La obra de Jorge Luis Borges parece girar, una y otra vez, alrededor de un mismo misterio: el del lenguaje. Laberintos, bibliotecas infinitas, espejos, libros totales: todas estas imágenes recurrentes pueden entenderse como variaciones de una pregunta fundamental. ¿Qué relación existe entre las palabras y el mundo?

En esa búsqueda Borges encontró un aliado inesperado en la antigua tradición mística del judaísmo: la Cábala. No se trató, desde luego, de una adhesión religiosa. Borges nunca pretendió convertirse en un cabalista. Lo que lo atrajo fue algo más literario: la audacia intelectual de una tradición que imagina la creación del universo como un fenómeno lingüístico.

Según explica Gershom Scholem, el gran historiador de la mística judía, la Cábala desarrolló una concepción radical del lenguaje. Para los cabalistas, las letras del alfabeto hebreo no eran simples signos convencionales. Constituían, en cierto sentido, la materia misma de la creación. Como escribe Scholem: “para el cabalista, el lenguaje no es simplemente un instrumento de comunicación; es el medio mismo en el que se realiza el proceso de la creación” (La Cábala y su simbolismo, Siruela, 1996, p. 41). En esta visión, las letras poseen una energía ontológica: no describen el mundo, sino que participan en su producción.

Gershom Scholem.

La idea es vertiginosa: el universo como texto.

Borges percibió inmediatamente la potencia literaria de esa imagen. En varias de sus conferencias observó que los cabalistas concebían la Escritura como un texto absoluto “donde nada es casual, ni siquiera el orden de las letras”. En ese sistema cada palabra posee una densidad casi infinita de significados. Cada letra puede abrir un camino interpretativo.

Para un escritor obsesionado con bibliotecas interminables y libros totales, esta concepción del lenguaje resultaba inevitablemente fascinante.

La Cábala ofrece, en efecto, una de las teorías más radicales de la lectura jamás imaginadas. Los cabalistas desarrollaron complejos métodos hermenéuticos —permutaciones de letras, equivalencias numéricas, juegos fonéticos— con el propósito de revelar los sentidos ocultos de la Escritura. Un versículo podía contener innumerables interpretaciones posibles. Cada palabra era una puerta hacia nuevas combinaciones simbólicas.

Borges comprendió que ese modelo interpretativo anticipaba algo muy cercano a la literatura moderna : la idea de que todo texto es potencialmente infinito.

Esta intuición aparece de forma casi narrativa en relatos como La Biblioteca de Babel. En ese cuento, el universo es imaginado como una biblioteca interminable que contiene todos los libros posibles, resultado de las combinaciones de un alfabeto limitado. Entre esos volúmenes se encuentran, inevitablemente, todos los libros verdaderos y todos los falsos, todas las revelaciones y todos los absurdos.

La metáfora recuerda de manera sorprendente a la imaginación cabalística. Si el mundo está compuesto por combinaciones de letras, entonces la totalidad de lo real podría pensarse como una vasta biblioteca.

El vínculo entre lenguaje y creación también aparece en uno de los poemas más conocidos de Borges, El Golem. Allí se evoca la leyenda del rabino de Praga que logra animar una figura de barro mediante el poder secreto de las letras. El poema contiene un verso célebre:

“Si (como afirma el griego en el Cratilo)

el nombre es arquetipo de la cosa,

en las letras de ‘rosa’ está la rosa.”

La referencia al diálogo Cratilo de Plato sitúa la reflexión en una tradición filosófica mucho más antigua. Desde la Grecia clásica se debate si los nombres son simples convenciones o si guardan alguna relación esencial con las cosas que designan. La Cábala adopta la postura más radical posible: las letras no sólo representan la realidad, sino que participan en su producción.

Borges nunca aceptó esta idea como una verdad metafísica. Sin embargo, la reconoció como una metáfora extraordinaria del acto literario. La literatura también consiste, en cierto modo, en crear mundos mediante palabras.

