Este es mi primer artículo del año 2026 para la columna Kalunga, y lo escribo desde la necesidad urgente de senti-pensar el mundo que habitamos. No desde la comodidad del análisis intelectual distante, sino desde la experiencia encarnada de ser un cientista social de base en un contexto donde la incertidumbre dejó de ser excepción para convertirse en norma.

Por eso siento la obligación ética de pensar y compartir saberes sobre estos temas desde la categoría del senti-pensar, tal como lo hubiese abordado el destacado sociólogo colombiano Orlando Fals Borda desde las Ciencias Sociales: entendiendo que conocer no es separar razón y emoción, sino pensar con el corazón y sentir con la cabeza (Fals Borda, 1987, 2009).

En la actualidad estamos viviendo en un mundo profundamente convulso, inestable y complejo. Un mundo donde ya no sabemos ni estamos preparados para despertar cualquier día con un país invadido, un presidente apresado o derrocado, resultados de elecciones alterados, suspendidos o no reconocidos, democracia en pausas y hasta derechos y libertades eliminados por decreto.

En América Latina, y particularmente en el Caribe y la República Dominicana, esta sensación de fragilidad se intensifica: robos institucionales como el reciente caso de SENASA, niños desaparecidos que evidencian la precariedad de los sistemas de protección, feminicidios que se multiplican “al dos por uno”, congresos que van dejando de legislar a favor del pueblo, e implementación de políticas públicas de las que no sabemos con claridad si siguen siendo verdaderamente públicas. Este escenario no es únicamente político o económico; es profundamente ontológico.

La pregunta que atraviesa todo, es ¿quiénes somos hoy y qué tipo de mundo estamos construyendo? Aquí adquiere centralidad la noción de dualidad ontológica jerarquizada, entendida como esa forma moderna y colonial de organizar la realidad en pares opuestos desiguales, como es: orden/caos, razón/emoción, desarrollo/atraso, ciencia/creencia, vida valiosa/vida prescindible. Esta lógica no ha desaparecido; por el contrario, se ha naturalizado y sofisticado. Desde la antropología crítica sabemos que lo ontológico remite al ser y las formas en que ciertas vidas son reconocidas como dignas y otras como descartables.

Ya no basta con producir artículos académicos que circulen exclusivamente entre pares. El pensamiento social debe salir al espacio público, dialogar con la sociedad, incomodar narrativas oficiales y ofrecer claves interpretativas accesibles sin renunciar al rigor.

En este mundo convulso, la jerarquización del ser se expresa cuando algunos dolores importan y otros no, cuando ciertos crímenes conmocionan y otros se normalizan, cuando la violencia contra las mujeres, los pobres, los cuerpos racializados y empobrecidos se convierte en paisaje cotidiano. Fanon (1952) advirtió tempranamente que la colonialidad produce sujetos ubicados en la “zona del no-ser”, y esa zona hoy parece expandirse peligrosamente.

La crisis que atravesamos es también epistemológica, claro que sí, ya que asistimos a ataques sistemáticos contra la ciencia, el pensamiento crítico, la universidad y las Ciencias Sociales. Se desacredita el conocimiento cuando incomoda, se promueve la ignorancia como estrategia política y se caricaturiza por sus posturas al cientista social y al humanista como el gran enemigo del “sentido común”.

Sin embargo, como plantea Boaventura de Sousa Santos (2010, 2018), lo que está en disputa no es la ciencia en abstracto, sino cuáles conocimientos se consideran válidos, quiénes pueden producirlos y para qué intereses sirven. La modernidad colonial impuso una epistemología única, eurocéntrica y excluyente, que hoy se resquebraja sin que sepamos aún con qué será reemplazada. Las prácticas afrodiaspóricas, los saberes comunitarios, las espiritualidades, las memorias corporales y las formas populares y de los espacios periféricos de entender la vida han sido históricamente deslegitimadas por esta jerarquía del conocimiento planteada.

