En mi artículo anterior hablaba de cómo la novela nos abre las puertas de la historia, ya que, al formular preguntas, como los filósofos, obliga al historiador a buscar respuestas, como los teólogos.
La razón que argumentábamos era que la novela constituye un vehículo para la imaginación, esa espuela o acicate que nos impulsa a buscar algo más. Podemos tener delante un libro sobre nuestra historia colonial, sea de Moya Pons, de José Gabriel García o de Del Monte y Tejada. Ese texto puede parecernos puro hueso, frío como las piedras de la ciudad construida por Nicolás de Ovando; pero, si tomamos el Enriquillo de Galván, encontramos otra fragancia.
Esto sucede porque, mientras la historia reconstruye e interpreta los acontecimientos a partir de las fuentes, la novela de Galván les aporta una vida imaginada. Más que vida, recibimos aliento y ternura cuando asistimos a los amores desgraciados de Juan de Grijalva y María de Cuéllar, quien termina casada con Diego Velázquez.
En la novela de Galván podemos seguir los pasos de Enriquillo: sus humillaciones, su paciencia, su templanza y sus proezas. Incluso podemos preguntarnos si los acontecimientos ocurrieron tal como se narran o si fueron una invención del autor. ¿Cuánto hay de ficción y cuánto de realidad?
La novela les pone carne, vida y corazón a los acontecimientos que, en una exposición puramente factual, pueden parecernos lejanos y sin latido.
Quiero ilustrar lo anterior con una novela histórica poco comentada: Los carpinteros, de Joaquín Balaguer.
La narración nos acerca desde sus primeras páginas a la familia Ogando y a aquellos valientes caudillos del sur de nuestro país, cuya bravura parecía irrepetible: la mujer que pariera otros así se quedaría sin matriz. Con Héctor Corporán como hilo conductor, podemos asistir como testigos presenciales a la campaña del Sur, seguir los pasos del general José María Cabral y conocer la resistencia contra el gobierno de Buenaventura Báez.
Ulises Heureaux es el eje en torno al cual gira buena parte de la novela, desde su participación en Rancho Mateo hasta su muerte en Moca, el 26 de julio de 1899.
Los carpinteros va tejiendo la historia dominicana desde 1868 hasta noviembre de 1911. Nada parece escapar a la mirada escrutadora del autor. Como un tráiler de los procesos que los historiadores desarrollan con mayor amplitud, aparecen la tiranía de aquella «pantera», como la llamó el panfletario Vargas Vila; la lucha entre los partidarios de Juan Isidro Jimenes y Horacio Vásquez; la participación de Demetrio Rodríguez, héroe de romance; la muerte heroica de Perico Pepín; los exabruptos de Luis Tejera; la muerte de Guayubín, el arquitecto de los carpinteros; y el gobierno dictatorial de Mon Cáceres.
Todo esto, y más, es narrado por el autor y vivido por el lector. Quien se adentra en sus páginas queda atrapado en una trama de amor, suspenso y horror, donde los acontecimientos históricos se entretejen con la ficción.
La novela histórica es como el tráiler de una película: nos atrapa y despierta el deseo de conocer la obra completa, de acercarnos al pasado mediante la investigación histórica. Esta novela no solo cuenta: describe y nos hace imaginar olores, calles, casas y caracteres. Nos invita a entrar en dimensiones de la vida cotidiana que las fuentes no siempre permiten reconstruir con detalle.
Allí donde el historiador debe detenerse por falta de evidencias, el novelista puede seguir adelante con la imaginación. Mientras uno examina el umbral de los hechos, el otro se sienta en la sala, recorre los aposentos o toma asiento en el comedor de esa gran casa que es la vida cotidiana. De ese recorrido nacen preguntas que pueden devolvernos, con renovada curiosidad, al estudio de la historia.
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