Él quería ser músico y se puso a escribir canciones. Como no se le dio, se dedicó a escribir poemas, que fue el primer género con el que trató de entenderse. La poesía lo abandonó -lo dice él mismo- y se entregó a la narrativa con un libro primero de relatos titulado ¿Qué signo es usted, niña Berta?

Horacio Castellanos Moya (1957, Honduras) habla con mucho énfasis en las palabras y con ademanes que hacen figuras en el aire. Y tiene una conversación parecida a sus libros: directa, precisa y sin rodeos. Un lenguaje hecho para tiempos de guerra.

Los libros de Horacio son viscerales, duros y estremecedores, pero nunca han perdido el candor de la poesía ni los ritmos que van con la música de las palabras, elementos sobre los cuales tiene toda una filosofía.

“El mayor placer de la escritura -expresa- es el momento en que suena la música en el oído. Ese es el momento cuando comienza el placer de la prosa, el placer de saborear una prosa que tiene un ritmo y que uno se siente que empieza a navegar en ese ritmo, comienza a navegar esa ola”.

Horacio Castellanos Moya ha publicado más de veinte libros, entre novelas, cuentos y ensayos. El asco, uno de los más viscerales, cuenta la historia de Edgardo Vega, un salvadoreño que se fue al exilio por razones políticas y que, al volver a su tierra, encontró un mundo putrefacto y decadente, que es parecido al que el mismo Castellanos Moya encontró al volver a su tierra luego de un primer destierro.

En uno de sus párrafos más rotundos escribió:

“No hay algo que me produzca más asco que los militares, por eso tengo quince días de sufrir asco, es lo único que me produce la gente en este país, Moya, asco, un terrible, horroroso y espantoso asco”.

Para unos, el libro fue un acto de valentía, para otros, un insulto al país. Por esa obra fue amenazado de muerte y decidió irse de El Salvador.

Signada por ausencias, exilios y desencuentros, la vida de Horacio Castellanos Moya parece una novela como las que él mismo escribe. “Todos nos íbamos porque si no, los mataba a uno el ejército”, relata.

Para empezar a conocer mejor a Horacio Castellanos Moya, para entender sus historias y saber de dónde provienen la errancia de su vida y la errancia de su alma, hay que ver lo que Roberto Bolaño dijo de él:

“Es un melancólico y escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su tierra. (…) Es un superviviente, pero no escribe como un superviviente”.

Y de El asco, que definió como el más crepuscular de todos sus libros, manifestó que es “un ajuste de cuentas” y “la expresión de profundo desaliento de un escritor ante una situación moral y política”.

Horacio es de los escritores que mantiene aún una relación personal con el papel. Escribe a mano y siempre de mañanita, y sonríe cuando recuerda el sonido que nace de su escritura cuando su lápiz se encuentra con el papel.

Usted viene de dos países muy turbulentos, Honduras y El Salvador. ¿Qué tan sinuosos fueron los caminos que lo llevaron a la literatura?

Horacio Castellanos Moya. Photo Daniel Mordzinski.

Yo escribí un ensayo que está en mi libro Roque Dalton. Correspondencia clandestina que cuenta como yo me hice escritor en un ambiente casi hostil e indiferente porque la verdad es que ser escritor era considerado como una equivocación. A nivel familiar estoy hablando.

Es una equivocación porque lo que me correspondía era ser abogado como mi abuelo, o ingeniero, alguna cosa respetable. Ya ves que la mayoría de los escritores de nuestro país son abogados y escritores.

Pero yo no hice eso. Yo siempre opté por la literatura, y entonces fue un camino en el que descubrí posteriormente que el espanto y el miedo que tenía mi familia porque me convirtiera en escritor era que hubo escritores en mi familia frustrados y algunos de ellos que habían acabado mal.

Fue un ambiente en que hubo que romper dos círculos. Primero el círculo de la familia y luego círculo del país, porque El Salvador era un país bastante aislado literariamente.

Entonces, fue toda una ruta yo digo que de destino. Si fue un buen destino o un mal destino, no lo sé. El destino es el destino, pero de hecho no había ningún estímulo para que yo fuera escritor.

