La relación de Juan Ramón Jiménez con los poetas dominicanos de la Poesía Sorprendida se remonta a los años cuarenta. En su número XV, de junio y julio de 1945, los editores y directores de la revista La Poesía Sorprendida –Freddy Gatón Arce, Eugenio Fernández Granell, Rafael Américo Henríquez, Antonio Fernández Spencer, Alberto Baeza Flores y Franklin Mieses Burgos-, publicaron el poema de Juan Ramón Jiménez, titulado Mensajera de la estación total, que dice:
Todas las frutas eran de su cuerpo,
las flores todas, de su alma:
y venía, y venía
entre las hojas verdes, rojas, cobres,
por los caminos todos
de cuyo fin con árboles desnudos
pasados en su fin a otro verdor,
ella había salido
y eran su casa llena natural.
¿Y a qué venía, a qué venía?
Venía sólo a no acabar,
A perseguir en sí toda la luz,
A iluminar en sí toda la vida
Con forma verdadera y suficiente.
Eran lo elemental más apretado
En redondez esbelta y elegida:
Agua y fuego con tierra y aire,
Cinta ideal de suma gracia,
Combinación y metamorfosis.
Espejo de iris májico de sí,
Que viese lo de afuera desde fuera
Y lo de adentro desde dentro;
La delicada y fuerte realidad
De la imagen completa.
Mensajera de la estación total,
Todo se hacía vista en ella.
(Mensajera,
¡qué gloria ver para verse a sí mismo,
En sí mismo,
En uno mismo,
En una misma,
La gloria que proviene de nosotros!)
Ella era esa gloria ¡y lo veía!
Todo, volver a ella sola,
Solo, salir toda ella.
(Mensajera,
Tú existías. Y lo sabía yo).
*Washington. DC.
El poema no tiene fecha. Sólo destaca que fue escrito o enviado como colaboración a la revista citada. Como notas de este número XV de la revista –y titulada Fervor del tiempo–, sus editores ofrecen notas biográficas y comentarios críticos acerca de los colaboradores, y justamente la inician con la nota: “Juan Ramón Jiménez y ‘el árbol de la poesía’”. Se trata de un breve comentario celebratorio, a partir de la lectura que los poetas sorprendidos hicieron de su poema titulado “Laberinto”, así como de una serie de aforismos, diarios, notas sobre poesía, prosas y críticas. Como se observa, los poetas integrantes de la Poesía Sorprendida profesaron gran devoción y admiración al poeta español, desde antes de que éste obtuviera el Premio Nobel, en 1956. Esta recepción tuvo su influencia en estos poetas, cuya obra y presencia fue tan decisiva en el desarrollo de los poetas sorprendidos, de cuya revista, un compatriota de Juan Ramón fue miembro de su equipo editorial. Se trata de Eugenio Fernández Granell, pintor surrealista, político de tendencia trovkista, violinista y poeta.
La poesía de Juan Ramón vino a darle aire de modernidad a la poesía hispanoamericana y a imprimirle novedad y espíritu de renovación a la poesía dominicana, de la segunda mitad del siglo XX. Es visible la huella del autor de Platero y yo en la lírica dominicana, en especial, en poetas como Manuel Rueda, Mariano Lebrón Saviñón, Manuel Valerio, Manuel Llanes, Aída Cartagena Portalatín y Franklin Mieses Burgos. Pero, además, en los poetas de la Generación del 48, en especial en Víctor Villegas, Lupo Hernández Rueda y Luis Alfredo Torres. Y en un poeta del grupo denominado, Los Independientes del 40, como lo fue Manuel del Cabral, en cuyo libro de poemas en prosa Chinchina busca el tiempo, resuenan los ecos de Platero y yo, aun en un poeta anterior, como Domingo Moreno Jimenes del movimiento postumista, cuya presencia e influjo se remontan a partir de los años 30.
