“El poder de la imaginación nos hace infinitos”. — John Muir

‘’Juguemos a las greguerías’’, de nuestra laureada escritora infantojuvenil Brunilda Contreras, publicado por Ediciones Amigos del Hogar en 2025, nos invita a internarnos en el fascinante universo de las greguerías, donde la fantasía y el ingenio de la autora nos colman de asombro. Las greguerías, creadas por Ramón Gómez de la Serna, resurgen en esta propuesta de Brunilda Contreras no solo como pequeñas joyas estéticas, también como herramientas de enorme valor pedagógico para la enseñanza del español.

En este texto apreciamos la vigencia de la greguería dentro de la literatura contemporánea, su relación con la fragmentación del mundo actual y su utilidad como recurso didáctico capaz de estimular la creatividad, la interpretación y la competencia lingüística. Desde sus primeras publicaciones a inicios del siglo XX, las greguerías han demostrado una sorprendente capacidad de permanencia. En un panorama literario donde muchas obras extensas pierden relevancia con el paso del tiempo, estas “miniaturas verbales” han sobrevivido gracias a su frescura, agudeza y capacidad de adaptarse a distintas épocas.

Gómez de la Serna definía la greguería como una suma de metáfora y humorismo, fórmula que condensa perfectamente su esencia: una mirada inesperada sobre la realidad que provoca, al mismo tiempo, reflexión y sonrisa. Esta combinación resulta especialmente afín al lector contemporáneo, habituado a la inmediatez, la brevedad y la multiplicidad de estímulos. En efecto, su modernidad no es casual; responde a una transformación más amplia en la manera en que los individuos perciben y narran su existencia.

Brunilda Contreras.

Vivimos en una época marcada por la fragmentación. Las grandes narrativas lineales han sido sustituidas por experiencias dispersas, discontinuas, casi caóticas. En este contexto, la greguería se presenta como una forma literaria capaz de capturar lo efímero, lo instantáneo, aquello que apenas ocupa una línea, pero encierra una verdad intuitiva. Así, estas piezas se asemejan a destellos de conciencia, pequeñas iluminaciones que, aunque fugaces, resultan profundamente significativas.

Esta relación entre forma literaria y experiencia vital conecta también con corrientes contemporáneas como el microrrelato y la minificción. Aunque a menudo se confunden con las greguerías, estas formas comparten con ellas el gusto por la condensación y la sugerencia. Sin embargo, la greguería posee una identidad propia basada en la ruptura lógica, la asociación inesperada y el juego lingüístico. No busca contar una historia en el sentido tradicional; pretende redefinir el mundo a través de metáforas sorprendentes. En este sentido, podría afirmarse que la greguería no narra: revela.

Por otro lado, el texto destaca un aspecto fundamental: el contexto cultural en el que resurgen estas formas breves. La contemporaneidad está marcada por el relativismo, la sobreabundancia de información y la difusa frontera entre realidad y ficción. Ante esta incertidumbre, la literatura parece buscar refugio en lo mínimo, en lo inmediato, en lo aparentemente insignificante. La greguería responde a esta necesidad al ofrecer pequeñas certezas subjetivas, intuiciones que no pretenden ser universales ni definitivas, pero que conectan profundamente con la experiencia individual del lector.

Más allá de su valor artístico, uno de los aportes más relevantes del texto es la reivindicación de la greguería como herramienta didáctica. En el ámbito educativo, estas piezas ofrecen múltiples ventajas. Su brevedad permite trabajar textos completos en una sola clase, facilitando la comprensión global sin sobrecargar al estudiante. Además, su ambigüedad estimula la interpretación y el debate, favoreciendo un aprendizaje activo y participativo.

Asimismo, las greguerías fomentan el desarrollo de la llamada “competencia metafórica”, es decir, la capacidad de comprender y producir metáforas. Este aspecto resulta crucial, ya que el lenguaje cotidiano está impregnado de expresiones figuradas que los métodos tradicionales suelen pasar por alto. Al invitar a los estudiantes a crear sus propias greguerías, se les anima a explorar nuevas formas de expresión, a romper con estructuras rígidas y a jugar con el idioma de manera creativa.

Otro elemento clave es la desacralización de la literatura. Frente a la idea de que los textos literarios son inaccesibles o exclusivos de niveles avanzados, la greguería se presenta como un género cercano, lúdico y accesible. Su carácter humorístico e irreverente elimina barreras y permite que los estudiantes se acerquen a la literatura sin temor ni prejuicios. En este sentido, no solo se enseña lengua: también se cultiva una actitud, la de mirar el mundo con curiosidad, ironía y libertad.

