El Centro Cultural Rainieri, aún sin inaugurar, dio apertura este miércoles a una exposición titulada El Mar como Territorio, en la se presenta una colección de por los menos 100 piezas artísticas de la familia Rizek Guerrero, y que a partir de este día estará abierta al público en general en Punta Cana, en el Centro Cultural Ranieri.
Las siguientes fueron las palabras de Héctor José Rizek Sued, propietario de la colección:
El mar como territorio
Presentación de la Colección Familia Rizek Guerrero
Inauguración del Centro Cultural Rainieri, Punta Cana, 2026
Palabras de Héctor José Rizek Sued
Junio 10, 2026
Señoras y señores: muy buenas noches.
En nombre de mi familia, mi esposa Bethania Guerrero de Rizek y en el mío propio— quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Frank y Haidée Rainieri, a sus hijos y a todo el equipo de este Centro Cultural, por hacer posible este proyecto. Por creer con visión que la cultura es la identidad de los pueblos; por comprender que un espacio como este es una declaración sobre el tipo de sociedad que queremos construir por el altísimo honor de confiar en la colección de nuestra familia para acompañar su proceso de apertura.
Me permito compartir con todos los presentes que hay territorios que no se conquistan ni se heredan, sino que se reconocen. El mar ha sido siempre uno de ellos. Frontera sin muros, camino sin asfalto, memoria sin archivo. Cuando comenzamos a reunir las obras que hoy conforman la propuesta que se exhibe, mi esposa Bethania y yo no teníamos un mapa trazado de antemano; estoy seguro que mis hermanos tampoco, pero sí teníamos la certeza de que el arte transforma los espacios en territorios habitables, y estos, a su vez, en lenguaje y memoria viva.
Es por esta razón que El mar como territorio no es el título de una exposición temática en el sentido convencional. Es, en suma, la constatación a través del diseño curatorial propuesto por Orlando Isaac de algo que fuimos descubriendo pieza a pieza, artista por artista, a lo largo de años de búsqueda y de encuentros afortunados. El mar aparece en estas obras de formas distintas y, a veces, insospechadas. Tal vez se nos devela como fondo luminoso que amplía el horizonte de una escena cotidiana, como materia prima que tiñe una paleta entera de azules imposibles, metáfora de tránsito entre mundos, espejo donde se refleja la identidad de un pueblo que lleva el Caribe en el cuerpo. No todas las obras muestran el mar de manera explícita, pero casi todas lo contienen.
De modo que lo que hoy se exhibe fue sumándose a nuestra colección bajo el deseo de rodear nuestra vida familiar de belleza y pensamiento. No fue una decisión estratégica ni una inversión calculada. Fue, antes que nada, una forma de habitar el mundo con más atención. Cada vez que una obra de estas llegó a nuestras manos, lo hizo porque nos detuvo, nos hizo mirar de otra manera los detalles en la naturaleza, la grandeza y fuerza del universo.
Hubo algo en cada pieza que nos resultó irreductible a palabras. Y, sin embargo, las palabras terminan siendo inevitables cuando se trata de expresar lo que se ama que es precisamente lo que nos ha traído hasta aquí, al Centro Cultural Rainieri en Punta Cana.
La selección de obras que se exhiben abarca más de seis décadas de producción artística, integrando los trabajos de artistas de República Dominicana, España, Cuba, Puerto Rico, Trinidad y Tobago, Haití, Uruguay y Francia. Hay piezas que ya pertenecen a la historia del arte dominicano e iberoamericano, y otras que están escribiéndose en el presente vivo de una escena que no para de renovarse. No hay jerarquías entre unas y otras, sino más bien diálogos y sinergias que nos llevan a la siguiente pregunta ¿qué significa vivir en una isla, frente al mar, con un pasado sincrético y lleno de luz?
