He escuchado a muchos influencers y a faranduleros defender la competencia del Dr. Fadul y la eficiencia de sus tratamientos para curar o mejorar la condición de muchos niños y niñas diagnosticados dentro del espectro autista. Incluso, algunos han llegado a pontificar que esos testimonios constituyen prueba suficiente para avalar lo que podríamos llamar “método Fadul”. Otros, un tanto más cautos, se han limitado a preguntar: ¿cuál es el papel de los testimonios en la investigación científica? Con los primeros, poco hay que discutir. Para los segundos, van estas líneas.
En la investigación científica, lo que tiene validez son las evidencias consistentes. Por consistentes se entiende evidencias que sean coherentes, comprobables, falsables y explicables. Los testimonios, por sí solos, no reúnen ninguna de esas condiciones, como veremos.
Una evidencia es coherente cuando se corresponde o es compatible con las teorías científicas disponibles y con los hechos observables, independientemente del observador. En el caso de los testimonios sobre la supuesta efectividad de los tratamientos del Dr. Fadul, no se ha establecido aún dicha coherencia ni con teorías científicas aceptadas ni con evidencias observables sistemáticamente registradas. Ni siquiera se conoce, por ejemplo, qué porcentaje de niños y niñas experimenta mejoras, ni si el tratamiento funciona de igual manera para todos, a pesar de la gran diversidad que caracteriza al espectro autista.
Para los positivistas, como Mario Bunge, las evidencias o resultados de una investigación deben ser repetibles mediante experimentos realizados bajo condiciones similares. Esto no se ha demostrado aún en el caso de los testimonios sobre la eficiencia del llamado “método Fadul”.
Para los racionalistas críticos, como Karl Popper, ni siquiera la repetibilidad o replicabilidad basta. Popper advierte que un error también puede repetirse indefinidamente. Por ello propuso que las teorías científicas deben ser falsables, es decir, deben ofrecer la posibilidad de ser sometidas a pruebas que potencialmente puedan refutarlas. Mientras menos falsable es una teoría o un resultado investigativo, menos científico resulta. Un ejemplo de teoría falsable es la Edmund Halley sobre el cometa que hoy lleva su nombre. En 1705, basado en sus observaciones y en las leyes de Newton, Edmund Halley llegó a la conclusión de que el cometa observado en 1531, 1607 y 1682 era el mismo; y que tiene un período orbital entre 75–76 años, por lo que volvería en 1758. Efectivamente fue así. Su predicción más que una oportunidad de comprobación fue una forma de falsación, pues si no se daba el fenómeno, su teoría quedaría falsada. El última perihelio (aparición) del cometa fue en 1986, por lo que se espera que vuelva alrededor del año 2061. Está será otra oportunidad para falsarlo.
Desde el punto de vista científico, lo que no puede demostrarse que es falso no necesariamente es verdadero. Por ejemplo, el hecho de que no se pueda demostrar la inexistencia del alma, del aura o de los espíritus no constituye prueba de su existencia. Al no existir procedimientos para comprobar ni refutar tales afirmaciones, estas quedan fuera del campo de la ciencia. Algo semejante ocurre con los testimonios.
Carl Sagan señala que ciertas áreas particularmente sensibles, como el autismo suelen convertirse en terreno fértil para la pseudociencia.
Para la mayoría de los filósofos de la ciencia, los hechos científicos deben contar con una explicación. Si esa explicación es nomológica, es decir, coherente con leyes o teorías científicas, tanto mejor, como sostienen autores de la categoría de Carl Hempel y Carl Sagan. En el caso que nos ocupa, los testimonios mencionados no tienen hasta ahora una explicación científica que permita comprender los supuestos resultados del tratamiento.
La historia de la ciencia registra numerosos casos de charlatanes, ilusionistas, prestidigitadores, escapistas, metapsíquicos, parapsicólogos, astrólogos, mentalistas, numerólogos, psíquicos y telépatas que han suscitado admiradores entusiastas que han ofrecido testimonios fervorosos sobre la eficacia de sus métodos. Por fortuna, también registra la labor de investigadores escépticos que se han dedicado a desenmascarar tales engaños. Entre ellos, destaca James Randi (1928–2020), ilusionista, primero; y escéptico científico, después, que utilizó su conocimiento del arte del engaño escénico para defender el pensamiento crítico y el conocimiento científico. Randi demostró que muchos fenómenos aparentemente sobrenaturales consisten en trucos, sugestión o fraudes, con lo que contribuyó al desarrollo del movimiento contemporáneo de escepticismo científico. Veamos cinco casos paradigmáticos.
Uri Geller y la flexión de cucharas: En la década de 1970, el ilusionista israelí Uri Geller afirmaba poseer poderes psíquicos que le permitían doblar metales con la mente. Incluso estuvo en la República Dominicana. Hubo personas que afirmaron que, desde la pantalla de sus televisores, Geller había logrado doblar cucharas y cuchillos en sus casas. Randi demostró públicamente que tales efectos podían reproducirse mediante simples técnicas de ilusionismo. Uno de los episodios más célebres ocurrió en el programa de Johnny Carson, donde el ilusionista quedó en ridículo. (Hay videos disponibles en YouTube).
