‘’El valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo’’ – Nelson Mandela

Hay miedos que nacen de la oscuridad y otros que nacen de las palabras. Algunos aparecen cuando se apagan las luces y la imaginación comienza a poblar las sombras; otros llegan mucho antes, sembrados cuidadosamente por quienes nos enseñan qué debemos temer. El cuento “El Cuco (The Boogeyman)’’ (2012), de Elizabeth Balaguer, con ilustraciones por Emma Nice Grullón Balaguer parte de una figura tradicional del imaginario infantil para conducirnos hacia una reflexión profunda sobre el miedo, la imaginación, la educación y la libertad interior.

Carmencita llega al campo con la curiosidad propia de quien descubre un mundo nuevo. La vida rural representa para ella un territorio de exploración, juego y sorpresa. Sin embargo, una frase aparentemente sencilla pronunciada por su tío Ramón cambia la naturaleza de esa experiencia: “El Cuco te va a llevar”.

Portada de El Cuco.

‘’ —¡No corras, no corras muchachita traviesa, si no quieres que el Cuco te lleve!’’ (página 8)

Desde ese instante, el cuco deja de ser solamente un personaje de historias y comienza a existir dentro de la mente de Carmencita.

Y aquí aparece una de las primeras preguntas filosóficas que plantea el cuento: ¿Cuánto poder tiene aquello que creemos que existe?

El Cuco, en realidad, no necesita estar presente para provocar miedo. Basta con que Carmencita crea en él. La amenaza se instala primero en su pensamiento y después invade la oscuridad de la habitación. El miedo demuestra así una de sus características más profundas: no siempre necesita de un peligro real; muchas veces se alimenta de la interpretación que hacemos de aquello que desconocemos.

La mente humana tiene una extraordinaria capacidad para completar lo que no puede ver. En la oscuridad, un ruido puede convertirse en una presencia; una sombra puede transformarse en una criatura; una advertencia puede convertirse en una certeza. La imaginación, que durante el día es fuente de creatividad y descubrimiento, puede convertirse durante la noche en arquitecta de nuestros temores.

Carmencita no conoce al Cuco. Lo que conoce es lo que otros le han contado sobre él. Su miedo, por tanto, no nace de una experiencia personal, sino de una historia heredada.

Esto resulta especialmente significativo desde una perspectiva psicológica. Muchas de las cosas que tememos durante la infancia son aprendidas. Los niños construyen parte de su percepción del mundo a través de las palabras y comportamientos de los adultos que los rodean. Cuando se repite que algo es peligroso, terrible o amenazante, la imaginación infantil puede convertir esa afirmación en una realidad emocional.

El cuento no condena simplemente la tradición del Cuco; la utiliza para mostrarnos cómo funcionan ciertos mecanismos de aprendizaje. El adulto pronuncia una amenaza para conseguir obediencia, y el niño aprende a relacionar una conducta determinada con una consecuencia aterradora.

Elizabeth Balaguer.

Pero el relato introduce una transformación maravillosa: aquello que fue utilizado para producir miedo termina convirtiéndose en un amigo.

Y entonces podemos preguntarnos: ¿Cuántos de nuestros temores tienen realmente el rostro que les hemos dado?

A veces tememos lo que nunca hemos conocido. Tememos al desconocido, a la noche, al silencio, al fracaso, a equivocarnos, a aquello que otros nos enseñaron a considerar terrible. El miedo puede ser una herencia. Puede pasar de una generación a otra como una historia que nadie se detiene a cuestionar.

Nos dijeron: “ten cuidado”,

y aprendimos a temblar.

Nos hablaron de la sombra

antes de enseñarnos a mirar.

Nos dejaron un monstruo

dormido en la habitación,

y crecimos confundiendo

la advertencia con la verdad.

Pero toda criatura temida

guarda un secreto al despertar:

no vino a destruirnos,

tal vez solo quería entrar.

Cuando llega la noche, Carmencita escucha sonidos extraños. No puede ver lo que sucede y, precisamente por eso, su imaginación adquiere mayor poder.

‘’Cansada de tantos saltos y sacudiones de sábanas, decidió probar su valentía’’ (página 18)

La oscuridad del cuarto funciona como una metáfora de la existencia humana. Hay muchas situaciones en la vida en las que no podemos ver claramente qué nos espera. El futuro es una habitación sin luz. No sabemos exactamente qué habrá detrás de la siguiente puerta, y esa incertidumbre puede producir temor.

El filósofo Søren Kierkegaard reflexionó profundamente sobre la angustia que surge ante la posibilidad y la incertidumbre. El ser humano, precisamente porque puede imaginar diferentes futuros, también puede imaginar aquello que podría salir mal.

Carmencita experimenta algo parecido. No sabe qué está produciendo aquellos ruidos, y su mente llena el vacío con aquello que ya conoce: el Cuco.

Pero hay un momento decisivo en el cuento. Carmencita se cansa de tener miedo y decide mirar. Ese gesto aparentemente pequeño contiene una gran enseñanza filosófica.

