La tradición ha enseñado la frase: «Nada se crea, nada se pierde, todo se transforma». Antes, en cualquier discusión estudiantil, en los debates de ciencias, tanto en las aulas como en los pasillos o en el patio de la escuela, era posible que alguien la pronunciara. No sé si ahora se hace tanto. Proviene de una paráfrasis del discurso científico de Antoine Lavoisier (1743-1794). En su Tratado elemental de química (1789) se lee lo siguiente: «… porque nada se crea, ni en las operaciones del arte ni en las de la naturaleza, y puede sentarse como principio que, en toda operación, hay una cantidad igual de materia antes y después de la operación…».

La llamada ley de conservación de la masa permite estructurar juicios sobre la creación artística. De entrada: «…nada se crea ni en las operaciones del arte ni en las de la naturaleza…». Si lo dicho anteriormente es cierto, como con cualquier otro tipo de creación, entonces… ¿qué hay de la creación artística? Como tal, ¿es solo retórica? ¿Qué tan creativos somos? Este tipo de análisis no se limita a esta ley, sino que conviene proyectarlo sobre postulados de origen religioso, los principios teóricos de la física cuántica y la información física, lo que permite adentrarse en posibles puntos de partida para la creación literaria.

Observemos la frase «No hay nada nuevo bajo el sol», que proviene de la Biblia, específicamente del libro de Eclesiastés (capítulo 1, versículo 9), y tradicionalmente se le atribuye al rey Salomón. La frase guarda estrecha relación con los principios de Lavoisier, pues los elementos fundamentales del mundo ya están dados y no se aumentan. Desde el análisis cuántico, nada se pierde en lo que respecta a la energía y la materia. Junto a este postulado, algunos investigadores plantean otro estado de la materia: el de la información (véanse el principio de Rolf Landauer, relativo a la información física, y el de Melvin Vopson, sobre la equivalencia entre masa, energía e información). Es decir, desde la física contemporánea, la información se considera una entidad física vinculada a la materia y la energía.

La creación artística literaria

¿De dónde se origina la creación artística? En este caso, no excluiremos dogmas filosóficos, religiosos ni teorías científicas. La reflexión permite desterrar la exclusión de cualquier tipo de pensamiento o creencia, a diferencia de lo que hemos postulado en otros ensayos estéticos. No es la negación de lo anterior; es la búsqueda de otras vías explicativas del fenómeno creativo.

La filosofía y las religiones se sustentan en pilares de pensamiento dogmático para autopreservarse y responder a las necesidades existenciales y a los misterios del universo, mientras que la ciencia se basa en la constatación, la refutabilidad y la capacidad de cambio ante nuevas evidencias, por las mismas razones expuestas anteriormente. El saber científico es mutable por diseño y el saber religioso es inmutable por doctrina; el saber filosófico es argumentativo por método y reflexivo por doctrina.

La creación artística no se reduce a ninguno de estos argumentos en particular; más bien, de ellos brota y se alimenta. Aquí, la palabra "brota" posee una importancia nuclear en el texto. Si brota, es que existe como ser en potencia o como ser en acto, tal como lo explicaba la filosofía aristotélica con el paso de la potencia al acto, que prefiero llamar impulso generativo del ser. Para ilustrarlo, citemos a Miguel Ángel —genio del Renacimiento italiano—, quien plasmó esta transición en sus Rime (Rimas y poemas), versos neoplatónicos incluidos en el soneto 151 (1538 y 1544): «No tiene el excelente artista ningún concepto / que un bloque de mármol no circunscriba ya en sí mismo / con su exceso; y solo a eso llega / la mano que obedece al intelecto». En ese sentido, no existirá el arte sin la posibilidad previa de su existencia.