El caso del televangelista Peter Popoff: Este predicador afirmaba recibir revelaciones divinas sobre las enfermedades de personas presentes en sus cruzadas de sanación. Numerosos seguidores ofrecían testimonios emocionados sobre supuestas curaciones, incluso de enfermedades graves. Randi demostró en 1986 que Popoff recibía información sobre los asistentes mediante un receptor oculto, a través del cual su esposa le transmitía datos recogidos previamente. (Hay videos disponibles en YouTube).
Sathya Sai Baba y las supuestas materializaciones: Randi también analizó críticamente los supuestos milagros de Sathya Sai Baba, uno de los líderes espirituales más famosos de la India del siglo XX, quien afirmaba ser una encarnación divina. Entre los prodigios que se le atribuían figuraban la materialización de ceniza sagrada (vibhuti), anillos, relojes, joyas y lingams. Randi y otros pensadores críticos lo demolieron con mucha facilidad. No obstante, más de cien millones de personas en el mundo siguen creyendo en los testimonios del poder de curación de Sai Baba. (Hay videos disponibles en YouTube).
Las enseñanzas de Carlos: Randi colaboró con el programa televisivo australiano 60 Minutes, en un experimento social realizado en 1988. Crearon un supuesto médium sudamericano llamado Carlos, interpretado por el actor José Álvarez. Presentado como un psíquico extraordinario recién llegado a Australia, Carlos provocó gran entusiasmo. Muchas personas ofrecieron testimonios sobre sus supuestos poderes de telequinesis, curación espiritual y percepción extrasensorial. Incluso periodistas experimentados quedaron convencidos del poder de Carlos. El experimento concluyó cuando el programa reveló que todo había sido una puesta en escena destinada a mostrar lo fácil que resulta generar testimonios de fenómenos inexistentes. (Hay videos disponibles en YouTube).
Alex Orbito y las “cirugías psíquicas”: Las llamadas cirugías psíquicas filipinas se hicieron famosas entre las décadas de 1960 y 1970. Sus practicantes afirmaban poder abrir el cuerpo del “paciente” con las manos desnudas, extraer tejidos enfermos y cerrar la piel sin dejar cicatrices. Uno de los más conocidos fue Alex Orbito, quien también visitó la República Dominicana. Aquí, los testimonios de supuestas curaciones abundaron. Sin embargo, investigadores escépticos, como Randi, demostraron que tales procedimientos consistían en trucos de prestidigitación que utilizaban sangre y tejidos animales.
Estos ejemplos muestran que los testimonios pueden multiplicarse incluso cuando el fenómeno que los genera no tiene base real. Por ello, los testimonios pueden ser útiles como punto de partida para formular problemas científicos e hipótesis, o como objeto de investigación en estudios cualitativos, sociológicos o antropológicos. Pero no constituyen por sí mismos evidencias científicas.
En coherencia con el espíritu científico y con la ética de la investigación, tampoco sería correcto afirmar a priori que el tratamiento del Dr. Fadul constituye un fraude. Sin embargo, la abundancia de testimonios abre la posibilidad de formular preguntas relevantes de investigación, tales como:
¿Por qué tantas personas se sienten atraídas por el tratamiento del Dr. Fadul?
¿Cuál es el impacto real del tratamiento en niños y niñas diagnosticados dentro del espectro autista?
¿Qué factores psicológicos, sociales o culturales podrían estar influyendo en la proliferación de testimonios?
¿Cuál es la validez metodológica y la confiabilidad de los estudios realizados por el Dr. Fadul, por cuenta propia?
¿Cuáles son los fundamentos bioéticos del tratamiento propuesto?
Dada la trascendencia de los supuestos hallazgos del Dr. Fadul, instituciones como el Ministerio de Salud Pública; el Colegio Médico Dominicano; la Academia de Ciencias de la República Dominicana; el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología; y las universidades dominicanas deberían promover investigaciones rigurosas sobre este fenómeno. Muy bien podrían partir de algunas de las preguntas anteriores. La razón es sencilla: si el Dr. Fadul tiene razón, la República Dominicana estaría ante un descubrimiento médico de alcance mundial; pero si no la tiene, podría estar en juego la salud y la dignidad de niños con autismo, así como la esperanza de sus familias.
No es la primera vez que el espectro autista atrae propuestas pseudocientíficas. Basta recordar el caso reciente de Elizabeth Silverio, cuyo tratamiento también generó numerosos testimonios de eficacia. En su libro El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad, Carl Sagan señala que ciertas áreas particularmente sensibles, como el autismo suelen convertirse en terreno fértil para la pseudociencia.
Como repetía con frecuencia James Randi, citando a su amigo Carl Sagan: “Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias”. Sin embargo, muchos influencers y figuras de la farándula digital exigen a la periodista de investigación Nuria Piera que demuestre que esos testimonios carecen de validez científica. En realidad, en el ámbito de la ciencia la carga de la prueba recae sobre quien afirma haber descubierto algo nuevo.
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