Este 21 de octubre de 2026, cuando la República Dominicana conmemora el Día Nacional del Poeta, se cumplen 176 años del nacimiento de Salomé Ureña de Henríquez (1850-1897). Su nombre ocupa un lugar privilegiado en nuestras letras; sin embargo, su dimensión intelectual merece una revisión que supere la imagen de la poetisa patriótica, la esposa de Francisco Henríquez y Carvajal y la madre de Pedro Henríquez Ureña. Salomé fue una mujer de pensamiento propio, creadora literaria y educadora que contribuyó a transformar la cultura dominicana del siglo XIX.
¿Comenzó su formación intelectual cuando conoció a Eugenio María de Hostos? La respuesta es no. El educador puertorriqueño ejerció una influencia decisiva en su proyecto pedagógico, pero Salomé ya había desarrollado su sensibilidad literaria, adquirido conocimientos humanísticos y publicado sus primeros poemas. Confundir influencia con origen significa desconocer la trayectoria que precedió a aquel encuentro.
Según Miguel Collado, en su artículo «Tributo a Salomé Ureña en el día de su nacimiento», publicado por la Academia Dominicana de la Lengua, su padre, Nicolás Ureña de Mendoza, abogado, poeta, periodista y educador, tuvo una influencia determinante en su formación cultural. Desde joven, Salomé leyó a los clásicos españoles y publicó versos bajo el seudónimo de Herminia, entre 1867 y 1874. No llegó, por tanto, a Hostos como una principiante, sino como una escritora que había comenzado a construir su propia identidad intelectual (Collado, 2020).
Esta interpretación encuentra respaldo en el estudio «Imágenes de paisaje humano de Salomé Ureña», de María Virtudes Núñez Fidalgo. La investigadora propone revisar los mitos que han condicionado la representación de la escritora y reivindica la dimensión personal de su proyecto social e intelectual. Su planteamiento invita a reconocer a Salomé como protagonista de su trayectoria, sin subordinar sus méritos a la escuela hostosiana ni a su condición familiar (Núñez Fidalgo, 2017).
Si antes de conocer al educador puertorriqueño ya era escritora y mujer de letras, y si en apenas cuarenta y seis años contribuyó a renovar la poesía y la educación dominicanas, ¿no debemos reconocerla también como una de las grandes intelectuales que ayudaron a forjar la modernidad cultural de nuestro país?
Pero ¿qué hace trascendente su poesía? No basta con su patriotismo ni con el reconocimiento que alcanzó entre sus contemporáneos. En poemas como «Ruinas», «Mi Pedro», «El ave y el nido» y «Sombras», la autora explora la fugacidad de la vida, el amor, la pérdida, la maternidad y la fragilidad de la existencia. En «Ruinas», la contemplación del pasado suscita una reflexión sobre el deterioro y la transitoriedad de las realizaciones humanas; en «Mi Pedro», la intimidad maternal se abre a las esperanzas, los temores y la incertidumbre que acompañan la formación de un hijo.
Su lírica trasciende así la circunstancia histórica particular para aproximarse a la condición humana. La patria y el individuo no son mundos separados: las aspiraciones colectivas conviven con el dolor, la memoria y la esperanza personales. Esta amplitud temática explica por qué su obra merece una lectura crítica que vaya más allá de las efemérides.
La trascendencia de Salomé también se expresa en su labor educativa. En 1881 fundó el Instituto de Señoritas, destinado a formar maestras en una sociedad que restringía las oportunidades educativas de las mujeres. Su iniciativa convirtió las convicciones pedagógicas en una institución concreta y contribuyó a ampliar la participación femenina en la vida cultural. En su estudio sobre la formación inicial de Pedro Henríquez Ureña, Daniel Mendoza Bolaños examina el ambiente cultural y educativo del hogar de Salomé y Francisco Henríquez y Carvajal, así como su influencia en la formación de sus hijos. Su investigación ayuda a comprender que la trayectoria intelectual de aquella familia no puede separarse del contexto educativo que ambos padres contribuyeron a construir (Mendoza Bolaños, 2018).
La vida conyugal de Salomé también merece una mirada libre de prejuicios. Se casó con Francisco Henríquez y Carvajal en 1880, cuando ella tenía veintinueve años y él veintiuno: le llevaba nueve años. De esa unión nacieron Francisco Noel, Pedro, Maximiliano y Camila, quienes desarrollaron trayectorias vinculadas a la cultura, la literatura y la educación. Aunque no corresponde atribuir exclusivamente a la madre los logros de sus hijos, sí es justo reconocer su participación en la formación de un hogar de intensa vocación intelectual.
Salomé murió el 6 de marzo de 1897, a los cuarenta y seis años. En menos de medio siglo dejó una obra poética perdurable, una institución educativa transformadora y una contribución significativa a la formación cultural dominicana. Su vida demuestra que la creación literaria, la pedagogía y la maternidad podían coexistir sin anular la autonomía intelectual de una mujer.
En el Día Nacional del Poeta, el mejor homenaje consiste en leerla, estudiarla y reconocerla en toda su complejidad. Salomé Ureña no necesita que disminuyamos la importancia de Hostos para reivindicar sus méritos; basta con restituirle el lugar que le corresponde en su propia historia. Si antes de conocer al educador puertorriqueño ya era escritora y mujer de letras, y si en apenas cuarenta y seis años contribuyó a renovar la poesía y la educación dominicanas, ¿no debemos reconocerla también como una de las grandes intelectuales que ayudaron a forjar la modernidad cultural de nuestro país?
Compartir esta nota