La valentía no consiste en no sentir miedo, sino en decidir mirar aquello que nos asusta.

Carmencita abre los ojos poco a poco. Primero lentamente, después completamente. Y aquello que encuentra no es el monstruo terrible que había imaginado, sino un viejo regordete y peludo, extraño y divertido, que lleva una luz verde en las manos.

El monstruo pierde su poder en el instante en que es conocido.

Elizabeth Balaguer.

La filosofía ha vuelto muchas veces sobre la importancia de conocer aquello que nos atemoriza. Desde la antigua tradición griega, el conocimiento aparece como una forma de liberación. Sócrates convirtió el cuestionamiento en una manera de combatir la ignorancia; siglos después, distintos pensadores continuarían explorando la relación entre conocimiento, libertad y miedo.

En el cuento, Carmencita realiza precisamente un acto de conocimiento.

Ella pregunta:

“¿Tú eres el Cuco?”

La pregunta es fundamental. En lugar de permanecer encerrada en el miedo, establece un diálogo con aquello que la asusta.

Y el diálogo transforma la relación.

El Cuco explica que nunca ha hecho daño a los niños. Su imagen terrible fue construida por los adultos para disciplinarlos. De esta manera, Elizabeth Balaguer convierte al personaje fantástico en una metáfora de los miedos construidos culturalmente.

El monstruo no era monstruo.

Era una historia.

Y quizá esa sea una de las ideas más hermosas del cuento: algunas cosas dejan de perseguirnos cuando comprendemos de dónde vienen.

Cerré los ojos para no verlo,

pero el miedo seguía allí.

Cerré también mis pensamientos,

y aun así lo sentí venir.

Entonces abrí lentamente

la ventana de la mirada,

y descubrí que aquella sombra

no era sombra: era una historia inventada.

El monstruo perdió sus garras,

la noche perdió su voz;

cuando miré de frente al miedo,

el miedo dejó de mirarme a mí.

Hay algo particularmente interesante en el hecho de que Carmencita pregunte directamente por el Cuco.

Nombrar es una de las primeras formas humanas de ordenar el mundo. Lo desconocido produce incertidumbre; darle un nombre permite comenzar a comprenderlo.

Pero el nombre también puede ser utilizado para construir miedo.

“El Cuco” es precisamente eso: un nombre alrededor del cual se acumulan relatos, advertencias, imágenes y creencias. Antes de conocerlo, Carmencita ya posee una definición del personaje. Para ella, “Cuco” significa amenaza.

Cuando finalmente conoce al verdadero Cuco, descubre que la palabra y la realidad no eran lo mismo.

Esto ocurre constantemente en la vida. Podemos construir imágenes de personas, lugares o situaciones sin haberlas conocido realmente. Podemos temer una experiencia antes de vivirla. Podemos juzgar aquello que solamente conocemos por relatos ajenos.

El cuento nos invita, por tanto, a desconfiar de las apariencias heredadas y a desarrollar una actitud más crítica frente a aquello que aceptamos como verdad.

No todo lo que se cuenta es necesariamente cierto.

Y no todo lo que produce miedo merece ser temido.

Sin embargo, sería injusto considerar la imaginación solamente como fuente del miedo.

La misma imaginación que construye al Cuco aterrador es la que permite a Carmencita descubrir posteriormente al Cuco divertido.

La imaginación no es buena ni mala por sí misma. Es una fuerza creadora. Puede construir pesadillas, pero también puede construir mundos, personajes, juegos y amistades.

Carmencita transforma al Cuco mediante su imaginación, pero también el Cuco transforma a Carmencita. Después del encuentro, ambos se convierten en compañeros de travesuras.

Esto representa una inversión poética extraordinaria: el miedo se convierte en juego.

Aquello que parecía venir para llevarse a Carmencita termina quedándose para jugar con ella.

El cuento nos recuerda que la infancia necesita espacios donde imaginar sin que toda imaginación sea convertida en amenaza. El juego, la fantasía y la curiosidad son caminos mediante los cuales el niño explora el mundo y construye significado.

Había un monstruo en la noche

que todos temían mirar.

Tenía fama de llevarse niños,

pero solo quería jugar.

Saltaba sobre las sombras,

escondía luces detrás,

y cuando Carmencita rió,

dejó de parecer infernal.

Tal vez los monstruos también sueñan,

se cansan de asustar;

y puede ser, que detrás de cada miedo

exista un amigo por encontrar.

Otro aspecto importante del cuento es la utilización del Cuco por parte de los adultos.

El tío Ramón utiliza el miedo como mecanismo de disciplina. Su intención inmediata es conseguir que Carmencita deje de correr detrás de las gallinas. Sin embargo, el resultado es mucho mayor: la niña pasa todo el día pensando en la amenaza y luego experimenta miedo durante la noche.

Esto abre una reflexión sobre la educación.

Educar no debería significar simplemente conseguir obediencia. La verdadera educación busca desarrollar comprensión, responsabilidad y autonomía. Cuando el miedo sustituye a la comprensión, puede conseguirse una conducta determinada, pero no necesariamente se desarrolla una conciencia capaz de decidir.