Yo en Honduras nada más viví cuatro años, pero en El Salvador se vivía una dictadura de cincuenta años, una dictadura militar. La literatura no le interesaba a mucha gente. Digamos que para el estrato social al que aspiraba mi familia en El Salvador era una derrota que yo me convirtiera en un vago. Porque se miraba en esa época -no sé cómo será ahora, en estos tiempos que corren- como un ejercicio de vagancia.

¿Cómo fue su relación con el periodismo?

Horacio Castellanos Moya. Foto Margarita Mejia.

Yo comencé escribiendo y luego me gané la vida como periodista. En Honduras nunca hice periodismo. Mi carrera periodística fundamentalmente la hice en México.

En México yo fui corresponsal de muchos medios, fui jefe de redacción de una agencia de prensa, fui editor de otras agencias de prensa, fui coordinador de un corporativo que se llama Milenium, fui columnista a veces.

También ejercí el periodismo en Guatemala, en el periódico trabajé como editor de política. Ejercí el periodismo en El Salvador porque fui el director del primer periódico de postguerra, Primera Plana, entre 1994 y 96. Y a partir del 2004, cuando estaba en Guatemala, ya dejé el periodismo porque me salió una beca para escribir y ya no regresé al periodismo.

Después me empecé a ganar la vida como profesor en las universidades.

¿Usted era un periodista de pasión o ese era su trabajo?

No, el periodismo no se puede ejercer sin pasión. Y sobre todo que yo era un editor, un editor con cargos de responsabilidad. Necesitas tener una pasión por la política para poder hacer eso. Nunca fui editor en ámbitos culturales, yo era o director o editor político. Y eso no lo puedes hacer solo por trabajo. En el momento en que se te agota la pasión ya no tiene sentido estar en eso.

¿Cómo fue el proceso de ir del periodismo a la literatura?

Recuerdo más como fue el proceso de ir de la literatura al periodismo. Porque yo comencé como escritor, escribiendo cuentos. Y entonces de pronto dije hay que ganarme la vida.

Yo tenía como veinte años, diecinueve cuando conseguí mi primer trabajo periodístico. Fue en San Salvador como jefe de redacción de la TV Guía, una revista de programación de televisión, pero que tenía páginas para entretenimiento. Era una revista absolutamente comercial y yo era muy joven. Estuve ahí un año y medio. Después vino la guerra civil, me fui a México y allí empecé a trabajar como periodista.

Mientras trabajé diez años como periodista en México hice mi obra literaria privadamente. No tenía vida literaria, aunque escribía. Escribí tres libros de cuento y dos novelas en ese periodo. Pero no hice vida literaria del 81 al 91 en México. Me dediqué al periodismo, y escribía en los momentos en que cambiaba de un trabajo a otro. Tenía problemas, me hartaba de un trabajo por las líneas políticas del medio -siempre fui empleado en México- y entonces, aprovechaba esos vacíos. Siempre trataba de ahorrar para dedicarme dos o tres meses o cuatro meses a escribir un libro.

Así fui haciendo mi vida hasta que terminé en el 2003, como te digo, dejé el periodismo porque me salió una beca de dos años para Alemania. Y ahí fue que hubo un cambio radical.

¿Qué le da el periodismo a la literatura y que le da la literatura al periodismo?

El periodismo le da a la literatura la curiosidad por la realidad. El periodismo a mí me enseñó a conocer más al ser humano y a conocer las cloacas del ser humano, que es la política, y eso me permitió entender muchas cosas que suceden, prever cosas.

Nunca me dediqué a la política, nunca fui político, pero tenía una pasión por eso, seguramente heredada de mi familia. Y me ayudó a entender, me ayudó también a conocer bastante al ser humano, en el sentido de que, cuando eres editor en un periódico -yo llegué a tener hasta ochenta gentes bajo mis órdenes, tienes que tratar con la gente. Además, yo era extranjero.

Y luego fundamos un periódico en El Salvador. Es una experiencia que te da un conocimiento. Ahora bien, es distinto el conocimiento que te da el reportero al que adquiere el editor.

