Al adentrarnos en las páginas de Fray Ramón Pané (Relación acerca de las antigüedades de los indios), de Gonzalo Fernández de Oviedo (Sumario de la natural historia de las Indias e Historia general y natural) y del apasionado alegato de Fray Bartolomé de las Casas (Apologética historia sumaria), asistimos al choque entre dos metodologías terapéuticas: la medicina galénica y humorista del Renacimiento frente al complejo rito-vegetal de los habitantes insulares, cuya huella lexical sobrevivió gracias al afán testimonial de los cronistas y al posterior rescate de filólogos como Pedro Henríquez Ureña y el doctor Cayetano Coll y Toste, erudito puertorriqueño.
En la concepción insular taína, la enfermedad no se manifestaba como una disfunción puramente celular o tisular, sino como una quiebra espiritual: una alteración provocada por ánimas de difuntos o el enojo de los cemíes. El restablecimiento de la armonía recaía en una figura tripartita: el behique, bohío o boque, quien aunaba en un solo ministerio al sacerdote, al curandero y al augur.
La propedéutica del behique demandaba una limpieza corporal previa. Para acceder a la dimensión de lo invisible, el curador recurría a un despojamiento físico mediante el ayuno y la ingesta de las hojas del güeyo o zacón, planta emética que masticaba para inducir el vómito y purgar el estómago. Solo con las entrañas vacías y el rostro embadurnado de carbón molido y hollín como parte del rito de purificación, el oficiante se hallaba entonces apto para aspirar con tubos de caña el polvo de la cohoba (Piptadenia peregrina), el narcótico ritual que le abría el dialogo con los cemíes. Este trance narcoléptico constituía el apoyo cognoscitivo del diagnóstico: en estado de alteración extática, el behique interrogaba a las deidades para desvelar la génesis causal del padecimiento.
El acto performativo del sanador combinaba la manipulación física y el ilusionismo sagrado. A través de masajes en muslos y pantorrillas, aspersiones de soplo sobre la frente y las sienes, y una minuciosa succión de la carne dolorida —pecho, lomo o vientre—, el behique extraía el mal en forma de cuerpos extraños: esquirlas óseas, trozos de carne o piedrecillas que guardaba disimuladas en la boca. Estas piedras, lejos de desecharse, eran entregadas a las parturientas, quienes las conservaban envueltas en lienzos de algodón nativo como talismanes protectores para facilitar las labores de parto.
Divergencias interpretativas en las crónicas de Oviedo y de Las Casas
El registro de estas prácticas por los primeros observadores europeos encierra un dilema filológico capital: ¿cómo narrar lo ignoto sin reducirlo a lo demoníaco o al fraude?
Gonzalo Fernández de Oviedo, espíritu inquisitivo y de notable agudeza para la observación empírica, percibe en el behique una mezcla de hechicería engañosa y superstición idólatra. Para el madrileño educado en la corte de los Reyes Católicos, el acto de vomitar y extraer piedras de la boca constituía una prestidigitación manifiesta («embaucadores» llama con frecuencia a los sacerdotes aborígenes). No obstante, su mirada pragmática no puede rehuir la eficacia tangible de los simples botánicos insulares. Es el propio Oviedo quien se rinde ante las virtudes salutíferas del guayacán y de las resinas de la tierra, reconociendo que los nativos resolvían con decocciones lo que los cirujanos del Viejo Mundo agravaban con quemaduras de fuego y mercurio.
En el extremo opuesto, Fray Bartolomé de las Casas despliega en su Apologética historia sumaria un dispositivo argumentativo orientado a redimir la racionalidad aborigen. Guiado por un tomismo de amplio calado antropológico, el dominico no ve en los ritos de la cohoba una simple treta diabólica, sino la manifestación natural de una religiosidad que busca a la divinidad con los medios a su alcance. Las Casas destaca la estricta frugalidad de los médicos indígenas, sus severos ayunos de tres y cuatro días, y pondera la singularidad de su hidroterapia: el contraste de baños gélidos ante calenturas feroces, seguidos de la proximidad a fogatas y carreras extenuantes, así como las sangrías practicadas en lomos y pantorrillas antes que en las venas braquiales del canon europeo. Donde Oviedo atisba patraña o rareza bárbara, Las Casas descubre un sistema adaptativo coherente, fundado en la correspondencia entre el hombre y su ecosistema.
