Se podría afirmar, sin caer en eufemismos, que la novela rusa del siglo XIX llegó a exhibir las condiciones de la novela profética: Las almas muertas de Nicolás Gogol es un ejemplo vital de esa afirmación. Como en ningún otro momento, la vida cultural rusa, la historia de los grandes acontecimientos políticos de la Europa del Este, junto a las condiciones del alma humana, habían alcanzado tanta magnitud y habían sido tratados a tal extremo, estudiados y puestos al servicio del conocimiento de la gente como en esa época. Casi a doscientos años de su aparición, esta novela está presente en la vida social y cultural y sigue influyendo en la conciencia de los hombres, en el desarrollo material y espiritual de las almas que propugnan por un mejor destino.
En una época de amplia definición para el desarrollo del arte, la relación de la novela con la sociedad fue un hecho determinante. Al abrir las puertas de un horizonte preciso, tanto Dostoievski como Tolstói, Turguéniev, Gogol y Pushkin son, de igual modo, referentes obligatorios que influyeron grandemente en la educación de su época y llegaron a forjar escuelas narrativas y estéticas, asentadas en elocuentes diarios, memorias, cartas, cuentos y narraciones diversas que convirtieron a estos escritores en verdaderos clásicos, que hoy constituyen paradigmas indiscutibles de la cultura universal. Por lo menos, Tolstói y Dostoievski siguen teniendo una real vigencia hoy en día. Nadie entenderá las características del alma rusa sino quien se acerque al conjunto de sus novelas. Es más, hasta podrá llegar a comprender las dimensiones de las que puede ser objeto el pensamiento, las capacidades mentales y las mediocridades de los hombres. A juicio de muchos especialistas, en Dostoievski la novela puede ser un ensayo de gran magnitud y profundización psicológica, pues en su arte se conjugan la magia con el saber. Su literatura se expande así para estudiar el comportamiento social de los hombres.
Con el mundo narrativo dostoievskiano nos acercamos a los planos de un arte original donde magia y pensamiento se entrecruzan, para conjugar uno de los universos más complejos y originales de la literatura universal. Estudiar el comportamiento de los personajes de Dostoievski y el suyo propio resulta un episodio estimulante, íntimamente ligado a destacar las interioridades del alma rusa; con razón llegó a decir: «Amo la literatura, la literatura es una de las formas de expresión del pueblo y de la vida, un verdadero espejo de la sociedad. ¿Quién ha formulado nunca ideas nuevas de forma que pudiera entenderlas el pueblo, sino la literatura?».
En un momento en el que la ortodoxia religiosa dominaba los extremos políticos y la vida se regía de acuerdo con el orden de las utopías, Dostoievski fue algo más que novelista; fue el gran orientador de la vida y del orden social por más de cien años. Diríamos que la condición moral de la novela, desde la visión dostoievskiana, alcanzó en esta época su punto culminante.
El carácter de una sociedad no se mide por el curso que haya tomado la historia en un momento determinado, sino por la grandeza de sus intelectuales, por el nivel alcanzado de sus escritores, por el destino de su arte, y dentro de esa definición está la novela de Dostoievski, que en Los hermanos Karamázov transcribe un nuevo concepto de la vida rusa. Sin duda este autor dimensiona de manera inequívoca el concepto de novela, pues perfeccionó su arte como nadie y lo elevó a niveles insospechados. Donde las demás ofrecen ameno divertimento, la novela de Dostoievski te brinda conocimiento y sabiduría espiritual.
