Son las ocho de la mañana en Cannes y ya hay gente corriendo.
Productores con café en una mano y acreditaciones colgando del cuello atraviesan la Croisette revisando agendas imposibles. En una terraza frente al Mediterráneo, alguien intenta cerrar una reunión antes de que empiece la siguiente proyección. Más allá, un director independiente abre su laptop para mostrar un teaser a un posible distribuidor.
Afuera del Palais des Festivals, los fotógrafos ya ocupan sus puestos. Muchos llegan días antes del inicio oficial del festival para asegurar espacios estratégicos que prácticamente se vuelven inamovibles durante toda la duración de Cannes. Desde ahí esperan durante horas bajo el sol, defendiendo centímetros de visibilidad para conseguir una imagen exclusiva, un gesto inesperado o la fotografía que terminará recorriendo el mundo.
Eso es Cannes.
O, al menos, la parte que casi siempre vemos.
Porque aunque el Festival de Cannes sigue siendo la postal más glamorosa del cine mundial, la realidad es que su verdadero poder no está solamente en la alfombra roja. Está en todo lo que ocurre alrededor de ella: las negociaciones, las ventas, las alianzas, las coproducciones y las conversaciones que deciden qué películas llegarán al público y cuáles morirán antes de terminarse.
Y aun así, la alfombra roja sigue teniendo un peso enorme.
Cada película seleccionada oficialmente tiene su propio estreno, su propio momento de glamour y su propia oportunidad de exposición frente a medios internacionales, fotógrafos, críticos y ejecutivos de la industria. Durante unos minutos, el mundo entero mira hacia esa película. Esa visibilidad —si alguien tuviera que pagarla como campaña global de marketing— costaría millones de dólares en promoción internacional.
Por eso Cannes no funciona solamente como un festival.
Funciona como una bolsa de valores del cine mundial.
Y es precisamente por eso que los países con industrias cinematográficas serias entienden que estar presentes en Cannes no es opcional: es estratégico. Ahí se construyen relaciones, se venden proyectos y se posicionan industrias enteras. Y claro, República Dominicana no se ha quedado fuera de esa conversación.
La historia de Cannes, de hecho, empezó como una respuesta política. En 1938, el Festival de Venecia ya estaba profundamente influenciado por los gobiernos fascistas de Hitler y Mussolini, que utilizaban el cine como herramienta propagandística. Francia quiso crear un espacio distinto: un festival donde el cine no dependiera del control político.
La primera edición debía celebrarse el 1 de septiembre de 1939.
Ese mismo día, Alemania invadió Polonia.
La Segunda Guerra Mundial comenzó y el festival se canceló antes de arrancar oficialmente. Cannes finalmente nació en 1946 y desde entonces se convirtió en el lugar donde el cine aprendió a mezclar arte, prestigio y poder económico como ningún otro evento del planeta.
Pero lo interesante de Cannes es que hoy, en plena era del streaming, sigue siendo más importante que nunca.
Y eso parece contradictorio.
Porque ahora cualquiera puede ver películas desde cualquier lugar. Ya no dependemos de una sala para descubrir historias. Netflix, MUBI, Prime Video o incluso YouTube cambiaron por completo la manera en que consumimos contenido.
Sin embargo, cada mayo, miles de personas siguen viajando a la Costa Azul francesa para ver películas en condiciones mucho menos cómodas que las de su propia casa.
Y ahí está una de las grandes contradicciones —y también la magia— de Cannes.
Conseguir una entrada para una proyección importante puede convertirse en una batalla titánica. Personas haciendo filas eternas, ejecutivos intentando conseguir accesos de último minuto, acreditados esperando cancelaciones y cinéfilos apostando horas enteras por la posibilidad de entrar a una sala. Todo eso para sentarse a ver una película que, probablemente meses después, podrán reproducir tranquilamente desde un sofá.
Pero Cannes nunca ha sido solamente sobre “ver” películas.
Es sobre vivir el momento exacto en que una película entra en conversación con el mundo.
Ahí es donde Cannes sigue teniendo un peso enorme.
Entrar a la Selección Oficial prácticamente garantiza atención mundial. El sello “Seleccionada en Cannes” abre puertas que muchísimas campañas de marketing no podrían comprar ni invirtiendo millones de dólares en publicidad internacional. La exposición mediática, las críticas, las ventas y el prestigio que una película puede conseguir en pocos días dentro del festival equivalen a una maquinaria de promoción global casi imposible de replicar de manera independiente.
