Filosofía y poesía son formas de discurso que plantean una identidad en sus búsquedas de sentidos, entre historia y verdad, sabiduría y consagración, vacío y plenitud. Entre ambas modalidades de lenguaje emerge la posibilidad y alcance de los usos de la palabra. El mundo de relaciones que suscitan pone de relieve la utilización de la metáfora y del estilo, los relieves de la ficción y la potencia de la subjetividad, las relaciones de representación y el mundo simbólico, la fundación del sentido y la construcción del conocimiento. En el cruce de caminos de ambos actos de discurso surge una relación de complementariedad y de búsqueda de comunión.

El abordaje de la filosofía hacia la poesía y de ésta con respecto a la filosofía ha estado determinado por sus orígenes y naturalezas. El problema del origen de la creación artística en general y poética en particular, la angustia que genera el decir y el medio de expresión, esto es, de lo que se quiso decir y no se dijo, corresponde  a la esencia de la cuestión central de la relación histórica entre el discurso filosófico y el poético. Dimensión estética del lenguaje y dimensión lógica acusan abstracciones conceptuales complejas a la hora de examinar o dilucidar el meollo de la cuestión. El énfasis en el lenguaje de ambas vertientes intelectuales permite iluminar el diálogo permanente que producen.

Las fronteras del pensamiento se desdibujan en la poesía, por lo que lo lírico y lo pensado no riñen. La ambigüedad simbólica de lo poético y lo filosófico se transfiguran en un tema crucial entre la filosofía y la literatura. “En una palabra, en el momento de la inspiración, aunque por vía emocional e imaginativa, el poeta tendría un momentáneo acceso al mundo de las formas, al que el filósofo se acerca con el puro intelecto” (Gil 1967, 70). La creación poética se revela en vuelo ascensional en el mundo de la palabra, siendo así que el acto poético es una expresión de la ensoñación de la vigilia, en tanto trance intuitivo que vislumbra aspectos de la vida e ilumina zonas de la conciencia imposibles de auscultar en la vida despierta.

El poeta se distancias del mundo de la percepción real, sumergiéndose en la duermevela de las fantasías. La voluntad poética asciende a estratos psíquicos en la operación onírica, reveladora de insólitas visiones. Mediante la visión onírica, el poeta accede a una revelación trascendental de la experiencia estética, tal y como la alcanzaron los poetas surrealistas, a través de la técnica del “automatismo psíquico”, creado por André Bretón, en el que predominó el azar sobre el cálculo, en una escritura automática libre, que puso en crisis la razón, y donde la creación artística se situó  más allá de toda atadura ética, ideológica, moral, estética, política y religiosa.

La poesía es ascesis del espíritu, apoteosis del pensamiento, parto del lenguaje, en su ejercicio por nombrar poéticamente las cosas; es, asimismo, aventura de iluminación, en un tránsito temporal en el espacio de la conciencia creadora. La poesía no es una experiencia pura del intelecto, pues en su praxis participa además la emoción intuitiva. En la aventura poética, el pensamiento interviene como abstracción de la conciencia creadora, como canal de la intuición, que le confiere a la poesía el don de la imaginación.

“La poesía, se ha dicho, difiere de la lógica en que no está sujeta al contraste de los poderes activos de la inteligencia y en que su nacimiento y retorno no tienen conexión necesaria con la conciencia o la voluntad” (Shelley 1978, 74).  Para este poeta romántico, la poesía será pues “el centro y la circunferencia del saber” (Shelley 1978, 67). Este discurso de Shelley es un apasionado y hermoso ensayo romántico en defensa del valor y sabiduría de la poesía, en el que este poeta romántico inglés teoriza acerca de la idea de la poesía.  La facultad del poema reside en la encarnación del espíritu poético. Si no es sabiduría, o amor a la sabiduría, como la filosofía, la poesía tampoco rechaza el saber porque ella misma es fuente de sabiduría placentera. En ese sentido, Shelley afirma:

Un poema es la imagen fatal de la vida expresada en su eterna verdad. Y esta es la diferencia entre una historia y un poema; una historia es un catálogo de hechos sueltos, que no tienen más conexión que el tiempo, el lugar, las circunstancias, las causas y los efectos; un poema es la creación de acciones, sujetas a las formas inmutables de la naturaleza humana, tales como existen en la mente del Creador, que es ella misma imagen de todas las demás mentes (Shelley 1978, 28).

Y sigue diciendo el gran poeta inglés:

En la infancia de la sociedad todo autor es necesariamente poeta, porque el lenguaje mismo es poesía; y ser poeta es percibir la verdad y la belleza, en una palabra, el bien que existe en la relación subsistente, primero entre la existencia y la percepción y después entre la percepción y  la expresión. Todo idioma original, próximo a su origen, es en sí mismo el caos de un poema cíclico (Shelley 1978,  21).