Esa pregunta tiene muchas respuestas posibles, y la colección no privilegia ninguna. A nuestro juicio, la maestra Clara Ledesma la responde en su obra desde el cuerpo femenino como centro del cosmos una afirmación que, viniendo de una pintora dominicana de su generación, tiene el peso de una declaración. Cándido Bidó lo hace desde el azul cobalto que se volvió inseparable de su nombre. Ramón Oviedo nos sorprende a través de su visión de la calle, el ruido y la metamorfosis constante de lo cotidiano elevado a mito.
Hay obras aquí que preguntan más de lo que afirman, y esas son, quizás, las que más nos han acompañado en el tiempo como es el caso de Iván Tovar que construyó un lenguaje que no le pedía permiso a nadie, ni al surrealismo europeo que lo formó, ni a las expectativas de lo que debía ser el arte dominicano. Jorge Noceda Sánchez quien con su onirismo desplegó universos poblados de detalles y fascinación.
En ese tránsito, Eligio Pichardo tensiona el cuerpo hasta convertirlo en algo entre lo humano y lo mecánico. Franz Caba, con humor que no es ligereza sino más bien instinto, pone a navegar un coche fúnebre en mar abierto y nos obliga a pensar en el tránsito, en la muerte, en lo absurdo de ciertas fronteras. Esa irreverencia también es una forma de identidad.
El mar en estas obras no es paisaje, sino que se transforma en contexto vital. Domingo Liz lo supo en su momento y se refleja en su pieza donde cuatro figuras en una canoa roja condensan siglos de relación entre el cuerpo humano y el agua. No hay adorno. La economía de medios formales es total. Y, sin embargo, o esencialmente por eso, la imagen permanece. Plutarco Andújar es el pintor por excelencia del mar, de la luz, de la magia de los azules en nuestro espacio geográfico. Mientras que, Virgilio Méndez, con escenas de pesca que son, al mismo tiempo, documentos de una forma de vida donde el Caribe atrapa al espectador con su forma elevada para edulcorar lo sencillo y tranformarlo en sublime, tal como acontece con las obras de Justo Susana que, desde lo naif capturan la esencia del costumbrismo dominicano.
Eugenio Fernández Granell, Josep Gausachs, George Hausdorf y José Vela Zanetti llegaron a la República Dominicana en el contexto de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Encontraron aquí luz, tiempo y la posibilidad de compartir sus conocimientos, siendo los pilares para la fundación de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Santo Domingo en 1942. Sus obras continen la historia de su maestría. Tenerlas es, para nosotros, una forma de honrar su legado y de recordar que cuando un pueblo es generoso, recibe mucho más de lo que ha dado.
Firelei Báez, Inés Tolentino y Hulda Guzmán trabajan desde el cuerpo, específicamente, desde lo femenino, como territorio donde se inscribe y se negocia la identidad caribeña. Demetrea, de Firelei, no es solo una figura monumental, sino también, un cuerpo que reclama espacio, que se niega a pasar desapercibido, que lleva en su piel la memoria de lo que ha sido ser mujer y ser caribeña. Eso es lo que nos detuvo cuando la vimos por primera vez, y sigue siendo lo que nos detiene hoy.
La obra tridimensional en esta colección nació del mismo impulso: encontrar artistas que trabajan los materiales del Caribe —la madera, la cerámica, la fibra vegetal, el agua— para hablar de lo que va más allá de lo decorativo. Julia Aurora Guzmán inauguró su fuente con agua del río Ozama, un gesto que conecta este espacio en Punta Cana con los orígenes de la primera ciudad de América. Juan Trinidad, Dionisio Blanco, Bony Ramírez, Dalton Gata, Fernando Varela, Miguelina Rivera, Mario Dávalos, José García Cordero, Limbert Vilorio, Fermín Ceballos, José Miura, Said Musa, cada uno, desde su lenguaje, pregunta qué es lo que queda cuando uno trabaja con las manos y con la materia de su propio entorno.