El vocabulario de los indigenismos de la farmacopea taina
El repertorio léxico que las Antillas legaron a la lengua castellana tiene en la etnobotánica su estrato más perdurable y revelador. La desaparición del pueblo taíno no acarreó la pérdida total de su saber sobre la naturaleza: las voces que designaban el contorno vegetal de los bohíos y caneyes quedaron fijadas por los cronistas como testimonios de una práctica médica donde la observación empírica marchaba a la par del orden sagrado.
Junto al ritual chamánico, la herbolaria insular ofrecía remedios para cada afección del cuerpo. Entre las maderas de sanación profunda descollaba el guayacán o palo santo (Guaiacum officinale), cuya decocción lenitiva y diaforética curaba las búas o sífilis endémica y limpiaba las llagas más rebeldes, mérito que muy pronto lo llevaría a las boticas europeas. Para contener las hemorragias y restañar heridas vivas, los aborígenes cocían las astillas del goaconax, del cual obtenían una resina o bálsamo líquido de notable virtud astringente. En el tratamiento de úlceras envejecidas aplicaban los brotes tiernos del yaruma o yagrumo (Cecropia peltata), cuyos cogollos machacados obraban como un ácido natural que devoraba la carne viciada y apresuraba la cicatrización.
El cuidado de las vías digestivas disponía de purgantes graduados con exactitud. En las cercanías de sus bohíos cultivaban una tríada de arbolillos de semillas enérgicas: la tuatúa (Jatropha gossypifolia), el tártago o piñón (Jatropha curcas) y el ben purgativo o don Tomás (Jatropha multifida), administrados en pócimas calibradas cuando se precisaba una evacuación violenta. Por el contrario, para limpiezas suaves e inofensivas, sin retortijones ni destemplanzas, extraían el zumo fresco de la hierba Y, correhuela rastrera de flor campanulácea azul. Si el padecimiento radicaba en diarreas o flujos de vientre, el remedio consistía en comer la pulpa astringente de la guayaba (Psidium guajava) o del hicaco (Chrysobalanus icaco) tomados aún duros y verdes.
La protección de la piel y el cierre de las llagas contaban con una copiosa farmacopea tópica. El cuesco o pepita del mamey (Mammea americana), desecado al fuego o raspado en polvo sutil, proveía un secante para heridas y una manteca blanda para mitigar durezas. La savia cáustica del guao (Comocladia dodonaea), aplicada con la raíz asada y majada, corregía las manchas dérmicas y las sarnas rebeldes. El perebecenuc, llamado luego «hierba de las llagas», se hervía en lavatorios o se majaba en emplastos para extinguir inflamaciones crónicas, mientras que en Tierra Firme se recurría al rescoldo tibio de la coigaraca y la perorica sobre las articulaciones doloridas. Para resguardarse del hostigamiento de jejenes y corasíes, unían el bermellón de la bija (Bixa orellana) con el jugo negro de la jagua (Genipa americana), formando corazas untuosas que refrescaban la epidermis y templaban la lasitud muscular.
El reposo del cuerpo y la captura de sustento completaban este cuadro etnobotánico. Con el cocimiento de las ramas y cortezas del hobo (Spondias mombin) preparaban pediluvios reconfortantes que disipaban el cansancio tras marchas ásperas por la manigua; con las hojas olorosas del curi-á desinfectaban ropas de algodón y calmaban enfriamientos; y con la savia del baigua enturbiaban los remansos de los ríos, adormeciendo temporalmente los peces para tomarlos a mano sin corromper su carne. A este catálogo se sumaban los tallos flexibles del bejuco, empleados en purgas y ligaduras; el alivio muscular que procuraban las humadas de cojibá o tabaco; la manteca del cacao (Theobroma cacao) para calmar grietas y picaduras; y las pencas majadas del árbol de las soldaduras, que entablillaban y consolidaban los huesos rotos. En todas estas voces pervivió el genio descriptivo de una lengua que supo nombrar con precisión clásica cada virtud de su suelo.
