Hay trayectorias que terminan convirtiéndose en un espejo de la historia cultural de un país.
Mientras conversaba con Manuel Chapuseaux comprendía que la de Teatro Gayumba es una de ellas. Su recorrido no puede medirse únicamente por las obras representadas, los festivales internacionales o los reconocimientos obtenidos. Su verdadero valor reside en haber demostrado que la autenticidad artística puede cruzar fronteras sin renunciar a sus raíces.
Durante cincuenta años, Gayumba ha llevado su teatro a escenarios de América, Europa y el Caribe. Quise saber qué había descubierto sobre la República Dominicana al verla reflejada en la mirada de otros pueblos.
Su respuesta llegó convertida en una anécdota inolvidable.
"Nives y yo creamos hace muchos años una obra titulada 'Don Quijote y Sancho Panza', una adaptación resumida del Quijote de Cervantes. Permaneció treinta y tres años en nuestro repertorio y terminó siendo la obra más representada y elogiada de todas."
Luego evocó un episodio ocurrido durante el Festival Internacional de Caracas de 1990.
"Una de las críticas publicadas llevaba un título que nunca olvidé: 'Don Quijote a ritmo de merengue'."
Sonrió al recordarlo.
Y enseguida explicó la paradoja.
"En la obra nunca sonaba un merengue ni aparecía una referencia explícita al folclore dominicano. El lenguaje y las situaciones provenían casi literalmente de Cervantes. Entonces, ¿qué descubrió aquel crítico? Probablemente una manera de expresarnos, un ritmo interior, una sensibilidad caribeña y dominicana que emergía de manera natural, sin que nos lo propusiéramos."
Mientras lo escuchaba comprendí una verdad que trasciende el teatro.
La identidad no siempre se manifiesta mediante símbolos visibles.
A veces aparece en la cadencia de una frase.
En la forma de mirar.
En el humor.
En la manera de habitar el escenario.
Por eso Manuel concluye con una reflexión que resume toda una filosofía artística.
"Creo que la mejor forma de representar artísticamente un país es tratar primero de comprenderlo y luego ser coherente y auténtico al expresarte desde él. Eso fue lo que Gayumba siempre intentó hacer."
Quizá esa autenticidad explica por qué sus montajes fueron comprendidos y celebrados por públicos tan diversos.
No viajaban para exhibir un folclore.
Viajaban llevando una manera profundamente honesta de hacer teatro.
La cultura como columna vertebral de la nación
La conversación nos condujo inevitablemente hacia la cultura dominicana.
Le pregunté si puede existir una nación fuerte sin una cultura igualmente fuerte.
Su respuesta fue inmediata.
"De Martí a Pedro Henríquez Ureña, todos los grandes pensadores han sabido que la cultura constituye la columna vertebral de cualquier sociedad. Parte de nuestra tragedia social consiste precisamente en que no hemos definido con claridad nuestro horizonte cultural. Y el Estado, que debería conducir ese proceso, lo ignora o, peor aún, promueve muchas veces lo más superficial de la cultura dominante."
Había en sus palabras una preocupación que no nace del pesimismo, sino del compromiso.
No habla desde la resignación.
Habla desde la responsabilidad de quien ha dedicado toda una vida a construir alternativas.
Cuando le pregunté cuál ha sido el papel de los artistas en esa tarea, respondió con la claridad que lo caracteriza.
"Los artistas independientes van construyendo cultura a contrapelo de lo establecido. Navegan entre incertidumbres, resistencia, rabia, pero también con alegría, intentando representar lo mejor que podemos llegar a ser como sociedad."
Mientras lo escuchaba recordé los años en que compartimos escenarios, ensayos y discusiones interminables sobre el papel del teatro en la sociedad.
Han pasado cinco décadas.
Y, sin embargo, la esencia del debate continúa siendo la misma.
¿Cómo construir una cultura capaz de formar ciudadanos libres?
¿Cómo impedir que el arte se convierta únicamente en entretenimiento?
