Se repite con frecuencia que la cultura no debería depender de los políticos.

Y, en esencia, es una afirmación justa.

Pero detenernos ahí resulta insuficiente.

Porque hay una responsabilidad ineludible que exige que la política cultural sea conducida desde el Estado con rigor, visión y ética.

No basta con nombrar un ministro de Cultura.

La verdadera pregunta es otra: ¿para ejecutar qué plan o  proyecto?, ¿para sostener cuál visión de país?

Cuando desde el más alto nivel del Estado se realizan designaciones sin una visión clara de política cultural, no se trata solo de ocupar un cargo: se define una prioridad.

Y, con ello, se envía un mensaje.

Un mensaje que, con demasiada frecuencia, revela que la cultura puede esperar, que puede improvisarse, que puede administrarse sin rumbo.

Ahí comienza el problema.

Porque donde no hay visión, la acción se dispersa.

Y donde no hay proyecto, lo inmediato termina sustituyendo lo esencial.

En ese desplazamiento, la política cultural se reduce a agenda, a programación, a evento, y a una escena recurrente de elogios entre funcionarios en actos públicos, donde se legitiman mutuamente ante el Ejecutivo y el público presente.

Se gestiona actividad, pero no se construye estructura.

Se administra presencia, pero no se desarrolla sentido.

Cultura, Estado y educación: el fundamento

Ministerio de Cultura.

Conviene ser precisos.

Conviene ser precisos.

La cultura no puede quedar sujeta al ritmo de los gobiernos, que por naturaleza responden a lo inmediato; pero sí requiere del Estado como instancia capaz de proyectar la nación en el tiempo, y de la educación como el espacio donde se forma la conciencia que la sostiene, la interroga y la renueva.

Cuando esa relación se debilita, todo esfuerzo cultural pierde consistencia. Un Estado sin educación corre el riesgo de convertirse en una estructura sin sentido; una educación desvinculada del arte y de la cultura se empobrece en su esencia, volviéndose más rígida, más reproductiva y menos crítica; y una cultura aislada de ambos termina por diluirse, incapaz de arraigarse y de trascender su propio presente.

Es en el equilibrio vivo entre Estado, educación y cultura donde una sociedad encuentra no solo su forma de expresión, sino también su profundidad, su memoria y su capacidad de imaginar futuro.

Pero el problema no es únicamente conceptual; es también práctico. Cuando el presupuesto cultural no responde a una visión formativa y el gasto privilegia la exhibición sobre la formación y la consolidación del sistema cultural, lo que se debilita no es solo la institucionalidad, sino la propia idea de cultura como base de la nación.

No se trata de más instituciones, sino de una articulación real: un sistema donde cultura y educación no sean áreas separadas, sino dimensiones de un mismo proyecto nacional.

Porque cuando esa articulación no existe, lo que se pierde no es solo coherencia institucional: es la capacidad misma de una sociedad para pensarse, reconocerse y proyectarse en el tiempo.

La nación que se extiende

Bailarines del Ballet Nacional Dominicano

Hoy, la nación ya no cabe únicamente dentro de sus fronteras.

Se desplaza.

Se transforma.

Se reconfigura.

La diáspora no es un margen: es territorio vivo de la cultura.

Pero conviene decirlo con precisión: esa expansión no ha sido el resultado de una política cultural sostenida del Estado, sino de dinámicas diversas en las que la iniciativa de los creadores ha sido determinante.

Porque junto a la proyección natural de la cultura,

también existe otra realidad menos celebrada: la emigración de creadores en busca de condiciones que su propio país no les ofrece.

Bailarines, teatristas, escritores, músicos, cantantes.

No se van únicamente por vocación de mundo.

Se van, también, por falta de valoración, por ausencia de apoyo, por la imposibilidad de sostener su oficio como trabajo digno.

Y, sin embargo, es en ese desplazamiento donde la cultura dominicana demuestra su fuerza.

Como muestra de ello, ahí están nombres del ballet en compañías internacionales:

Sasa Queliz, Tancredo Tavárez, Michelle Jiménez, Alexa Torres, Raúl Valdez, Joel Rodríguez, Marcos Rodríguez.

