El artista dominicano no carece de talento. Carece de Estado. No de un Estado que lo convoque para animar fiestas patronales, llenar de color los desfiles de carnaval o decorar actos oficiales, ni que lo aplauda en aniversarios culturales, sino de un Estado que lo reconozca como trabajador de la sensibilidad, del pensamiento y de la memoria colectiva. Un Estado que lo asuma como sujeto real de política pública y no como ornamento circunstancial.

Durante demasiado tiempo, la creación artística ha sido pensada más como vocación que como trabajo. Se admira al artista, se le aplaude, se le invita; pero rara vez se le reconoce con derechos, responsabilidades y condiciones materiales mínimas. Esa mirada romántica sostiene la mística del arte, pero también justifica su precariedad. Cuando la cultura se concibe solo como pasión y no como sistema, el creador queda atrapado entre el entusiasmo y la sobrevivencia.

Desde la formación inicial hasta la madurez profesional, el trayecto del artista está marcado por la fragilidad estructural. Escuelas con recursos limitados, programas intermitentes, ausencia de becas sostenidas y una débil —cuando no inexistente— articulación entre educación, producción y empleo. En este contexto, la vocación no se desarrolla: resiste. No crece, sobrevive.

Muchos creadores se forman gracias al sacrificio personal y familiar más que a una estrategia institucional coherente. Pagan su educación, sostienen su práctica con trabajos paralelos y, en demasiados casos, abandonan el campo artístico cuando el desgaste material supera la pasión creativa. No por falta de talento, sino por agotamiento estructural. La creación se convierte así en una hazaña privada en vez de una responsabilidad compartida por la nación.

El Estado suele aparecer tarde y mal: contratos efímeros, empleos mal remunerados, pensiones insuficientes para vivir con dignidad los últimos años de vida y un asistencialismo que sustituye lo que debería ser una relación profesional clara y estable. El artista es visible mientras ejecuta el trabajo, pero invisible cuando exige derechos.

Reconstruir la relación entre artistas y Estado exige un cambio estructural: pasar del asistencialismo a la política pública, reconocer la dignidad del trabajo creativo, proteger el tiempo de investigación y garantizar espacios estables donde la obra pueda nacer, crecer y circular.

Cada año, el país asiste en silencio al deterioro material de quienes lo hicieron imaginar. Artistas que dedicaron su vida a crear belleza, pensamiento y memoria llegan a la vejez sin protección social suficiente, y demasiadas veces la gratitud pública llega cuando ya es tarde.

Esta precariedad no es un accidente. Es el resultado de una política cultural fragmentaria, discontinua y carente de planificación estratégica. Cuando no existe un proyecto nacional de formación, empleo y  difusión artística, el creador queda reducido a sobreviviente. No se le piensa como educador, agente de transformación social o productor de conocimiento, sino como recurso utilitario que se activa por conveniencia.

La paradoja duele: nos llenamos la boca hablando de orgullo cultural, pero a la hora de sostener a los artistas el apoyo se vuelve discurso y el presupuesto se evapora. Muchos jóvenes talentos se ven obligados a cruzar fronteras para poder continuar su obra y alcanzar el reconocimiento que aquí no encuentran. Se aplaude al artista cuando triunfa fuera; se le olvida cuando crea dentro. La gloria puede llegar, pero la dignidad material y la continuidad profesional siguen ausentes.

Se confunde cultura con evento. Una obra, un concierto o una exposición son apenas la superficie visible de trayectorias largas: investigación, escritura, ensayo, técnica, producción, mediación y circulación territorial. Cuando el Estado solo financia el acto final, ignora el trabajo acumulado que lo hace posible. La cultura no es espectáculo: es proceso, es estructura, es trabajo sostenido que transforma.

En este escenario, muchos artistas viven una polivalencia forzada: crean, enseñan, gestionan, producen, buscan patrocinios y ejercen oficios paralelos para subsistir. Esa versatilidad es admirable, pero revela la fragilidad de un sistema que no protege ni valora la dedicación profunda. Sin tiempo protegido no hay investigación estética ni pensamiento cultural duradero.

La ausencia de circuitos estables de difusión agrava la precariedad. Muchas obras nacen y mueren en apenas dos fines de semana de presentaciones; una exposición de artes plásticas permanece quince días en una sola galería; un libro se edita sin alcanzar una red real de lectores; un taller se realiza únicamente en Santo Domingo o Santiago. Falta una red nacional articulada en las provincias: circuitos permanentes, residencias, intercambios y plataformas continuas que permitan a la creación respirar y sostenerse en el tiempo. Sin difusión no hay sostenibilidad; sin sostenibilidad, la creación se vuelve intermitente y termina subordinada a los favores y decisiones del poder.

Cuando la supervivencia depende de favores o afinidades, el mérito se diluye. El arte pierde autonomía, riesgo y profundidad. Se vuelve prudente cuando debería ser crítico.

Un Estado que abandona a sus artistas renuncia a una de sus herramientas más poderosas: la capacidad de imaginar futuros posibles. El arte no es lujo ni adorno; es pensamiento que interpela, memoria que dialoga y lenguaje que conecta generaciones. Es el espejo donde la sociedad se reconoce y el norte que guía su porvenir.

Pero sin condiciones mínimas, ese conocimiento se marchita, y con él la posibilidad de soñar colectivamente.

Reconstruir la relación entre artistas y Estado exige un cambio estructural: pasar del asistencialismo a la política pública, reconocer la dignidad del trabajo creativo, proteger el tiempo de investigación y garantizar espacios estables donde la obra pueda nacer, crecer y circular. Implica instituciones sólidas, formación articulada, sistemas de circulación y protección social que no dependan de coyunturas ni voluntades individuales, sino que constituyan derechos culturales permanentes.

Porque un país que no protege a sus creadores no pierde aplausos: pierde visión, pierde identidad y se queda sin mañana.

Porque un país que no protege a sus creadores no pierde espectáculos: pierde visión, debilita su imaginación moral, fractura su cohesión social y abre la puerta a la banalización y al empobrecimiento de la vida pública.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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