El pensamiento ínsito en el poema se expresa en abstracción de la imagen, por un ejercicio de reflexión voluntaria, en una fantasía profunda de la poesía. La oposición que postula el pensamiento con la poesía oscila entre lo abstracto y lo concreto, entre la idea y el espíritu.

En ese sentido, el poeta y ensayista francés Valery, afirma:

Con frecuencia se opone la idea de Poesía a la de Pensamiento, en particular de ´pensamiento abstracto´. Se dice ´Poesía y Pensamiento abstracto´ como se dice el Bien y el Mal, el Vicio y la Virtud, lo Caliente y lo Frío. La mayoría cree, sin otra reflexión, que los análisis y el trabajo del intelecto, los esfuerzos de voluntad y de precisión en los que compromete al espíritu, no concuerdan con esa ingenuidad de origen, esa superabundancia de expresiones, esa gracia y esa fantasía que distinguen a la poesía, y que hacen reconocerla desde sus primeras palabras. Si se encuentra profundidad en un poeta, tal profundidad parece de una naturaleza muy distinta a la de un filósofo o un sabio (Valery 1990,  71).

Como arte del lenguaje, la poesía es combinación de palabras y versos que hacen del poema un artefacto articulado por la emoción, siendo así que el universo poético que funda el poeta entra en analogía con el mundo del sueño. Pero para que el poeta transfigure las imágenes oníricas en poesía tiene que operar el azar de la realidad. De ahí que, para el poeta simbolista francés Paul Valery: “Ni el sueño ni la ensoñación son necesariamente poéticos” (Valery 1990, 79). Las evocaciones de situaciones oníricas se transforman en recuerdos de nuestras experiencias cotidianas. La experiencia común se vuelve experiencia individual intransferible, que alimenta la práctica poética, al nombrar objetos y seres de la vigilia material. Las variaciones y sustituciones metafóricas de las cosas reales se transforman pues en símbolos y alegorías de la imaginación poética sensible. De ese proceso de creación brota el estado poético como resultado de la sensibilidad empírica. “Pero ese estado no basta para hacer un poeta, como tampoco basta ver un tesoro en sueños para encontrarlo, al despertar, centellando al pie de la cama” (Valery 1990, 80). El estado poético en que se imbuye el hacedor de versos depara en sensación activa, en acción que transforma el lenguaje en palabras metafóricas.

El poeta expresa sus ideas en imágenes verbales como el pintor en imágenes cromáticas. La expresión de las ideas en palabras es la condición natural de todo poeta, quien nombra a las cosas no con ideas sino con las palabras mismas, como le espetó Mallarmé a Degas. El pensamiento que produce imágenes y el pensamiento que produce ideas es el mismo que proviene de la percepción espiritual que instala el hombre sobre la realidad, y de donde brotan los versos y las ideas. Así pues, la poesía oscila entre sensación y concepto, sentimiento y pensamiento. En una palabra: entre la cosa y la idea. El maridaje pensamiento y sentimiento produce ideas y cosas, evocadas por una memoria sensible. De ahí que para Valery: “La memoria es la sustancia de todo pensamiento” (Valery 1990,  94). Así, el pensamiento poético hace vivir lo inexistente, ver lo invisible y evocar lo ausente. En suma: nos hace sentir la imagen de las cosas y ver cuando leemos el poema. Sonido y sentido, voz y pensamiento funcionan como péndulo en el que se gesta el poema. Entonces, el sentido de la palabra poética se transforma en conciencia del lenguaje, en su íntima esencia mental y sensible. Entre el significado de las ideas y el sentido de la imagen, la palabra actúa como ente eficaz de mediación del pensamiento creador.

El estado que nos deja la lectura de poemas no es el mismo del estado que nos deja la lectura de filosofía. El primero nos llena de imágenes y el segundo de ideas. Filosofía y poesía, pensamiento concreto y pensamiento abstracto se disputan el imperio de la palabra.

Dice Paul Valery, en ese sentido:

En mi opinión, la filosofía más auténtica no se encuentra tanto en los objetos de nuestra reflexión, como en el acto mismo del pensamiento y en su ejercicio. Quiten a la metafísica todos sus términos favoritos o especiales, todo su vocabulario tradicional, y quizá constatarán que no han empobrecido el pensamiento (Valery 1990, 94).

El poeta, al construir sus poemas, apela al pensamiento abstracto, y, por tanto, a la filosofía, aunque  no en su estado puro, como lo hace el filósofo. Más aún, el poeta le inyecta entusiasmo lírico a su voz para hacer del pensamiento un dispositivo natural de intermediación de su espíritu creador. Las palabras del poeta hacen pensar y sentir. El poeta restituye pues la esencia pasional de la poesía, mediante artificios retóricos y expresivos, y funda un mundo de relaciones perceptivas, en el que las cosas y los cuerpos se revelan en su ser.

La poesía tuvo un origen sapiencial y la filosofía un origen poético. A juzgar por los primeros filósofos -desde Tales de Mileto hasta la modernidad-, la filosofía ha recorrido una travesía en diálogo intermitente con la poesía. Basta pensar en Homero, el primer poeta occidental fundador de la poesía, hasta el presente, la poesía ha vivido moldeada por el pensamiento. La poesía ha sido pues sofística en estado puro.