No obstante, en medio del colapso civilizatorio, son precisamente estos saberes los que ofrecen claves de resistencia, cuidado colectivo y re-existencia. En ellos no existe una separación tajante entre cuerpo y espíritu, entre individuo y comunidad, entre política y vida cotidiana. Allí se desafía, de manera silenciosa pero profunda, esa dualidad ontológica jerarquizada.

El plano sistémico completa este entramado. Estados debilitados, instituciones capturadas, organismos internacionales en crisis y una geopolítica marcada por el repliegue de las llamadas potencias mundiales en espacios multilaterales que antes regulaban al menos discursivamente derechos humanos, cooperación, ciencia y cultura.

Imagen que representa el senti-pensar desde de la dualidad ontológica.

Este retiro no es neutral: deja a los países del Sur Global más expuestos, más fragmentados y más dependientes de lógicas autoritarias internas. En la región, gobiernos no afines a proyectos populares aprovechan este vacío para profundizar políticas de exclusión, criminalización, despojo y violaciones de derechos fundamentales.

Todo esto ocurre mientras la vida íntima y social también se transforma: por ejemplo, la natalidad ha disminuido de manera significativa refieren las estadísticas mundiales, las redes familiares se reconfiguran y el futuro se percibe más como amenaza que como promesa. Estos datos no son únicamente demográficos; son síntomas culturales de un mundo que ha perdido certezas ontológicas básicas. Ya no sabemos qué esperar, ni siquiera qué desear. En medio de este escenario, la pregunta por el rol de los académicos, las academias y las instituciones de pensamiento no puede seguir postergándose.

Históricamente, estos espacios surgieron para interpelar el poder, producir marcos críticos y acompañar los procesos sociales desde una ética del conocimiento público. Sin embargo, en el contexto actual se percibe un silencio inquietante. No un silencio por falta de pensamiento, sino un silencio político que confunde neutralidad con ausencia de posición. Es necesario decirlo con claridad: tomar posición desde la academia no equivale a militancia partidaria o de líneas de pensamientos. La tradición crítica de las Ciencias Sociales latinoamericanas desde Fals Borda hasta Paulo Freire ha sostenido que el conocimiento situado conlleva una responsabilidad social.

Por eso, callar ante el deterioro democrático, la violencia estructural o la mercantilización de la vida no es objetividad; es una forma de alineamiento con el orden existente. Los tiempos han cambiado y la cultura de ha transformado. Ahora tenemos organizaciones internacionales que han perdido su respeto y vigencias, y muchos gobiernos no le importa las decisiones que se toman en conjunto, aun siendo parte de las mismas. En ocasiones hasta se retiran o cierran los financiamientos de sus países como forma de repudio y castigo.

Ya no basta con producir artículos académicos que circulen exclusivamente entre pares. El pensamiento social debe salir al espacio público, dialogar con la sociedad, incomodar narrativas oficiales y ofrecer claves interpretativas accesibles sin renunciar al rigor. En América Latina existen experiencias valiosas de instituciones de pensamiento, observatorios, grupos de trabajos, redes académicas y colectivos intelectuales que han comprendido esta urgencia y han asumido las redes sociales, los medios digitales y la comunicación pública como territorios legítimos de disputa epistemológica y política.

Por ejemplo, el papel que viene juagando el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO y sus diferentes grupos de trabajos diseminados en toda la región, como espacio de articulación diverso para pensar y senti pensar. Y es precisamente la mirada que desde el GT Éxodo de Matrices Culturales estamos realizando, formado por profesionales y activistas de la región y coordinado desde la Republica Dominicana. Volver a pensar desde los espacios, los territorios con y la periferia, más que, con y la academia, sabiendo que desde ahí también se hace ciencia y se generan resultados, saberes, nuevos enfoques y articulaciones, como nos enseñó Pablo Freire y Fals Borda.

