Esta semana, en “Libertad bajo palabra”, nuestro invitado es Eliezer Young, escritor y poeta haitiano, miembro del colectivo Renouveau. Es autor de dos novelas cautivadoras, Un amour inattendu y Je suis tombé sur mon Alter Ego, y de un poemario de próxima aparición titulado ANANAS, SUZANNE, AMOUR OU AUTRE CHOSE. Cuenta, además, con varios premios literarios en su haber.
Es estudiante de Medicina en la UNIFA y de Psicología en la Facultad de Etnología de la UEH.
La poesía de Eliezer Young está profundamente marcada por una poética del vínculo: vínculo con la tierra, con el otro, con el cuerpo, con la memoria y con la ciudad como espacio simbólico del dolor y la esperanza. Como cronista de su tiempo, el poeta construye un lenguaje que oscila entre lo íntimo y lo colectivo, configurando una voz que ama, denuncia, resiste y sueña al mismo tiempo. En su obra, el cuerpo funciona como territorio político y afectivo, y el paisaje se convierte en espejo emocional del sujeto.
La imagen poética no persigue únicamente la belleza, sino también la conciencia: hay en su escritura una estética del desgarro, de la herida social, de la pérdida, pero también una ética del cuidado y del amor como forma de esperanza y como acto radical. La palabra poética se transforma así en refugio, protesta y reconstrucción simbólica: una manera de habitar el mundo cuando todo parece quebrado, donde amar, recordar, nombrar y soñar no son gestos románticos, sino auténticos actos de supervivencia.
Desde Santo Domingo celebramos la poesía de Eliezer Young, sentida y vivida.
Aquí estoy, Haití
Un solo suspiro agrio en el alba naciente
basta para revelarme ante ti, desnudo,
como la corteza montañosa de tu cuerpo,
en busca de ese fragmento esencial
que me falta, cruelmente.
Tú, a quien prefiero
día y noche
y por la eternidad — de amor.
Solo quiero tu sol para mis ojos
y tus playas para mi poema.
No odio este bello mundo,
porque gracias a tu sonrisa,
a tu cuerpo rebelde,
lo veo distinto.
Odio cuando lloras,
cuando las balas desgarran el aire,
eclipsando la melodía de tus pájaros.
Odio cuando entregas tu confianza
a quienes explotan tu ternura,
a esos parásitos que chupan tu pecho
hasta su caída.
Cuerpo amado,
te entregas cada vez.
Esa belleza que llevas
en tu piel marcada,
como sello de resistencia contra el miedo,
para forjar la sonrisa de tus hijos,
replegados, calles vacías.
Solo ese suspiro
me basta para saber
que no puedo odiarte.
Mi tierra
Tierra que amo con todas mis fuerzas,
tú que aceptas que mi ombligo
nutra tus plantas ancestrales,
grabaré en mi memoria
a las mujeres de labios de ángel y caña de azúcar
que nos ofreces, vestidas de coraje,
para florecer en el decorado del infortunio
que cae sobre tu rostro.
No te dejaré, no,
porque te llevo en el bolsillo rojo de mi corazón,
donde la sangre que late en creol
tiene el sabor de una noche port-au-princiana.
Pensaré en ti
cada vez que cruce
la mirada de un hombre libre,
en cuya pupila danza un fragmento de cielo en rebelión.
Reconstruiremos la ciudad
La ciudad ya no está,
el país tampoco.
Es caos, es naufragio,
y nadie se preocupa.
Conciencia perdida,
corremos de cabeza al abismo.
La ciudad muere bajo nuestros pasos inconscientes.
Solo hay ciudad,
y también morimos,
morimos antes del tiempo, antes del alba.
Aquí nada florece.
Si los muros tienen oídos,
los de la ciudad tienen los tímpanos rotos.
Pero intentamos vivir, así.
Hablamos de reconstruir la ciudad.
Es posible,
porque es tierra de resistencia.
Y partiremos de esta ciudad
para reconstruir otras.
Ya no huiremos más.
La ciudad rebosa de esperanzas, de frutos.
Compartiremos la paz, el amor, el agua fresca.
Allí impediremos el desamor.
Mi poesía
Horizonte sin poesía,
tierra ingrata para el color.
Lo comprendí cuando te ausentas.
Tú sostienes en tu mano
toda la pintura
la poesía
con la que me preparo
para teñir la espera del día.
El mundo sin ti
no tiene imagen.
Ardo en colores locos,
en vértigos de tinta.
Mis palabras siguen tu forma
en el giro de las nubes.
En tus dedos cerrados,
inunda la espera,
porque solo toda obra maestra permanece.
