Don Tony Raful,

embajador de la República Dominicana ante el Reino de España.

Juan Bolívar Díaz,

embajador de la República Dominicana en México.

Doña Ada Wiscovich y familia.

Muy buenas tardes, amigos y amigas.

Estamos reunidos esta tarde, convocados por don Juan Bolívar Díaz, para poner en circulación sus memorias y, con ellas, una parte de la historia de la República Dominicana, al menos de las últimas 7 décadas.

Estas contienen la riqueza de la vida de un ser humano que vino a esta tierra decidido a dejar una huella imborrable en todos los caminos que se pusieron a su alcance, con el compromiso de contribuir a la construcción de una sociedad más justa, igualitaria y humana.

La vida de Juan Bolívar es polifacética: participó en la política, los medios de comunicación, la docencia, la sociedad civil y la diplomacia. En todas las actividades que desarrolló, como verán al leer estas memorias, dejó su seña de identidad, dignificándolas y transformándolas a medida que asumía nuevas funciones.

Para entender muchos aspectos de estas memorias, tenemos que recurrir a su proceso histórico, puesto que hay muchas cualidades adquiridas y otras aprendidas en el transcurso de su vida, pero todas ellas están comprendidas en el título de su libro: Con las riendas tensas.

Tenemos que convenir en que León Felipe es el poeta del dolor, de la protesta, de la denuncia y del exilio, pero también debemos admitir que es el poeta de la solidaridad. Se le considera un poeta profético, rebelde y universal, cuya seña de identidad es la convivencia en comunidad.

Su verso dice así: «Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo, porque no es lo que importa llegar solo ni pronto, sino llegar con todos y a tiempo».

Mientras leía las memorias de Juan Bolívar, no podía apartar de mi pensamiento el poder intrínseco que había en la vida de una mujer singular, con quien tuve la oportunidad de compartir y a quien admiré por su personalidad, su inteligencia y su compromiso social: doña Juana Santana Castillo, su madre. En aquella época de dificultades de toda clase, ella sola, gracias a llevar las riendas tensas, logró conducir al éxito a sus hijos —Arimendi, Juan, Miriam y Roberto—. Su propósito consistía en llegar con todos y a tiempo, inculcándoles el carácter solidario y el valor del esfuerzo colectivo, familiar y social que comenzó a desarrollar en los bateyes de San Pedro, en esa universidad de la vida donde los seres humanos nos dan lecciones de supervivencia y nos ayudan a forjar nuestro carácter para enfrentarnos a la vida.

Decía mi amigo Facundo Cabral: «Algunos venimos a este mundo para irnos antes o después, pero otros vienen para no irse nunca, porque son arquitectos de la historia».

Por eso mismo, sería muy difícil conocer y entender la historia de la República Dominicana de las últimas décadas sin la presencia del autor de estas memorias, porque no solo fue testigo, sino también participante esencial de acontecimientos muy graves y trascendentes ocurridos durante estos  años en el país. En ellos estuvo presente como actor destacado, incluso a riesgo de su vida, y tuvo que recurrir al exilio voluntario.

Si salir de un batey marca desde niño la vida de un ser humano que debe enfrentarse a una sociedad desigual, no es menos decisiva la vida de un seminarista, quien, desde que se levanta, comienza el día con una especie de psicoanálisis personal que va forjando su carácter integral y preparándolo para servir en un mundo en descomposición.

Juan Bolívar, como verán al leer sus memorias, fue un gran profesional como periodista, docente, escritor y diplomático; pero donde verdaderamente más sobresalió fue en su calidad humana.

Dentro del contexto histórico en que vivió, se distinguió por ser un luchador permanente por la democracia. Se convirtió en un activista antitrujillista y puso su vida al servicio de la patria, sin exigir otra cosa que el bienestar de su pueblo en todos los sentidos.

Se cultivó mediante el estudio y un trabajo formal e informal sin tregua. Él sabía, como decía el político español Alfredo Pérez Rubalcaba, que el poder reside en la información. La adquirió escuchando a unos y a otros sin distinción y con un respeto militante. Fuera el político más poderoso o el ciudadano más humilde, a todos los escuchaba con respeto y nunca hacía prevalecer supremacía alguna. Tenía la certeza de que la verdad no es absoluta y de que, en el diálogo con el otro, la propia verdad crece.

Por eso, en sus programas de radio y televisión siempre mostró un profundo respeto por el pensamiento ajeno. Aquí sí ejerció su condición profética: escuchó al pueblo hasta la saciedad, porque ese es el camino para construir democracias con futuro. Tal vez fue así como comprendió la necesidad de crear Participación Ciudadana y de tener muy presentes las organizaciones sociales que se movilizaban en el país, para dar voz a quienes no la tenían y poner de relieve los problemas que los agobian día a día.

Participación Ciudadana ha desempeñado una función especial al visibilizar los problemas más importantes del país y plantear ante la sociedad dominicana la necesidad de enfrentar la corrupción, la violación de los derechos humanos, la violencia contra las mujeres, los fraudes electorales, la debilidad institucional y el racismo social, cultural e institucional. Estos problemas fueron puestos en evidencia en momentos decisivos mediante la movilización de la sociedad civil, algo que la clase dominante nunca le perdonó.

