Vivimos un tiempo en el que las universidades están llamadas a replantear profundamente su misión. Ya no basta con transmitir conocimientos disciplinares ni con preparar profesionales técnicamente competentes. Los desafíos contemporáneos, la transformación digital, la inteligencia artificial, la crisis climática, las desigualdades sociales y la acelerada circulación del conocimiento exigen instituciones capaces de formar ciudadanos críticos, creativos, comprometidos con su entorno y conscientes de la diversidad cultural que define nuestras sociedades.
En ese contexto, la cultura deja de ser un complemento de la educación para convertirse en uno de sus pilares fundamentales. Así lo ha sostenido la UNESCO al afirmar que la diversidad cultural constituye una fuente de innovación, creatividad y desarrollo humano, y que el acceso y la participación en la vida cultural son derechos esenciales para el ejercicio pleno de la ciudadanía (UNESCO, 2005). Educar implica, entonces, abrir espacios para el diálogo entre saberes, reconocer el patrimonio como fuente de aprendizaje y entender que la creatividad también construye ciudadanía.
Desde esta perspectiva, el emblemático proyecto educativo-cultural Malla Naranja 2026, en su cuarta versión y con categoría de congreso cultural, organizado por la Escuela de Estudios Liberales de la Universidad Iberoamericana (UNIBE), trasciende la categoría de un simple evento académico. Se convierte en la expresión concreta de un modelo educativo que apuesta por integrar las humanidades, las artes, las ciencias sociales, la innovación, la investigación y la economía creativa como parte de una formación integral.
Del 30 de junio al 4 de julio, nuestra universidad dejó de ser únicamente un espacio de clases para transformarse en un verdadero laboratorio vivo de ciudadanía cultural, donde estudiantes, docentes, gestores culturales, investigadores, artistas, emprendedores e instituciones dialogaron desde una visión compartida del conocimiento. No se trató solo de escuchar conferencias o participar en talleres; lo verdaderamente significativo fue comprobar cómo la universidad abrió sus puertas para convertir el aprendizaje en una experiencia colectiva. La cultura ocupó el centro del proceso formativo, demostrando que aprender también significa recorrer museos, dialogar con especialistas, presentar investigaciones, emprender desde la creatividad, debatir políticas culturales, reflexionar sobre el patrimonio y construir comunidad.
Como miembro de la comunidad UNIBE desde mi experiencia como exalumno y hoy docente de esta casa de estudios, confieso que pocas experiencias generan tanta satisfacción como observar el crecimiento de una institución que ha entendido que las universidades deben dialogar permanentemente con la sociedad. Malla Naranja representa precisamente esa visión: una universidad abierta, conectada con su entorno, comprometida con la transformación social y consciente de que el conocimiento adquiere verdadero sentido cuando responde a las necesidades culturales de las personas.
La Escuela de Estudios Liberales: un proyecto educativo para el siglo XXI
Hablar de Malla Naranja es hablar, inevitablemente, de la Escuela de Estudios Liberales de UNIBE. Sin embargo, reducirla a una escuela sería insuficiente. En realidad, constituye un proyecto educativo que ha sabido posicionar las humanidades como eje transversal de toda la formación universitaria. Mientras muchas instituciones continúan concibiendo las humanidades como asignaturas complementarias para cumplir con programas académicos, la Escuela de Estudios Liberales ha demostrado que estas representan una condición indispensable para comprender la complejidad del mundo contemporáneo. Su apuesta consiste en desarrollar competencias que trascienden el dominio técnico: pensamiento crítico, sensibilidad cultural, creatividad, comunicación, ética, ciudadanía y capacidad para trabajar colaborativamente.
Howard Gardner (2008), al reflexionar sobre Las cinco mentes del futuro, sostiene que las sociedades actuales requieren personas capaces de integrar conocimientos, crear soluciones innovadoras, respetar la diversidad y actuar responsablemente. Edgar Morin (1999), por su parte, advierte que la educación debe superar la fragmentación del conocimiento para comprender la complejidad de los problemas humanos. Ambas perspectivas encuentran una notable expresión en la filosofía educativa que impulsa esta escuela.