Spinoza: razón e intuición en el despliegue del arte

En todo pervive el arte; el creador solo lo esculpe. Para ello, debe valerse de las espadas flamígeras de la imaginación, capaces de sondear los profundos laberintos metafísicos y psicológicos del alma. Se vale de signos y símbolos lingüísticos, de la razón y del lenguaje para desplegar cierta realidad ante algo potenciable. Ahora bien, ¿qué mueve el acto de despliegue o de creatividad? Sin duda, es el impulso generativo del ser (que no es la intuición de Spinoza) el que, en primera instancia, enciende la yesca que irradia el arte. Esa intuición emanada del ser suele ser ininteligible en primera instancia, y ahí entra la razón, hilvanando experiencias sensibles y saberes mediante el pensamiento organizado, lo que permite una intuición intelectual, definida por Baruch Spinoza como un golpe de vista inmediato, emanada de la razón, que capta la esencia singular del objeto y su conexión total con la naturaleza (Dios). (Spinoza, 1677/2020).

Con el tipo de razón descrito por Spinoza, que es un género anterior a la intuición intelectual, se establece un fundamento para la revelación del ser. Quizá es donde la intuición intelectual suele colindar con lo que la tradición asume como experiencia mística o estética. Pero ¿cuándo la creación es estrictamente artística? ¿En qué se diferencia del fenómeno puramente creativo? ¿Hay algo, dentro o fuera de la creación, que la haga artística? Sobre estos cuestionamientos se reflexionará en el desarrollo de los siguientes textos. Porque al hacerlo, convergen y se desencuentran varias teorías científicas, filosóficas, religiosas y metafísicas.

El impulso generativo del ser permea la imaginación, la razón y la intuición intelectual, y constituye una vía de acceso a lo inmanente.  O sea que, si los signos y símbolos del lenguaje se decodifican desde su raíz ontológica en la esencia del ser, que, a su vez, está unida a todo lo cósmico, entonces hilvanarlos mediante la construcción de un lenguaje intuitivo nos llevaría a una estética suprema, a una felicidad intelectual, a la reintegración en la esencia del ser, en un bucle recursivo.

Laberintos físicos y ontológicos

El misterio abre laberintos físicos y ontológicos en el acto emocional. Como bien señalaba Einstein (1930/2013): «La emoción más bella que podemos experimentar es el misterio. Es la fuente de toda verdadera ciencia y de todo arte verdadero». Ese misterio aludido genera un impulso vital para la creación artística. Sondearlo es la forma más certera de develarlo, de provocar el desgarro de las distintas capas de la realidad, sin tener la certeza absoluta de salir de esos laberintos.

El materialismo contemporáneo intenta definir la naturaleza de la creación artística y desestimar los misterios insondables del ser, que han sido explicados mediante teorías metafísicas y psicológicas, reduciendo este acto a una definición meramente material. Sin embargo, se enfrenta a los desafíos que plantea la propia naturaleza de la mente, como expresión de un vínculo inmanente con todas las cosas del universo. Aunque las explicaciones del fenómeno cuántico, con notables incertidumbres, pero con importantes aciertos, han permitido redefinir el concepto de la materia y la energía, estructurando un discurso científico expectante, no es menos cierto que, mientras más avanzan estas teorías y leyes comprobadas, más disperso se muestra el misterio del universo y de la naturaleza humana. En ese sentido, el materialismo físico no logra explicar el porqué de la conciencia subjetiva, como plantean Chalmers (2010) y Nagel (2014), quienes han criticado el reduccionismo contemporáneo y han argumentado la incapacidad de la ciencia para dar cuenta de la conciencia y de la existencia. Quizás sería útil reflexionar sobre los textos de Heisenberg (1958), en los que analiza cómo las nuevas leyes físicas restan rigidez al materialismo del siglo XIX, o sobre los de d’Espagnat, B. (2006), con su teoría de la realidad vedada, según la cual la realidad física no es independiente del observador, mientras que la realidad ontológica del ser permanece oculta, lo cual pretende responder a los dilemas de la mecánica cuántica. No quedan atrás esas interrogantes que cuestionan los fundamentos de la realidad tal y como la conocemos. ¿Dónde se encuentran los límites de la mente para alcanzar las certezas? Esta sería una de las interrogantes esenciales que figurarían en la lista reflexiva.