Por ejemplo, como García Márquez, que era reportero. El reportero es como el mesero. Tiene más posibilidades para escribir, se acerca muchísimo a la literatura cuando es escribir, cuando eres reportero. Pero cuando eres editor estás más lejos porque estás tomando decisiones, editando, estás encargando reportajes, estás evaluando lo que han hecho, estás peleándote todo el tiempo para que hagan las cosas como deben ser, y eso te aleja más de la actividad literaria.

Creo que depende de la forma en que ejerces el periodismo, pero se aprende. Se aprende sobre el ser humano por las emocionalidades, las actitudes, la reacción.

¿Y por el otro lado, el periodismo que adquiere de la literatura? Eso no lo sé. Creo que el periodismo no necesita la literatura. Puede ser que como reportero te ayude a tener una pluma fluida. Pero digamos que eso es distinto.

¿Ni siquiera ayuda al manejo del lenguaje?

Horacio Castellanos. Foto de_Kristine Muñoz.

Claro, también. Pero cuando tú eres periodista y escritor tienes una personalidad completamente escindida. El periodismo lo haces con una esfera del cerebro y la literatura con otra. Entonces, es como un trabajo de pasar de una cosa otra, no sólo es de pluma. La literatura te ayuda a no tenerle miedo a la página en blanco. Ahí se juntan.

Y claro, si tienes buena pluma, eres mejor escritor de periodismo. Pero eso no significa que eres un buen editor de periodismo.

Yo me acostumbré a agarrar un artículo de dos mil palabras y dejarlo en setecientas en quince minutos, no cortando sino entresacando, como un barbero rápido.

Es más fácil cuando es una agencia de prensa, que tiene una estructura piramidal y es más fácil cortar lo del fondo.

Pero cuando son reportajes, son investigaciones, son entrevistas, no, tienes que tener la esencia sin perderla.

¿Cómo fue su experiencia de trabajar con la agencia de noticias de los guerrilleros salvadoreños en tiempos de la guerra civil?

Horacio Castellanos.

Fue en los 80. Fue una experiencia corta, tres años, dos años y medio. Para mí fue un gran fogueo porque era una agencia de prensa. Yo editaba o redactaba cables sobre El Salvador a una velocidad impresionante porque había que hacerlo rápido.

Ahora todo da risa con la Internet y con la computadora, pero en esa época yo escribía con el teléfono aquí, metía la cinta y estaba en el teletipo escribiendo las notas. Te da mucho oficio y te enseña a editar y, sobre todo, a botar lo que no sirve.

Ese oficio me sirvió muchísimo para mi literatura. ¿En qué sentido? Eso es lo que me dio el periodismo a mí. A mí lo que sobra no me sirve. No me gusta engalanar por engalanar. Es decir, aprendí a agarrar la esencia de la información para tirarla.

Hay veces en las novelas que te tienes que extender más, por supuesto, en esto y lo otro.  Pero tienes ojos para ver cuando estás farfanteando, que no ves, en realidad, parte del texto del cuerpo.

¿El lenguaje de sus novelas es un lenguaje periodístico?

En algunos libros, no en todos.

La definición de poesía más hermosa que le leído últimamente es de Byung -Chul Han: “La poesía es la ceremonia mágica del lenguaje”. ¿En qué circunstancias sucedió la poesía en su vida y en qué circunstancias se le fue de las manos?

Horacio Castellanos. Foto de Daniel Mordzinski.

La poesía fue con lo que yo comencé. Yo quería ser músico, escribir letras de canciones y no me salió esto. Entonces, pasé a escribir poemas, a escribir poemas obsesivamente. Tendría yo dieciséis, diecisiete años. Todos esos poemas los quemé pues leí mucha poesía y me di cuenta que mi poesía era algo que no me terminaba de convencer.

Pero yo me seguía creyendo poeta y comencé a escribir cuentos. Comencé a escribir cuentos creyéndome que era poeta. Y de pronto, después de escribir varios cuentos de mi primer libro, que es Qué signo es usted niña Berta, y en condiciones del inicio de la guerra civil, que todo era muy inestable, de pronto la poesía me abandonó.