La confrontación entre el universo aborigen antillano y la Europa del Renacimiento se libra en el terreno más hondo y trágico de la corporalidad. Antes de que el humanismo mercantilista convirtiera a las Indias en una cantera de extracción de metales y maderas preciosas, la cultura taína había articulado una relación orgánica con su entorno, donde la salud no era un artificio mecánico ni una conquista técnica, sino una constante reconciliación animista entre el hombre y el bosque. Esta sabiduría vegetal, lejos de constituir un balbuceo prelógico, poseía una gramática terapéutica propia que quedó registrada en las crónicas de Indias gracias a la curiosidad perpleja de Gonzalo Fernández de Oviedo y a la encendida reivindicación ontológica de Fray Bartolomé de las Casas. De algunas de esas terapias, tengo una experiencia personalísima. Estoy seguro que en mis primeros años de vida, mi madre nunca supo que la tisana de tuatúa , la infusión de anamú o la infusión de piñón nos habían sido legadas por los tainos, y que esos indigenismos eran más antiguos que la propia existencia de la nación.
La irrupción de la sífilis
El punto neurálgico de este contacto biológico y cultural fue la sífilis o las «búas». Afección endémica y consustancial a las Antillas, los taínos convivían con ella sin la desesperación corrosiva que luego aterraría a los reinos europeos; su tratamiento descansaba en la decocción del guayacán o palo santo (Guaiacum officinale), administrada en ayunas bajo rigurosos protocolos de sudoración forzada, aislamiento y calor.
Cuando la sífilis estalló en Europa a finales del siglo XV, los médicos solo sabían recetar ungüentos de mercurio. Ese tratamiento era una auténtica tortura: : a los enfermos se les caían los dientes, se les llagaba la boca, babeaban sin parar y muchos morían envenenados por el propio metal. Por eso, cuando los barcos españoles trajeron desde Santo Domingo los primeros cargamentos de guayacán —la madera que los taínos usaban para sanar las búas—, varios personajes notables de la época dejaron testimonios escritos llenos de asombro y alivio, al ver en esa infusión una cura limpia y sin veneno.
El testimonio más célebre en toda Europa fue el del humanista y caballero alemán Ulrich von Hutten. Este escritor padeció la sífilis durante casi diez años y pasó por más de diez tratamientos de mercurio que lo dejaron al borde de la muerte. En 1519 publicó un libro entero en latín (De guaiaci medicina) para contar su historia: relató que, tras beber el cocimiento de astillas de guayacán durante cuarenta días, encerrado en un cuarto caliente para sudar abundantemente y guardando una dieta estricta, sus dolores de huesos desaparecieron, sus llagas cerraron y recuperó las fuerzas. Su testimonio se tradujo de inmediato a varias lenguas y convirtió a la madera en una sensación continental.
En el ámbito hispánico, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo fue otro testigo de primer orden. En sus crónicas explicó con detalle cómo vio a españoles que volvían de América podridos por las búas sanar por completo bebiendo agua de guayacán. Oviedo defendía con fervor este remedio vegetal frente a la medicina tradicional de su tiempo, afirmando que Dios había puesto la cura en la misma tierra donde nació el mal y que el leño limpiaba la sangre de los enfermos sin destrozarles el cuerpo como lo hacía el azogue.
Más adelante, en Sevilla, el célebre médico Nicolás Monardes recogió en su historia medicinal testimonios de soldados, frailes y mercaderes curados con el palo santo. Monardes explicaba de forma muy clara el método: se tomaban virutas de la madera más pesada y resinosa, se hervían despacio en agua y se daba a beber esa agua amarga al enfermo en ayunas. El paciente, bien arropado en la cama, rompía en un sudor espeso con el que expulsaba el humor malo. Monardes certificaba que las llagas secaban y los dolores articulares cesaban.
Incluso los banqueros alemanes Fugger usaron estos testimonios para promocionar la madera en sus hospitales de Augsburgo, donde levantaron salas dedicadas exclusivamente a dar curaciones gratuitas de guayacán a los pobres con el fin de demostrar su eficacia y, al mismo tiempo, justificar el monopolio comercial que mantenían sobre el producto. Aunque médicos rebeldes como Paracelso denunciaron más tarde que el leño solo aliviaba por el sudor y no erradicaba la infección de raíz, para la gente común y para las cortes del Renacimiento aquellos testimonios representaron el primer gran respiro frente al pánico y la tortura del mercurio.