Malla Naranja constituye la evidencia de esa visión. Cada panel y actividad estuvo orientada a construir experiencias significativas donde el estudiante se convierte en protagonista. Durante toda la jornada no existieron espectadores pasivos; los estudiantes asumieron responsabilidades reales de liderazgo, producción y comunicación institucional, demostrando que el aprendizaje auténtico ocurre cuando se vive desde la práctica. Cuando la universidad confía en sus estudiantes, ellos responden con creatividad, compromiso y excelencia.
Malla Naranja: la cultura como experiencia de aprendizaje
Si algo distingue a Malla Naranja es que rompe con la idea tradicional de que aprender ocurre únicamente dentro de un salón de clases. Durante varios días, el campus universitario se convirtió en un espacio donde el conocimiento circuló entre paneles, exposiciones, emprendimientos, manifestaciones artísticas, visitas patrimoniales y conversaciones con especialistas nacionales.
El evento contó con la apertura de la Escuela Kalalú, un proyecto etnoeducativo que nos recordó que educar también significa reconocer la diversidad cultural, valorar las identidades y comprender que las tradiciones constituyen formas legítimas de producción de conocimiento. Por igual, se destacó la participación del grupo folklórico y el coro de la universidad con su presentación sobre Los Guloyas de San Pedro de Macorís. En una época en la que los sistemas educativos buscan fortalecer la interculturalidad, abrir un espacio universitario desde estas expresiones resulta profundamente significativo.
A partir de ese momento, Malla Naranja dejó claro que se trataba de una experiencia pedagógica cuidadosamente articulada. Durante cinco días, los paneles reunieron a gestores culturales, investigadores y profesionales con amplia experiencia en la formulación de políticas públicas, la gestión del patrimonio y la promoción de los derechos culturales. Las visitas al Centro Cultural Banreservas y a Casa Mella-Russo trasladaron el aprendizaje fuera del campus para dialogar directamente con los espacios donde la memoria histórica continúa construyendo ciudadanía.
De igual manera, el Mercado Malla Naranja convirtió la plazoleta de UNIBE en un verdadero laboratorio de economía creativa. Allí convivieron emprendimientos culturales, propuestas artísticas, artesanía, música y literatura nacidos desde la creatividad estudiantil. Más que una feria, fue una demostración de que la cultura también genera desarrollo económico, innovación y cohesión social. La UNESCO ha insistido en que las industrias culturales y creativas representan uno de los sectores con mayor potencial para impulsar el desarrollo sostenible; por tanto, integrar estos espacios al proceso formativo prepara a los profesionales para las nuevas dinámicas económicas de la cultura.
Pero quizás uno de los aspectos más inspiradores fue observar a los propios estudiantes presentar sus investigaciones académicas. Ver cómo nuestros jóvenes investigadores compartían trabajos sobre música urbana, patrimonio, identidades y fenómenos contemporáneos confirma que la investigación comienza desde las aulas cuando existe una universidad que estimula la curiosidad intelectual. Escuchar investigaciones sobre fenómenos como el dembow desde una perspectiva académica constituye una señal esperanzadora: investigar la cultura popular también es producir conocimiento.
El acceso a la cultura como un derecho y como una responsabilidad compartida
Uno de los momentos de mayor riqueza intelectual fue el panel "Acceso a la Cultura y Ciudadanía Cultural", espacio en el que tuve el privilegio de compartir junto al profesor Juan Hernández Inirio, secretario general de la Comisión Nacional Dominicana para la UNESCO; Luis Felipe Rodríguez, gerente cultural del Centro León; y Mijail Peralta, gerente del Centro Cultural Banreservas. Más que una conversación académica, el panel permitió articular distintas experiencias alrededor de una misma preocupación: garantizar que la cultura sea un derecho ejercido plenamente por todas las personas.
El profesor Juan Hernández Inirio resaltó la importancia de fortalecer las políticas culturales como mecanismos para democratizar el acceso al patrimonio y consolidar una ciudadanía más participativa. Por su parte, Luis Felipe Rodríguez compartió la experiencia del Centro León como un referente nacional en la creación de espacios donde la educación, las artes y la participación comunitaria convergen para construir procesos sostenibles de transformación social.