Quisqueya Henríquez eligió el béisbol —nuestra pasión más compartida y, al mismo tiempo, nuestro mito más democrático— para hablar de género, de cuerpo, de representación. Lo hizo desde el conocimiento de lo que ese deporte representa para los dominicanos.
Frances Gallardo, desde Puerto Rico, convierte algo tan pequeño como un mosquito en una reflexión sobre lo que ignoramos porque es demasiado común. Nadia Huggins pone en un mismo plano el cuerpo de un buzo y el de un erizo, y en esa yuxtaposición hay algo que dice más sobre el Caribe que muchas palabras. Sacha Tebó nos recuerda, que nuestro mar ha sido también, para muchos, el único camino posible.
Y hay más, en estas salas. Gilberto Hernández Ortega buscando la honestidad con una llama en la oscuridad. Paúl Giudicelli convirtiendo el pez en símbolo espiritual con pigmentos mezclados con arena y cal. Théodore Chassériau, con un ramo de flores de 1852 que sigue respirando. José Morbán plegando el lienzo para revelar lo que la representación siempre oculta. Mónica Ferrera, Natalia Ortega Gámez, José Durán, Raúl Recio, Raúl Morilla y a Charlie Quezada, no voy a describirlos. Les pido, simplemente, que se detengan. Que dejen que algo les hable antes de buscar la explicación.
Compartir es lo que nos ha traído hasta aquí para presentar voces distintas que, puestas en diálogo, revelan algo que ninguna podría decir sola como es el caso de que el arte del Caribe y de quienes con él se han relacionado es un arte de cruces, de mareas, de corrientes que no respetan fronteras porque las fronteras son siempre más recientes que el mar mismo.
Queremos agradecer nuevamente a los apreciados amigos Frank y Haidée Rainieri, a su familia y a todos los miembros del Centro Cultural Rainieri por hacer posible este encuentro. Por creer profundamente que la cultura es también una forma de hospitalidad, y por comprender que una colección privada, al abrirse al público, trasciende su condición inicial para convertirse en algo más difícil de nombrar y, sin duda, más valioso; un bien compartido.
Agradecemos de manera muy especial a los artistas cuyas obras hoy nos convocan, así como a sus familias, por su generosidad, su confianza y por sostener, a lo largo del tiempo, el compromiso con la creación. De manera especial a Henry Mercedes que ha cedido en préstamo dos piezas excepcionales de Jorge Pineda, una de las voces más elevadas del arte dominicano contemporáneo, siendo una de sus obras de la serie “Sirenas” la portada del catálogo de la muestra. También, al apreciado amigo Darío Oleaga que suma a esta muestra una pieza singular de carácter escultórico del artista Franz Caba.
Extendemos igualmente nuestro reconocimiento al equipo gestor que ha acompañado este proceso con rigor y sensibilidad: a Rab Messina, Alex Martínez, Orlando Isaac y Raúl Morilla, quienes han estado al frente de la museología, la museografía y la curaduría; a Roxana Soto-Wiese por llevar magistralmente la logística del proceso como gerente de la Fundación Grupo Puntacana. Agradezco el apoyo de Arte San Ramón, especialmente de Susy y Andrea Guzmán, y junto a ellos, a todos los colaboradores que han hecho posible que esta propuesta encuentre su forma y su sentido.
A quienes lleguen a estas salas con curiosidad o con dudas, con conocimiento previo o con una mirada completamente nueva, les decimos lo mismo que nos dijimos cuando comenzamos este camino; no hace falta entender todo para que algo te mueva. El mar tampoco se entiende del todo y aun así, volvemos a él, porque en su vastedad reconocemos algo esencial: que invertir en arte es, en última instancia, apostar por la memoria, la sensibilidad y la permanencia; es dejar una huella que, aun en silencio, seguirá hablando cuando ya no estemos.
Muchísimas gracias, Dios les bendiga grandemente y a cada una de sus familias.
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