Cada generación tiene sus propias guerras que combatir.  Cambian los motivos, los territorios y las armas, pero en el fondo muchas terminan pareciéndose: guerras por tierra, por dinero, por religión, por poder o simplemente por el miedo de quienes gobiernan a perder aquello que controlan.

A mí no me tocó vivir directamente la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, sin embargo, de alguna manera crecí dentro de sus consecuencias.

Fui criada por padres de la generación de los baby boomers y buena parte de mi infancia y adolescencia transcurrió escuchando las peñas de mi padre.

Aquellas reuniones estaban conformadas por jóvenes que habían luchado contra la dictadura de Trujillo y, más tarde, contra los gobiernos de Balaguer. Amigos a quienes las luchas, los riesgos y las convicciones terminaron convirtiendo en hermanos.  Con el tiempo, también se convirtieron en parte de nuestra familia.

Para nosotros eran mucho más que nombres vinculados a la política o a una época difícil del país. Eran personajes llenos de historias, aventuras, derrotas, huidas, discusiones y recuerdos que terminaron formando parte de mi propia existencia.

Crecí escuchándolos hablar de política, de gobiernos, de libertades, de persecución y de aquellos años que todavía permanecían demasiado cerca en la memoria colectiva dominicana.

Yo no había vivido sus batallas.  Pero crecí rodeada de quienes las habían combatido.

Más tarde vendrían los gobiernos de Joaquín Balaguer, figura estrechamente vinculada al régimen de Trujillo y protagonista de buena parte de la vida política dominicana durante décadas. Sus primeros doce años de gobierno, entre 1966 y 1978, estuvieron marcados por episodios de represión política y violencia contra sectores de oposición, aunque se trató de un contexto distinto al control totalitario ejercido durante la dictadura trujillista.

Pero no es de aquellos gobiernos de los que quiero hablar, quiero hablar de algo que tardé muchos años en comprender:

La marca que el miedo había dejado en quienes los vivieron.

Nosotros, los de la generación X, empezamos a reconocerla con el tiempo.  Estaba en determinadas advertencias.  En conversaciones que bajaban de tono cuando aparecía alguien desconocido, en la prudencia excesiva al hablar de política, en esa costumbre de mirar alrededor antes de decir ciertas cosas.

En el temor aprendido de una generación que había conocido una época en la que una palabra mal escuchada podía tener consecuencias.

Durante la dictadura de Trujillo, el aparato represivo penetró profundamente la vida cotidiana. El Servicio de Inteligencia Militar, el SIM, se convirtió particularmente en los últimos años de la dictadura en uno de los instrumentos de vigilancia, persecución y coerción política.  Pero había algo quizás todavía más eficaz que el aparato policial:

La sospecha.

La posibilidad de que alguien estuviera escuchando.  Un vecino.  Un compañero.  Un conocido.  Alguien que, llegado el momento, pudiera necesitar demostrar su propia lealtad acusando a otro.

Cuando una sociedad llega a ese punto, el poder ya no necesita estar presente en cada esquina.  Las personas comienzan a vigilarse entre ellas.  Y, finalmente, cada individuo termina vigilándose a sí mismo.

La comunicación también formaba parte de aquella estructura de poder.

En una sociedad con pocos medios de comunicación y bajo un régimen autoritario, controlar la radio, la prensa y posteriormente la televisión significaba controlar buena parte de aquello que la población podía conocer.

La ciudadanía no recibía múltiples versiones de una realidad.  Recibía fundamentalmente la realidad que el poder permitía circular.

Y aquí vuelvo, inevitablemente, a George Orwell.  Porque en 1984 el Ministerio de la Paz no existe para terminar las guerras.  Existe para mantenerlas.

La guerra permanente produce algo extraordinariamente útil para cualquier estructura de poder:  miedo permanente.

Y una sociedad que vive permanentemente amenazada comienza a aceptar cosas que en tiempos normales probablemente cuestionaría.  Más vigilancia, más controles, más sacrificios.

Menos preguntas.

“Estamos en guerra” puede convertirse entonces en una explicación para casi todo.  Orwell lo resumió en una de las contradicciones esenciales de Oceanía:

La guerra es la paz.

Pero mientras escribo esto pienso que quizás algunas guerras no terminan cuando dejan de dispararse las armas.  Algunas permanecen durante décadas dentro de quienes sobrevivieron a ellas.

Mis padres no tuvieron que explicarme qué era el miedo político. Lo reconocí muchos años después en sus gestos.  En sus silencios.  En determinadas precauciones que para mi generación comenzaron a parecer exageradas.  Ellos habían aprendido algo que nosotros no habíamos tenido que aprender:

que hablar podía tener consecuencias.

Tal vez por eso cada generación libra también las guerras que recibió de la anterior.  Unas se combaten con armas.  Otras con memoria.

Y algunas, quizás las más difíciles, se combaten contra los miedos que heredamos sin saber siquiera de dónde venían.

Ellos aprendieron a temer el silencio impuesto. Nosotros debemos aprender a reconocer el ruido dirigido.

Porque si en aquellos años el control podía ejercerse cerrando un periódico, censurando una emisora o decidiendo aquello que podía decirse públicamente, nuestro tiempo ha desarrollado mecanismos mucho más sutiles.

El poder ya no siempre necesita silenciar un medio.  A veces le basta con condicionarlo.