A su vez, Mijail Peralta presentó la visión del Centro Cultural Banreservas, institución que ha logrado consolidarse como un puente entre la creación artística, la memoria histórica y la formación de nuevos públicos, demostrando que la gestión cultural es una herramienta efectiva para ampliar el acceso al conocimiento. Desde mi intervención, propuse comprender la ciudadanía cultural desde la antropología y los estudios culturales. La cultura no constituye únicamente un conjunto de expresiones artísticas; representa también las formas mediante las cuales las comunidades producen significados, construyen identidades, transmiten memorias y ejercen derechos.
Hablar de acceso a la cultura implica hablar de inclusión, equidad y democracia. No basta con conservar el patrimonio; es necesario garantizar que todas las personas puedan conocerlo, apropiarse de él y participar activamente en su construcción. Como señalaba Paulo Freire (1970), la educación auténtica ocurre cuando las personas dejan de ser receptoras pasivas para convertirse en sujetos capaces de transformar su realidad. Esa misma lógica atraviesa la ciudadanía cultural.
Malla Naranja como expresión de una universidad abierta al mundo
Un proyecto de esta magnitud no es fruto de la improvisación; detrás existe una filosofía de gestión que entiende que la educación superior debe responder a los desafíos del presente sin renunciar a la formación humanística. En ese camino, merece un reconocimiento especial la Dra. Odile Camilo Vincent, nuestra rectora de UNIBE, cuyo respaldo permanente ha sido determinante para consolidar este modelo transversal. Este compromiso institucional se refleja también en el acompañamiento de la Vicerrectoría Académica, a cargo de la Dra. Vhyna Ortega, y de todos los departamentos que hicieron posible el evento.
Dentro de este engranaje, resulta imprescindible reconocer el extraordinario trabajo realizado por la Escuela de Estudios Liberales, bajo la dirección de la Arq. Solange Rodríguez, cuya visión ha convertido esta escuela en un proyecto académico innovador en la educación superior dominicana. Junto a ella, deseo destacar el compromiso de Dariely Guzmán y de Jade Pacheco en la organización y proyección del evento. De manera particular, felicito a Jade, estudiante de mi asignatura Patrimonio Cultural, por la profesionalidad y elegancia con que condujo las actividades centrales. Este reconocimiento se extiende a los equipos de protocolo, logística, producción, soporte técnico y al equipo de Comunicación Institucional de UNIBE, que logró visibilizar esta experiencia dentro y fuera del país.
Si tuviera que resumir el mayor logro de Malla Naranja en una sola frase, diría que los estudiantes fueron los verdaderos protagonistas. Ellos moderaron actividades, condujeron ceremonias, presentaron investigaciones, compartieron emprendimientos, bailaron, cantaron y demostraron que la educación alcanza su máximo sentido cuando los convierte en constructores del conocimiento. Como sostiene Martha Nussbaum (2010), las democracias necesitan ciudadanos capaces de pensar críticamente y desarrollar empatía, competencias que nacen precisamente de las humanidades.
No es casual que UNIBE haya sido reconocida recientemente entre las primeras tres universidades del Caribe por integrar su proyecto formativo con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Esa distinción refleja una visión institucional donde la educación dialoga con la cultura, la innovación y el compromiso social.
Malla Naranja nos deja una enseñanza que trasciende la programación de una semana. Nos demuestra que otra educación es posible: una educación abierta, innovadora, participativa e interdisciplinaria que coloca a las humanidades como una inversión estratégica para el futuro del país. Nos recuerda que las aulas ya no tienen cuatro paredes, sino que se extienden hacia los territorios, los museos y las comunidades donde se construye, día a día, la ciudadanía. Porque, al final, la cultura no es un complemento de la educación; es una de sus formas más profundas de transformar a las personas y, con ellas, a la sociedad. Hasta la próxima semana.
Referencias
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Gardner, H. (2008). Las cinco mentes del futuro. Paidós.
Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.
Nussbaum, M. C. (2010). Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Katz Editores.
UNESCO. (2005). Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales.
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