Hay días en que la palabra se convierte en refugio. Y hoy, después de más de tres años escribiendo esta columna Kalunga sobre cultura, patrimonio, antropología, rituales, memoria e identidad, investigaciones y etnografías, no escribo de lo académico, aunque en mi vida la antropología siempre esté presente. Hoy escribo desde la experiencia vivida, desde el temblor del espíritu, desde la gratitud profunda y la memoria.
Aunque mi línea de investigación abarca la muerte, los cementerios, las despedidas y los rituales, es la primera vez que escribo desde dentro de un duelo propio, atravesado por la pérdida de un ser querido que también sintió orgullo por mí. Aún resuena en mí una de sus últimas palabras, horas antes de partir, cuando llegué a verlo a la clínica y dijo: “Llegó mi sobrino”, con su voz ya muy débil, reconoció mi presencia ante todos los familiares que estaba en ese momento en la sala acompañándole.
Hoy escribo en honor a mi tío Luis Alberto Ramos Aquino —el Chamo—, porque su vida y su forma de partir merecen ser contadas.
Un hombre llamado a unir
Luis vivió 70 años intensos, naciendo el 10 de febrero de 1955 y partiendo el 17 de noviembre de este año. Fue un hombre que trabajó, luchó y caminó por el mundo con humildad y gracia. Viajó, conoció otros países, y Venezuela se convirtió en su segunda patria. De allí nació su apodo eterno: Chamo.
Pero su mayor viaje siempre fue de regreso a Castillo y a su madre, mi abuela materna, Anatalia Aquino Rojas, a quien amó con una devoción admirable. En la casa de mi abuela nunca faltó la taza del café de Luis, su plato servido, su espacio reservado. Cuando no podía estar en Castillo, la llamaba todos los días. Esa fidelidad cotidiana es de las cosas que más lo definen.
Luis fue un hombre de familia: padre dedicado, esposo amoroso, hermano conciliador, tío cariñoso. Tenía el don raro de unir, de ser mediador, de evitar conflictos, de reír en medio de cualquier tormenta. Nunca lo vi molesto, ni triste: siempre alegre, siempre relajando, siempre con esa sonrisa que ahora recordamos como un refugio.
La familia como territorio sagrado
En su muerte se hizo visible lo que siempre había sembrado: unidad. Y allí estuvimos todos y todas: Sus hermanos, mis tíos y tías: Héctor, Radamés, Chelo, Mare, Winston; Jacqueline, Evelyn, Clary, Delia, Socorro y Marisol. Con Luis quedaban 12 hermanos vivos, ahora son 11. Cuatro hermanos ya pasaron a otro plano: Danilo, Elvis, Freddy y mi amada madre Fior Daliza, estoy seguro que con ellos ya se ha encontrado y por su supuesto con padre, mi abuelo Bienvenido Ramos (Cabo Ramos), que ahora lo recibe.
Los hijos de Luis: Jenny, Luis Manuel, Luis Alberto y Valeria (la Chama), quienes lo despidieron con amor y con la certeza de haber tenido un padre noble y presente y nieta
Leslie Chanel, cuya voz inocente estremeció al cementerio en su entierro cuando dijo: “Abuelo, gracias por quererme, por darme todo lo que pudiste. Siempre te recordaré, te amo”. Su esposa Mercedes Valdera, con quien ya había cumplido 47 años de casados, que se dice fácil, pero son muchos, Mecho en el cementerio le dijo: “Gracias por ser el hombre que fuiste”. Frase que yo la interpreto como una vida de entrega mutua.
Y qué decir de la maravilloso familia Valdera, que lo acogió como un hijo más y estuvo presente en cada segundo del proceso. Acciones que no siempre se ven. Pero Luis sembró y cosechó. Y como una escena que solo la vida puede escribir, sus hermanos desde Estados Unidos, mis queridos, Jacqueline y Mare pudieron llegar a despedirlo. En Jacqueline se sintió algo muy profundo: la más pequeña de la casa de los hermanos Ramos Aquino, comportándose como la más grande, asumiendo, acompañando y sosteniendo, como si la vida la hubiera preparado para este momento, pero sabemos que no.
