Sí, Isabel, hay un señor al que estuve leyendo en estos días, se llama Erick Erickson y tiene una teoría sobre el sentido de la identidad psicosocial en los seres humanos. El tal Erickson, que es siquiatra, habla de las edades críticas del hombre y aduce que cada sujeto tiene a lo largo de sus ciclos biológicos un constante proceso de aprendizaje. Aduce Erickson, que cuando cambian los temperamentos en el ser humano cambian de igual manera, ipso facto, ciertos gustos y apetencias por las cosas.

Y eso es lo que está ocurriendo contigo y conmigo, Chabelita, Isabelita, chochita de papi, que te asustas con la menopausia y atraviesas una edad crítica, una edad biológica que afecta tu conducta y yo, temeroso de otras cosas, aludo hacia la tarima de la fuga.

¿Y sabes?, creo que por eso me pides que no me vaya, como aquella canción que hizo famosa Néstor Mesta Chayres, allá por los años cuarenta o cincuenta (¿recuerdas?: “No te vayas, no te vayas / que la noche se mece junto al mar”). Sí, Chabela, la comprensión de los ciclos vitales construye la tarea que deberemos emprender por más compleja que resulte.

Podría ser confianza lo que nos falte y, tal vez por eso, deseas encadenarte a todo lo que significó tu juventud, aferrándome yo a estos demonios de la desolación.

¿Recuerdas a los jóvenes combatientes que te cogías en los entrenamientos de la revolución de abril? Creo que ahora buscas la reedición de aquella época donde —y con el apoyo de tu esposo rico— tu pepita se paseaba gloriosa por todo el parque Ramfis y la fama de coge-hombre-insaciable te siguió victoriosa por toda la zona constitucionalista. Sin embargo, Chabela, no has podido reeditar esa condición porque estás atrapada en otro ciclo biológico; en una edad crítica donde se deben resolver ciertos problemas fundamentales antes de pasar a la siguiente fase: la liquidación de los estrógenos y el consabido desgaste de los ovarios.

¿No lo ves? ¡Míralo!: tus tetas ya no son tetitas sino tetotas y tus caderas ya no recuerdan la ondulación cimbreante del metal porque se han convertido en caderotas; y tu portentoso clítoris, otrora de erguimientos pétreos, ya no lo siento entre mis labios como una sabrosa cosita eréctil, sino como un salobre gusano intrascendente.

Lo que pasa, Chabela, es que entonces tenías veinticinco añitos y creías que la carne, que las células corporales jamás se cansarían; y ahora fíjate, ellas se cansan, ellas se agotan y dejan de reproducirse como en los mejores años de nuestras vidas. De ahí, a que tu piel se haya comenzado a arrugar y de que el agua que antes corría armoniosa y libremente entre tu epidermis, encuentre ahora crecidos obstáculos para ejercer su recorrido, sobreviniéndote otras ganas, otros deseos y otros atrevimientos.

Pero, ¿sabes, Isabel de mis amores?, no te preocupes, todavía supervive el cariño como trofeo, y los cariños sobrepasan las criticidades biológicas y sus mierdosas secuelas. Porque, ¿acaso son el hombre y la mujer iguales? Dime, ¿en qué pueden parecerse? ¿En el cerebro? Creo que las diferencias son tácitas y es por eso que se produce nuestro acople, esa necesidad loca de amarnos y odiarnos y sentir que ambos somos uno al enclincharnos como burdos gladiadores.

Por eso, podríamos pasar la página de esta miserable ecuación, ¿verdad?, haciendo un pequeño, un leve, un diminuto inventario de nuestras pertenencias biológicas, de lo que trajimos al mundo y de lo que, Dios mediante, dejaremos al fuego o a los gusanos.

Mira, Isabel, tú tienes esas tetas, ahora grandes y algo laxas, pero con ciertas redondeces clandestinas, y yo lo que tengo, mira, son tan sólo dos picaditas de avispa; tu ombliguito es chiquitito y profundo; espérate, ponte así, en medio de la cama y déjame dártele un besito con lengüita pasada suavemente, ¡ah, qué ricura de ombligo con pequeños depósitos de ácaros recogidos en las noches tormentosas de sudores y espermatozoides; observa mi ombligote, duro, hueco, inútil; tú tienes esas caderotas anchas, con exabruptos geográficos como la costa griega y esas dos bolitas de carne al comienzo de los muslos y yo, ¿qué tengo?, pues nada, ¿no lo ves?; mis muslos están brotados y los tuyos no.

