Conversación en La Catedral, considerada, no sin razón, la obra maestra de Mario Vargas Llosa, retrata, a grandes rasgos, las circunstancias trágicas, dolorosas, coercitivas y decadentes que afectaron al Perú durante la férrea dictadura del general Manuel Odría.
Sin quererlo, los peruanos sufrieron, hasta lo indecible, los estragos de la corrupción, la inmoralidad y el abuso de poder de un presidente cruel y de razón enfermiza.
Gobernando con mano de hierro, Odría duraría un promedio de ocho años (1948-1956).
Durante ese tiempo, el hermano país sería vejado, envilecido, desgarrado y duramente golpeado.
Por esas y otras razones, sentiría decepción, amargura, temor, temblor y mordería, de más en más, el polvo del dolor, al tiempo que sufriría el terrible escozor de la conciencia herida, los sueños trémulos y la rabia contenida por el sopor del pesimismo, la represión, el tráfico de influencias, las injusticias, el irrespeto, la falta de libertad, el olor a sangre, las delaciones por doquier, las deportaciones y muertes injustificadas. Por eso, en demasía, habría estado extremadamente jodido.
Cayo Bermúdez (apodado Cayo Mierda), figura clave de la dictadura de Odría, cambiaría de situación y se convertiría en persona de poder, a la que muchos, sin pensarlo siquiera una vez, pedirían favores.
En tal sentido, Vargas Llosa diría:
"Cuando a don Cayo le cambió la suerte, con Odría, en Chincha decían ahora la Rosa se hará casa nueva y tendrá sirvientas. Nada de eso, don. Comenzaron a lloverle visitas a la Rosa, entonces. En La Voz de Chincha salían fotos de don Cayo que decían Chinchano Ilustre y quién no le caía a la Rosa para pedirle un puestecito para mi marido, una bequita para mi hijo y que a mi hermano lo nombren profesor aquí, subprefecto allá. Y las familias de aprietas y apristones a llorarle que don Cayo suelte a mi sobrinito o deje volver al país a mi tío (…)".
Por lo referido, quedaría bien claro que Cayo Mierda sería parte esencial del régimen dictatorial de Odría.
Sin duda alguna, sería necesario leer y releer Conversación en La Catedral para comprender los fundamentos y la ferocidad de tan nefasto régimen de fuerza.
Después de reflexionar sobre la novela, Carlos Fuentes, renombrado escritor mexicano, en memorable correspondencia al escritor peruano diría lo siguiente:
"(…) Mario, mis felicitaciones y admiración por tu Conversación en La Catedral. Creo que no solo es tu mejor libro, sino la única gran novela política que se ha escrito en castellano. Pienso hacer una edición ampliada de mi ensayito sobre la novela e incluir un largo 'papel' sobre tu libro".
Tan valiosas palabras no son sino testimonio fehaciente de la calidad política y literaria de Conversación en La Catedral.
En su interesante obra Vargas Llosa: palabras en el mundo, Alonso Cueto, reputado crítico y conocedor de literatura hispanoamericana y universal, sostiene que:
"(…) El inicio de Conversación en La Catedral dramatiza la escisión entre la pasividad lúcida de Zavalita y la presión múltiple de un entorno precario. Zavalita es un ser intermedio frente a la vibración de la miseria en la avenida Tacna".
"Su primera visión —continúa argumentando— parece indicar un destino con una frase interactiva que marca una miserable y subyugante armonía del entorno: Automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris (…)".
Cueto, sin más, tiene sobrada razón en lo expresado. Y no es para menos, ya que ha leído y releído, no sin espíritu crítico, la monumental obra Conversación en La Catedral y demás escritos de Vargas Llosa.
Por tal motivo, su interpretación no podía ser mejor.
En efecto, Conversación en La Catedral, sin duda alguna, es una novela experimental y compleja, de visible temática política y dolorosa, con voces entrecruzadas, técnica depurada y sustentada en un discurso narrativo articulado con escenas y atmósferas sombrías, teñidas, digamos, de violencia, marginación, pesimismo, desasosiego e incertidumbre.
Con paciencia y sin premura, Vargas Llosa trabajaría, sin descanso, dicha novela. Por tal razón, su calidad estética y deslumbrante nivel de perfección serían inmejorables y seductores.
En distintos momentos, probablemente signados por el desaliento y la desesperanza, habría tenido no pocas dificultades que le impedirían encontrar el hilo conductor para entretejer ideas, conceptos y argumentos claves de la novela.
Después de varios intentos, riesgos y aventuras escriturales, Vargas Llosa experimentaría, no pocas veces, relámpagos intuitivos de lucidez mental (inmanentes y trascendentes) que le permitirían dar con la metodología y técnica adecuadas para terminar —de manera magistral— Conversación en La Catedral, la cual, como se ha de saber, es su obra mejor lograda.
Con palabras explícitas y más que convincentes, escribiría:
"(…) El libro tuvo pocos lectores al principio, pues se consideraba largo y difícil. Sin embargo, en este medio siglo ha ido ganando lectores en todo el mundo. Yo me alegro mucho porque es la novela que más trabajo me costó escribir y con la que me quedaría si tuviera que elegir una sola entre las que he escrito".
Basta leer una y otra vez, sin prejuicio alguno, Conversación en La Catedral para disfrutarla y comprobar lo dicho por el magnífico escritor peruano.
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