En una época caracterizada por la acelerada circulación de información, la expansión de las tecnologías digitales y la creciente homogeneización de las expresiones culturales, siempre es importante volver la mirada hacia aquellos saberes que durante siglos han permitido a las sociedades interpretar el sentido de la vida, la muerte y la relación entre los seres humanos y el universo espiritual. Los mitos, las leyendas, las tradiciones orales y las expresiones artísticas constituyen formas legítimas de conocimiento que conservan fragmentos fundamentales de la memoria histórica de los pueblos. En ellas sobreviven cosmovisiones, sistemas de valores y formas de comprender el mundo que continúan influyendo en la construcción de identidades colectivas.
Desde esta perspectiva, las narrativas dominicanas relacionadas con vampiros, ciguapas, opías, bacás y otras entidades sobrenaturales no deben ser entendidas como simples supersticiones populares ni como vestigios residuales de un pasado que se ha transformado en el tiempo. Por el contrario, constituyen expresiones culturales complejas que permiten rastrear procesos históricos de continuidad y resignificación simbólica desarrollados a lo largo de más de cinco siglos. Su estudio ofrece una oportunidad para comprender cómo las antiguas cosmovisiones indígenas de las Antillas dialogaron con las tradiciones africanas y europeas, dando origen a nuevas formas de interpretar la muerte, la ancestralidad y la relación entre los vivos y los muertos.
La relevancia de este análisis adquiere especial significado cuando se observa la permanencia de estos imaginarios dentro de la cultura popular contemporánea. La canción Las Vampiras, escrita por Luis Días y popularizada por Sergio Vargas, constituye un ejemplo paradigmático de cómo antiguos símbolos culturales continúan circulando mediante nuevas formas expresivas. Más que una simple composición musical, esta obra puede entenderse como un archivo de memoria cultural donde convergen antiguas concepciones sobre la energía vital, la muerte, el misterio y la existencia de seres capaces de transitar entre distintos planos de realidad.
Es por eso que esta reflexión propone una lectura interdisciplinaria de estos procesos desde la antropología cultural, los estudios del patrimonio cultural inmaterial, la historia de las religiones, la etnomusicología y los estudios de memoria. El propósito es analizar las relaciones existentes entre la cosmovisión taína sobre la muerte, la importancia simbólica del ombligo, las narrativas dominicanas sobre seres sobrenaturales y los procesos de transculturación que acompañaron la formación histórica de la sociedad dominicana.
La muerte en la cosmovisión taína: continuidad, ancestralidad y presencia espiritual
Las investigaciones arqueológicas y etnohistóricas desarrolladas durante las últimas décadas han contribuido a desmontar la visión simplificada que durante mucho tiempo caracterizó las interpretaciones sobre las sociedades taínas. Lejos de constituir grupos culturalmente homogéneos o poseedores de sistemas religiosos elementales, los pueblos indígenas de las Antillas desarrollaron complejas formas de organización política, social y espiritual que alcanzaron elevados niveles de sofisticación (Wilson, 1990).
La principal fuente documental para comprender estas concepciones continúa siendo la obra de Ramón Pané, considerada por numerosos especialistas como el primer estudio etnográfico realizado en América. En su Relación acerca de las antigüedades de los indios, Pané describe un universo religioso donde los ancestros, los cemíes y los espíritus de los muertos desempeñaban funciones fundamentales dentro de la vida comunitaria.
Uno de los aspectos más interesantes de esta obra es la descripción de los llamados opías, espíritus de personas fallecidas que continuaban manifestándose en el mundo de los vivos. Según Pané, los indígenas afirmaban que estos seres podían encontrarse durante la noche y que era posible reconocerlos porque carecían de ombligo. Aunque aparentemente anecdótica, esta observación revela una profunda concepción simbólica sobre la naturaleza de la existencia humana.
Arrom (1989) interpreta esta ausencia como un indicador de la ruptura definitiva del vínculo biológico con el mundo terrenal. El ombligo representa el punto de conexión con el origen de la vida y con la comunidad humana; carecer de él significa haber abandonado la condición de los vivos para ingresar a otro plano de existencia. Desde esta perspectiva, la observación de Pané constituye una de las evidencias más tempranas sobre la importancia cosmológica del cuerpo dentro del pensamiento taíno.