Es decir, yo no me dije ya no voy a escribir poesía, es que me dejó, ella me dejó a mí. Seguramente la traicioné.

Usted ha cruzado muchas fronteras, se ha movido mucho de lugar, nació en Honduras, vivió en México, El Salvador y en Canadá. ¿Usted que es? ¿Un exiliado, un desterrado, un apátrida o un trashumante de la vida?

Viví en Canadá veinte años, ahora vivo en Estados Unidos.  Exiliado viví un tiempo, en los 80, porque todos nos íbamos porque si no lo mataba a uno el ejército, pero regresé. En el 97 me amenazaron de muerte y me fui, y desde entonces ya no he vuelto a vivir en El Salvador.

Tengo veintinueve años de no vivir en El Salvador. Fui con mucha frecuencia durante la época democrática del país, que fue del 91 hasta el 2019, que llegó este nuevo presidente.

En esa época democrática visitaba el país, aunque me habían amenazado y todo, y nunca tuve problemas. Iba una semana, no hacía bulla, por supuesto.

El exilio se me diluyó en ese periodo en tanto que podía regresar. Pero al fin yo siento que hay un espíritu como de errancia. Es la errancia la que ha marcado mi vida, porque no me siento a gusto casi en ningún lado después de un tiempo. Estoy un tiempo en un lado y después me he movido.

Ahora llevo muchos años en Estados Unidos. Espero que pueda dar el último paso en mi vida en otro lugar porque ya termina lo que tenía que hacer ahí. Vamos a ver qué dice la vida.

¿Le ha resultado muy difícil echar raíces?

Si. Yo creo que eso está relacionado con el hecho de que nací en Honduras, mi padre era salvadoreño, mi madre hondureña, pero a los cinco años me llevaron a El Salvador, y entonces, ya ahí me arrancaron.

En El Salvador eché otras raíces y la guerra me sacó, y esas raíces se me quedaron por ahí. Por eso es esa obsesión por escribir sobre El Salvador, seguramente.

Los seres humanos se componen de raíces y de alas. ¿Usted tiene más alas que raíces?

Yo tengo más alas. Siempre me he creído más ave que árbol.

¿Hay un exilio del alma?

Yo no siento eso en función de un país, lo siento en función del planeta. Yo no me siento cómodo en este planeta. Creo que hubo una equivocación. En cualquier ciudad de pronto me siento extraño, qué hago aquí, y me ha pasado en todas partes. Ahora me pasa cuando he ido a los países de los que soy originario, Honduras y El Salvador.

En El Salvador es donde me hice escritor y donde en gran medida me hice quien soy por las amistades y las enemistades, y por la formación y la manera de pensar.

Pero también cuando llego allá, sé que sólo es por un período, no me quedo. Y esa sensación de vacío y de falta de conexión me ha sucedido desde Tokio hasta Frankfurt, México. ¡Qué hago aquí! Pero son momentos.

Y sí siento que hay una ausencia de pertenencia bien grandota, aunque al mismo tiempo, para compensar esa ausencia de pertenencia, seguramente, porque es muy inconsciente, hay una fijación con el lugar donde me formé.

¿Escribir sobre tus países de origen te hace recuperar los lugares que ha perdido?

Seguramente, seguramente. Yo reflexiono a veces poco sobre los lugares que he perdido. Hay un trabajo de memoria y de tratar de recrear mundos en los que estuve.

Por ejemplo, mi última novela, Cornamenta, sucede en 1972 en El Salvador. Yo tenía catorce años en el 72, iba a cumplir quince a finales de año, y en esa novela me dio gusto recrear la geografía urbana de la capital, de San Salvador, que yo tenía en mi mente, que no es el San Salvador de ahora. Pero sí hay un placer de recuperar esa geografía urbana.

Es decir, hay una nostalgia, no por El Salvador actual, que no me produce nostalgia, sino por esos recuerdos que tengo de esa época.

¿Por qué lo amenazaron de muerte en El Salvador?

