Cada 23 de abril el mundo celebra el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor, una de las conmemoraciones culturales más hermosas de la humanidad. No es casual que la fecha evoque en la literatura universal a escritores de la talla de Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega, por no mencionar a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Isabel Allende. Y en la literatura dominicana a símbolos de esa civilización de la palabra escrita que ha hecho posible que los pueblos piensen, recuerden y sueñen.
En esta nuestra tierra, me vienen docenas de nombres de la gloria de la prosa y de la poesía, pero quiero destacar a las siguientes figuras:
- Pedro Henríquez Ureña — figura cumbre del humanismo hispanoamericano; maestro de generaciones, filósofo de la lengua y de la cultura.
- Juan Bosch — extraordinario cuentista, ensayista y pensador político; uno de los grandes narradores del Caribe.
- Manuel del Cabral — voz mayor de la poesía social latinoamericana.
- Salomé Ureña — madre espiritual de la poesía patriótica dominicana y de la educación nacional.
- Gastón Fernando Deligne — clásico imprescindible, de enorme refinamiento lírico e intelectual.
- Pedro Mir — poeta nacional; su obra une patria, historia y sensibilidad social.
- Aída Cartagena Portalatín — una de las grandes voces femeninas de la literatura hispanoamericana.
- José Mármol — contemporáneo de altísima talla, cuya obra filosófica y poética dialoga con los desafíos del presente.
No quisiera dejar de mencionar, y aquí incluyo una segunda selección de novelistas y narradores dominicanos del siglo XX y XXI: Marcio Veloz Maggiolo, Hilma Contreras, Jeannette Miller, René del Risco, Mateo Morrison, Andrés L. Mateo.
Pero este año la celebración posee un fulgor particular: se cumple el centenario de la instauración oficial del Día del Libro. Cien años dedicados a reconocer que en los libros habita no solo la memoria del mundo, sino también las preguntas que hacen posible su transformación.
Celebrar el libro es celebrar la inteligencia humana. El libro no es un objeto inerte. Es presencia viva. Es conversación silenciosa entre espíritus separados por siglos. Es puente entre generaciones. Es lámpara para atravesar incertidumbres.
Quien ha tenido en sus manos un gran libro sabe que leer es mucho más que decodificar palabras. Leer es aprender a mirar. Es ensanchar la conciencia. Es descubrir que la belleza del mundo no se agota en lo que vemos, sino también en aquello que comprendemos.
Un libro nos lleva adonde el cuerpo no alcanza. Nos permite habitar otras épocas, escuchar otras voces, conocer otras luchas, amar otras causas. Nos enseña que la experiencia humana es más vasta que nuestra biografía.
Por eso, cuando un niño abre un libro, no solo inicia un acto escolar: entra en la aventura de pensar. Y pensar es una forma de libertad. He creído siempre que enseñar a leer es enseñar a vivir mejor. No es una frase retórica. Es una convicción construida a lo largo de una vida en la educación. Porque leer bien no solo permite acceder al conocimiento; permite discernir, argumentar, dudar, elegir. Permite resistir manipulaciones. Permite formar ciudadanía.
Una democracia se fortalece cuando sus ciudadanos leen. Los pueblos que leen no son fácilmente sometidos. Quizás por eso la lectura ha sido, en toda gran tradición civilizatoria, un acto profundamente ético. Leer nos obliga a salir de nosotros mismos. Nos confronta con otras vidas. Nos humaniza. ¿Y qué es la educación, en su sentido más noble, sino una expansión de la humanidad en cada persona?
El libro tiene además una virtud silenciosa que hoy cobra renovada importancia: nos devuelve la lentitud. En una época acelerada por pantallas, fragmentos e inmediateces, el libro nos pide detenernos, demorarnos, contemplar.
Leer un libro es, en cierto modo, una forma de resistencia frente a la superficialidad. Porque el libro no grita. Susurra. Y en ese susurro puede revelarse una filosofía, una vocación o una esperanza.
¿Cuántas vidas han cambiado por una página leída a tiempo? ¿Cuántas decisiones éticas han sido iluminadas por una idea descubierta en un libro? ¿Cuántos maestros nacieron primero como lectores?
Yo misma aprendí muy temprano —en la intimidad de la familia, en la ternura de un padre que me enseñó a leer— que el libro no es solo instrumento pedagógico; es compañía moral. Un buen libro acompaña. Consuela. Provoca. Interroga. Y, muchas veces, salva.
En esa experiencia radica el placer profundo de la lectura: no un entretenimiento pasajero, sino una alegría interior que nos reconcilia con la belleza del mundo. Porque leer buena literatura, buena historia, buena ciencia, buena filosofía, nos hace percibir que la realidad puede ser más rica, más compleja y más luminosa de lo que parecía.
Y entonces la vida misma se vuelve más digna de ser vivida. Hay una pedagogía secreta en los libros: nos enseñan a admirar. Y un pueblo que conserva la capacidad de admirarse conserva también la posibilidad de renovarse.
Por eso preocupa cuando la cultura lectora se debilita, cuando la escuela enseña a repetir sin formar lectores, cuando se olvida que aprender a leer es aprender a pensar. La alfabetización verdadera no termina en reconocer palabras; culmina cuando el lector puede dialogar con ellas.
Ahí nace el pensamiento. Ahí nace la libertad. Y ahí nace, también, la posibilidad de una sociedad más justa. Hoy, cuando la inteligencia artificial reconfigura horizontes del conocimiento, el libro no pierde vigencia; gana profundidad.
Porque toda tecnología que aspire a servir al ser humano necesita una conciencia formada. Y esa conciencia, históricamente, ha tenido en los libros una de sus grandes escuelas. No hay innovación sostenible sin cultura. No hay ciencia sin humanidades. No hay futuro digno sin lectores.
Celebrar el Día del Libro es, por ello, celebrar una causa pública. Es recordar a maestros, escritores, bibliotecarios, editores y lectores que sostienen esa arquitectura invisible que hace posible la civilización. Es regalar un libro —como sugiere la hermosa tradición de Sant Jordi junto a una rosa— como quien regala una semilla.
Porque un libro puede germinar décadas después. Y producir pensamiento donde antes había silencio. En este centenario del Día del Libro, quizás convenga volver a una verdad sencilla: los libros no cambian el mundo por sí solos; cambian a quienes pueden cambiarlo. Y eso basta para defenderlos.
Termino con una convicción que me ha acompañado siempre: la vida merece vivirse con hondura, y pocas experiencias enriquecen tanto esa hondura como el encuentro íntimo con un buen libro.
Porque cuando la lectura despierta la mente, afina la sensibilidad y nos deja ver la belleza escondida del mundo, entonces comprendemos que leer no es huir de la realidad. Es aprender a habitarla mejor. Y acaso esa sea, en última instancia, la misión más noble del libro.
Educar es enseñar a vivir mejor.
Y leer es una de sus formas más altas.
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