La presencia activa de los ancestros en la vida cotidiana también ha sido documentada por Oliver (2009), quien señala que la relación entre vivos y muertos formaba parte de una concepción circular del tiempo y de la existencia. Los muertos no desaparecían; permanecían vinculados a la comunidad mediante sueños, señales, manifestaciones espirituales y prácticas rituales. Esta concepción coincide con numerosos sistemas religiosos indígenas y afroamericanos donde la muerte es entendida como transformación y no como desaparición absoluta.
El ombligo como patrimonio biocultural y memoria territorial
La referencia al ombligo permite explorar uno de los aspectos más originales y menos estudiados de las cosmovisiones indígenas antillanas. En numerosas culturas americanas, el cordón umbilical y el ombligo poseen significados que trascienden ampliamente su dimensión biológica. Constituyen símbolos de pertenencia, continuidad familiar y arraigo territorial. Diversos estudios etnográficos realizados entre pueblos indígenas de América Latina muestran que el cordón umbilical suele enterrarse en lugares específicos como forma de garantizar protección espiritual y fortalecer la relación del individuo con su territorio ancestral (Eliade, 1963). Aunque la evidencia directa sobre estas prácticas entre los taínos es limitada, la importancia otorgada al ombligo en los relatos sobre los opías sugiere la existencia de significados culturales asociados a esta parte del cuerpo.
Resulta particularmente interesante observar que expresiones todavía presentes en el habla popular dominicana, como “tener el ombligo enterrado” en determinado lugar, conservan resonancias simbólicas relacionadas con la pertenencia territorial y la memoria familiar. Estas continuidades muestran cómo ciertos elementos culturales pueden sobrevivir durante siglos mediante procesos de adaptación y resignificación. Fernando Ortiz (1940) denominó transculturación al conjunto de procesos mediante los cuales las culturas intercambian elementos, los transforman y les otorgan nuevos significados. Desde esta perspectiva, muchas prácticas contemporáneas relacionadas con el nacimiento, la familia y la ancestralidad pueden interpretarse como expresiones de larga duración donde confluyen herencias indígenas, africanas y europeas.
La importancia del ombligo adquiere una dimensión aún más significativa cuando se relaciona con las narrativas sobre vampiros y otros seres sobrenaturales. Si los opías eran identificados por la ausencia de ombligo, las figuras vampíricas representan precisamente seres situados en una condición ambigua entre vida y muerte. Ambos casos remiten a preocupaciones culturales relacionadas con la energía vital, la continuidad de la existencia y las fronteras que separan a los vivos de los muertos.
De los opías a las ciguapas: seres liminales y permanencia de la tradición dominicana
La persistencia de narrativas relacionadas con seres sobrenaturales constituye uno de los fenómenos más significativos para comprender la continuidad de antiguos sistemas de pensamiento en el Caribe. Las sociedades transforman sus símbolos, reinterpretan sus relatos y adaptan sus imaginarios a nuevas circunstancias históricas; sin embargo, determinadas estructuras simbólicas logran mantenerse activas a lo largo del tiempo. En el caso dominicano, figuras como la ciguapa, el bacá, el galipote y los vampiros pueden analizarse como expresiones contemporáneas de una larga tradición cultural vinculada a la existencia de seres que habitan espacios intermedios entre el mundo humano y el mundo espiritual.
La antropología ha definido a estas entidades como seres liminales, es decir, figuras que ocupan posiciones ambiguas entre categorías aparentemente opuestas como vida y muerte, naturaleza y cultura, humanidad y sobrenaturalidad (Turner, 1969). Su presencia es frecuente en sociedades donde la relación entre el mundo visible y el invisible forma parte de la experiencia cotidiana y donde la memoria ancestral continúa desempeñando un papel importante dentro de la organización simbólica de la realidad.
Entre las figuras más conocidas del imaginario dominicano destaca la ciguapa. Descrita tradicionalmente como una mujer de extraordinaria belleza cuyos pies se encuentran invertidos, la ciguapa habita montañas, bosques y espacios alejados de los asentamientos humanos. Su carácter esquivo y su capacidad para desaparecer la convierten en una figura asociada al misterio y a la alteridad. Para algunos investigadores, esta leyenda podría contener elementos procedentes de antiguas concepciones indígenas relacionadas con espíritus femeninos vinculados a la naturaleza (Andújar, 2015).
