Cada mañana, cuando la ciudad apenas comienza a organizar su ruido, alguien abre una puerta en una dependencia cultural del Estado. No hay cámaras ni discursos. Solo gestos simples: encender una luz, ordenar un escritorio, preparar el espacio, recibir a quien llega temprano.
En esa rutina silenciosa comienza, en realidad, un Ministerio de Cultura.
No nace en los actos solemnes ni en las agendas publicadas. Empieza en la responsabilidad cotidiana de quienes sostienen la institución y en la relación que el Estado establece con los ciudadanos que buscan en la cultura una oportunidad, un espacio o una respuesta.
Pero ese gesto inicial, que debería expresar institucionalidad, muchas veces termina diluyéndose en una estructura que funciona sin dirección clara.
Ese es, quizás, el principal problema de la gestión cultural dominicana: no la falta de actividad, sino la falta de rumbo.
Durante años se han multiplicado iniciativas, festivales, presentaciones y programas. La agenda cultural parece llena. Sin embargo, detrás de ese movimiento no siempre existe una arquitectura que dé continuidad y sentido a las acciones.
Se responde al calendario, pero no al horizonte.
Se organizan eventos, pero no se sostienen procesos.
Se proyecta presencia institucional, pero no necesariamente política cultural.
La diferencia es esencial. La actividad ocurre. La política construye.
Gobernar la cultura implica algo más exigente: crear las condiciones para que la cultura exista, se forme, circule y dialogue con la sociedad.
En ese punto, la responsabilidad comienza en la dirección.
El ministro de Cultura no es solo un administrador de programas o de presupuestos. Es quien define el propósito de la institución. Cuando ese propósito no está claro, el Ministerio en realidad funciona como una maquinaria de actividades.
Un Ministerio sin rumbo no gestiona cultura: la dispersa.
Ese problema se agrava cuando la estructura interna tampoco logra articularse. Los viceministerios deberían funcionar como piezas de un sistema coherente, capaces de conectar programas, territorios y sectores culturales. Pero cuando cada área opera de forma aislada, el Ministerio se fragmenta.
Nadie articula.
El resultado es una institución que crece en burocracia, pero no necesariamente en coherencia ni en impacto.
En el nivel operativo aparece otra distorsión frecuente: sustituir el criterio por la agenda. Se programan actividades sin formación de públicos, sin continuidad y sin evaluación.
La cultura se convierte entonces en una secuencia de actos.
Aparentemente hay movimiento.
En realidad, hay repetición.
Sin embargo, el punto más decisivo de la política cultural irradia en todas partes: está arriba y abajo en la base.
Está en gran parte en las instituciones artísticas, en el servidor público.
En la forma en que se atiende a un artista.
En cómo se responde una solicitud.
En cómo se orienta a un joven creador que llega sin contactos.
Ahí la política cultural deja de ser discurso y se convierte en experiencia. También, en las metas asignadas y las evaluaciones de resultados a las instituciones que forman parte del Ministerio.
Porque la cultura institucional no se expresa solamente en lo que se exhibe en los escenarios. Se expresa, sobre todo, en el trato que reciben quienes acuden al Estado en busca de apoyo, orientación o reconocimiento.
Cuando esa relación falla, todo lo demás pierde valor.
A esa fragilidad se suma otro problema estructural: la ausencia de memoria institucional.
Cada gestión parece comenzar desde cero. Se desmontan programas, se renombran iniciativas y se sustituyen equipos sin evaluar lo anterior.
No hay continuidad.
No hay acumulación.
No hay aprendizaje.
Sin memoria institucional no puede existir política cultural. Solo repetición disfrazada de cambio.
En ese contexto aparece una distorsión cada vez más visible: el Estado de imagen.
Se comunica más de lo que se transforma.
Se publica más de lo que se construye.
Se proyecta más de lo que se sostiene.
La narrativa termina sustituyendo a la política.
Y la difusión —muchas veces sostenida en la bulla, el aguaje y el movimiento— reemplaza la construcción institucional.
Sin embargo, también hay momentos que muestran lo que sí es posible.