La actividad propuesta en el texto ejemplifica perfectamente este enfoque. A través de la lectura, el análisis y la creación de greguerías, los estudiantes no solo desarrollan habilidades lingüísticas, sino que participan en un proceso creativo que fortalece su relación con el idioma. La escritura de greguerías a partir de estímulos aleatorios, por ejemplo, obliga a establecer conexiones inéditas entre ideas, estimulando tanto la imaginación como el pensamiento crítico.

Este libro infantojuvenil pone de manifiesto la riqueza de un género que, a pesar de su brevedad, encierra un enorme potencial literario y pedagógico. En un mundo fragmentado, acelerado y saturado de información, la greguería emerge como una forma de resistencia estética: un espacio donde lo mínimo adquiere profundidad, donde el humor se transforma en conocimiento y donde el lenguaje recupera su capacidad de asombro. Integrarlas a la enseñanza del español no solo constituye una estrategia eficaz, sino también una invitación a redescubrir la literatura desde una mirada más libre, creativa y humana.

“El guineo es una luna en fase menguante”; “la luna es el refugio favorito de los despistados”. Este texto no solo se lee: se respira. Es un archipiélago de imágenes que no buscan explicar el mundo, sino torcerlo suavemente hasta revelar su costado secreto. Aquí, cada frase funciona como una abertura por donde se filtra otra manera de mirar: más lúdica, más inquietante, más humana. Porque lo que parece un simple juego verbal es, en realidad, una profunda exploración de la percepción, el lenguaje y la conciencia.

Con ilustraciones sugerentes, tiernas y divertidas de la artista plástica y escritora Verouschka Freixas, el libro amplía su dimensión poética y visual. “El murciélago tiene sueños claros porque solo duerme de día”. No se trata únicamente de una ocurrencia ingeniosa; es también la insinuación de que todo encierra un propósito oculto. El mundo deja de ser pasivo: observa, escucha, se disfraza. Y en ese gesto, el ser humano se reconoce.

Luego aparece la medusa: sin cerebro, sin corazón. Un ser que existe sin sentir, o quizás siente de una forma inaccesible para nuestras categorías humanas. Esta imagen sacude una certeza fundamental: ¿es el pensamiento lo que define la existencia?, ¿o existen formas de vida que flotan, como la medusa, en un presente puro, sin memoria ni angustia? La medusa no sufre, pero tampoco recuerda. Y en ese extraño equilibrio emerge una pregunta psicológica inquietante: ¿cuánto del dolor humano nace precisamente de nuestra capacidad para recordar y anticipar?

El texto avanza como un pulso, como una respiración irregular que alterna humor y vértigo. Las cangrejas depilándose con sus pinzas introducen una ternura absurda, casi infantil; sin embargo, detrás de esa imagen existe una humanización del instinto: proyectamos nuestras rutinas sobre lo otro para comprenderlo, pero también para no sentirnos tan solos en nuestras manías.

Lo mismo ocurre con la ostra que cuida su “ese”: el lenguaje se convierte en cuerpo, en una identidad frágil que puede alterarse con un mínimo descuido. Aquí, lo lingüístico y lo ontológico se entrelazan: ser es también pronunciarse correctamente.

“Todo lo que viene del calamar es de buena tinta”. Esta afirmación, aparentemente ligera, contiene una auténtica poética de la creación. La tinta, símbolo de escritura, proviene de un animal que se defiende manchando el agua. Escribir, entonces, podría entenderse como un acto de defensa: una manera de ocultarse, de sobrevivir, de dejar huellas mientras se huye. La escritura aparece, así como mancha, refugio y evidencia.

Y de pronto surge el mar: “Al mar se le saló la vida”. Aquí la imagen se invierte. No es el mar el que sala; es la vida la que se vuelve amarga dentro de él. Esta inversión revela una mirada filosófica profunda: no son las cosas las que poseen cualidades fijas; las cualidades emergen de nuestra experiencia con ellas. El mundo no es salado: es nuestra vivencia del mundo la que adquiere sabor.

El pulpo, con sus tres corazones, ama demasiado. La repetición no es descuido: es insistencia. El amor, entendido como un órgano múltiple, desborda la lógica de lo singular. Amar intensamente no parece una elección, sino una condición biológica inevitable. Y en ese exceso habitan tanto la belleza como la vulnerabilidad. Quien posee más corazón, también está más expuesto al sufrimiento. La biología se transforma, entonces, en destino emocional.

El pulpo tiene tres corazones.
Por eso ama demasiado.

Ama como aman los mares
cuando golpean la costa
sin cansarse nunca.

Cada corazón suyo
es una puerta abierta al dolor,
porque quien siente más
también se rompe más veces.

Tal vez por eso el ser humano
vive remendándose el pecho
con palabras,
con recuerdos,
con abrazos breves.

Mientras tanto, el pulpo continúa
flotando en la profundidad,
como una metáfora húmeda
de todo lo que sentimos
y no sabemos explicar.

