«Porque dejar de escribir era dejar de ser». (Elsa Báez) 

 "La marca de la gaviota", novela breve de la escritora y comunicadora dominicana Elsa Báez, constituye una indagación intensa en torno a la escritura, la maternidad, la invisibilidad social, el abandono, la apropiación de la voz ajena y las difíciles condiciones del universo editorial dominicano. Desde las primeras páginas, la narración asume un lenguaje confesional, provocador y deliberadamente requerido, mediante el cual Azucena González —llamada también Susy— reconstruye su vida como si estuviera levantando un expediente contra sí misma, contra Christina, la Inefable, y contra un sistema cultural que convierte la sensibilidad en mercancía. La protagonista no ofrece su historia como una solicitud de indulgencia, sino como una acusación: "No esperes redención. Esto no es una confesión para ser absuelta, sino un ajuste de cuentas"(pág. 17). Esa declaración instala desde el comienzo una poética de la herida y determina el carácter áspero de la obra. La autora construye así una narradora que no procura agradar al lector, sino comprometerlo moralmente; lo hace testigo de una historia en la cual escribir, editar, publicar y promover libros dejan de ser acciones inocentes para convertirse en expresiones de poder.   

El lector es interpelado directamente mediante la segunda persona: "Te dejaré entrar. No porque lo merezcas, sino porque necesito testigos" (pág. 17). Esta estrategia rompe la distancia entre la conciencia narradora y quien lee, transforma la novela en una especie de carta acusatoria y concede a su discurso una fuerza oral cercana al monólogo dramático. El universo editorial no aparece como simple ambientación, sino como metáfora de una sociedad que selecciona, corrige, descarta y silencia a quienes no responden a sus modelos de éxito, belleza, productividad y normalidad. De ahí que la novela pueda leerse simultáneamente como narración psicológica, crítica social, testimonio ficcional y fábula sombría acerca del precio que algunas personas pagan para ser vistas.  

La configuración epistolar de la novela refuerza esta dimensión confesional y acusatoria, pues Azucena dirige buena parte de su relato a Christina bajo el apelativo irónico de "Querida Inefable" (pág. 17). El adjetivo, que originalmente parece expresar admiración o imposibilidad de nombramiento, termina adquiriendo un sentido sarcástico: Christina es “inefable” no porque su grandeza desborde las palabras, sino porque su personalidad está construida mediante imposturas, apropiaciones y máscaras que dificultan saber dónde termina la mujer real y dónde comienza el personaje público. La carta se convierte así en un espacio de confrontación tardía, en el lugar donde Azucena dice aquello que calló mientras permanecía detrás de los textos, de las presentaciones y de la imagen triunfal de su antigua amiga. El uso constante del “tú” produce una cercanía agresiva, pues cada recuerdo parece formulado para perforar la defensa de la destinataria: "Yo todavía creía que el talento bastaba" (pág. 18), mientras Christina ya comprendía que la visibilidad podía imponerse incluso por encima de la autenticidad.   

Esta modalidad epistolar permite que el pasado sea revisado desde una conciencia herida que conoce el desenlace de los acontecimientos y que, por ello, interpreta cada gesto antiguo como anuncio de la traición futura. La narración no reproduce la memoria de manera neutral: la corrige, la reorganiza y la edita, del mismo modo en que Azucena corregía los manuscritos ajenos. Contar se convierte, entonces, en una última labor editorial sobre su propia existencia, mediante la cual la protagonista intenta recuperar el derecho de firmar una historia que otros habían contado, explotado y deformado en su nombre.  

Elsa Báez.

Uno de los mayores valores lingüísticos de la obra reside en la coherencia de su campo metafórico. Elsa Báez convierte el vocabulario de la edición, la imprenta, la escritura y el mercado del libro en una gramática existencial con la cual interpreta la vida de sus personajes. Azucena no se limita a decir que ha sido ignorada: se define como un texto marginal, una voz sin firma, un manuscrito corregido por otros o una mujer condenada a ordenar palabras ajenas. Cuando describe a Mateo, afirma que nació "sobrescrito, con notas al margen. Como yo" (pág. 38); cuando recuerda su embarazo, observa que "algo nuevo comenzaba a escribirse sin preguntarme si quería participar en la historia" (pág. 37); y cuando juzga el abandono de Julián, declara que este "hizo las maletas y cerró ese capítulo" (pág. 41). Estas asociaciones no son simples adornos retóricos: forman una red semántica que comunica la imposibilidad de Azucena para separar la literatura de su propia experiencia. Todo cuanto vive se transforma en página, corrección, errata, capítulo, edición o manuscrito.   