Por el libro El asco. Pero yo creo que, en realidad, fue una cereza que colmó el pastel o la última gota. Porque, como te dije, yo fui director de Primera Plana, y en Primera Plana hacíamos investigaciones muy delicadas. En ese periódico publicábamos informaciones sobre las relaciones entre la banca y el narcotráfico, o entre la izquierda y ciertos grupos guerrilleros, la izquierda que ya se había desmovilizado y las armas que aparecían en otros lados.

Entonces, El asco fue la gota que derramó el vaso. Pero fue esa novelita la que usaron, aunque yo creo que lo que querían era que me fuera, porque si hubieran querido matarme me hubieran matado. Era muy incómodo.

Y lo lograron.

Claro. No tengo vocación de héroe ni de mártir.

¿Qué fue lo que pasó con el desencuentro que hubo entre Roque Dalton, Roberto Fernández Retamar y Mario Benedetti que usted refiere en uno de sus libros?

Pues lo que pasó es que a Roque Dalton le encomendaron la tarea de espiar a Ernesto Cardenal cuando llegó de jurado del Premio Casa de las Américas en 1970.

Roque era jurado porque él había ganado Casas de las Américas en el 69, y entonces en el 70, que llegó Cardenal, el Partido y Retamar y todos ellos le dijeron que tenían miedo de que Cardenal fuera agente de la CIA, que Cardenal había pedido entrevistas con unos contrarrevolucionarios que estaban en la cárcel, que había tenido entrevistas con gente que era disidente, y querían que echara un ojo y que reportara sobre él, y a Roque eso le molestó mucho.

Roque no era un gran amigo de Cardenal, pero se llevaban bien, y le pareció que era como exagerar. Ahí comenzó el distanciamiento de Dalton con el establishment cultural cubano, no con el establishment político, del que nunca se distanció. Porque Roque Dalton fue formado como agente de inteligencia en 1963. Eso sucedió siete años después y los contactos de Roque eran con la inteligencia y con el Partido, aunque él trabajaba en el área cultural. Por eso es que se quedó en Cuba, incluso habiéndose peleado con Retamar y con Benedetti.

Entonces, hay ese documento de él, larguísimo, que le manda al Comité Central del Partido Comunista Cubano, diciendo que eso no.

¿Es válido que los poetas y escritores estén siempre presentes en aquellos lugares donde se subleva la esperanza? Sucedió en la revolución sandinista, en la cubana y en todas las demás.

Es inevitable, creo yo, para muchos poetas. ¿Por qué? Porque la poesía en muchos escritores nace de un sentido de la rebeldía. Y es natural que en tu juventud y en tu primera madurez te puedas identificar con facilidad con causas que busquen cierta utopía y cierta ilusión en términos sociales. ¿Por qué? Porque probablemente tú llegaste a la literatura a través de la rebeldía, y entonces esa rebeldía te lleva a cierta ingenuidad.

¿Por qué ingenuidad? Porque todas las revoluciones han acabado muy mal, todas, sin excepción. Ese es el destino de las revoluciones, desde la francesa. La francesa no tenía tantos poetas, pero terminaron en la guillotina.

¿Tiene algo que decir de Bukele?

Washington Dc (Estados Unidos), 22/02/2024.- El Presidente de el Salvador Nayib Bukele pronuncia un discurso durante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) 2024 en National Harbor, Maryland, EE.UU., 22 de febrero de 2024. La Conferencia de Acción Política Conservadora es una conferencia política anual a la que asisten activistas conservadores y funcionarios electos de todo Estados Unidos y más allá. (Estados Unidos) EFE/EPA/WILL OLIVER

No. De Bukele no tengo nada que decirte. Casi no sigo ya lo que se hace porque es un régimen muy establecido, un régimen que tiene el apoyo de la gente, tiene apoyo popular y funciona como una dictadura.

Y a veces la gente prefiere una dictadura porque le da una seguridad ciudadana a tener una democracia que le da inseguridad. Y entonces, Bukele ha logrado eso, y, al mismo tiempo ha exiliado a los periodistas, tiene preso a los activistas políticos, a los activistas de derechos humanos, tiene presa a Ruth López, la principal activista de derechos humanos.

