¨Y abrí los ojos en la lancha, al canto del mar. El mar cantaba. Del Cabo salimos con nubarrón y viento fuerte, a las diez de la noche, y ahora, en la madrugada, el mar está cantando. El patrón se endereza, y erguido, con una mano en la tabla y otra en el corazón; el timonel deja el timón a medio ir…”. Bonito eso: eso es lo más bonito que yo haya oído en este mundo.
“… Dos veces… No más lo he oído yo…”. Y luego se echa a reír, que los vudús, los hechiceros haitianos, saben qué eso es: que hoy es día de baile vudú en el fondo del mar, y ya lo sabrán ahora los hombres de la tierra, que allá abajo estarán haciendo los hechiceros sus encantos.
La larga música, extensa y afinada, es como el sonido de una tumultuosa orquesta de campanas de platino; vibra igual y sigue el eco resonante; como en ropa de música se siente envuelto el cuerpo.
Cantó el mar una hora, más de una hora… La lancha piafa y se hunde…”
Eran las diez de la noche del 4 de marzo de 1895. Momentos antes de llegar a Monte Cristi, José Martí escribe en su Diario… “texto sagrado será este diario”, afirmará luego Lezama Lima, como: “la Biblia, el Vedanta y el Bhagavad Guita”…
Epifanía, revelación, música del país bajo las olas que tanto en Monte Cristi, como en el país de Avalón del mito artúrico. Sonoridades que danzan en las mitologías irlandesas, del Finnegans Wake, y en el Ulises de James Joyce. Arquetipos que vuelven…
El mar canta, más allá del mito. Música y poesía es el mar, en todos los tiempos y en todos los espacios. Música y poder. Música y naturaleza…
Arqueología musical, arquitectura arquetípica. Códigos simbólicos. Mitología creativa.
En un ensayo sobre John Keats, Jorge Luis Borges observa que el ruiseñor que este nombra en su poema es el mismo que podríamos encontrar en Shakespeare, en Ovidio y en el Antiguo Testamento… y cuya voz ahora es la que, en campos de Israel, una antigua tarde oyó Ruth la moabita…”

James Joyce escribe en Finnegans Wake…: “Tan imposible como son todos estos hechos, resultan tan probables como aquellos que pueden haber sucedido o cualesquier otro que nunca pensó que pudieran ocurrir…”. Y mientras así hablaba, una pequeña barca se aproxima desde el mar arrastrada por las olas. En ella iban dos mujeres de formas maravillosas; tendieron a Arturo con cuidado en la barca, al tiempo que se escucharon miles de arpas desde el fondo del mar…
Estos versos pertenecen a las aventuras del rey Arturo, en los Idilios del rey, del poeta inglés Tennyson. Aquí se le canta al país de Avalón, el país más allá del poniente, donde no cae el granizo ni la lluvia: el país de la música bajo las olas, que escuchó Martí al llegar a Monte Cristi.
La antigua voz del océano, el parloteo como de pájaros del riachuelo, y que de diferentes gargantas se eleva el mismo lenguaje; por eso creo que si fuéramos lo bastante fuertes para escuchar sus guerras de deseo y terror, la tormenta de naciones enfermas, la ira de hambrientas ciudades, esas voces parecerían limpias como las de un niño o como la respiración de una muchacha que danza solitaria a las orillas del mar, soñando con sus amantes.
¿Qué decir del lenguaje de la música, que todo el mundo cree comprenderla y, sin embargo, muy pocos saben qué significa realmente o qué significados ocultos encierra una melodía?…
“… ¿Cuándo podremos sentir diariamente a Beethoven, escucharlo, comprenderlo como si se tratara de una palabra que se verbaliza?”… escribe el filósofo alemán Ernst Bloch, en su libro El espíritu de la utopía… (p. 232).
Esa música suave, como sumergida bajo las olas, como la catedral sumergida de Debussy, cuya morada es la luz del sol al atardecer, el redondo océano, el aire vivo, el cielo azul, la mente del hombre.
Entonces se escucha el cantar del mundo, la música de las esferas, y como afirma Goethe… “De todas las cosas fluye la música del vivir”…
Y castillo de las maravillas se vuelve el oído. La secreta música que vive dentro de nosotros, la secreta armonía de la naturaleza, es la música del sí mismo, como afirma Schopenhauer en el tomo 3, p. 144, en su libro El mundo como voluntad y representación, al referirse al éxtasis estético; como la muchacha que a orillas del mar es la música que se le enredaba en la falda como olas; la música que escuchaba Stephen Dedalus de Joyce, como es música el canto del mar que escucha José Martí al llegar a Monte Cristi.
Es como si existiera una luz oculta en la luz, como si estuviera hecha de sombras; así viaja la música como la barca de José Martí o la barca del rey Arturo, al reino de la utopía, el Avalón en nosotros, al universo interior. Estación de la palabra. Clima de eternidad. Lugar sin límites, donde la poesía se extiende como música desde el infinito territorio que recorre errante la misteriosa música del país bajo las olas.
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