La vida aparece como un texto sometido a fuerzas externas que intentan reescribirlo. En esa apropiación simbólica del léxico editorial se manifiesta una prosa de gran plasticidad imaginativa. Hay imágenes de fuerte capacidad sensorial y psicológica, como aquella en que la profecía de la gitana cae sobre la niña: "Sentí que sus palabras eran grapas calientes cerrándome el sexo y la boca para siempre" (pág. 25). La crudeza corporal de esta comparación traduce el miedo infantil en una mutilación simbólica: Azucena siente que se le niegan de antemano el amor, la palabra y el derecho a disponer de su propio destino. De modo semejante, la frase "el destino no entra gritando, entra susurrando, no se impone: se instala" (pág. 25) demuestra la capacidad de Báez para construir sentencias breves y memorables, dotadas de una cadencia aforística que condensa en pocas palabras una compleja concepción de la fatalidad.  

Las virtualidades de la sintaxis se advierten especialmente en la alternancia entre periodos extensos, enumeraciones, frases nominales, repeticiones y oraciones cortas que funcionan como golpes de conciencia. La narradora puede desarrollar una reflexión mediante subordinaciones y acumulaciones descriptivas, para luego interrumpir el flujo con una afirmación tajante: "No lo es, créeme, ahí es que empieza todo" (pág. 11). Esa variación otorga respiración y tensión al relato. En escenas de dolor o revelación, la sintaxis se fragmenta, reproduciendo la ruptura emocional del personaje: "Dos líneas. Dos pequeñas confirmaciones de que la vida acababa de cambiar de dirección" (pág. 37). La repetición de estructuras similares produce énfasis y musicalidad: "No lloré ni sonreí, simplemente, entendí" (pág. 37); "No preguntó si yo estaba bien ni si tenía miedo" (pág. 37); "No de golpe. Lentamente" (pág. 38). En otros momentos, Báez utiliza la anáfora como recurso intensificador y convierte una situación particular en denuncia colectiva. El encadenamiento de negaciones, silencios y acciones frustradas hace que la sintaxis adquiera una dimensión ética, porque las omisiones de los personajes y de las instituciones pesan tanto como aquello que expresamente realizan.   

También abundan las enumeraciones sensoriales que configuran espacios densos: la carpa de la gitana huele "a incienso barato" y "a humedad de carpa que nunca terminaba de secarse" (pág. 24); el hospital reúne "desinfectante, sueño interrumpido, expectativas mal disimuladas" (pág. 38); y la maternidad abandonada se describe como "un desierto de pampers sucios y recibos sin pagar" (pág. 42). Esta sintaxis acumulativa no solo muestra lugares, sino que revela el agotamiento físico y espiritual de la protagonista. La autora domina, además, el valor expresivo del punto seguido y de la oración incompleta, recursos mediante los cuales imita la respiración entrecortada, la vacilación, el resentimiento y la memoria que avanza por asociaciones. La prosa se mueve así entre la narración, el ensayo, la carta, la confesión, la diatriba y la reflexión lírica.  

En cuanto a sus modalidades de estilo, la novela combina realismo psicológico, lirismo sombrío, ironía, sarcasmo, crítica institucional, metaficción y elementos cercanos a lo fantástico. Es realista porque presenta problemas reconocibles de la sociedad dominicana: el precio de los libros, la precariedad de los editores independientes, la falta de lectores, la exclusión educativa, el abandono familiar y las dificultades para atender dignamente a un niño con autismo. Azucena señala que "ser escritora en este país sin apellido, sin padrino, sin beca, sin amigo en el ministerio… es como construir una casa en un terreno que no es tuyo" (pág. 50), comparación que sintetiza la inseguridad material y simbólica de quien intenta desarrollar una obra sin protección institucional. Pero ese realismo se encuentra atravesado por una imaginación poética que transforma lo cotidiano en signo. La correctora compara su oficio con la carpintería y la cirugía: "lijar frases, alinear párrafos" y "cortando, suturando, reconstruyendo" (pág. 48).   