Y el verbo, petrificado en sus bocas,
murmura tu nombre en la garganta de la ausencia.
Sonrisa a horcajadas.
Lejos de ti,
el sol finge las hojas.
porque, señora,
usted es mi poesía.
¡Hagan llover poemas!
Armonía frágil
Hay corazones en la carretera,
llueve.
Corazones apretados, corazones dañados.
Y justo al lado,
hay residencias de donde brotan carcajadas,
gente que ríe sin parar.
No están a salvo, claro,
pero todo lo controlan, eso parece.
Lado a lado, muchas diferencias.
No es normal, sí, se dice a menudo.
Por suerte Dios repartió el amor equitativamente,
o al menos eso creemos.
Una parte que tal vez nos puedan quitar.
En esta misma calle hay sueños que mueren,
pero esa gente no deja de soñar,
por sus hijos.
Sueñan también con bienestar.
Esta calle alberga violencia, explotación,
pero también se comparte amor
impensable, sí.
Amor, gran amor nace en esta calle,
a veces entre residentes y transeúntes, amor también.
Se habla de armonía,
¿pero de cuál armonía?
Con tantas estafas…
una armonía sostenida por una fila.
Se intenta, sí,
pero sigue siendo armonía frágil.
En esta calle hay tiempo que nos aplasta,
guerras interminables,
corrupciones sin fin.
Hay gente que llora, niños que juegan,
y hombres valientes que mueren de pie.
Pero lo más aterrador
es la complicidad entre residentes y pacientes:
uno domina al otro.
Es desconfianza,
armonía frágil,
quebrada por el tiempo y los golpes.
Hay armas, hay inseguridad.
Aquí y allá, cuerpos que caen.
Y junto a los muertos, comerciantes, inocentes,
gente que se las arregla porque no tiene opción,
porque tiene hambre.
Esta calle es una jungla.
Hay salida, seguro.
Algunos lo logran,
con dificultad.
Muchos quedan atrapados,
y eso no parece preocupar a los residentes.
A pesar del miedo, la gente de la calle intenta creer,
darle sentido a su vida,
vivir en paz, difícil, pero posible.
Eso también es un sueño: la armonía.
Aunque desposeídos, tienen esperanza.
Gente que lo da todo.
Nada puede impedir a los transeúntes soñar.
El sol brilla para todos, se dice.
En esta calle se repite la palabra armonía,
se piensa, se sueña…
pero sigue siendo armonía frágil.
Eco de los pasos
Mis entrañas aún te reclaman
porque sin esperanza de nada
mis idas y venidas
son tan frías sin ti.
Nada queda, salvo tu sonrisa
en los muros agrietados de mi corazón, como tu voz
que hace brotar las flores de las montañas, esperando simplemente
tu sonrisa, sol.
Solo Dios sabe
cuánto las calles,
devastadas por tu ausencia,
murmuran tus pasos perdidos
al fondo de la ciudad.
Yo, que camino
como un soñador silencioso,
como un poeta en apnea,
escrutando cada muro
para reencontrar tu sonrisa
y el país que todos conocimos.
La hora se desboca,
invadida por los buitres.
Bajo el dominio de momentos soleados, nuestro amor no teme las calles,
porque el sueño persiste.
Todo es alegría,
un destino mejor del que nos atrevemos a creer.
El país sueña, esperanza.
Me fumo
Me fumo.
Cuerpo, cuerpo,
en busca de justicia
y no solo — congelado
en este rincón donde la espera me devora.
Me fumo.
Cada voluta llevada al infinito
que se eleva con una parte de mí,
con mis dolores.
Mírame ahora,
radiante — metamorfoseada.
Después de cada bocanada
mi miedo se borra — me pierdo.
Este cigarrillo en mi mano
quema también mi piel,
atrapada en un abrazo excesivo.
El humo negro, traicionero
para hundirme aún más.
Sueño contigo
Sueño contigo.
Y si ya no te escribo,
quizás el amor sabrá qué hacer
con el tiempo vivido juntos,
con nuestros gritos de felicidad,
con nuestras miradas perdidas en la bóveda estrellada.
Y si ya no te llamo,
si desvío la mirada,
si finjo que no existes…
quizás la naturaleza, por fin, se alegrará de tu ausencia.
Al final,
otro sol surgirá,
de una forma u otra.
Es muy tarde en la ciudad.
Escribo estas líneas
y en mi corazón
las luciérnagas hacen lo posible
por iluminar el camino.
Gracias a ellas
no he perdido mi rumbo.