Esta intuición conecta la imaginación cabalística con algunas de las reflexiones más influyentes del pensamiento moderno sobre el lenguaje. El filósofo Walter Benjamin formuló, a comienzos del siglo XX, una idea sorprendentemente cercana a la tradición mística judía. En su ensayo “Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre”, Benjamin sostiene que el acto de nombrar constituye una forma esencial de comunicación del ser. Como escribe: “el hombre comunica su ser espiritual en la lengua mediante el hecho de nombrar todas las cosas” (Para una crítica de la violencia y otros ensayos, Taurus, 1991, p. 149). Nombrar no significa simplemente designar objetos; significa participar en un proceso de revelación.

Benjamin veía en la tradición cabalística una intuición profunda: el lenguaje no es sólo un instrumento humano, sino una dimensión fundamental de la realidad. En ese sentido, cada palabra posee una resonancia metafísica.

La literatura moderna heredó parcialmente esta sospecha. El lenguaje dejó de ser un simple medio de representación para convertirse en un territorio de exploración ontológica. En esa transformación Borges ocupa un lugar singular. Sus ficciones no se limitan a contar historias: examinan la naturaleza misma de los signos.

Críticos como Harold Bloom han sugerido que la imaginación borgiana prolonga ciertas intuiciones simbólicas de tradiciones como el gnosticismo y la Cábala. Bloom observa que Borges ofrece “la imagen moderna más persuasiva del universo concebido como una biblioteca” (El canon occidental, Anagrama, 1995, p. 516). La metáfora no sólo describe una ficción literaria: propone una forma radical de entender el conocimiento y el lenguaje.

En Borges, sin embargo, esta herencia aparece atravesada por un escepticismo característico. Borges admiraba la belleza intelectual de los sistemas metafísicos, pero también los contemplaba con una ironía distante. En alguna ocasión confesó que las teologías le interesaban sobre todo como formas de literatura fantástica.

Tal vez esa distancia explique la singularidad de su relación con la Cábala. Borges no buscaba una doctrina secreta ni una iluminación espiritual. Lo que encontraba en esa tradición era una imagen poderosa del lenguaje.

Si el universo puede pensarse como un texto escrito por Dios, entonces cada acto de escritura repite —de manera mínima y humana— ese gesto creador. El escritor, especialmente el poeta, se convierte en una suerte de lector privilegiado del mundo, alguien que reorganiza el caos de las palabras para producir nuevas configuraciones de sentido.

La literatura, vista desde esta perspectiva, adquiere una dimensión casi mística. No porque revele verdades absolutas, sino porque explora las posibilidades infinitas del lenguaje.

Quizá por eso Borges volvió tantas veces a la Cábala. En esa antigua tradición encontró una metáfora extrema de lo que siempre había sospechado: que las palabras, a pesar de su fragilidad, contienen una potencia inagotable.

Cada letra puede abrir un universo.

Cada libro puede contener todos los libros.

Y en esa biblioteca infinita —real o imaginaria— el escritor continúa buscando, como los antiguos cabalistas, la secreta arquitectura del sentido.

Julio Adames

Escritor

Julio Adames, nacido en Constanza, provincia La Vega, República Dominicana, es escritor y abogado. Realizó estudios en Letras Modernas, Psicología y Derecho, con posgrado y maestría en áreas jurídicas, en las universidades UTESA, UASD y PUCMM. Ha publicado una decena de libros, entre los que destacan Huéspedes en la noche, Cuerpo de baile, Infame turba, Parábolas para muñecas, El treno fatigado, Cuerpo en una burbuja, Monedas al aire y Tempo alcohólico. Su obra ha sido reconocida con el Premio de Cuento de Casa de Teatro (1990), el Premio Nacional de Poesía Infantil Aurora Tavárez Belliard (2005-2006) y el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña de Henríquez (2012). También incursiona en la pintura, dentro del estilo impresionista abstracto, y ha participado en diversas exposiciones colectivas. Contacto: xjulioadames@hotmail.com | xjulioadames@gmail.com

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