La ironía surge cuando las herramientas contemporáneas de promoción —el engagement, el storytelling, la marca personal y el lector ideal— son enfrentadas con la experiencia auténtica del dolor. Christina sostiene que "el dolor vende si sabes cómo envolverlo" (pág. 19), y esa frase se convierte en una clave crítica de toda la narración: el mercado no solo comercializa libros, sino también traumas, identidades y sufrimientos. La metaficción adquiere fuerza porque la novela reflexiona permanentemente sobre su propia escritura, sobre quién merece ser llamado autor y sobre la distancia entre redactar un texto y construir públicamente una autoría. En su dimensión fantástica, la voz de Azucena parece sobrevivir a la muerte para contemplar las consecuencias de sus actos, acompañar a Mateo y narrar la caída de Christina. La muerte no extingue la conciencia narrativa, sino que la libera de las restricciones físicas y sociales. Ese desplazamiento permite que la novela abandone gradualmente el realismo estricto y se convierta en relato espectral, en memoria que se niega a desaparecer y en voz póstuma que continúa corrigiendo la versión oficial de los acontecimientos.  

La maternidad constituye otro de los centros emocionales y semánticos más complejos de la narración. Mateo no aparece únicamente como hijo de Azucena ni como personaje que moviliza la compasión del lector, sino como presencia que obliga a los adultos a mostrar su verdadera naturaleza. Ante él, Julián revela su incapacidad para aceptar una realidad que no puede embellecer; Christina descubre una experiencia susceptible de ser convertida en relato público; las instituciones manifiestan su indiferencia burocrática, y Azucena exhibe simultáneamente su amor, su agotamiento, su culpa y sus contradicciones. El autismo no se emplea solamente como elemento argumental, sino como una forma de cuestionar la violencia de una sociedad que reconoce como válida únicamente la comunicación convencional.   

Elsa Báez.

Azucena denuncia que "el sistema no enseña, clasifica" y que a Mateo, por no poseer "un código de barras que la escuela pueda escanear, lo han dejado fuera de la colección" (pág. 56). La metáfora editorial adquiere aquí uno de sus sentidos más críticos: el niño es tratado como un texto difícil que nadie desea interpretar, un manuscrito apartado porque no responde al modelo estándar. Sin embargo, la novela también muestra el peligro de hablar permanentemente en nombre de quien no puede expresar su experiencia mediante las formas esperadas. Azucena afirma que escribe sobre Mateo "para no olvidar, para recordarme que, aunque él no pueda decirlo, yo puedo decirlo por él" (pág. 54). Esa declaración posee ternura, pero también encierra una tensión ética: ¿hasta dónde puede una madre transformar la vida silenciosa de su hijo en materia de su propia escritura? Báez no resuelve fácilmente esta pregunta; la deja abierta para mostrar que incluso el amor puede apropiarse involuntariamente de la existencia del otro cuando intenta interpretarla, protegerla o representarla.  

Los personajes poseen una construcción contrastiva y se definen por su relación con la visibilidad. Azucena es la mujer que escribe y permanece oculta; Christina es quien se exhibe y se apropia del trabajo ajeno; Julián desea representar al artista atormentado, pero huye ante el sufrimiento verdadero; Mateo carece de una voz convencional, aunque su presencia silenciosa resulta moralmente más auténtica que los discursos de los adultos. Azucena y Christina forman una pareja especular: ambas proceden de la invisibilidad, pero responden a ella de maneras opuestas. Azucena se refugia en la utilidad y aprende que "ser necesaria es un consuelo pobre" (pág. 26), mientras Christina desarrolla una ambición que la lleva a instrumentalizar a los demás.   

