenarios de una crisis espiritual donde la memoria, el pensamiento y la contemplación parecen retroceder frente a la inmediatez, el materialismo y el olvido. El poeta no formula una denuncia directa; construye, mediante símbolos, una resistencia silenciosa.

Es precisamente aquí donde la tradición heroica griega adquiere toda su fuerza interpretativa. Para Homero, el héroe alcanzaba la inmortalidad mediante el kleos: la gloria que sobrevivía gracias al canto de los poetas. En José Antonio Bobadilla esa antigua aspiración reaparece transformada. El héroe ya no conquista ciudades ni vence ejércitos; enfrenta un adversario mucho más difícil: la desaparición del sentido, el avance del olvido y la decadencia espiritual de su tiempo.

La imagen de la huella alcanza entonces su pleno significado. Ya no representa únicamente el vestigio de quien pasó por el mundo, sino la victoria sobre aquello que amenaza con borrar toda memoria. La ceniza testimonia la muerte del cuerpo; la huella testimonia la permanencia de la obra. En esa tensión se encuentra, a mi juicio, el núcleo filosófico de estos tres poemas.

La auténtica batalla se libra en el territorio de la palabra. Allí donde el héroe homérico empuñaba la espada, Bobadilla empuña el lenguaje. La poesía se convierte en el acto supremo de resistencia frente a la oscuridad de una época que parece haber olvidado los fundamentos espirituales de la civilización. La palabra preserva aquello que la historia, el tiempo y la muerte intentan destruir.

La propia reflexión de José Antonio Bobadilla sobre KAS 154. Jornadas del deseo parece confirmar esa concepción de la creación poética. Al definir ese libro como «un esfuerzo extenuante y complejo» en el que convoca a Cervantes, Ben Jonson, John Dee, Merlín, la Excalibur, Romeo, Julieta e Isabel I «para acompañar al fantasma del héroe cuya invención se queda, permanece, en la silueta desencarnada del amor cuya certeza es aspiración que puede soñar», el poeta vuelve sobre una idea que atraviesa toda esta trilogía: la permanencia. La literatura aparece como una memoria viva en la que los héroes, los mitos y las grandes obras sobreviven al tiempo gracias a la palabra creadora. Esa permanencia es, precisamente, la forma contemporánea del kleos.

Por ello, considero que estos tres poemas constituyen una unidad de extraordinaria coherencia. Desde «Ceniza en la huella» hasta «Somos para que la sombra de otros suceda», Bobadilla desarrolla una filosofía de la existencia donde la muerte deja de ser la última palabra. La verdadera victoria no consiste en vencer a la muerte física, sino en vencer al olvido. Esa victoria pertenece a quien deja una huella, a quien convierte su vida en memoria y su memoria en palabra.

Pregunta final

Mi lectura de esta trilogía me conduce, finalmente, a una pregunta que trasciende los propios poemas y se proyecta sobre la figura de José Antonio Bobadilla. ¿Expresan estas meditaciones sobre la muerte, la huella, la memoria y la trascendencia únicamente una reflexión filosófica sobre la condición humana o revelan también la angustia de un poeta exiliado del Renacimiento? No un exilio geográfico, sino el destierro espiritual de quien permanece fiel al humanismo, a la contemplación, a la filosofía y a la palabra en una época que parece haber desplazado esos valores hacia los márgenes de la cultura.

Quizá esa sea la interrogante que estos poemas dejan abierta al lector. Y quizá por ello resuenan con especial intensidad las palabras de Oswald Spengler:

««La decadencia de Occidente significa nada menos que el problema de la civilización. Nos hallamos frente a una de las preguntas fundamentales de toda la historia superior: ¿qué es la civilización, entendida como la consecuencia orgánica y lógica, la culminación y el fin de una cultura? Cada cultura tiene su propia civilización… La civilización es el destino inevitable de la cultura».»

La decadencia de Occidente (1918).

Desiree Domínguez Fiallo

Economista. Ingeniera. Artista Plástica. Gestora Cultural. Escritora

Desiree Domínguez Fiallo. Economista, Ingeniera Civil, INTEC. Artista Plástica, Gestora Cultural, Escritora. Publicaciones por varios años sobre Economía y Crítica de Arte. Revista Sobre El Caribe, dirigida por Rubén Silié, Conductora programa TV: Economía al Día y Foro Empresarial producción Víctor Grimaldi; Conductora programa de Radio: Con Los 5 Sentidos producción Socorro Castellanos. desireedominguez04@gmail.com

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