Fue así como la novela en Rusia se convirtió en algo más profundo que una sabia manifestación del arte; sin proponérselo, su campo se abrió más allá, pues se transformó en un documento social para hacer valer el registro exacto de la idiosincrasia. En el caso de la Rusia del siglo XIX, esta novela no solo sirvió para mostrar las garras de un arte tan perfecto y poderoso a la luz de la sensibilidad humana. También fue en buena medida un artefacto creado para pensar y enseñar, gracias a los efectos de su intención didáctica mostrada en su vida interior y en la vida de sus héroes cuando estas pueden servir de paradigmas. De ahí que la novela también se erija en todas las sociedades y en todas las épocas en su condición abarcadora y totalitaria del conocimiento humano, cuyo prestigio pocas veces ha estado en cuestionamiento. Eso da cuenta de que este género, a pesar del tiempo, no ha muerto: sigue vigente en la memoria colectiva de las naciones. Todo lo contrario, la novela sigue influyendo de manera decisiva en los estratos sociales. A pesar de ser un género burgués, se proyecta como el arte que ha dominado casi todas las épocas, lo que marca una estrecha relación con el tiempo, con el lenguaje, con la conciencia y con las más exigentes esferas del saber. A partir de esta amplia visión, la novela propone universos complejos capaces de actuar en función de los intereses de los hombres contactados en el habla cotidiana, en el discurso intelectual y en el discurso académico.
Atendiendo a que es un género que cuenta con una bien ganada reputación estética e ideológica, como modelo artístico sus alcances son ilimitados. Desde Cervantes se ha convertido en un arte encantatorio, porque va reciprocando al mismo tiempo su discurso lúdico con los cambios sociales y materiales, y en consecuencia su íntima relación con la historia y con el mito revela su evidente evolución. Fue así como la novela rusa abrió un campo que había estado inédito en la mente del hombre, enardeciendo la capacidad de pensar y de actuar. Haber alcanzado esa dimensión fue una tarea imprescindible para él, porque Dostoievski era un amante de la humanidad y fue al mismo tiempo un estudioso del comportamiento del hombre en todas las esferas y circunstancias que lo rodean. Para estudiar al hombre pensó en su propio destino, pues resultaba más fácil para él equiparar la no graciosa condición de su vida propia y personal con la del resto de sus semejantes, lo que lo hizo convertir varios episodios familiares en relatos memorables.
Así que Dostoievski fue un excelente relatista de las interioridades humanas, incluyendo su vida personal. Memorias de la casa muerta «es el recuento de su vida en presidio, presentado, por problemas de censura, bajo una ficticia primera persona, la del difunto Alexander Petróvich. Este hombre noble e instruido, que jamás ha trabajado y cuyo trato con el pueblo nunca ha pasado de ser una ilusión óptica, se encuentra de pronto privado de libertad». Por eso su literatura, como la de nadie, trasciende el hecho humano; y en vez de sobreponerse a la fragmentación de la conciencia, esta se simplifica y se expande más allá del plano deseado. De ahí que su profecía no apueste necesariamente a la aniquilación personal del hombre, sino a la aniquilación de la conciencia maleable y la cuestionada condición de la moral social.
Es de puro reconocimiento que Memorias de la casa muerta inaugura un género desconocido hasta ese tiempo, que bien puede denominarse literatura del presidio, la que tuvo una gran influencia en los escritores de su época: Resurrección de León Tolstói, Un día en la vida de Iván Denísovich de Solzhenitsyn, Relatos de Kolimá de Shalámov y Si esto es un hombre de Primo Levi.
Con justicia la novela de Dostoievski ha ganado tanto terreno en el tiempo, por las verdades que plantea, desde una estética bien definida hasta querer alcanzar la vida que deseamos, y ese modelo solo está planteado en la novela como universo total del conocimiento del hombre. Las posibilidades de su acertado éxito están ahí: que la novela ha hecho soñar al individuo, lo ha ayudado a imaginar y a construir sus propias utopías. Aquella que necesita el tramo de la vida para poder vivir día a día, pues sin la existencia de un arte tan puro y tan perfecto habría sido imposible para el hombre llevar a cabo la vida que lleva; una utopía evidentemente necesaria en el caso de Dostoievski. Pues ella propone universos complejos en los que el hombre se siente representado a sí mismo. De manera que las ficciones enriquecen la existencia humana, al hacer más creíbles los sueños. La sabia lucidez con la que Dostoievski propuso su universo narrativo no es una coincidencia del destino, sino una concepción de la sabia propensión de su pensamiento.
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