La Inefable no aparece, sin embargo, como una villana plana: "No era maldad pura. Era supervivencia brutal. La única forma que conocía de no volver a desaparecer" (pág. 44). Esta precisión psicológica impide reducirla a una simple usurpadora y permite comprender que su crueldad procede también de una herida de origen. Julián, por su parte, encarna la falsificación estética del sufrimiento. Le atraen los poetas malditos y las figuras atormentadas, pero "el sufrimiento real, el que no tiene rima ni metáfora, el que huele a pampers sucios y a noches sin dormir, ese no lo conocía" (pág. 40). Mateo se convierte en el centro ético del relato. Aunque es utilizado por Christina como material narrativo y es incomprendido por su padre y por las instituciones, representa una existencia que no necesita adornarse ni promocionarse. La frase "Él es el manuscrito original que nadie se molesta en descifrar" (pág. 57) revela tanto el amor de la madre como el peligro de interpretarlo exclusivamente desde sus propias metáforas.   

La novela posee el valor de reconocer esa contradicción: Azucena denuncia que otros convierten a Mateo en símbolo, pero ella misma lo transforma repetidamente en materia de escritura. Al final, cuando admite que no calculó plenamente el efecto de sus decisiones sobre su hijo, el personaje alcanza una dolorosa lucidez moral. Ya no puede considerarse únicamente víctima; también debe responder por las consecuencias de sus actos. El ritmo narrativo evoluciona desde la evocación pausada de la infancia hasta una aceleración progresiva marcada por el robo de la autoría, la publicación de Gaviota, la muerte de Azucena, el juicio, la caída de Christina y el desenlace trágico de esta última. Los primeros capítulos se detienen en escenas fundacionales —la visita a la gitana, la adolescencia junto a la Inefable, el matrimonio con Julián y el nacimiento de Mateo— que explican la formación psicológica de la protagonista. Más adelante, la narración adquiere la velocidad de una intriga editorial y judicial. Los chocolates, la libreta, los manuscritos, las entrevistas y los contratos funcionan como indicios que preparan el desenlace.   

La estructura fragmentada, dividida en capítulos y subtítulos internos, permite que la historia avance mediante unidades breves, casi cinematográficas, sin perder la continuidad de la voz confesional. La atmósfera dominante es opresiva: casas cerradas, oficinas con olor a papel viejo, hospitales, pasillos administrativos, salas de juicio y habitaciones donde el silencio pesa más que los objetos. Incluso los lugares abiertos están contaminados por una sensación de fatalidad. El circo de la infancia, que debería representar alegría, conduce a la carpa oscura donde se anuncia la condena de Azucena. La semántica de la obra gira alrededor de oposiciones recurrentes: voz y silencio, autoría y anonimato, presencia e invisibilidad, original y copia, amor y utilización, vida y representación. El propio título condensa esas tensiones. La gaviota sugiere vuelo, desplazamiento, libertad y supervivencia, pero la palabra "marca" introduce la idea de herida, huella, firma y producto comercial. La gaviota no representa una libertad pura, sino una libertad herida, convertida en nombre editorial y sometida a disputas de propiedad. La marca termina siendo menos una señal comercial que una cicatriz de la memoria y una evidencia de la autoría recuperada.  

La dimensión dominicana de la novela no descansa solamente en sus referencias geográficas, monetarias o institucionales, sino en la descripción de una realidad cultural donde producir y hacer circular un libro constituye una forma de resistencia. Elsa Báez incorpora al relato los obstáculos concretos de la edición independiente: el alto costo del papel importado, las imprentas, los fletes, la escasa distribución, la falta de librerías y la reducida capacidad adquisitiva de los lectores. Azucena se pregunta: "¿Sabes cuánto cuesta imprimir un libro en Santo Domingo?" Y explica que una obra que debería venderse por quinientos pesos puede terminar costando novecientos, mientras el lector que vive con un salario limitado debe escoger entre comprar el libro o satisfacer necesidades inmediatas (pág. 49). Esta observación introduce en la ficción una reflexión económica y cultural que trasciende el drama individual.   