A medida que el texto avanza, la realidad se disuelve en asociaciones cada vez más libres, demostrando que la imaginación no es un simple escape de la realidad, sino otra forma más profunda y sensible de comprenderla.

La caracola como “cola con cara”, el caracol como “nómada que carga su casa”, el águila y el halcón cuestionando jerarquías sociales… Todo apunta hacia una crítica sutil: las categorías que organizan el mundo: realeza, propiedad, identidad, son construcciones arbitrarias. El lenguaje las sostiene, pero también puede desmontarlas.

El gallo, erguido sobre la cresta del machismo, y el pavo real, desplegado como abanico de vanidad, introducen una dimensión social más compleja. Aquí, la metáfora deja de ser inocente: señala conductas humanas, estructuras de poder y frivolidades cotidianas. El animal se convierte en alegoría, y lo natural, en denuncia. Lo psicológico emerge con claridad: el orgullo como exhibición excesiva, el machismo como altura impostada.

En la segunda mitad del texto, la mirada se desplaza hacia lo humano y lo cotidiano: el cuerpo, los objetos, los números. Las sandalias como ventanas de los dedos; las orejas de los elefantes como alas inútiles… Existe una tensión constante entre función y deseo. Todo parece anhelar convertirse en otra cosa. Las orejas desean volar, los números quieren nacer, el cero sueña con transformarse en letra. Esa insatisfacción latente revela una verdad psicológica profunda: la identidad nunca es fija; permanece siempre en construcción, siempre deseando mutar.

El lenguaje mismo entra en crisis: la “hache” muda, la “equis” como misterio, la “zeta” zigzagueante. El abecedario deja de ser herramienta para convertirse en enigma. Y en ese gesto, el texto sugiere que el lenguaje no solo describe la realidad: también la complica, la distorsiona y la reinventa. Pensar es, en parte, perderse dentro de esas formas.

Las sandalias son ventanas
para que los dedos miren el camino.

La “hache” es un fantasma
que habita dentro del alfabeto.

La “zeta” camina en zigzag
porque nunca aprendió a obedecer.

Y el cero, cansado de ser vacío,
quiere convertirse en letra
para tener nombre.

Todo en el lenguaje tiembla.
Nada permanece quieto.

Las palabras no describen el mundo:
lo reinventan
como un niño que dibuja alas
en la espalda de un elefante.

Finalmente, las preguntas abiertas ‘’¿en dónde pasa la noche el sol?’’, ‘’¿dónde guarda el gato sus otras vidas?’’ no buscan respuestas; son grietas deliberadas dentro de la lógica. Invitan a habitar la incertidumbre, a aceptar que no todo necesita resolverse. Filosóficamente, esto resulta esencial: el conocimiento no siempre avanza cerrando interrogantes, avanza aprendiendo a sostenerlos.

Este texto, en su aparente caos, construye una auténtica poética del asombro. Ritmo, imagen y pensamiento se entrelazan para recordarnos algo fundamental: el mundo no es únicamente lo que vemos, sino aquello que somos capaces de imaginar sobre él. Y en esa imaginación, la mente humana revela tanto su fragilidad como su grandeza. Porque, quizás, al final no somos muy distintos del caracol: criaturas que avanzan lentamente, cargando su casa, soñando sueños interminables mientras intentan comprender un universo que siempre les queda un poco grande.

El caracol avanza lentamente
porque conoce el peso de la existencia.

Carga su casa,
sus silencios,
sus inviernos diminutos.

Nunca corre.

Quizás entiende algo
que nosotros olvidamos:
que la vida no consiste en llegar rápido,
sino en contemplar la lluvia
sin dejar de moverse.

A veces pienso
que todos somos caracoles invisibles,
viajeros pequeños
intentando comprender un universo
demasiado grande para nuestros ojos.

Si la fantasía se extraviara, no sería el mundo quien la lloraría; sería el lenguaje quien saldría a buscarla con los ojos abiertos. Porque la fantasía no habita en castillos remotos ni en criaturas imposibles. Vive en la manera en que nombramos lo cotidiano. Y allí, en ese territorio donde las palabras respiran, las greguerías se levantan como pequeñas brújulas del asombro, señalando caminos invisibles dentro de lo visible.

Si la fantasía se pierde una tarde,
no habrá campanas ni duelo en las calles;
serán las palabras, descalzas y lentas,
quienes salgan a buscarla.

La encontrarán escondida
dentro de un guineo amarillo
que sueña con ser luna,
o durmiendo en la espalda de un caracol
que carga su casa
como quien arrastra sus recuerdos.

Las greguerías
son pájaros diminutos
picoteando la realidad
hasta abrirle grietas de luz.

Y entonces comprendemos
que el mundo no termina en lo visible:
debajo de cada objeto
hay otro universo respirando.