Pero mira ahí, mamá, come ahí, entre tus muslos déjame probar ese bocado tan rico y apetitoso que guardas celosamente en tu encoñadura, en tu prodigioso empeine donde reposa, nada más y nada menos, que una cortada, una zanja milenaria por donde han nacido hombres, mitos y leyendas. ¿No lo sabías? Por esa cortada nacieron King Kong y Julio César y también nació la historia, el capitalismo y el comunismo; sí, esa profunda e infinita cortada es la madre patria de todas las cosas conocidas, incluyendo guerras, pestes, bondades, linchamientos, razas inmortales y desinmortales, sin dejar atrás que ha sido, también, un túnel del tiempo sin tiempo, sin la tele a cuestas, y capaz de estornudar y cambiar el curso de los ríos, porque tu cortada es un himno al amor, al desamor y al odio, así como a la esperanza y a la quietud.

Portada de la novela "Currículum (el síndrome de la visa)".

Y ahora mírame a mí, ¿qué tengo yo entre las piernas, si no un ripio fofo, un estropajo colgante que se pone blandengue a medida que pasan los años y al que ustedes les gusta bien durote y áspero y lleno de mortalidad asesina, tal como si fuera un garrote-espada, un cañón con sacudida, una roca gigantesca, una bazooka redentora, un relámpago matador de tiranos y capaz de erguirse y arrollar las zanjas milenarias como la tuya. Pero eso sí, sin desatar contra-ilusiones y sacando a flote las esperanzas dormidas como los mocos acatarrados en las narices de los niños de Constanza.

Pero mira, Isabel, mírate los cabellos en el espejo de este motel de mierda con olor a cucas mal lavadas y a culos de turcos recién llegados del medio oriente: ¿acaso no estás viendo la textura, la mierdura de tu pelo grácil y brilloso frente a este mío, tan grueso y tan áspero?

Y es esa —como diría mi amigo Monegal— la marcada característica diferencial que nos hace gustarnos el uno al otro, porque por dentro tú tienes útero y yo tripas, tú tienes trompas de Falopio y yo una próstata que crece y crece y se petrifica; tú tienes glándulas mamarias y a mí lo que me sale por las tetillas, según la maricona de Martina, es una sustancia agridulce que no sirve para nada.

Sí, Chabela, somos diferentes, completamente diferentes, y por eso la liberación manoseada y lengüeteada de las feministas debe circunscribirse a una petición de amiga a amigo: ¡Mire, macho!, mi cerebro tiene un tamaño de tantos cecés y mi coeficiente de inteligencia es tanto por tanto, entonces ¿por qué no nos entendemos y nos repartimos el trabajo del mundo?

¡Mire, macho!, usted tiene más fuerza que yo y tendrá que hacer la guerra y trabajar en el campo mientras yo me ocupo de los trabajos manuales y las computadoras (pero no como los malditos industriales ingleses, que comenzaron la explotación de la mujer, arguyendo que las manos femeninas eran mejores para las labores textileras, pero les pagaban menos; mientras los hombres se quedaban en las casas sin trabajo, realizando las tareas caseras).

¡Mire, macho!, pondremos en la mayoría de los baños del mundo muchas toallas sanitarias femeninas para los flujos menstruales y usted verá, macho, que el mundo caminará mejor, mucho mejor; pero eso sí, macho, nos acostaremos en una cama usted y yo y sacaremos chispas de tú-a-tú con chupaditas, mordiditas y mucho petting, para luego de la consabida venida cada cual ocupar su posición social: usted en lo suyo y yo en lo mío. Yo pariendo y usted proveyendo. Pero eso sí, cuando un ratoncito aparezca por los rincones de la casa gritaré mucho, mucho, mucho, y usted vendrá, macho, y lo matará a escobazos. ¿O.k.?

(Fragmento del capítulo XVII de mi novela Currículum [El síndrome de la visa], 1982. Premio Nacional de Novela ese año)

Efraim Castillo

Escritor

Efraim Castillo es una de las figuras más polifacéticas y destacadas de las letras y la cultura contemporáneas en la República Dominicana. Integrante fundamental de la Generación del 60, ha cultivado con maestría la narrativa, la dramaturgia, la poesía, el ensayo, la crítica de arte y la comunicación publicitaria. Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura 2025, el máximo reconocimiento a la trayectoria de un creador en el país, además de haber recibido múltiples premios nacionales en los géneros de novela, cuento y teatro. Su obra se caracteriza por una aguda mirada analítica, rigor intelectual y un constante compromiso con la reflexión estética e histórica de la sociedad dominicana. efraimcastillo@gmail.com

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