Castillo un pueblo que abraza
El pueblo de Castillo acompañó a Luis como solo un pueblo noble sabe hacerlo: con presencia, con oración, con solidaridad. En su velatorio, que duró dos días, en las horas santas, en la misa, y en la vela en la casa de mi abuela, donde cientos de personas llegaron a despedirlo, la comunidad se convirtió en un abrazo colectivo. El Castillo que siempre lo vió caminar por sus calles, ahora lo acompañó hasta su descanso final.
El tránsito: dolor, resistencia y paz
Luis vivió en sus últimos días un dolor que jamás había visto en otro ser humano. El cáncer lo golpeó con una fuerza implacable y acelerada; los medicamentos dejaron de hacer efecto y su cuerpo se removía buscando un alivio que no llegaba. Aun así, se mantuvo resistente con una dignidad que conmovía. Y cuando llegó la hora de partir, ocurrió algo que solo quienes hemos estudiado y vivido los rituales del morir podemos comprender.
Rodeado de su esposa, hermanas, cuñados y sobrinos que no lo abandonamos ni un segundo, por eso Luis encontró la paz, medio del rezo del rosario, mientras las oraciones abrían camino, su respiración se fue apagando suavemente y se marchó, se fue, cumplió su tiempo en este plano. Lo puedo describir como un tránsito sereno, casi sagrado.
Desde mi mirada antropológica pensé en lo que en Villa Meya llaman el encuentro con Kalunga, ese paso hacia el otro lado donde la vida se transforma. Desde la fe cristiana, se entiende que se iba hacia un plano más alto, al encuentro con Dios. Y desde mi corazón, supe que, pese al dolor, Luis se marchó en paz, sostenido por el amor que lo acompañó hasta el último segundo, su esposa.
La fuerza de una madre que ha despedido cinco hijos
Mi abuela Anatalia, con casi 94 años, ha vivido la muerte de su esposo, cinco hijos y cuatro hermanos. Y, sin embargo, se mantiene firme, iluminada por esa fe indestructible que solo las madres del Caribe profundo conocen. Ella, más que nadie, sabe lo que significa entregar un hijo de nuevo a Dios. A mamá Ana, como en otros momentos, con su fuerza que yo no sé de dónde la saca, la vi despedir a Luis con la serenidad de quien entiende que el amor no se acaba con la muerte, sino que cambia de forma.
Gratitud infinita
Este artículo también es un agradecimiento público en nombre de mi familia a todos los que estuvieron en su internamiento en los diferentes centros, en San Francisco de Macorís, en la Plaza de la Salud, donde nos tocó despedirlo, en el velatorio, en las horas santas, en la misa. En Castillo, en cada abrazo, cada visita, cada palabra.
Gracias a todos los que sostuvieron a la Ramos-Valdera y Ramos-Aquino en este momento tan duro.
Luis vive en nosotros y la memoria de Luis no es un recuerdo: es un modo de estar, ya que vivo en las risas, en los abrazos, en la unidad que dejó, en el amor por su madre, en su nobleza cotidiana, en su alegría inagotable, su caminar por el pueblo, en sus llamadas, en sus viajes a New York, en su intensidad y jocosidades únicas. Y porque así es la vida, a veces la muerte no separa: une.
Hoy, desde mi vocación y mi oficio como antropólogo, desde mi fe y desde mi corazón, honro a Luis Alberto Ramos Aquino, mi tío, el Chamo de todos.
Y como diría un viejo proverbio africano: “La memoria es el camino por donde caminan los que ya no están”. Hoy caminamos ese camino con amor, con gratitud y con la certeza de que Luis nos acompaña desde otro plano, donde no hay dolor, solo luz. Hasta la próxima semana.
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