Al arribar al Viejo Mundo, el madero sagrado del behique fue despojado de sus ayunos y súplicas míticas para ser asimilado por la naciente maquinaria del capitalismo trasatlántico. En el quiebre económico de La Española, cuando las arenas de oro aluviónico del Cibao se agotaban y la mano de obra originaria sucumbía ante la explotación y la viruela de 1518, el puerto de Santo Domingo operó como la gran aduana agroforestal de la colonia: desde los montes secos de Azua, Baní y el Ozama, los troncos desbastados se cargaban como pesado lastre en las naos de la Carrera de Indias. En Europa, la influyente casa banquera de los Fugger —los Fúcar de Augsburgo— monopolizó el comercio del guayacán como pago por los empréstitos concedidos a Carlos V.
Así, la trayectoria de las búas y el palo santo resume la paradoja desgarradora de la colonización antillana: mientras en las cortes y boticas del Sacro Imperio las virutas del guayacán se cotizaban como lingotes de salvación corporal, la comunidad indígena que había descubierto y custodiado su virtud curativa se extinguía irremediablemente en los mismos montes donde el árbol era talado para saciar el lucro de los consorcios imperiales.
Las enfermedades importadas desde Europa: los estragos de la viruela
El cuadro patológico aborigen en las Antillas comprendía dolencias nacidas de la humedad y el régimen insular: el azote endémico de las búas (sífilis), las calenturas y fiebres flemáticas por el consumo de raíces y pescado, la aspereza escamosa del caracaracol, las ulceraciones de la manigua y la dolorosa invasión de las niguas en los pies. Sobre este mapa mórbido cayó en 1518 la viruela importada de Castilla, que halló un cuerpo social quebrantado por la servidumbre y desató una aniquilación demográfica casi absoluta, agravada trágicamente por el hábito indígena de zambullirse en ríos gélidos para apagar el ardor febril. Este remedio solia provocar la muerte súbita.
Al contemplar las ruinas demográficas de La Española tres décadas después de aquel aciago invierno de 1518, la mirada de Gonzalo Fernández de Oviedo trasciende la mera crónica de sucesos para internarse en el sobrecogimiento metafísico. Para el cronista madrileño, el brote de «viruelas pestilenciales» que prendió en la isla no constituyó una dolencia accidental ni un episodio pasajero, sino una plaga desoladora de escala ecuménica que saltó como centella hacia San Juan, Cuba y Jamaica, alcanzando incluso las costas continentales de Tierra Firme con la voracidad de un fuego inextinguible.
En su relato, la rapidez del exterminio no admitió dilaciones: «en breve tiempo los indios se acabaron», escribe el testigo con un laconismo que encierra la dimensión de la catástrofe. Frente a la magnitud del despoblamiento, que dejó valles enteros reducidos al silencio y campos mudos de toda presencia humana, la razón del cronista imperial se inclinó ante el misterio teológico, interpretando aquel vendaval de pústulas y mortajas como «un juicio grande del Cielo», un designio inescrutable de la Providencia que clausuraba violentamente la historia de la estirpe primitiva.
No obstante, la lucidez empírica de Oviedo no elude el análisis de las causas terrenales que hicieron del contagio una hoguera perfecta. El cronista articula la viruela con el régimen material de la colonización: el virus halló un cuerpo social desarticulado y sin defensas biológicas, consumido previamente por la molienda interminable de las arenas auríferas, una dieta quebrantada de raíces y hambrunas, y el arbitrio despiadado de los repartimientos, donde los naturales pasaban de un encomendero a otro como piezas intercambiables sin derecho al reposo.
La conclusión numérica que corona su balance es de una gravedad lapidaria: de aquella multitud innumerable que poblaba la geografía insular en los días primeros del Descubrimiento —calculada por el cronista en torno al millón de almas o más—, hacia 1548 apenas sobrevivían unas quinientas personas de la población originaria. En ese cómputo trágico, donde la viruela operó como el golpe de gracia sobre un organismo ya herido de muerte por la servidumbre, Oviedo certifica no solo el final de una epidemia, sino la extinción material de un pueblo en el mismo suelo donde había nacido.
La fiebre del manatí
La terapéutica del manatí (Trichechus manatus): La empiria aborigen legó al conquistador dos remedios cardinales: el polvillo calcinado o raspado de las piedras de la cabeza del sirenio , bebido en ayunas con vino blanco o caldo para quebrar y expulsar en arenillas los cálculos del «mal de la hijada» (cólico nefrítico); y su manteca clarificada, un aceite inodoro que no enranciaba y servía de bálsamo mayor para desinflamar coyunturas tullidas, evitar el pasmo tetánico y cicatrizar heridas y llagas vivas.