En Nueva Zelanda, Jennifer Ulloa es principal dancer.

En Uruguay, Gabriela Delgado también.

Michelle Jiménez fue primera bailarina del Washington Ballet y hoy es maestra en el Netherlands Ballet.

Tancredo Tavárez formó parte de Martha Graham y ha sido maestro en Béjart Lausanne.

Alexa Torres integra el Paris Opera Ballet.

Desde Valverde Mao, Mayumi Sakamoto, formada en la Academia Vaganova de San Petersburgo, donde reside desde hace más de tres décadas, representa también esa presencia dominicana en los más altos niveles de la danza internacional.

Y la lista continúa: Cracovia, Miami, Cleveland.

No como presencia secundaria, sino como figuras principales.

Lo mismo ocurre en otras disciplinas: teatro, literatura, música.

Una diáspora creativa que crece no solo por expansión, sino por desplazamiento.

Aquí la pregunta es inevitable: ¿qué está haciendo el Estado y en particular el Ministerio de Cultura frente a esta realidad?

Porque no se trata solo de reconocer el talento cuando triunfa fuera, sino de preguntarse por qué no encuentra condiciones dentro.

El presupuesto del Ministerio y la orientación de sus gastos revelan una desconexión preocupante entre inversión y visión.

Se gasta, pero no se construye.

Se programa, pero no se estructura.

Se exhibe, pero no se sostiene.

Y ahí se revela la contradicción central: una política cultural que no consolida la cultura como sistema, como formación, como base de ciudadanía.

La nación, entonces, no solo se expande: también se vacía.

La cultura no es rehén del poder

Pedro Henríquez Ureña.

Pero hay una verdad esencial: la cultura no nace en el Estado.

Lo precede.

Habita, como señalaba Pedro Henríquez Ureña en el lenguaje, en la memoria, en la forma en que una sociedad se piensa.

Por eso, su fortaleza no depende solo de políticas públicas, sino de la relación que la sociedad establece con ella.

Cuando esa relación se debilita, la cultura se vuelve superficie.

Se reduce a consumo.

Se convierte en espectáculo.

Y en ese contexto, el poder encuentra un terreno cómodo: una cultura que no interpela, que no cuestiona, que no exige.

No como estructura, sino como escenografía.

No como formación, sino como evento.

Se exhibe, pero no se fortalece.

Se celebra, pero no se asume.

Y así, la cultura deja de ser conciencia para convertirse en representación.

Responsabilidad compartida

No hay un solo responsable. Somos todos.

La cultura se sostiene en una tensión viva:

— el poder que debe planificar,

— la educación que debe formar,

— los creadores que deben cuestionar,

— y la sociedad que debe exigir.

Pero esa tensión hoy se debilita.

Cuando la sociedad deja de exigir, el poder deja de responder.

Y cuando los creadores son empujados hacia la precariedad, la capacidad crítica se reduce.

El creador no solo está llamado a servir al poder, sino también a proponer  de manera independiente y confrontarlo cuando sea necesario.

Y el poder debe entender que una política cultural no se mide por actividades, sino por su capacidad de formar conciencia.

Invertir la relación

Estudiantes. Acento.com.do.

El desafío no es solo diseñar políticas culturales.

Es restituir el valor de la cultura en la vida cotidiana.

Que deje de ser un lujo y se convierta en necesidad.

Que deje de ser entretenimiento y se asuma como formación.

Solo entonces el presupuesto tendrá sentido.

Solo entonces la institucionalidad tendrá dirección.

Solo entonces la cultura será parte real del proyecto de nación.

Advertencia necesaria

La cultura no es un instrumento.

Es una forma de conciencia.

No se improvisa. No se decreta. No se simula.

Se construye en el tiempo.

En la educación, en la memoria y en la creación constante.

Y esa construcción solo es posible cuando se asume como una responsabilidad compartida: desde el Estado que proyecta, desde la educación que forma, desde los creadores que no renuncian a su voz y desde una sociedad que decide no abandonarse a la inmediatez.

Porque cuando una sociedad reduce la cultura a lo secundario, no pierde solo sensibilidad: pierde dirección.

Y una nación sin dirección no se derrumba de inmediato: se vacía lentamente.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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