En un contexto donde los discursos de odio, el negacionismo y el autoritarismo circulan con rapidez, la academia y sus voces no se pueden ausentar, ni dejar el campo libre a la desinformación. Por esa razón desde el senti-pensar, la academia debe recuperar su capacidad de articulación: articular saberes con movimientos sociales, comunidades, medios de comunicación y otros campos del conocimiento, así siento plantearlo por ser al sector al que pertenezco.

Esta articulación no puede ser instrumental; tiene que ser ontológica y ética. Ya que la dualidad ontológica jerarquizada atraviesa también a la academia cuando separa teoría y praxis, razón y emoción, conocimiento experto y saber popular. Superar esta división exige una academia que sienta, piense y actúe, que asuma su lugar como actor social en un momento histórico donde el silencio se vuelve cómplice.

Hoy más que nunca, las academias y las instituciones de pensamiento están llamadas a pronunciarse, a generar debates públicos, a incidir en los medios de comunicación y en las plataformas digitales, no solo para divulgar eventos, sino para contribuir activamente a la conversación social, defendiendo la vida, la ciencia, la democracia, la dignidad humana y objetando las guerras, las intervenciones, la corrupción y el atropello a los sectores periféricos y su gente.

Para finalizar esta reflexión, tal como iniciamos planteamos desde el Sur Global, y particularmente desde las experiencias afrodiaspóricas latinoamericanas y caribeñas, la pregunta sigue abierta y es profundamente inquietante: ¿ante todo esto, ¿qué nos espera?

La respuesta no está dada. Pero sí sabemos que sin pensamiento crítico, sin academia comprometida y sin articulación social, el futuro será decidido por quienes continúan jerarquizando el ser, el saber y la vida. Hasta la próxima semana.

Referencias

 Fals Borda, O. (1987). El problema de cómo investigar la realidad para transformarla. Bogotá: Tercer Mundo Editores.

Fals Borda, O. (2009). Una sociología sentipensante para América Latina. Bogotá: Siglo del Hombre Editores.

Fanon, F. (1952). Peau noire, masques blancs. Paris: Éditions du Seuil.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva.

Giroux, H. A. (2014). Neoliberalism’s war on higher education. Chicago: Haymarket Books.

Mignolo, W. (2011). The darker side of Western modernity. Durham: Duke University Press.

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Revista Internacional de Ciencias Sociales, 153, 201–246.

Santos, B. de Sousa. (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo: Trilce.

Santos, B. de Sousa. (2018). El fin del imperio cognitivo. Madrid: Trotta.

Walsh, C. (2013). Interculturalidad crítica y pedagogía decolonial. Revista de Educación, 362, 25–48.

Jonathan De Oleo Ramos

Antropólogo Social, Investigador, Gestor Cultural,

Jonathan De Oleo Ramos. Correos: jonathan.deoleoramos@gmail.com jdeoleoramos@ccny.cuny.edu Académico e investigador dominicano, doctorando en Educación con orientado a la Investigación, Docencia y Liderazgo. Antropólogo y Cientista Social. Especializado en Antropología de la Alimentación; Políticas Culturales; Ciencias del Folklore; Estudios Afrolatinoamericanos; Derechos Humanos; Periodismo Cultural; Masculinidades y Pedagogía Sistémica. Becario Mellon del Dominican Studies Institute the City College New York, CUNY DSI, como académico, investigador y docente de Studies Afro-Dominican Cultural Manifestations of the Colin Powell School for Civic and Global Leadership. Experiencia en proyectos vinculados a su línea de investigación. Miembro Comisión de Historia, Instituto Panamericano de Geografía e Historia; Federación Mundial de Estudios Culturales y Asociación Internacional de Cultura Tradicional. Autor: Cofradías Dominicanas del Espíritu y Antropología del Plátano, Coautor: La muerte y el día de los Muertos: Una Mirada Antropológica en América Latina.

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