Lo anterior no descarta el materialismo contemporáneo, pero tampoco opta por una postura metafísica divina. Es solo una vía para reflexionar sobre posturas dogmáticas respecto de la creación artística, sabiendo que la descripción de la naturaleza del ser no ha alcanzado los límites del pensamiento, capaz de iluminar lo desconocido y develar los misterios de la existencia con una epistemología abierta, pero rigurosa.

La creación artística desde lo insondable

Siempre existirá lo insondable, tanto para la ciencia como para el arte. Al develar un misterio, la ciencia abre un abanico de cuestionamientos de distinta complejidad. En cambio, el arte no pretende responder ninguna pregunta, sino transitarla, generando emoción estética. Lo insondable del arte es precisamente esa experiencia. Cada destello estético genera un impulso vital de existencia y un tránsito hacia el reconocimiento ontológico, igualmente insondable.

El fenómeno artístico constituye la huella de la mente y del ser, que se manifiesta en la colisión entre realidades o abstracciones externas e internas, dando lugar a configuraciones estéticas catalogadas como creativas que actúan ante los vacíos de la existencia. En ese sentido, el artista forma parte del medio estético que posee el impulso vital para transformarlo en lenguajes simbólicos mediante sistemas de signos.

El arte concentra una energía renovada que luego colisiona, pues es síntesis y dispersión a la vez; funciona, en términos adornianos, como un «campo de fuerzas estéticas» en acción (Adorno, 2004).

Como ya habíamos expresado, esta reflexión no excluye tipos de pensamiento ni creencias, pero tampoco las da por sentadas. Ante la insondabilidad del mundo físico y las complejidades de la física contemporánea, así como la complejidad dialéctica que entraña la comprensión del mundo espiritual, en todas sus vertientes, podría recomendarse elevar el ejercicio de la razón spinoziana a grados superiores para despertar los actos intuitivos que generen explicaciones sobre la creatividad artística.

Tanto el origen y la creación como la consumación del arte generan múltiples campos explicativos por la misma insondabilidad y la inestabilidad inherente a dichos procesos, y por esas sinapsis, hasta ahora imposibles de explicar, entre la materia y el espíritu.

Domingo 8 de noviembre de 2026

Publicación para Acento No. 194

Referencias

Adorno, Theodor W. (2004). Teoría estética. (Trad. Jorge Navarro Pérez). Madrid: Ediciones Akal.

Aristóteles. (1994). Metafísica. (T. Calvo Martínez, Trad.). Gredos. (Obra original publicada ca. siglo IV a. C.).

Aristóteles. (2014). Acerca del alma (De Anima). (M. Boeri, Trad.). Editorial Colihue. (Obra original publicada ca. siglo IV a. C.).

Chalmers, D. J. (2010). The conscious mind: In search of a fundamental theory [La mente consciente: En busca de una teoría fundamental]. Oxford University Press.

Einstein, A. (2013). El mundo tal como yo lo veo (6.ª ed.). Editorial Brontes. (Obra original publicada en 1934).

Lavoisier, A. (1990). Tratado elemental de química. (R. Gago, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1789).

Nagel, T. (2014). La mente y el cosmos: Por qué la concepción neodarwinista materialista de la naturaleza es casi con certeza falsa. (H. Islas Azpeitia, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 2012).

Spinoza, B. (2020). Ética demostrada según el orden geométrico. (O. Cohan, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1677)

Virgilio López Azuán

Escritor y académico

Virgilio López Azuán es escritor y académico, exrector de la Universidad Tecnológica del Sur –UTESUR- y ex director general de Educación -MINERD-. Ha cursado maestrías y especialidades en Educación, Lingüística, Estudios Afroiberomericanos y Participación Comunitaria. López Azuán es fundador del Movimiento Literario Efluvismo y ha obtenido diversos premios nacionales de literatura en los géneros, cuento, poesía y teatro. Ha publicado una veintena de libros entre los que se destacan: La pretendida de Verapaz (Novela), Sumer: Poética de los números, Paraísos de la nada, Incendios del Agua, Paraísos de la imagen, Unicornio, Ladran los Huesos, Cuando la mar bota peces, entre otros.

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