Como político. Siempre lo conocí como un ser independiente y reflexivo, con una capacidad de análisis envidiable; siempre dialogante, con un gran pragmatismo político y una capacidad de comunicación digna de encomio, pero también con una conciencia rebelde e inconforme ante las situaciones políticas que retrasaban el desarrollo del país en todos sus aspectos.

Por eso, su compromiso era con la democracia real como objetivo innegociable. Valoraba los movimientos sociales y las instituciones que representaban la lucha por la democracia plena, la libertad de expresión y la participación ciudadana. Siempre estuvo preocupado por construir instituciones capaces de servir al bien común.

Como diplomático. En su trabajo diplomático en España dejó su impronta democrática. Pese a las dificultades partidarias, construyó su proyecto político pensando en su país y, por primera vez en España, popularizó la Embajada dominicana, convirtiéndola en la embajada de todos los dominicanos, independientemente de su filiación política o condición social. El embajador recibió a sus conciudadanos no solo con respeto, sino también con cariño, hasta el punto de extender su trabajo a la residencia de la Embajada, donde se realizaban actividades de toda índole encaminadas al crecimiento de los ciudadanos dominicanos que viven en este país.

Visitó a la diáspora dominicana en sus lugares de residencia en España, conociendo el entorno en que se desenvolvía y las dificultades que enfrentaba. Mantuvo su independencia y cumplió los compromisos inherentes a su cargo.

Como periodista. Tal vez el ámbito en el que más se le conoció fue el periodismo. Al leer las memorias, uno se da cuenta de que reflejan las mejores cualidades de un profesional ejemplar, que ama lo que hace y conoce los riesgos que ello conlleva.

Su telediario Uno más Uno era el ícono de los programas políticos y democráticos. Por allí pasaban personas de todos los partidos políticos, ciudadanos de todas las ideologías, sindicalistas, las más diversas organizaciones vinculadas a los problemas sociales y campesinos sobrevivientes que llevaban sus denuncias. Juan Bolívar era el ingeniero de las alianzas, y aquí aparece la figura del periodista profeta.

Después de conocer a Juan, probablemente esta característica fue la que más me llamó la atención. Hablábamos de la política dominicana y, posteriormente, los acontecimientos iban sucediendo tal y como él me los había descrito.

"Entrego estas Memorias a la puerta del retiro definitivo después de 69 años de trabajo", Juan Bolívar Díaz. (Foto: Ronny Cruz)

Este concepto se ha vinculado mucho con la concepción sagrada del profetismo escatológico, que poco tiene que ver con el profetismo laico. Este último anuncia el desenlace de los acontecimientos y, a veces, da la impresión de que vislumbra el fin de los tiempos. Suele hablar, pensar y anunciar la nueva era, la entrada en un nuevo proceso, los costos humanos y materiales que conlleva y los sacrificios que exige a los actores que intervienen. Esto solo se consigue mediante el compromiso personal y una sólida preparación, analizando los diversos procesos pasados y presentes para determinar las posibilidades que encierran.

El profeta periodista no realiza los cambios por sí mismo, sino que anuncia lo que viene y las consecuencias de errar en los diagnósticos. Por eso, en Con las riendas tensas, el análisis que hace de los personajes que intervienen en los acontecimientos, de cómo se han llevado a cabo las luchas, de los compañeros que quedaron en el camino, de la irrupción de la dictadura, de la compleja personalidad de los líderes del momento y de las personas del pueblo que dieron su vida por la democracia en el país nos acerca a hechos que han determinado la historia de la República Dominicana. Están narrados desde un punto de vista histórico, con amor y pasión, y deberían despertar no solo la curiosidad de cualquier dominicano que ame a su patria, sino también su compromiso con la historia.

En estos capítulos descubrimos que el autor no es un llanero solitario, sino un constructor solidario junto con aquellas personas comprometidas con él o con las mismas causas, algunas de las cuales incluso pagaron con la vida su compromiso patriótico y democrático.

Vendrán generaciones que, para conocer la historia de su patria, tendrán que consultar estas memorias. Exhorto a la generación actual que desee seguir dignificando esta profesión a que las lea, porque, en estos tiempos de negacionismo, siempre quedará la memoria ejemplar de un periodista responsable, íntegro, coherente, valiente y honesto que nos recuerde el camino de la esperanza.

Quiero terminar con una anécdota que, para mí, define a Juan Bolívar. Dice la Biblia que un día el Maestro estaba con sus discípulos y uno de ellos le preguntó qué pensaba del discípulo Natanael. El Maestro se quedó mirándolos y les dijo: «He aquí un israelita en quien no hay engaño». Yo también he parafraseado muchas veces esa sentencia al referirme a Juan Bolívar: «He aquí un dominicano en quien no hay engaño».

Gracias, Juan Bolívar, a ti y a tu familia, pero, en especial, a la inolvidable doña Juana Santana, por habernos enseñado cómo llevar las riendas tensas y llegar juntos y a tiempo.

Pedro Álvarez Pastor

Fundador de VOMADE

Fundador del Voluntariado de Madres Dominicanas en España, VOMADE. Esposo de la desaparecida doctora Bernarda JIménez, dominicana establecida en España, que fue miembro de la Ejecutiva del PSOE. Pedro es también ciudadano dominicano.

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