Bajo el lema por todos conocido, “Poesía con el hombre universal”, los poetas de la Poesía Sorprendida conformaron una agrupación poética, que cultivó temas como el amor, el mar, la muerte, la eternidad y el hombre, como centro de las preocupaciones existenciales, con sus hondos avatares cotidianos. Estos poetas no rechazaron el pasado clásico, tampoco negaron las influencias de las literaturas extranjeras, como sucedió con el postumismo –fundado hacia 1921 por Moreno Jimenes, Andrés Avelino y Rafael Augusto Zorrilla, -sino que abogaron por el cultivo de una poesía con aire de universalidad, alejada del folklorismo y del color local. Estos autores establecieron relaciones e intercambios literarios con poetas e intelectuales europeos, latinoamericanos y caribeños, tales como el propio Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, José Lezama Lima, Cintio Vitier, Emilio Ballagas, Francisco Matos Paoli, Braulio Arenas, Virgilio Piñeras, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Eugenio Florit, Claribel Alegría e incluso, con André Breton, quien visitó a la República Dominicana, tras la búsqueda de la raíz del surrealismo en lo mágico-real del continente mestizo, cuyo periplo lo llevó a visitar México, Haití y Martinica. Gran valor documental, simbólico e histórico tiene una foto donde aparece el fundador y guía del surrealismo francés con los demás integrantes de la Poesía Sorprendida y otros escritores de la época, así como otra foto en la que Breton aparece con Eugenio Fernández Granell, en el balcón de un hotel de la ciudad de Santo Domingo.
Los poetas sorprendidos se colocaron, pues, a tono con la mejor poesía de habla hispana y de otras lenguas y con los movimientos de vanguardia, de lo que no escapó la influencia de un poeta esencial de la mitad del siglo XX, como lo fue el gran poeta, ensayista y crítico literario, Juan Ramón Jiménez. Este grupo permaneció activo desde 1943 –fecha en que aparece la revista La Poesía Sorprendida– hasta 1947, cuando circuló el último número, es decir, el número 21. Su posición ideológica frente a la dictadura de Trujillo fue neutral: ni censuraron ni defendieron el régimen, pero sí mantuvieron unos postulados estéticos y una gran responsabilidad ante la escritura y el fenómeno literario; y prefirieron cultivar, no la poesía social y política, sino la poesía metafísica, amorosa o mística. Además, mantuvieron un marcado interés por colocar nuestra poesía en el concierto de la tradición poética universal, y este hecho mismo le dio un sitial y un lugar trascendentes, en la historia de la cultura dominicana.
Poética, discurso y filosofía en Juan Ramón Jiménez
La influencia que explica un poco el universo poético de Juan Ramón Jiménez se remonta al pensamiento filosófico de Platón, en sus diálogos sobre el amor y la belleza, en Fedro y Fedón, donde están las referencias estéticas más visibles de su imaginario lírico. La presencia del mundo de las ideas como tema tiene su correlato en la contemplación estética, que le imprime a su mundo poético, los ingredientes de su intuición lírica. Su concepción de la belleza se expresa en el sistema de imágenes, que configura su mundo de símbolos poéticos. La raigambre platónica del pensamiento poético de Juan Ramón Jiménez constituye el núcleo central de sus preocupaciones existenciales, que alimentaron su mundo poético y su concepción del arte y la literatura. Desde su libro Diario de un poeta recién casado, de 1916, la visión esencialista del poema que poseía Juan Ramón, se caracteriza por el abandono de la ampulosidad retórica y la asunción del hermetismo y la sencillez de una poética, fundada en versos breves y entrecortados, en los que el silencio tiene sentido sugestivo y significación metafísica. Su poesía es de aliento mágico: revela las emanaciones de un misterio insospechado y celeste; la obra lírica de este poeta esencial de la hispanidad navega en los territorios de la ensoñación y el pensamiento. Su visión del trasmundo le imprime a su poesía un aire de otredad, que hace invisible la luz de sus presencias telúricas y la sombra de sus premoniciones mágicas. La poesía juanramoniana oscila entre el sentido de la realidad y el misterio de lo desconocido, en que se difuminan sus visiones líricas del sueño y de la muerte. La percepción de su mundo interior se prolonga y proyecta sobre la visión de la ensoñación de la realidad. Su experiencia