Los diálogos platónicos se leen como poemas dramáticos y la Ilíada y la Odisea, como textos de sabiduría profunda. Entre los filósofos clásicos y presocráticos, la poesía y la filosofía apenas se distinguían. Aunque no haya filosofía en la poesía, sí hay trazos sabiduría. Sería suficiente con leer a clásicos antiguos y modernos, poetas, dramaturgos o novelistas como Blake, Pessoa, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Dante, Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz, Jorge Guillén, Antonio Machado, Homero, Kafka, Proust, Píndaro para encontrar una sabiduría ancestral que nace de sus imágenes y evocaciones, metáforas y alegorías. La sabiduría de muchos filósofos antiguos  tiene una impronta homérica.

No hay filosofía sin metáforas. Detrás de todo discurso filosófico hay siempre un sustrato literario, que vive en los intersticios de la prosa. La primera forma de la filosofía fue poética. Todo impulso poético, de escritura del poema, proviene de un pensamiento. El primer verso viene siempre de una idea impulsora. La filosofía es pues prosa de imaginación. El poeta, valga la redundancia,  poetiza la sabiduría; el filósofo piensa la emoción, y es, en sentido estricto, un poeta en prosa -en aforismo o máxima. En cambio, el poeta no necesita ser filósofo, pues lleva una sabiduría ínsita. Nos referimos a ciertos poetas porque hay poetas líricos puros, cuyos poemas brotan de la emoción pura, despojados de pensamiento. El poeta que apela al pensamiento funda mundos imaginarios de ideas, a base de especulaciones ontológicas, cosmológicas y metafísicas, en claves estéticas y en su búsqueda de un saber enciclopédico.

La vieja querella entre poesía y filosofía de los presocráticos tuvo su centro de gravedad entre Platón y Homero. Sin la existencia del autor de las epopeyas la Ilíada y la Odisea, hubiera sido imposible la escritura de las obras de Platón y Aristóteles. “Cualquier poema importante es un texto sapiencial, pues incluso una no sabiduría sobresaliente es sabiduría” (Bloom 2004, 67). Los poetas, para alcanzar sabiduría divina, escriben poesía de aliento teológico. Esa sabiduría teologal hace de su espíritu poético una fuerza cósmica y telúrica.  El ideal homérico de crear dioses humanos sirvió de anticipación a los poetas épicos posteriores. La espiritualidad que subyace en las epopeyas de Homero reside en su búsqueda de divinidad, en su ansia cósmica. Los poetas sapiensales, que poseen un daimón, y que pendulan entre lo sagrado o lo profano, lo divino o lo demoniaco, buscan la deidad, o un destino como promesa de salvación. La épica o la lírica constituyen pues los receptáculos de sabiduría moral, existencial y filosófica. La némesis homérica siempre estará detrás de la imagen poética como esperanza o destino: salvación o castigo del mundo.

Quien dice pensamiento dice lenguaje, en consecuencia, poesía y filosofía. Así pues, el pensamiento fundó la poesía, como expresión del lenguaje verbal. Todo impulso creador del poema nace de un pensamiento abstracto. “Donde se funden la filosofía y la literatura, donde pleitean la una con la otra en forma o en materia, pueden oírse estos ecos del origen. Este genio poético del pensamiento abstracto se ilumina, se hace audible”  (Steiner 2012, 17). La ecuación poesía-filosofía, pensamiento-ser y pensamiento-emoción ejerce un intercambio simbólico y armónico de fuerzas de atracción, en el que la memoria participa como ejercicio que nutre la poesía. La medida de la poesía es la medida del pensamiento. En la medida en que poesía y pensamiento se aproximan, se acercan más a lo hermético, mágico y musical. En ese sentido, la poesía es el espejo del pensamiento. La identificación entre ser y pensamiento, que se remonta a Parménides, ha ejercido una poderosa fascinación en la filosofía -y que fue tan cara al mediodía del romanticismo.

El pensamiento canta y relata. También se canta a sí mismo, en un ejercicio lírico de la ficción. El habla poética subvierte el pensamiento filosófico con su temblor emotivo. La tensión dialéctica que se opera entre la poesía y el pensamiento, también se manifiesta entre filosofía y religión. Con Lucrecio se produce el momento más elevado del poeta filósofo, de la poesía del pensamiento, y quien sirvió de referente para poetas de tendencia filosófica. Lucrecio escribió pues el paradigma del poema filosófico fundacional, en el que se matrimonian la filosofía y el poema. Así, este pensador-poeta funda un conocimiento iluminativo de la razón.  La filosofía en versos, o la poesía filosófica que instaura, es un aporte a una ontología pos-aristotélica que preside su imaginario discursivo- y que condujo a Santayana a colocarlo dentro de los poetas filósofos, junto a Dante y Goethe.

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Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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