La conversión de las concreciones craneales del manatí antillano en un bien suntuario y curativo para las élites europeas del siglo XVI ilustra con nitidez cómo la medicina cortesana del Renacimiento absorbió los saberes zoológicos de las Indias a través de las redes mercantiles del Atlántico. Frente a la desolación que producía el «mal de la hijada» o cólico nefrítico —agravado en la nobleza y los altos prelados por dietas saturadas en carnes rojas y vinos rancios—, la medicina escolástica de la época carecía de respuestas eficaces. La litotomía perineal o cirugía con el escalpelo constituía una carnicería temida por su altísima mortalidad; en consecuencia, el hallazgo de un litotríptico no invasivo despertó de inmediato el interés de los banqueros, oidores y mercaderes que operaban entre Santo Domingo y la Casa de la Contratación de Sevilla.
La captura del mamífero se realizaba en las desembocaduras y remansos de los ríos de La Española, tales como el Yaque, el Ozama y el Haina, así como en las pesquerías de Cuba y Tierra Firme. Tras el descuartizamiento de la res para el aprovechamiento de su carne y manteca, los cirujanos y colonos extraían con extremo cuidado las dos piedras o piezas óseas calizas situadas simétricamente en el cráneo, cerca del oído. Estas piezas, por su densidad, tono marfileño y forma semejante a guijarros pulidos, eran objeto de una selección rigurosa: se desechaban las piezas fracturadas o porosas y se preferían las de mayor peso y uniformidad.
El acondicionamiento para la travesía ultramarina demandaba precauciones excepcionales, acordes con la cotización del producto. Las piedras no viajaban mezcladas con el lastre ni en las bodegas comunes de carga general; se envolvían individualmente en lienzos de algodón nativo o paños encerados para protegerlas de la salinidad y la humedad marina, y se depositaban en pequeñas cajuelas labradas de cedro o caoba, con frecuencia selladas con lacre. Estas cajas eran consignadas a los maestres o capitanes de las naos de la Carrera de Indias como géneros de cámara, viajando en los camarotes de popa junto a los caudales de plata, perlas de Cubagua y reliquias de consideración.
Al arribar al Guadalquivir y superar el registro fiscal en el muelle de las Muelas de Sevilla, las piedras de manatí pasaban a los almacenes de los boticarios mayores y a los tratantes de especería fina. Su precio alcanzaba cotas desorbitadas: una sola de estas piedras llegaba a tasarse en decenas de ducados de oro, superando con creces su equivalente en plata y quedando reservada exclusivamente a las arcas de duques, cardenales , la propia cámara regia y al cuerpo selecto de los Grandes de España. El mercado demandaba garantías absolutas de autenticidad, pues la carestía del remedio dio pie a falsificaciones con piedras calizas comunes o huesos de cetáceo desgastados; de ahí que los boticarios exigieran piezas enteras para rasparlas o pulverizarlas directamente en presencia del médico de cámara del comprador.
A través de este circuito comercial, el sirenio de las lagunas taínas quedó inserto en la farmacopea de lujo de la Europa renacentista. Lo que en las riberas antillanas había sido un elemento zoológico conocido por los naturales para aliviar los dolores de vientre se transformó, en los salones de Sevilla, Valladolid y Roma, en un mineral milagroso que prometía desmoronar las arenillas de las entrañas a precio de oro, sellando el maridaje entre la angustia corporal de las clases dominantes y el comercio ultramarino de las Indias.
Referencias bibliográficas
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Henríquez Ureña, P. (1940/1975). El español en Santo Domingo (2.ª ed.). Editora Taller. (Trabajo original publicado en 1940 por el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires).
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- Las Casas, B. de. (1875/2022). Historia de las Indias (Libros I, II y III; Marqués de la Fuensanta del Valle & J. Sancho Rayón, eds.). Imprenta de Miguel Ginesta / (Trabajo original escrito entre 1527 y 1561, publicado por primera vez en 1875).
- Pané, R. (1988). Relación acerca de las antigüedades de los indios: El primer tratado escrito en América (J. J. Arrom, ed., 3.ª ed.). Siglo XXI Editores. (Trabajo original escrito c. 1498).
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