La ciguapa representa mucho más que un personaje folklórico. Su presencia dentro de la tradición oral dominicana expresa una relación particular con el territorio. Las montañas, los ríos, las cuevas y los bosques aparecen como espacios habitados por fuerzas que trascienden la experiencia humana ordinaria. Esta visión encuentra paralelos en numerosos sistemas cosmológicos indígenas donde determinados lugares son considerados puntos de contacto entre distintos niveles de realidad (Eliade, 1972).
Las descripciones realizadas por Ramón Pané sobre los opías permiten establecer interesantes comparaciones con estas figuras posteriores. Tanto los opías como la ciguapa pertenecen a categorías de seres cuya existencia desafía las fronteras convencionales entre vida y muerte. Ambos habitan espacios liminales y poseen capacidades que los diferencian de los seres humanos comunes. Aunque no puede afirmarse una continuidad directa entre ambas figuras, sí es posible observar la permanencia de estructuras simbólicas relacionadas con la existencia de entidades que operan en los márgenes de la realidad visible.
El sociólogo Carlos Andújar Persinal (2015) ha señalado que las leyendas populares constituyen importantes mecanismos de transmisión cultural. A través de ellas, las comunidades preservan conocimientos sobre el territorio, la memoria colectiva y las relaciones sociales. Desde esta perspectiva, la ciguapa no debe entenderse únicamente como una criatura fantástica, sino como una representación simbólica que refleja formas específicas de comprender la relación entre las personas y el entorno natural.
Sincretismo afrocaribeño y transformación de las concepciones sobre la muerte
La llegada de poblaciones africanas esclavizadas al Caribe produjo una de las transformaciones culturales más profundas en la historia de la región. Procedentes de distintas áreas del continente africano, estos grupos transportaron complejos sistemas religiosos, filosóficos y cosmológicos que posteriormente dialogaron con las tradiciones indígenas y europeas presentes en América.
Fernando Ortiz (1940) propuso el concepto de transculturación para explicar precisamente este tipo de procesos. Según el autor, las culturas no se limitan a recibir influencias externas de manera pasiva; reinterpretan, transforman y recrean continuamente los elementos que incorporan. El resultado es la producción de nuevas formas culturales que conservan rastros de múltiples tradiciones históricas.
En la República Dominicana, este fenómeno puede observarse claramente en las concepciones relacionadas con la muerte y los ancestros. Mientras los taínos concebían a los opías como espíritus que permanecían vinculados al mundo de los vivos, numerosos pueblos africanos compartían creencias similares acerca de la presencia continua de los antepasados dentro de la vida comunitaria.
Price-Mars (1928), al analizar las tradiciones religiosas haitianas, observó que los muertos no son considerados entidades ausentes, sino miembros activos de la comunidad espiritual. Los ancestros participan en ceremonias, orientan a los vivos y continúan ejerciendo influencia sobre acontecimientos cotidianos. Esta visión se encuentra profundamente arraigada en las prácticas religiosas afrocaribeñas y constituye uno de los pilares de las tradiciones derivadas del vodou.
Particularmente relevantes resultan los Gede, espíritus asociados simultáneamente a la muerte, la fertilidad, la sexualidad y la renovación de la vida. Su existencia expresa una concepción dinámica de la muerte como transformación y continuidad. Lejos de representar únicamente el final de la existencia, los Gede simbolizan la permanente interacción entre diferentes estados del ser.
Estas concepciones dialogaron históricamente con tradiciones indígenas relacionadas con la presencia activa de los ancestros. El resultado fue la consolidación de un universo simbólico donde la frontera entre vivos y muertos permanece relativamente abierta. Muchas narrativas dominicanas sobre apariciones, espíritus y entidades sobrenaturales deben entenderse dentro de este contexto histórico de intercambios culturales.