¿Cómo defender el pensamiento crítico en tiempos de simplificación?
Las respuestas quizá sean distintas para cada generación.
La pregunta continúa intacta.
Los jóvenes que vienen detrás
Uno de los momentos más esperanzadores de nuestra conversación llegó cuando le pregunté por las nuevas generaciones.
Esperaba una respuesta cargada de nostalgia.
Encontré exactamente lo contrario.
"Me entusiasma mucho lo que están haciendo nuestros jóvenes artistas. A pesar de la enorme influencia de la cultura dominante, muchos responden con propuestas creativas, críticas e interesantes. Me encanta lo que hacen nuestros jóvenes artistas de la escena."
Era la respuesta de alguien que no vive anclado en el pasado.
Que no cree que todo tiempo anterior fue mejor.
Que sigue observando el teatro con curiosidad.
Después quiso dirigirse directamente a quienes sueñan con dedicar su vida a este oficio.
"Si te picó la avispa del teatro, sumérgete en él y disfrútalo todos los días. Tendrás que aceptar trabajos que quizá no te llenen completamente, pero nunca dejes de reservar un espacio para hacer el teatro que realmente te hace feliz. Allí reside la honestidad artística."
No era un consejo académico.
Era una confesión nacida de cincuenta años de escenarios.
Y quizá, también, una forma de agradecer todo lo que el teatro le ha dado.
Un legado sin preocuparse por el legado
Reservé para el final una pregunta inevitable.
Después de toda una vida dedicada al teatro, ¿cómo le gustaría ser recordado?
Su respuesta volvió a sorprenderme.
"Soy ateo y no creo en vidas posteriores a esta, de modo que no me preocupa demasiado mi legado ni cómo me recuerden. Espero que sea de la mejor manera posible, pero, si no, qué se le va a hacer."
Había en esa frase una serenidad difícil de encontrar.
Tal vez porque quienes han vivido con honestidad no necesitan construir monumentos.
Su verdadera huella permanece en las personas que transformaron, en los actores que formaron y en los espectadores que salieron del teatro mirando el mundo con otros ojos.
Y ese legado existe, aunque él prefiera no hablar de él.
Epílogo
Cerrar esta conversación ha significado también cerrar un círculo personal.
Hace más de cincuenta años que compartimos los primeros ensayos, las primeras incertidumbres y el entusiasmo de una generación que creyó que el teatro podía dialogar con la sociedad y contribuir a transformarla.
Aquellos jóvenes que abandonaron el Teatro Estudiantil para fundar Teatro Gayumba no imaginaban el camino que les esperaba. Lo único que tenían era una convicción: hacer un teatro honesto, crítico, profesional y profundamente humano.
El tiempo ha confirmado que aquella decisión trascendió nuestras propias vidas. Teatro Gayumba se convirtió en una referencia imprescindible del teatro dominicano y Manuel Chapuseaux y Nives Santana son de sus principales constructores. Pero, más allá de los reconocimientos y de la proyección internacional alcanzada, lo que permanece es su coherencia. Nunca dejaron de creer que el arte debía servir para despertar conciencias y defender la dignidad humana.
Al terminar esta conversación no pensé únicamente en el actor, el director o el dramaturgo. Pensé en el amigo con quien compartí un sueño que comenzó hace medio siglo y que, de alguna manera, continúa vivo cada vez que un grupo de jóvenes decide subir a un escenario para decir algo importante sobre su tiempo.
Hay artistas que interpretan personajes. Otros terminan interpretando la conciencia de una generación. Manuel Chapuseaux pertenece a esa rara estirpe de hombres que hicieron del teatro una manera de vivir, de resistir y de creer que un país siempre puede ser mejor.
Porque, al final, los escenarios se vacían, los telones caen y las luces se apagan.
Lo que permanece es la huella que el arte deja en la conciencia de un pueblo.
Y esa huella, cincuenta años después, sigue llevando el nombre de Manuel Chapuseaux.
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