Toda gran obra cultural tiene detrás una visión.
Las instituciones pueden organizar actividades, levantar escenarios, convocar escritores y movilizar miles de personas.
Pero convertir un acontecimiento cultural en una referencia nacional e internacional requiere algo más: una idea capaz de trascender el calendario.
La Feria Internacional del Libro de Santo Domingo tuvo ese momento de transformación.
Y para comprender lo que hoy tenemos, es necesario mirar hacia atrás.
En la historia de nuestra Feria existe un antes y un después.
En ese tránsito, José Rafael Lantigua ocupa un lugar decisivo.
No se trata solamente de reconocer a una persona.
Se trata de reconocer una manera de entender la gestión cultural: aquella que no se conforma con administrar lo existente, sino que se atreve a imaginar lo que todavía no existe.
El momento de la transformación
Cuando, en 1997, durante la presidencia de Leonel Fernández, el Decreto núm. 44-97 reformuló la Comisión Permanente de la Feria del Libro, se abrió una nueva etapa en su organización, filosofía, objetivos, programación, promoción y dimensión internacional.
La Feria comenzó a ser concebida desde una perspectiva diferente.
No fue simplemente una modificación administrativa.
Fue un cambio de escala.
Un cambio de alcance.
Y, sobre todo, un cambio de visión.
José Rafael Lantigua fue una figura fundamental en ese proceso. Su participación contribuyó a impulsar la internacionalización de la Feria y a convertir a Santo Domingo en escenario de encuentro de escritores, intelectuales y personalidades de las letras de distintos países.
La presencia internacional alcanzó una dimensión hasta entonces inédita para el país.
República Dominicana no solamente recibía visitantes.
También comenzaba a mostrarse.
Nuestros escritores, poetas, ensayistas, investigadores y creadores tuvieron la oportunidad de compartir con figuras internacionales y de formar parte de un diálogo cultural mucho más amplio.
Aquello fue mucho más que convertir una Feria Nacional en Internacional.
Fue colocar al país en una conversación cultural con el mundo.
Cuando la cultura se atreve a crecer
Hoy puede parecernos natural que una Feria dominicana aspire a recibir escritores extranjeros, presentar países invitados, desarrollar encuentros internacionales y proyectar nuestra producción literaria.
Pero hubo que imaginarlo.
Y esta es una de las principales lecciones de aquella experiencia.
Los grandes acontecimientos culturales no crecen solamente porque aumentan sus presupuestos o porque incorporan más actividades.
Crecen cuando alguien se pregunta:
¿Qué puede llegar a ser esto?
Esa pregunta contiene el germen de toda transformación.
Una visión cultural permite mirar más allá de la actividad inmediata y convertirla en instrumento de desarrollo, intercambio y construcción de identidad.
Por eso, cuando observamos la Feria actual, no deberíamos preguntarnos únicamente cuánto ha crecido.
Deberíamos preguntarnos:
¿Cuál es la visión que la conduce hoy?
Porque una institución puede mantener durante años una estructura aparentemente exitosa y, sin embargo, perder la capacidad de renovarse.
Puede repetir una fórmula que alguna vez funcionó y terminar convirtiendo el éxito pasado en un límite para imaginar el futuro.
Las instituciones culturales necesitan memoria.
Pero también necesitan futuro.
De la administración al propósito
Una Feria Internacional del Libro requiere, naturalmente, una enorme capacidad administrativa.
Hay que organizar espacios, coordinar actividades, recibir invitados, atender editoriales, establecer programación, garantizar seguridad, movilizar estudiantes y resolver cientos de asuntos logísticos.
Todo eso es necesario.
Pero administrar una Feria no es lo mismo que tener una política nacional del libro y la lectura.
La diferencia es fundamental.
La administración pregunta:
¿Cómo hacemos la Feria?
Una política cultural debería preguntar:
¿Para qué hacemos la Feria y qué queremos transformar con ella?
La primera organiza un acontecimiento.
La segunda construye un proceso.
Y esa diferencia debería acompañarnos cuando evaluemos el futuro.
Porque una gran programación cultural puede llenar espacios durante varios días.
Una política de lectura debe ser capaz de modificar hábitos durante años.
La internacionalización como punto de partida
La internacionalización fue uno de los grandes saltos de nuestra Feria.
Permitió que República Dominicana recibiera voces procedentes de diferentes geografías y que la literatura dominicana entrara en contacto con otras tradiciones culturales.
Pero internacionalizar una Feria no puede significar únicamente traer grandes nombres del exterior.
También significa proyectar hacia el exterior lo que somos capaces de crear.
Una Feria verdaderamente internacional debería ser una gran ventana por la que entren las voces del mundo, pero también una puerta por la que nuestra literatura pueda salir.
Nuestros poetas.
Nuestros novelistas.
Nuestros dramaturgos.
Nuestros ensayistas.
Nuestros historiadores.
Nuestros investigadores.
Nuestros jóvenes escritores.
Nuestra literatura infantil.
Nuestra memoria literaria.
Todos deberían formar parte de ese intercambio.
Porque sería una contradicción aspirar a que otros países conozcan nuestra literatura mientras nuestros propios niños y jóvenes tienen un contacto insuficiente con ella.
La internacionalización debe ser un diálogo de doble vía.
Recibir al mundo y mostrarle el país.
De la Feria-evento a la Feria-proceso
Aquí comienza una transformación conceptual.
Una Feria-evento se prepara durante meses, abre sus puertas, desarrolla una programación y termina.
Una Feria-proceso comienza mucho antes y continúa mucho después.
Antes de la Feria deberían estar trabajando las escuelas, las bibliotecas, los clubes de lectura, las familias y los centros culturales.
Durante la Feria deberían encontrarse esos lectores con escritores, libros, maestros, bibliotecarios y mediadores.
Y después de la Feria debería existir seguimiento.
Porque el verdadero desafío no es solamente conseguir que un niño entre a un pabellón.
Es conseguir que, después de salir de él, quiera abrir un libro.
No se trata solamente de llevar lectores a la Feria.
Se trata de llevar la Feria hasta los lectores.
Esa diferencia puede cambiar completamente su significado.
Una nueva etapa
Si una generación tuvo la visión de transformar una Feria Nacional en una Feria Internacional, la pregunta que corresponde a la nuestra es todavía más desafiante:
¿Cuál debe ser la próxima gran transformación de nuestra Feria Internacional del Libro?
Quizás ya no se trate de hacerla más grande.
Quizás tampoco de hacerla más concurrida.
Quizás el próximo gran salto sea conseguir que una parte significativa de quienes pasan por sus pabellones se conviertan, después de abandonarlos, en lectores habituales.
Ese sería un cambio verdaderamente trascendente.
Porque una Feria puede cambiar de tamaño.
Puede cambiar de escenario.
Puede cambiar de programación.
Pero cuando consigue cambiar la relación de una sociedad con los libros, entonces deja de ser solamente una Feria.
Se convierte en una política cultural de país.
Y para dar ese próximo paso necesitamos mirar hacia el lugar donde comienza, en buena medida, la formación de un lector: el aula.
Porque podemos hablar de libros, vender libros y llevar niños a una Feria.
Pero si nuestros estudiantes no comprenden aquello que leen, el problema es mucho más profundo.
La próxima pregunta ya no será cuánto leemos.
Será cuánto comprendemos de lo que leemos.
Continuará mañana.
Porque una sociedad no se transforma solamente cuando aprende a pronunciar las palabras de un libro, sino cuando descubre que esas palabras pueden enseñarle a pensar.
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