La invisibilidad de Azucena es también la de numerosos escritores dominicanos que publican sin apoyo, distribuyen personalmente sus obras y descubren que la impresión del volumen no garantiza su llegada al público. La afirmación "la escuela no forma lectores: forma gente que aprueba exámenes" (pág. 50) amplía la crítica hacia un sistema educativo que no siempre consigue convertir la lectura en experiencia placentera, reflexiva y permanente. La novela se convierte, por ello, en una defensa del ecosistema del libro nacional y en una denuncia de la distancia existente entre los discursos oficiales de apoyo a la cultura y la precariedad cotidiana de quienes escriben, corrigen, editan y publican. Báez no idealiza este mundo: muestra sus rivalidades, sus abusos y sus simulaciones, pero también reconoce que cada libro independiente representa una afirmación de existencia frente a la indiferencia colectiva.  

La enseñanza de la novela no puede reducirse a la simple recomendación de que los escritores promocionen sus libros, aunque esta idea tenga una presencia importante. Su sentido más profundo consiste en advertir que ninguna visibilidad obtenida mediante la apropiación del otro puede sostenerse indefinidamente, y que la palabra, cuando se separa de la responsabilidad, se convierte en instrumento de violencia. Azucena tarda demasiado en defender su autoría y Christina confunde reconocimiento con existencia; ambas terminan atrapadas en una lógica que las destruye. La primera cree que una obra podrá corregir su invisibilidad, pero descubre que ninguna reivindicación compensa las heridas producidas en quienes dependían emocionalmente de ella. La segunda intenta apropiarse incluso del final de Azucena y reproduce su gesto autodestructivo como si la muerte pudiera convertirse en otra forma de plagio. En el ámbito dominicano, la crítica a la precariedad cultural recuerda la preocupación social de Pedro Mir por los seres desplazados, la mirada desencantada de Marcio Veloz Maggiolo sobre las estructuras de poder y ciertos personajes femeninos de Hilma Contreras, quienes luchan contra los límites impuestos por su medio.   

Desde esta perspectiva comparativa, la intensidad introspectiva y el desdoblamiento de la identidad evocan, en Hispanoamérica, la prosa de Alejandra Pizarnik, especialmente por la relación entre silencio, escritura y autodestrucción; también se perciben ecos de Clarice Lispector en la exploración de la conciencia femenina, de Julio Cortázar en la naturalización de lo extraño y de Jorge Luis Borges en el juego entre autor, texto, copia y usurpación. La apropiación de una obra y la disolución de la identidad recuerdan asimismo ciertas ficciones de Roberto Bolaño sobre el prestigio literario y sus imposturas. Más allá del continente, la interlocución obsesiva con una destinataria ausente aproxima la novela al monólogo confesional de Sylvia Plath, mientras que la presencia de una voz que persiste después de la muerte puede relacionarse con tradiciones espectrales presentes en autoras como Virginia Woolf y Toni Morrison. No se trata de influencias que disminuyan la singularidad de Báez, sino de afinidades temáticas y expresivas: la novela participa de una tradición universal en la cual la escritura es refugio, espejo, máscara, acusación y tentativa desesperada de sobrevivir. 

 Al término de la obra, y concluyendo, Azucena comprende que el verdadero ajuste de cuentas no debe dirigirse únicamente contra Christina, la editorial o el sistema, sino contra la mujer, la escritora y la madre que ella misma fue. Esa autocrítica rescata la novela de cualquier simplificación moral y le concede una densidad humana considerable. Tener razones para sufrir no exime de responsabilidad, ser víctima no impide causar nuevas heridas y recuperar la voz no justifica abandonar a quienes dependen de nosotros. Elsa Báez ha construido una narración que denuncia la fragilidad del sector editorial dominicano, la exclusión de las personas con autismo, la explotación de la sensibilidad y la conversión del dolor en espectáculo; pero también celebra la capacidad de la palabra para atravesar el silencio y reclamar un lugar en la memoria. La última victoria de Azucena no consiste en alcanzar fama ni en derrotar públicamente a Christina, sino en conseguir que su versión permanezca y obligue al lector a mirar aquello que el mercado, las instituciones y los discursos públicos prefieren ocultar. La gaviota deja entonces de ser únicamente título, producto o emblema y se convierte en una marca imborrable: la señal de una conciencia que, aun hundida en la culpa y en la muerte, continúa sobrevolando sus heridas para advertirnos que toda palabra tiene un dueño, toda historia produce consecuencias y todo silencio, tarde o temprano, termina reclamando su voz. 

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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