Entonces, hay dos caras de eso. No es que la gente sea tonta y vota a Bukele. La gente vota a Bukele porque le resolvió las calles y puede salir tranquila, y no le importa que se acabe la democracia. Se va a arrepentir probablemente en algunos años si la situación económica no funciona. La gente tendrá que empezar a protestar y entonces vendrá la represión, y vamos a entrar otra vez en el ciclo de guerra civil. Sólo que entonces ya yo estaré en Séptimo Cielo.

Cuando ya se había cerrado el ciclo de la novela del dictador apareció Bukele. ¿De este nuevo ciclo de dictaduras podría salir la nueva novela del dictador?

Si. Probablemente en treinta, cuarenta años se escriba. Acuérdate que para escribir Yo, el supremo, que es la gran novela del dictador, Roa Bastos necesitó más de cien años porque era del doctor Francia, que gobernó en 1820-1840 y él escribió en el 74 del 1900, más de cien años.

Es decir, que la literatura tiene otros tiempos. Yo no dudo que vaya a haber novelas sobre dictadores, sobre dictadores populistas. Pero quién sabe qué fisonomía tengan. No pueden ser iguales a las novelas de la dictadura anterior. Estas serán de otra forma.

La literatura añeja, la literatura no es periodismo, no tiene por qué estar a la moda.

¿Usted es de los escritores que escribe porque ese es su trabajo o de aquellos para los cuales escribir es una pulsión del cuerpo y del alma?

Yo soy de ese tipo de escritores. Puedo pasar meses sin escribir. No busco temas afuera tampoco, no ando viendo voy a escribir ahora sobre Bukele, voy a escribir ahora sobre las pandillas. Yo no busco temas internos, los temas me tienen que salir de adentro. No sólo los temas, las historias.

Yo tengo una idea que probablemente es una idea presumida, pero es así. Y es que como que yo las novelas las tengo en un disco duro adentro y mi trabajo es ir desarrollando ese disco. Por eso para mí casi siempre es un trabajo de descubrimiento ver cómo se va armando la trama.

En alguna medida, para algunos lectores eso es un placer, porque, como a mí me da placer descubrir hacia dónde va la historia, al lector le tendría que dar placer seguir la historia. Entonces, yo soy de ese segundo tipo que tú mencionas.

¿Usted, un ser errante, escribe para no quedarse sin patria?

No. La patria no es un concepto que me interese en absoluto. Es decir, yo escribo porque es inevitable, porque no puedo evitarlo. Y cuando surge la novela, viene con todo.

Yo puedo escribir un esquema sobre un tema que me parece fabuloso, pero nunca lo voy a escribir si no me suena adentro, si no siento que hay algo adentro que me está haciendo ruido, fastidiando, que hay que hacerlo, que es necesario para mí, no para la patria ni la historia de la literatura. Para mí, es necesario hacerlo porque es una pulsión.

¿Usted tuvo una relación personal con el papel?

Sigo teniéndola. Yo escribo a mano y con lápiz. Después paso en limpio, ya lo meto en la computadora, digitalizo lo que he escrito a mano.

Yo empecé a escribir en una máquina Olimpia. Después pasé a una Royal y luego a una eléctrica, pero no me gustaban las eléctricas. Fue cuando compré la Olimpia, que la tuve como veinte años, hasta que llegaron las computadoras.

¿Cuándo escribe usted percibe la música de las palabras?

El mayor placer de la escritura es el momento en que suena la música en el oído. Ese es el momento cuando comienza el placer de la prosa, el placer de saborear una prosa que tiene un ritmo y que uno se siente que empieza a navegar en ese ritmo, comienza a navegar esa ola.

Para mí ese es el mayor placer. El mayor placer no es tan temático, que los temas son casi los mismos siempre. Las circunstancias cambian, pero el verdadero arte, el gusto por el arte, el placer estético es ese. Es el encabalgamiento de las palabras, el encabalgamiento de las oraciones, el encabalgamiento de los párrafos. Y de ahí es que surge el arte.

Vianco Martínez/Especial para Acento.com.do

Periodista y fotógrafo

Vianco Martínez. Periodista, escritor y fotógrafo. Cronista de literatura y otros temas culturales.

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