La poesía, no se puede, menos que decir, es la expresión más elevada del espíritu y el ser de las cosas.

Su belleza, impregnada de musicalidad, ritmo y cadencia, atrapa el alma, emociona y produce, no sin intensidad, goce duradero a los sentidos.

De no ser así, carecería de significado y, entonces, seríamos presa inofensiva de la pesadumbre, la desazón y el desinterés.

Desde hace no poco tiempo, el maestro Julio Cuevas viene cultivando y haciendo buena poesía.

Con gran vocación, mirada inteligente y pasión, se adentra en el ser de la realidad y la esencia del arte sublime.

Mediante rigurosos procesos de abstracción, logra  descubrir (más allá de apariencias) las representaciones y temáticas que les servirían, en todo caso, de fundamentos a sus más diversas creaciones poéticas, ensayos, artículos, reseñas y variadas narraciones.

Sus poemas, tanto en la forma como en el contenido, son, ciertamente, de incomparable belleza.

De ahí que sean, si se quiere, razón de su pensar, ver y sentir.

De ahí que su conciencia, exenta de cursilerías banales, sea “en sí” y “para sí”.

Debido a ello, las más de las veces, puede traducir, no sin esfuerzos (teóricos- reflexivos), sus experiencias y vivencialidades, en deslumbrantes bellezas poéticas, cuya musicalidad alegra la vida y días aciagos, al tiempo que permite escuchar el susurro melodioso del lenguaje de la naturaleza y los secretos más recónditos que la colman de sombríos misterios.

Ello, desde luego, dignifica y cualifica su manera particular de hacer poesía de notable calidad estética.

Y no es para menos, ya que la poesía es indispensable a nuestro vivir.

Sin ella, viviríamos desorientados y, quizás, lo más terrible: moriríamos apenados y torturados (por el dolor y la desdicha tormentosa) en medio de la desolación, los suspiros sórdidos de la nostalgia y el olvido.

Si no existiese ritmo, cadencia y belleza de la poesía, el rostro de la vida, más que poco, sería descolorido y, de tanto en tanto, desfigurado, horrible y marchito.

Pero, afortunadamente, la fuerza expresiva de la poesía, por decirlo de algún modo, imprime gracia y dinamismo a nuestra existencia.

Su belleza, pudiera decirse, es aliciente curativo de enfermedades emocionales. Por esa y otras razones, nadie, por más que lo quisiese, podría prescindir de sus incontables beneficios.

En efecto, como se ha de saber, la poesía no es unívoca, sino, más bien, plurisignificativa, en tanto cuanto refleja- con   palabras- diferentes sentidos que, de más en más, permanecen en objetos, cosas y lugares.

Por tanto, su belleza jamás estaría ensimismada, sin posibilidad alguna de ser aprehendida.

En cualquier caso, siempre habrá poesía en los árboles, piedras, ríos y mares.

Dicho con mayor precisión y amplitud: hay poesía en todo cuanto existe.

Los ciegos de espíritu, jamás lo sabrían siquiera una vez.

En verdad, nunca sentirían el encanto seductor de su aroma.

Por desconocimiento, le parecería insulsa, lo cual, sin duda alguna, habría de ser aberrante y de mal gusto.

Independientemente de eso, Cuevas defiende y reproduce, con voluntad inquebrantable, la belleza de la poesía.

Cada poema suyo revela el buen uso de la metáfora y otras imágenes literarias.

Él conoce (con profundo rigor) la fuerza comunicacional de la metáfora.

Tiene plena conciencia de que sin ella el poema sería escuálido y de escasa (o ninguna) significación artística.

Con naturalidad y absoluta propiedad, Cuevas revela su parecer sobre lo que justifica el sentido de la metáfora.

En términos claros, dice:

En la metáfora hay una transposición de los significados de las palabras, de ahí el fundamento multivoco propio del discurso literario. En la metáfora hay una simbolización que extralimita el carácter lógico y monosémico del concepto (…)”.

Cierto: la metáfora traspasa el sentido de las palabras; combina su semejanza y, a la vez, pone al descubierto su belleza irresistible.

Por eso, justamente, Cuevas maneja, con asombrosa maestría, el valioso recurso de la metáfora.

Ello es visible en sus poemas, signados por el ser distintivos de la musicalidad, el ritmo, la cadencia y belleza sugestiva de la poesía.

Joseph Mendoza

Joseph Mendoza. Comunicador social y filósofo con postgrado en Educación Superior, obtenidos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Magister en filosofía en un Mundo Global en la Universidad del País Vasco (UPU) y la UASD. Además, es profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tiene varios libros, artículos y ensayos publicados y dictados conferencias en la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

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