La amenaza dice: “Hazlo porque tienes miedo de lo que ocurrirá.”

La educación reflexiva pregunta: “¿Comprendes por qué debes hacerlo?”

Existe una diferencia profunda entre ambas.

El cuento, con la sencillez propia de la literatura infantil, nos permite observar esta diferencia sin convertirla en una lección moral pesada. Carmencita termina descubriendo que la amenaza no tenía fundamento, y esa experiencia le devuelve la libertad de relacionarse con el Cuco desde el juego y no desde el temor.

El Cuco puede interpretarse como un símbolo de todos aquellos miedos que habitan la conciencia humana.

Puede representar el miedo a lo desconocido, a la noche, a la soledad, al castigo o incluso a aquello que no comprendemos.

Pero también puede representar algo más profundo: los temores que heredamos sin haberlos cuestionado.

Cada persona puede tener su propio Cuco.

A veces tiene la forma de una palabra, de una experiencia o de una historia que escuchamos tantas veces que terminamos creyéndola.

La madurez consiste, en parte, en aprender a mirar esos temores y preguntarles quiénes son.

Puede que algunos desaparezcan.

Es posible que otros nos enseñen algo.

Y probablemente algunos, como el Cuco de Carmencita, terminen convirtiéndose en compañeros inesperados de nuestro camino.

Todos tenemos un Cuco

escondido en algún rincón:

uno vive bajo la cama,

otro dentro del corazón.

Algunos vienen de lejos,

de historias que alguien contó;

otros nacen de una pregunta

que nunca tuvo explicación.

Pero si alguna noche

escuchas sus pasos llegar,

no cierres para siempre los ojos:

pregúntale quién será.

Al final del cuento, Carmencita debe regresar a su hogar. La familia se reúne para despedirla, pero ella busca a su amigo.

Lo encuentra detrás del tío Ramón.

‘’Entonces, divisó a Cuco detrás del tío Ramón, moviendo su mano en señal de adiós. Ella le devolvía el gesto de la misma manera’’ (página 26)

Esta escena posee una delicada ironía. El mismo hombre que provocó el miedo inicial aparece ahora junto al personaje que dejó de ser aterrador.

El tío Ramón cree que Carmencita se despide de él. Ella, sin embargo, aclara que se está despidiendo del Cuco.

La escena puede interpretarse como una pequeña victoria de la niña sobre el miedo.

Aquello que una vez fue utilizado para controlarla ahora pertenece a su mundo afectivo y lúdico. El Cuco ya no representa una amenaza: representa una amistad, una aventura y un recuerdo.

El miedo ha cambiado de significado.

Y puede que ahí se encuentre una de las enseñanzas más bellas del relato: no siempre podemos evitar que otros siembren miedo en nuestra imaginación, pero podemos decidir qué significado tendrá después aquello que hemos temido.

Te vas detrás de la montaña,

yo regreso hacia la ciudad;

pero no temo a las sombras,

porque aprendí a mirar.

Alguna noche, cuando escuche

tus saltos en la oscuridad,

recordaré que los monstruos

también saben sonreír y jugar.

Adiós, querido Cuco,

compañero de mi imaginación;

te llevas un poco de mi infancia

y me dejas valor en el corazón.

“El Cuco (The Boogeyman)” es un cuento infantil que puede leerse como una pequeña fábula sobre el poder de la imaginación, pero también como una reflexión filosófica sobre la manera en que construimos nuestros miedos.

Carmencita comienza la historia creyendo que el Cuco es una criatura peligrosa porque eso es lo que ha escuchado. Su miedo no nace de haberlo conocido, nace de haberlo imaginado a través de las palabras de otros.

Sin embargo, cuando finalmente abre los ojos, descubre algo completamente diferente.

El acto de mirar transforma la realidad.

La oscuridad no era el monstruo.

El monstruo tampoco era el monstruo.

El miedo había sido construido por una historia.

Y cuando la historia cambia, también cambia aquello que parecía aterrador.

La enseñanza del cuento trasciende la infancia. Todos, en algún momento, tenemos que enfrentarnos a nuestros propios Cucos: aquello que desconocemos, aquello que hemos aprendido a temer, aquello que imaginamos más grande de lo que realmente es.

Por eso, la verdadera aventura de Carmencita no consiste en conocer al Cuco, más bien en aprender a mirar.

Mirar antes de juzgar.

Preguntar antes de creer.

Conocer antes de temer.

Y, descubrir que detrás de algunas sombras no hay monstruos, hay historias esperando ser comprendidas.

Porque el miedo suele vivir donde falta luz, pero la luz no siempre es una lámpara.

A veces la luz es una pregunta, es la curiosidad, es el conocimiento.

Y otras veces, sencillamente, es el valor de abrir los ojos.

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. -Miembro del Ateneo insular Interiorista. -Libros: 1, 2, 3 lindas poesías para ti ( 2024), Odette y las mariquitas de papel (2025), El Charamico Mágico de la Navidad( 2025), y Voces de mi patria(2026). Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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