En la reciente celebración aniversario del periódico Acento, tuve la oportunidad de coincidir con el Excelentísimo Sr. Presidente de la República, Lic. Luis Rodolfo Abinader Corona, y con la distinguida dama, Dra. María Amalia León, en un intercambio breve pero significativo. Más allá del protocolo, lo relevante fue la disposición al diálogo.
No fue una conversación extensa ni protocolar. Fue un diálogo directo, de esos que revelan más por la actitud que por la duración. Hablamos de la remodelación del antiguo Hotel Mercedes en Santiago y su transformación en Centro Cultural Banreservas, un proyecto que representa la recuperación de un espacio emblemático para ponerlo al servicio de la creación, la formación artística y el encuentro ciudadano.
Percibí en el presidente un interés auténtico por ese proceso de rescate patrimonial, pero también algo más importante: una disposición a escuchar. No se limitó a exponer una obra o a defender una iniciativa; preguntó. Y cuando un mandatario pregunta con atención real, se abre una posibilidad que trasciende el gesto político: la construcción compartida.
Escuchar al ciudadano y más aún, escuchar a quienes han dedicado su vida a la cultura es reconocer que el Estado no posee todas las respuestas. Que las mejores políticas públicas surgen cuando la experiencia acumulada, la crítica honesta y la visión creadora encuentran oídos receptivos.
Que los encuentros ocasionales continúen, que se multipliquen los espacios de intercambio franco entre gobernantes y ciudadanos, y que esa conversación se traduzca en acciones concretas que consoliden una verdadera política cultural de Estado.
La experiencia demuestra que los grandes avances culturales no nacen del aplauso, sino del diálogo sostenido y de la voluntad de convertir las ideas en políticas concretas. Escuchar es el primer paso; institucionalizar esa disposición es el verdadero desafío.
Cuando un presidente pregunta cómo mejorar, cómo fortalecer y cómo hacer más eficaz una iniciativa cultural, está reconociendo que el desarrollo no se construye desde la unilateralidad, sino desde la participación. Y en ese espacio de intercambio, el país cuenta con un capital humano invaluable: creadores, gestores, académicos y ciudadanos con décadas de experiencia acumulada, dispuestos a aportar visión estratégica y soluciones viables.
La cultura dominicana no carece de talento ni de pensamiento; a veces lo que necesita es articulación, planificación y continuidad. Cuando esa disposición a escuchar se institucionaliza y el diálogo se convierte en práctica permanente, el país puede avanzar hacia políticas culturales más sólidas, descentralizadas y sostenibles.
Ese breve encuentro dejó una impresión clara: cuando el poder se abre a la conversación honesta, se fortalece la democracia. Y cuando la cultura es integrada como eje del desarrollo nacional —no como complemento—, el país gana profundidad, identidad y futuro.
La expectativa, entonces, no es personal ni circunstancial. Es colectiva. Que los encuentros ocasionales continúen, que se multipliquen los espacios de intercambio franco entre gobernantes y ciudadanos, y que esa conversación se traduzca en acciones concretas que consoliden una verdadera política cultural de Estado.
Porque una nación que escucha a sus creadores se escucha mejor a sí misma.
Agradezco el saludo y, sobre todo, la disposición a escuchar y preguntar.
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