La figura del bacá constituye uno de los ejemplos más representativos de esta síntesis cultural. Generalmente descrito como una entidad espiritual asociada a pactos y poderes extraordinarios, el bacá incorpora elementos procedentes de distintas tradiciones religiosas y populares. Su presencia dentro de la cultura dominicana refleja la capacidad de las comunidades para reinterpretar antiguas creencias en función de nuevas realidades históricas. Algo similar ocurre con el galipote, personaje capaz de transformarse físicamente y adoptar diferentes apariencias. Las narrativas relacionadas con esta figura contienen elementos presentes tanto en tradiciones africanas como en relatos europeos e indígenas. La metamorfosis aparece aquí como una metáfora del tránsito entre distintos estados de existencia, tema recurrente en numerosos sistemas cosmológicos del Caribe y América Latina.
La permanencia de estas figuras demuestra que la cultura dominicana no puede entenderse a partir de una única matriz de origen. Por el contrario, constituye el resultado de complejos procesos históricos de interacción entre pueblos, memorias y cosmovisiones diferentes. En cada uno de estos relatos sobreviven fragmentos de experiencias colectivas que continúan configurando la identidad cultural contemporánea.
El Vampiro: modernidad, miedo urbano y resignificación de antiguos imaginarios
Los mitos y las leyendas no desaparecen cuando una sociedad se moderniza. Por el contrario, se transforman, adoptan nuevos escenarios y encuentran formas distintas de expresar preocupaciones culturales permanentes. La figura del vampiro constituye uno de los ejemplos más reveladores de este fenómeno. Aunque frecuentemente asociada a tradiciones europeas popularizadas por la literatura gótica del siglo XIX, las representaciones vampíricas presentes en el Caribe han sido reinterpretadas a partir de experiencias históricas, sociales y culturales propias de la región.
En la República Dominicana, la leyenda conocida como El Vampiro Negro de Santo Domingo representa una interesante manifestación de este proceso de resignificación cultural. La popularidad alcanzada por esta narrativa demuestra cómo determinados arquetipos continúan ejerciendo una poderosa influencia sobre el imaginario colectivo. Más allá de su dimensión fantástica, la figura del vampiro funciona como una metáfora cultural relacionada con el miedo, la vulnerabilidad humana, la muerte y la existencia de fuerzas ocultas capaces de alterar el orden cotidiano.
Desde la perspectiva de la antropología simbólica, estas narrativas cumplen funciones similares a las desempeñadas por antiguos mitos tradicionales. Como señala Geertz (1973), los sistemas simbólicos permiten a las sociedades interpretar experiencias complejas y otorgar sentido a fenómenos que generan incertidumbre. Los relatos sobre vampiros expresan temores colectivos asociados a la pérdida de energía vital, la enfermedad, la violencia y la fragilidad de la condición humana.
Resulta significativo observar que muchas de las características atribuidas al vampiro encuentran paralelos en antiguas narrativas indígenas y afrocaribeñas sobre seres capaces de interactuar con los vivos desde otros planos de existencia. Aunque los contextos históricos son diferentes, persiste una preocupación común relacionada con la posibilidad de que determinados seres transiten entre la vida y la muerte, cuestionando los límites que separan ambos estados.
La permanencia de estas historias confirma que las sociedades contemporáneas continúan necesitando relatos capaces de explicar aquello que escapa a la comprensión racional inmediata. Los vampiros, al igual que los opías, los bacás o los galipotes, constituyen expresiones de una misma necesidad humana de representar lo desconocido y de reflexionar sobre los límites de la existencia.
Luis Días el investigador de la memoria popular y cartógrafo de la dominicanidad
Para comprender la profundidad cultural de la canción Las Vampiras resulta imprescindible analizar la trayectoria intelectual y artística de Luis Días. Con frecuencia reducido a la condición de compositor o músico popular, Luis Días fue también un agudo observador de la cultura dominicana y un investigador no propiamente académico que dedicó buena parte de su vida a documentar tradiciones, prácticas rituales, expresiones musicales y relatos transmitidos oralmente en diferentes regiones del país.