Pero solo menos de 30 películas entran cada año a la competencia principal.
Para todo lo demás existe otro universo: las secciones paralelas, los laboratorios, los programas de desarrollo y, sobre todo, el Marché du Film.
Ese es el verdadero corazón del negocio.
Mientras el festival entrega premios y genera titulares, el mercado mueve la industria. Ahí no se habla solamente de cine como arte. Se habla de financiamiento, derechos de distribución, incentivos fiscales, agentes de ventas y plataformas de streaming. Se habla de dinero.
Mucho dinero.
Más de 15,000 profesionales de alrededor de 150 países llegan cada año al mercado de Cannes. Durante poco más de una semana se organizan miles de reuniones, cerca de 1,500 proyecciones privadas y cientos de eventos donde productores, distribuidores y ejecutivos buscan proyectos para financiar o películas para comprar.
Hay películas que llegan a Cannes sin terminarse y salen con distribución internacional asegurada.
Otras encuentran coproductores que les permiten sobrevivir.
Algunas simplemente encuentran alguien dispuesto a escucharlas.
Por eso, para muchos países pequeños o industrias emergentes, Cannes no es un lujo. Es una necesidad estratégica.
Una película dominicana, rumana, senegalesa o tailandesa difícilmente tiene el mismo acceso global que una producción de Hollywood. El Marché du Film funciona precisamente como ese puente. Es el lugar donde un cineasta independiente puede sentarse frente a una empresa europea, un fondo internacional o una plataforma y lograr que su proyecto viaje más allá de su propio país.
Y República Dominicana entendió eso hace tiempo.
La presencia dominicana en Cannes ya no se limita a aparecer en fotos o caminar una alfombra roja cuando algún dominicano logra entrar a una premiere de Selección Oficial. La estrategia se volvió mucho más amplia: posicionar al país como una industria capaz de coproducir, atraer inversiones y exportar talento.
Y aunque el país todavía espera conquistar una plaza dentro de la Selección Oficial o alguna de las grandes secciones paralelas del festival, la presencia dominicana en el mercado y en múltiples programas especializados demuestra que la industria local ya empezó a ocupar espacios importantes dentro de la conversación global.
Cada año, productores dominicanos participan en espacios como el Producers Network, una de las plataformas más importantes del Marché du Film para conectar con coproductores, distribuidores y ejecutivos internacionales. Ahí no se va solamente a presentar películas: se va a construir relaciones, buscar financiamiento y abrir puertas que pueden definir el futuro de proyectos completos.
Porque mientras el público mira vestidos y flashes, los países están negociando visibilidad, alianzas y oportunidades.
Y Cannes funciona exactamente para eso.
El Village International y el —una fila de pabellones frente al mar donde más de 60 países promocionan su industria audiovisual— y el Palais des Festival, un lugar exclusivo para el negocio del cine, parecen una mezcla entre feria cultural, embajada diplomática y convención de negocios. Ahí República Dominicana vende algo más que películas: vende locaciones, incentivos fiscales, estudios, talento técnico y la idea de que filmar en el Caribe puede ser rentable.
Es cine, sí.
Pero también es diplomacia económica.
Y quizás esa es la parte que muchas veces se pierde cuando hablamos de Cannes.
La gente piensa en glamour porque es la parte visible. Los selfies prohibidos, los vestidos, los fotógrafos, las fiestas privadas, las reglas absurdas sobre tacones o las estrellas desfilando frente al Palais. Todo eso existe.
Pero debajo de esa superficie hay otra realidad: cineastas intentando sobrevivir en una industria cada vez más difícil.
Hay productores persiguiendo financiamiento para que una película no se caiga.
Directores buscando agentes de ventas para no desaparecer después del estreno.
Países pequeños tratando de abrirse espacio frente a gigantes globales.
Personas intentando convencer a alguien de que su historia merece ser vista.
Y probablemente por eso Cannes sigue siendo tan importante.
Porque en el fondo, el festival nunca se trató solamente de celebrar películas. Se trata de crear las condiciones para que ciertas películas puedan existir.
En una época donde las plataformas producen contenido masivamente y los algoritmos deciden qué vemos, Cannes todavía funciona como uno de los pocos lugares donde el cine independiente puede sentarse en la misma mesa que la industria global.
A veces una reunión dura quince minutos.
A veces una conversación cambia el destino de una película.
Y a veces, en medio del caos, un productor dominicano logra cerrar un acuerdo frente al Mediterráneo mientras afuera el mundo sigue creyendo que Cannes es solo una alfombra roja.
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