poética se cristaliza, en una visión mística del fenómeno estético, que puebla y da sentido al mundo sensible, mediante la intuición del espacio finito. El poeta recrea, entonces, la realidad visible y la transcribe al mundo de las cosas naturales para hacer fiable el mundo inefable. El concepto de “realidad invisible”, en Juan Ramón, es central en su pensamiento poético, desde el punto de vista de su cosmovisión. Algunos estudiosos de su obra refieren la influencia del pensamiento oriental y algunas corrientes religiosas y místicas, lo cual se expresa en la exploración de su yo interior –con vetas románticas– y cierto inmanentismo, y cuando no, en algunos visos panteístas, que afloran en sus versos. Realidad espiritual y realidad trascendente se conectan, en su experiencia mística del poema, entre lo conocido y lo desconocido, lo visible y lo invisible, el instante y la eternidad. La concepción del poema, en Juan Ramón, se revela en una estructura armada en base a versos interrogativos sobre el ser, el mundo y el yo poético; asimismo, en versos dubitativos, que encarnan la composición del espacio y del tiempo, en su visión cosmogónica de la vida, la muerte y la eternidad. Con este tono interrogativo e invocativo, le imprime a su poesía un color de misterio y ocultismo, cuyos versos giran en una órbita espacial, vigilados por la temporalidad. De ahí las influencias visibles sobre su poesía de Emily Dickinson, William Butler Yeats, Robert Frost y Robert Browning, en la brevedad de sus poemas y la concisión de sus versos, cargados de una atmósfera enrarecida, hermética y concentrada. Poesía aforística, que a ratos semeja haikus japoneses, la de Juan Ramón Jiménez es una obra de poemas abstractos y complejos, de profundas reflexiones filosóficas sobre el destino humano, el sentido de la vida y el espacio del universo, en relación con el yo. Inmanentismo y misticismo dialogan poéticamente, donde la materia y el espíritu se vuelven sustancia, que le proporcionan aire de misterio al silencio y a las palabras de los poemas. La obra de Juan Ramón es una lección estética de aliento panteísta sobre la naturaleza y el hombre. De reminiscencias románticas, pero donde predomina la inteligencia; su poesía, con aire de modernidad, posee sustancia de sabiduría, que parecen aforismos morales y filosóficos, así como máximas y sentencias, de esencia panteísta.
Con evocaciones a la poesía de Jorge Manrique (“Como un río que pasa hacia la mar”), la poética de Juan Ramón Jiménez está articulada en base a versos encabalgados y entrecortados, exclamaciones e interrogaciones, de elegías y cartas de una voz poética, que enuncia y afirma: canto a la eternidad, a la naturaleza y a la vida afirmativa. Su poesía es, en cierto modo, un canto a la muerte y a la eternidad. Las influencias más visibles, en su obra poética, hay que buscarlas en Rubén Darío, el modernismo y los simbolistas franceses. En su primera etapa hay, desde luego, una marca del romanticismo de Bécquer, que se manifiesta en el color del paisaje, la acendrada melancolía, la musicalidad de los recuerdos, las ensoñaciones emotivas, la sentimentalidad amorosa y la perfección expresiva. El mar fue otros de los motivos que jalonaron su empresa poética, y que provoca un sentimiento de soledad vital, así como el goce de la percepción del tiempo poético, que se eterniza en el misterio del presente y de la duración. Vida y trascendencia de la eternidad, a través de la captación de la belleza y la depuración poética, son algunas de las referencias que mueven la estrategia de sus versos. La suya es una obra poética, cincelada en equilibrio entre el sentimiento y el intelecto, y en la que el exilio de su vida errante dejó una huella, que actúa como punto de gravedad en la evolución creativa, de su última etapa, que va de 1937 a 1958, año de su muerte.
En fin, existe, en el universo poético de Juan Ramón Jiménez, la presencia de la tradición romántica occidental y de la sabiduría filosófica oriental. Su influencia en la poesía dominicana, tanto como en su recepción, se remonta a los años treinta, particularmente a partir de los años cuarenta, cuando es estudiado, leído y admirado por los poetas de la Generación de la Poesía Sorprendida, amén de otros poetas con mayores influencias como García Lorca, Whitman, Neruda, Rubén Darío, José Martí, entre otros.
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