Su obra se desarrolló en un momento histórico marcado por profundas transformaciones sociales y culturales. Durante la segunda mitad del siglo XX, numerosos investigadores dominicanos comenzaron a prestar atención a manifestaciones culturales que durante décadas habían sido marginadas de los discursos oficiales sobre identidad nacional. Figuras como Fradique Lizardo, Dagoberto Tejeda Ortiz, Carlos Andújar Persinal, Marcio Veloz Maggiolo y José Labourt contribuyeron a visibilizar expresiones vinculadas a la religiosidad popular, la tradición oral, la cultura afrodominicana y las memorias comunitarias.
Luis Días formó parte de esta corriente y desde lo artístico entendía la cultura popular como una fuente legítima de conocimiento histórico y social. Su trabajo consistió en escuchar, documentar y reinterpretar relatos presentes en comunidades rurales y urbanas, transformándolos posteriormente en propuestas musicales alternativas capaces de dialogar con públicos contemporáneos. La importancia de su obra radica precisamente en esta capacidad de convertir la música en un espacio de preservación patrimonial. Mucho antes de que el concepto de patrimonio cultural inmaterial adquiriera centralidad dentro de las políticas culturales internacionales, Luis Días comprendía que las canciones podían funcionar como archivos vivos de memoria colectiva.
El artículo publicado en enero del 2020 en El Nacional bajo el título Luis Días no era de este mundo destaca precisamente esta dimensión de su trayectoria intelectual. Más que un músico convencional, Luis Días fue un creador profundamente interesado en las raíces culturales dominicanas y en las múltiples formas mediante las cuales las comunidades construyen sentido a partir de sus experiencias históricas. Desde esta perspectiva, su obra puede interpretarse como un ejercicio permanente de recuperación de memorias subalternas.
En sus composiciones aparecen referencias a personajes populares, prácticas rituales, símbolos religiosos, imaginarios afrodescendientes y narrativas tradicionales que forman parte del patrimonio cultural dominicano. La canción Las Vampiras constituye una de las expresiones más interesantes de esta búsqueda artística. Aunque popularmente suele asociarse al humor y al carácter festivo del merengue, una lectura antropológica permite identificar múltiples niveles de significado vinculados a antiguas concepciones culturales sobre la muerte, la energía vital y los seres liminales.
La genialidad de Luis Días al codificar este archivo de memoria colectiva se materializa explícitamente en las estrofas de la pieza, donde el cuerpo y el territorio se convierten en los escenarios definitivos de la transculturación. La lírica de la canción "Las vampiras de mi tierra", lanzada en el año 1989 e interpretada magistralmente por Sergio Vargas, que en su página www.sergiovargas.com.do refiere, que el tema tuvo tanto impacto en la cultura popular de la época dentro y fuera del país que, gracias a ella, Sergio Vargas ganó el prestigioso premio Casandra (hoy Premios Soberano) en la categoría de Mejor Video Clip.
Este análisis no deja espacio a la ambigüedad respecto a la herencia prehispánica de los opías en el tema:
Las vampiras de mi tierra No tienen ombligo […] Pásele la mano A ver si tiene ombligo Porque si no lo tiene Te deja sin sentido Se te pega del cuello…
Desde una perspectiva antropológica, el acto ritual de "pasar la mano" para verificar la ausencia de la cicatriz umbilical es una transposición exacta de la advertencia colonial recogida por Ramón Pané en su Relación acerca de las antigüedades de los indios; el ombligo opera aquí como la marca física de la condición humana, la afiliación comunitaria y el arraigo terrenal. Al carecer de él, la entidad es denunciada inmediatamente como un ser liminal que habita las fronteras de la alteridad absoluta, capaz de arrebatar la conciencia o "dejar sin sentido" al ser humano al atacar el cuello, zona vital de flujo energético.
Asimismo, la composición introduce un segundo escenario de profunda carga mítica y territorial que evoca directamente las fuentes de la tradición oral local:
Estábamos sentados Cuatro vampiritos […] Y vimo' esas mujeres Lavando en el río […] Y se nos resbalaron Como pecesitos
El río, como espacio de confluencia y límite geográfico, evoca de inmediato el hábitat por excelencia de la ciguapa dominicana esquiva, fluvial y ligada a las fuerzas de la naturaleza indómita. Estas figuras femeninas no son presas pasivas del vampiro gótico eurocéntrico, sino entidades autónomas que se desmaterializan y escapan "como pecesitos", reafirmando su carácter esquivo y su vínculo indisoluble con las potencias hídricas del paisaje ancestral dominicano.