Decir que las palabras son un mundo no constituye una metáfora gastada: es una afirmación ontológica. En ellas no solo se describe la realidad; también se construye, se deforma y se reinventa. La greguería, esa chispa donde se abrazan la metáfora y el humor, rompe la rigidez del lenguaje y lo devuelve a su estado más puro: juego, ritmo e intuición. Pensar, entonces, deja de ser una actividad lineal y se transforma en salto, en danza breve entre todo lo que existe y todo lo que podría existir.

Brunilda Contreras.

En este universo, lo posible jamás deja de maravillar. La copa del árbol convertida en cielo para las aves; la jirafa con un corazón demasiado grande; las ovejas eternamente cansadas; los edificios usando zapatos; el buey un poco torpe porque solo conoce una vocal. Cada imagen no es únicamente ingenio: también es una grieta en la percepción automática.

Psicológicamente, las greguerías funcionan como detonadores. Interrumpen la rutina cognitiva y obligan a la mente a reorganizarse, a establecer conexiones inesperadas. Allí donde el pensamiento se vuelve hábito, la greguería introduce sorpresa. Y la sorpresa, en el fondo, es otra forma de conocimiento.

Existe en este juego una dimensión profundamente humana: la necesidad de resignificar aquello que nos rodea. El niño que descubre que una mariquita puede confundir una sandía con su bisabuela no solo ríe; también comprende que el mundo no está cerrado, que puede interpretarse desde múltiples perspectivas. Esa flexibilidad constituye la raíz de la creatividad, pero también de la empatía. Mirar de otra manera es, en cierto sentido, sentir de otra manera.

El lenguaje, entonces, no es un instrumento neutro. Posee música, cuerpo e intención. Cada palabra arrastra una historia, un ritmo interno que puede afinarse o desviarse. Las greguerías lo saben: por eso no pretenden explicar, pretende sugerir; no imponen significados, los provocan. Son pequeñas detonaciones de sentido que no concluyen: abren.

Desde una mirada filosófica, este tipo de escritura desafía la lógica utilitaria del lenguaje. No sirve para dar órdenes ni para transmitir información inmediata; sirve para algo más esencial y, a la vez, más olvidado: despertar. Despertar la mirada, la sensibilidad y la capacidad de habitar el misterio sin la necesidad de resolverlo.

En un mundo que exige respuestas rápidas, la greguería se permite la pausa del asombro. Y en esa pausa emerge lo psicológico: la mente que juega es una mente que se libera. Se libera de la literalidad, de la rigidez, del temor a lo absurdo. Porque lo absurdo, lejos de ser vacío, constituye un territorio fértil donde lo imposible se convierte en lenguaje y lo invisible adquiere imagen.

En un mundo lleno de ruido,
las greguerías hablan bajito.

No gritan verdades.
Las insinúan.

Dicen que el murciélago
tiene sueños claros
porque duerme de día.

Dicen que el mar
también puede cansarse de sí mismo.

Y de pronto,
sin darnos cuenta,
el corazón empieza a mirar distinto.

Porque el asombro
no es un lujo de la infancia:
es una forma secreta de resistencia.

Quien todavía puede maravillarse
frente a una imagen absurda,
todavía conserva intacta
una parte de su alma.

El niño que juega con palabras no está perdiendo el tiempo: está construyendo una manera más amplia de comprender la realidad.

También existe una dimensión afectiva en este ejercicio: la ternura con la que se contempla el mundo. Esa capacidad de ver en un murciélago una sombrilla mágica, en unas sandalias pequeñas ventanas, y de preguntarse dónde pasa el sol sus noches, revela una relación íntima con lo existente. No se trata de dominar el mundo, se trata de dialogar con él. Y ese diálogo es, en esencia, poético.

Cuando la fantasía parece ausente, no es porque haya desaparecido, es porque hemos dejado de buscarla en los lugares correctos. Está en el giro inesperado de una frase, en la sonrisa que provoca una imagen absurda, en el instante en que lo cotidiano se vuelve extraño. Allí, justamente allí, la brújula del lenguaje apunta hacia lo invisible.

Quizás por eso este tipo de escritura no pertenece únicamente a la infancia. Es un recordatorio para todas las edades: pensar también puede ser imaginar; vivir no consiste solamente en entender, también en maravillarse.

Al final, cerrar un texto así resulta casi una contradicción, porque cada idea no desea concluir: quiere expandirse. Pero toda oración necesita su freno, su pequeño abismo final. Y entonces, como quien no quiere romper el hechizo, dejamos un punto. No como cierre, si como promesa.

Juguemos a las greguerías: un viaje inusual por las letras de Brunilda Contreras.

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. -Miembro del Ateneo insular Interiorista. -Libros: 1, 2, 3 lindas poesías para ti ( 2024), Odette y las mariquitas de papel (2025), El Charamico Mágico de la Navidad( 2025), y Voces de mi patria(2026). Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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