No es del todo claro qué le ocurre a Macabéa cuando algo le duele. Hay momentos en los que el dolor parece pasar por ella sin encontrar dónde quedarse.
Leyendo La hora de la estrella, uno tiene a veces la impresión de algo que todavía no sabe formular del todo. Una especie de incomodidad en la manera en que la vida de Macabéa se deja contar. No es solo que su historia sea precaria. Es otra cosa, más difícil de precisar: como si hubiera vidas que no encajan del todo en la forma narrativa que intenta contenerlas.
A veces aparece la sospecha —todavía inestable, casi insegura de sí misma— de que Clarice Lispector no “elige” simplemente ese tipo de vida, sino que se aproxima a ella como si no pudiera evitarlo del todo. Como si el material mismo resistiera ser convertido en relato, incluso antes de cualquier decisión consciente.
Hay incluso momentos en los que Macabéa parece no terminar de convertirse en alguien que pueda narrarse. No es exactamente una incapacidad visible, ni un rasgo estable. Es más bien una especie de desfase: algo en ella no llega a cuajar en experiencia organizada.
Su vida ocurre entre restos: una habitación pobre, un empleo mecánico, la radio, el cuerpo débil, el deseo confuso de gustarle a alguien. Hay algo casi insoportable en su manera de existir, y no precisamente por la miseria material. Lo perturbador es otra cosa: Macabéa parece incapaz de sufrir de la manera correcta.
Su dolor no produce grandeza. No genera épica. Ni siquiera genera demasiada compasión. Hay personas cuya tristeza llega al lenguaje demasiado tarde; Macabéa pertenece a esa especie. Incluso cuando es humillada, abandonada o despreciada, algo en ella permanece extrañamente intacto, como si no terminara de comprender del todo lo que le ocurre. Su sufrimiento parece ocurrir en una zona anterior a la conciencia.
Muchos libros sobre pobreza todavía conservan cierta fe en la redención narrativa. El sufrimiento ennoblece, ilumina, revela profundidades ocultas. Lispector destruye discretamente esa expectativa. La vida de Macabéa no adquiere espesor porque sea miserable. Al contrario: su miseria parece vaciar incluso las herramientas habituales con las que solemos producir sentido. La novela obliga al lector a enfrentarse a una verdad amarga: quizá no toda vida contiene una forma visible de profundidad.
Por eso Rodrigo S. M. —el narrador ficticio de la novela— habla tanto.
Habla demasiado.
Corrige frases, duda, se contradice, teoriza sobre la escritura mientras escribe. A veces parece un narrador; otras veces, alguien intentando retrasar una catástrofe. Porque Rodrigo entiende algo que vuelve inestable toda la novela: transformar a Macabéa en personaje ya implica traicionarla un poco.
La literatura organiza. Selecciona. Distribuye importancia. Y Macabéa parece existir justamente por debajo de esos mecanismos de relevancia. No posee interioridad espectacular ni conciencia crítica de su situación. Incluso su dolor ocurre de manera opaca, desordenada, casi fisiológica. Hay momentos en que uno siente que Macabéa no está exactamente triste. Está apenas cansada de existir.
Quizá por eso Rodrigo habla sin parar. Como si sospechara que, en el momento en que deje de producir lenguaje alrededor de ella, Macabéa desaparecerá por completo. Pero también hay algo más incómodo: uno percibe a veces que Rodrigo necesita convertir a Macabéa en literatura para soportarla. Darle forma es domesticar un poco el escándalo de su insignificancia.
Tal vez ahí aparezca la dimensión más radical de la novela. No en la denuncia social, ni en la experimentación formal, sino en la negativa de Lispector a embellecer aquello que mira. Macabéa no es convertida en símbolo heroico de los excluidos. Tampoco en víctima sagrada. Sigue siendo torpe, limitada, a veces irritante. La novela no pide admirarla. Apenas obliga a soportar su presencia.
Y eso resulta difícil.
Porque el lector también participa de cierta violencia. Uno quiere que Macabéa “signifique” algo. Quiere rescatar de ella una lección moral, política o existencial que justifique el acto de mirarla durante tantas páginas. Lispector frustra continuamente esa expectativa. La novela parece sospechar de cualquier intento de transformar el sufrimiento en capital emocional.
Quizá toda lectura de Macabéa contenga una dosis inevitable de abuso. Uno también quiere hacer algo con ella: interpretarla, salvarla simbólicamente, volverla pensamiento. Incluso este ensayo participa un poco de esa ansiedad. Tal vez porque aceptar una vida completamente opaca resultaría insoportable.
El lenguaje mismo se contamina de esa incomodidad. La hora de la estrella avanza a trompicones: interrupciones, frases que retroceden, digresiones repentinas, momentos de lirismo seguidos por una especie de sequedad deliberada. El texto no fluye cómodamente porque la novela parece desconfiar de toda fluidez, de todo lenguaje. Como si escribir bien sobre Macabéa fuera otra forma de falsificación.
Decir que la forma es “fragmentaria” todavía suena demasiado técnico. La sensación real es otra: algo en la escritura parece desnutrido. Lispector produce un lenguaje que da la impresión de estar perdiendo cuerpo mientras avanza. Rodrigo quiere salvar a Macabéa con palabras, pero las palabras ya pertenecen al mundo que la dejó afuera.
Y, sin embargo, hay ternura.
No una ternura sentimental, sino algo más extraño. Rodrigo mira a Macabéa como quien observa una criatura frágil cuya desaparición ya está ocurriendo ante sus ojos. Quizá por eso la novela produce tanta ansiedad verbal. El narrador escribe contra el borramiento. Sabe que el mundo está lleno de vidas que desaparecen sin dejar huella y sospecha que la literatura apenas puede hacer algo mínimo frente a eso.
El final vuelve esa impotencia insoportable. Después de escuchar la promesa absurda de felicidad anunciada por Madame Carlota, Macabéa muere atropellada. Solo entonces recibe una especie de iluminación tardía: su “hora de la estrella”. Pero la escena no ofrece ninguna trascendencia verdadera. La muerte no corrige la vida. No la vuelve significativa retrospectivamente. Apenas interrumpe una existencia que ya venía siendo interrumpida desde mucho antes.
Quizá por eso la novela permanece. No porque entregue respuestas memorables sobre la pobreza o la exclusión, sino porque deja una pregunta abierta que sigue resultando difícil de soportar: qué hacer con aquellas vidas que ni siquiera consiguen sufrir de una manera que el mundo considere narrativamente valiosa.
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