Publicidad oficial. Contratos. Acceso privilegiado a determinadas fuentes. Intereses económicos. Regulaciones. Dependencia financiera.  No necesariamente hace falta levantar un teléfono y ordenar:

“No publiques”

Puede resultar mucho más eficaz lograr que, antes de publicar, alguien se pregunte:

“¿Qué puedo perder si digo esto?”

Ahí comienza otra forma de censura.  La autocensura.

Y quizás sea una de las más difíciles de identificar porque no deja periódicos clausurados ni micrófonos apagados.

El medio continúa abierto.

El periodista continúa hablando.

El programa continúa transmitiéndose.

Pero algunas preguntas empiezan a desaparecer.  Algunos temas reciben menos espacio.  Algunas voces son tratadas con mayor benevolencia.  Y algunos comunicadores terminan descubriendo que acercarse al poder puede resultar más rentable que incomodarlo.

La presión económica sobre los medios no es una preocupación imaginaria ni exclusiva de un determinado país. En muchas partes del mundo, la dependencia de anunciantes, propietarios, financiadores, gobiernos o ayudas públicas puede comprometer la independencia editorial y favorecer la autocensura.

Y aquí aparece una de las ideas que más me inquietan al releer a Orwell: el control más eficaz no siempre es aquel que ordena lo que debes decir, sino aquel que consigue que tú mismo decidas qué es mejor no decir.

Porque entonces el poder ya no necesita censurar.  Ha conseguido que la censura ocurra antes.  Dentro del propio individuo.

Antes el poder necesitaba controlar el silencio. Ahora también necesita administrar el ruido.  Y el ruido de nuestro tiempo es ensordecedor.

Si en aquellos años el problema era la escasez de información, hoy enfrentamos casi el problema contrario.  La información nos desborda.  Las guerras llegan en tiempo real a nuestros teléfonos.

Opiniones de millones de desconocidos.  Todo aparece mezclado dentro de la misma pantalla.  Ya no esperamos el periódico del día siguiente ni el noticiario de la noche.  La guerra sucede frente a nosotros.  Y junto a la guerra física se libra otra batalla:

la batalla por nuestra percepción.

Quién comenzó.  Quién respondió.  Quién es víctima.  Quién es agresor.  Qué imágenes debemos mirar.  Qué muertos deben conmovernos y cuáles terminan convertidos apenas en estadísticas.

Cada gobierno intenta explicar su versión.  Cada ejército muestra aquello que le conviene mostrar.  Cada grupo político construye su relato.  Los medios interpretan.  Los influencers opinan.  Los algoritmos seleccionan.

Y nosotros recibimos el resultado.

Dos personas pueden observar el mismo conflicto desde el mismo país y durante semanas recibir versiones completamente distintas de lo que está ocurriendo.  Cada una convencida de estar informada.  Cada una rodeada de videos, testimonios, titulares y opiniones que confirman aquello que ya cree.

Quizás ahí el Ministerio de la Paz de Orwell adquiere una dimensión que él jamás pudo imaginar.

Oceanía necesitaba un enemigo permanente.

Nuestra época puede construirlo, amplificarlo y distribuirlo millones de veces por segundo.  Y existe otra paradoja.  Nunca habíamos visto tanto la guerra.  Y quizás nunca habíamos aprendido tan rápidamente a dejar de verla.

Un video muestra un edificio destruido – Deslizamos el dedo – Aparece una receta. – Deslizamos otra vez. – Una familia huye de un bombardeo – Después aparece una boda – Un anuncio – Un baile.

Todo ocupa durante unos segundos el mismo espacio.  Todo recibe aproximadamente el mismo movimiento de nuestra mano Y seguimos.

Orwell imaginó una guerra permanente.

Nosotros hemos llegado a la guerra permanente en la pantalla.

Quizás uno de los grandes peligros de nuestro tiempo no sea únicamente que alguien consiga convencernos de quién debe ser nuestro enemigo.  Tal vez sea que terminemos acostumbrándonos a que siempre tenga que existir uno.

Porque el miedo continúa siendo extraordinariamente útil.  El miedo une.  El miedo disciplina.  El miedo consigue que entreguemos libertades a cambio de seguridad.  El miedo consigue que aceptemos controles que antes habríamos cuestionado.

Y, sobre todo, el miedo consigue que dejemos de hacer preguntas.

Cada generación tendrá sus guerras.

Las de mis padres dejaron silencios que nosotros aprendimos a identificar muchos años después.  Las nuestras dejan una cantidad infinita de imágenes.

Ellos tuvieron que aprender a sobrevivir a lo que no podían decir.  Nosotros tendremos que aprender a sobrevivir a todo aquello que quieren que miremos, repitamos y creamos.

Quizás esa sea la nueva batalla.  No solamente defender la libertad de hablar.  También conservar la libertad de pensar en medio del ruido.

Porque al final el Ministerio de la Paz nunca trató realmente de la paz.  Trataba de algo mucho más profundo: mantener vivo el miedo necesario para que el poder pareciera indispensable.

Rossina Guerrero Heredia

Escritora

Rossina Guerrero Heredia, escritora y analista cultural. Mi trabajo se desarrolla entre la reflexión crítica, la experiencia en la gestión pública y la escritura literaria. He publicado cuentos que exploran la memoria, el dolor, los vínculos y la fragilidad humana, una mirada que atraviesa también mi forma de pensar la política y la vida pública. Escribo desde una perspectiva ensayística que busca ir más allá de la coyuntura inmediata, para comprender cómo el poder, el cansancio colectivo y las emociones configuran nuestra experiencia política en la República Dominicana contemporánea.

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