El pasado 27 de febrero, en el Teatro Nacional Eduardo Brito, el público pudo disfrutar de un espectáculo artístico de alto nivel dirigido por el maestro Amaury Sánchez.
Durante casi dos horas el Estado cumplió una de sus funciones más nobles: garantizar acceso a la excelencia cultural.
Pero ese logro plantea una pregunta inevitable:
¿por qué ocurre como excepción y no como política?
¿Por qué no existe un circuito cultural nacional capaz de llevar espectáculos de esa calidad a todas las provincias del país?
Lo ocurrido ese día no debería ser un momento aislado. Debería ser un modelo.
Porque la cultura no puede depender únicamente de fechas conmemorativas ni de esfuerzos puntuales. Debe convertirse en una presencia continua en la vida del país.
La República Dominicana posee una larga tradición intelectual que entendió la cultura como fundamento de la nación.
Desde el siglo XIX, pensadores como Pedro Francisco Bonó, Salomé Ureña y Eugenio María de Hostos comprendieron la cultura como educación moral y proyecto social.
En ese mismo horizonte, Juan Pablo Duarte concibió la independencia no solo como un hecho político, sino como la afirmación de una conciencia nacional.
En el siglo XX, figuras como Pedro Mir, Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch y Joaquín Balaguer continuaron esa reflexión desde distintos ámbitos del pensamiento y la política.
Movimientos como La Poesía Sorprendida, con Freddy Gatón Arce, Mariano Lebrón Saviñón y Aída Cartagena Portalatín, ampliaron el horizonte intelectual dominicano y consolidaron una visión más exigente y universal de la cultura.
Lebrón Saviñón legó una de las obras más completas sobre la evolución cultural dominicana, organizada con rigor en cinco tomos.
También, los miembros de El Puño que renovó la literatura dominicana en la posguerra, utilizando la poesía y la narrativa como herramientas de expresión política y social.
Y en tiempos recientes, Avilés Blonda, Manuel Rueda, Marcio Veloz Maggiolo y José Rafael Lantigua han continuado esa reflexión, vinculando cultura, memoria, identidad y política pública.
No es una lista.
Es una tradición.
Y dentro de ella, tres figuras condensan su sentido:
Juan Pablo Duarte, Pedro Henríquez Ureña,y Juan Bosch.
En ellos, la cultura no es adorno ni instrumento de lucimiento político.
Es fundamento.
Todos ellos comprendieron algo esencial: la cultura no es solamente producción artística. Es pensamiento, educación, memoria histórica y conciencia crítica.
Por eso, cuando la cultura se limita a una programación de actividades, se pierde parte de su potencial transformador.
Una verdadera política cultural debe ir más allá del calendario de eventos. Debe fortalecer las instituciones culturales, garantizar el acceso de la población al arte y al conocimiento, estimular la investigación, proteger el patrimonio y apoyar la creación contemporánea.
También debe reconocer la diversidad cultural del país y promover el desarrollo cultural en todo el territorio nacional, no solo en los grandes centros urbanos.
La cultura es, además, un espacio fundamental para el diálogo social. En ella se expresan las preguntas, las tensiones y las aspiraciones de una sociedad.
Por eso mismo, una política cultural sólida no se construye únicamente desde el gobierno. Requiere la participación activa de artistas, gestores culturales, académicos, educadores, comunidades y organizaciones de la sociedad civil.
Se trata, en definitiva, de asumir la cultura como una responsabilidad colectiva y como una inversión estratégica para el futuro del país.
La República Dominicana posee talento creativo, tradición intelectual y una riqueza cultural extraordinaria. Lo que necesita es convertir esa riqueza en una política cultural sostenida, coherente y de largo plazo.
Porque los eventos culturales pueden iluminar un momento.
Pero solo una política cultural puede transformar una sociedad.
Los países que hacen de la cultura una política de Estado construyen futuro; los que la reducen a agenda, solo administran el presente.
Al final, un Ministerio de Cultura no se mide por lo que anuncia.
Se mide por lo que es capaz de sostener.
Porque lo que verdaderamente construye una política cultural no es el evento.
Es la estructura que permite que la cultura exista, crezca y llegue a todos.
Y esa estructura no se improvisa.
Se construye —o se abandona— todos los días.
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