Finalmente, el estribillo estructurado en torno al trance y la repetición del "Yo la tiro pa' mi hoyo" trasciende la dimensión recreativa del merengue bailable para entroncarse con las expresiones performáticas afrocaribeñas. El "hoyo" como metáfora del sepulcro, de la cueva prehispánica como matriz de origen o de la morada de las deidades del panteón de los Guede simboliza el descenso ritual al inframundo. Es el punto de contacto donde vivos y muertos suspenden temporalmente las leyes de la física y la modernidad urbana a través del ritmo y la experiencia corporal compartida.
Por estas razones, las vampiras evocadas por Luis Días no deben interpretarse únicamente como reproducciones caribeñas del vampiro europeo. Por el contrario, representan una síntesis cultural madura donde convergen los elementos analizados previamente: las huellas del opía prehispánico, las resonancias de la ciguapa de la tradición oral y la transposición de las entidades espirituales afrocaribeñas capaces de transitar fluidamente entre distintos planos de existencia.
Lévi-Strauss (1973) sostiene que los mitos poseen una notable capacidad de adaptación porque responden a necesidades simbólicas permanentes. Aunque cambien los personajes y los escenarios, determinadas estructuras narrativas continúan reapareciendo bajo nuevas formas. La canción Las Vampiras ilustra perfectamente este proceso. Un antiguo tema cultural relacionado con la muerte y la energía vital es reformulado mediante los códigos de la música popular contemporánea.
Desde esta perspectiva, la obra de Luis Días puede analizarse como un ejercicio de reinterpretación patrimonial. El compositor toma elementos presentes en el imaginario colectivo dominicano y los transforma en una narrativa musical accesible para nuevas generaciones. De esta manera, símbolos ancestrales continúan circulando dentro de contextos culturales distintos a aquellos donde surgieron originalmente.
La relevancia de este proceso adquiere especial importancia desde la perspectiva del patrimonio cultural inmaterial. La UNESCO (2003) reconoce que las expresiones artísticas constituyen mecanismos fundamentales para la transmisión de conocimientos, valores y memorias colectivas. El patrimonio no sobrevive únicamente mediante la conservación de objetos materiales; también se mantiene vivo gracias a prácticas culturales que permiten reinterpretar continuamente el pasado.
En este sentido, Las Vampiras puede entenderse como una manifestación patrimonial contemporánea. La canción no conserva literalmente antiguas creencias indígenas o afrocaribeñas, pero sí mantiene activas preguntas fundamentales sobre la vida, la muerte, el cuerpo y la existencia de fuerzas que trascienden la experiencia ordinaria. Su importancia radica precisamente en esa capacidad de conectar diferentes momentos históricos mediante el lenguaje de la música.
Asimismo, la obra de Luis Días demuestra que la creación artística puede desempeñar un papel fundamental en los procesos de salvaguardia cultural. Al recuperar relatos presentes en la tradición oral y transformarlos en composiciones musicales, el autor contribuyó a preservar formas de conocimiento que de otro modo podrían haber desaparecido o permanecido invisibilizadas.
La música se convierte así en un espacio privilegiado para la circulación de memorias culturales. A través de ella, antiguas cosmovisiones continúan dialogando con las inquietudes del presente, demostrando que el patrimonio cultural inmaterial no es un conjunto de tradiciones inmóviles, sino un proceso dinámico de recreación permanente. Las vampiras de Luis Días, al igual que los opías descritos por Pané, las ciguapas de la tradición oral, que muy bien documento Javier Angulo Guridi y los ancestros presentes en las religiosidades afrocaribeñas, forman parte de una misma historia cultural marcada por la búsqueda de respuestas a las grandes preguntas sobre la existencia humana.
Referencias
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Arrom, J. J. (1989). Mitología y artes prehispánicas de las Antillas. Siglo XXI Editores.
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Oliver, J. R. (2009). Caciques and Cemí Idols: The Web Spun by Taíno Rulers Between Hispaniola and Puerto Rico. University of Alabama Press.
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Vargas, S. (s.f.). Sergio y Sergio Negocios, SA| El Negrito de Villa. https://sergiovargas.com.do/
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