Seguí la ruta
que, por mala suerte, me trajo de vuelta hacia ti,
una vez más.
Pareces eterna,
flotando como mi sombra,
réplica perfecta de mi corazón.
Dejarte no era más que un mal sueño.
Mi nebulosa
No hay amor desdichado
que no se alimente de indiferencia.
No hay hombre feliz
que no viva de tu rostro
que responde a todos los nombres del mundo.
No hay tímpano acariciado
que no escuche el sonido de tu melodía.
No hay alma rota
que no sane bajo tus párpados.
cada latido que callo
te lo dice sin oración.
No hay instante insignificante
que no esté dibujado por tu ausencia.
No hay paz en ningún lugar
que no sea mecida por tu presencia.
cuando me haces falta,
habitas mis noches.
No hay sombra de miedo
que no sueñe con tu luz.
No hay viento pasajero
que no sople tu nombre.
porque incluso en la lejanía
mi corazón siempre te adivina.
No hay lágrima derramada
que tu cabello no seque.
No hay nuevas estrellas
que no nazcan en tu nebulosa.
porque todo se alinea
con las curvas de tu cuerpo.
Suspendido de tus labios
Si un día me voy,
sabe que dormiré eternamente
con el sabor de tus labios en estallido de oro,
como un sol posado sobre mi última aurora.
A los ángeles les diré:
ya conocí el paraíso
tenía el perfume de una risa
y el sabor de tus labios.
No lo entenderán,
yo mismo ¿cómo habría de entender
que un labio pueda ser
miel y leche, fuego y frío,
diluvio y desierto a la vez?
Independiente del tiempo,
sin ser tocada,
me llega como enviada
a través de esa foto ofrecida en la mañana
como deseo de buen día
ella es mi día.
Mientras aún respire,
beberé esta alegría
como un ladrón de néctar.
Y si te vas, iré
hasta el fin del mundo,
hasta el fin de tus labios.
Sueño contigo
Sueño contigo,
porque incluso en las flores más pequeñas del camino
vi el resplandor de tu sonrisa.
Y tu rostro, suave como el horizonte marino al primer aliento del día,
florece luminoso desde la cima de la montaña que bordea la playa.
Ya no tengo miedo al amor,
ni a las sombras pesadas de nuestras heridas,
porque tú sabes curar esos silencios que ninguna palabra rompe.
En el soplo tranquilo de tu cercanía,
el deseo ardiente de acercarme más se hace más fuerte.
No te agites hablando de amor,
no tengo palabras para esta fiebre sin fin,
pero si me alejo, me pierdo en tu infinito.
Tal vez juntos, en el corazón de ese vacío,
nos perderemos para encontrarnos mejor,
en ese secreto que solo el corazón sabría decidir.
Vértigos y caos
Porque nuestras lágrimas dejaron de caer hace mucho,
lloramos sangre,
porque nuestros corazones están desgarrados por los golpes.
De rodillas,
esperamos el día del veredicto.
El cielo que nos protege
es masticado por las nubes,
vuelto vacío, sin eco ni luz.
Las huellas del tiempo,
del caos,
de la estupidez,
apestan el asfalto.
Los hombres de la ciudad pierden la memoria,
dudan en cruzar estas tierras ensangrentadas.
Vendrá un día, tal vez,
en que reunidos,
los vivos y la memoria de los muertos
que cargamos en brazos,
exigirán justicia.
Sabremos de quién, cómo y por qué.
Horas y horas de lluvia
no podrán limpiar el pavimento de nuestras calles,
ni apaciguar nuestras almas en pena.
Suspiros de dolor.
Esta mañana aún, mis manos lloran,
buscando el contorno azulado del cielo.
Hermano, camarada
Mírame.
Mira en el centro del ojo,
donde el cielo se posa,
y verás todo el océano de mi alma,
el abismo transparente
de lo que tú también escondes.
Esa parte tuya
que a veces se hincha con un mal viento,
mira a los otros desde arriba,
sin ver que habitamos la tierra
por la misma causa simple:
vivir, comprender, tender la mano.
Pude blandir el cuchillo,
silbar la guerra como mis ancestros.
Elegí abrir la palma,
enseñar a la sangre a cantar de otro modo.
Vivir de pie, con dignidad,
aquí, en otra parte, bajo el mismo sol.
Entonces, hermanos,
no retiren el brazo,
tiéndanme la mano,
no los dejaré caer.
Del Caribe a la tierra madre,
de oriente a occidente,
mírese frente a frente:
solo hallarán un mismo rostro.
______________________________
Traducción al español: Valentín y Sarah Amaro
Compartir esta nota
