Ricky Martin sentado en una silla Monobloc rodeado de vegetación en el concierto de Bud Bunny en el descanso de la Super Bowl.
Kevin Mazur/Getty Images for Roc Nation
Ricky Martin apareció sentado en una de estas sillas en el espectáculo de medio tiempo de Bad Bunny en el último Super Bowl.

Quizás no conozcas su nombre, pero puede que estés leyendo esto ahora mismo sentado en uno de estos iconos.

Es posible, también, que tengas algún recuerdo asociado a ella: esa barbacoa en el jardín de los amigos, donde siempre cabe uno más porque las sillas están apiladas en un rincón; o esa cerveza fría en el bar de la playa, con los pies enterrados en la arena y los muslos sudando por el calor y el contacto con el plástico.

La Monobloc, esa humilde silla de plástico blanca que sin duda conoces y en la que tantas veces has descansado, es el mueble más utilizado del mundo, un objeto tan popular que ha trascendido todas las fronteras.

Barata, versátil, resistente a la intemperie y ligera, la silla Monobloc o monobloque – que se fabrica en una sola pieza de plástico, generalmente polipropileno- es un icono del diseño industrial que despierta por igual amor y odio.

Sus detractores critican que su omnipresencia la convierte en un símbolo de vulgaridad, de chabacanería, en una asesina de la estética, además de un ejemplo de la cultura del usar y tirar, con sus graves consecuencias medioambientales.

En su versión más extrema, la silla de plástico fue prohibida durante diez años en los espacios públicos de la ciudad suiza de Basilea para "hacerla más bella".

Sus defensores destacan, sin embargo, su diseño democrático y todas las cualidades claves de su éxito: se puede apilar, pesa poco, es realmente barata y tiene -por lo general- una forma ergonómica que la hace muy cómoda.

Su lugar privilegiado en la portada del galardonado disco "Debí tirar más fotos", del artista puertorriqueño Bud Bunny, dice mucho de ese hilo sentimental que ata a tantas personas a la Monobloc y a las memorias que nos trae.

Una mujere sentada rodeada de sillas Monobloc.
Frank Bienewald/LightRocket via Getty Images
Está en todas partes.

La silla, que se fabrica inyectando una resina de plástico líquida en un molde a unos 220-230 grados hasta que se enfría y endurece, está en todas partes.

"La Monobloc es la combinación del deseo tan arraigado entre los diseñadores de crear la silla perfecta fabricada de forma industrial", describe Paola Antonelli, comisaria del MoMA, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en un video de la institución para acompañar la exposición de 2025 "Pirueta, puntos de inflexión en el diseño".

Una historia de innovación

Los diseñadores empezaron a experimentar con la idea de fabricar una silla a partir de una sola pieza de material ya en la década de 1920.

Las primeras pruebas utilizaron chapa metálica, que se prensaba, o curvaban madera laminada.

El desarrollo del plástico como material resistente y de enorme versatilidad llevó en 1946 al arquitecto canadiense Douglas Colborne Simpson a crear, en colaboración con el ingeniero James Donahue, un prototipo de silla apilable de una sola pieza de plástico.

Esta silla podría considerarse la primera Monobloc de la historia, pero no pasó del prototipo.

En los años siguientes, los avances en los conocidos como termoplásticos permitieron industrializar este proceso.

Para ello se utilizaron pellets o pequeñas bolitas de material plástico como el polipropileno que, al calentarlas, se vuelven líquidas y pueden ser inyectadas en un molde. La tecnología permitía, además, fabricar estos muebles en llamativos colores.

Producto de esta innovación son iconos del diseño industrial como la silla Panton, creada por el diseñador danés Verner Panton entre los años 1958 y 1967; la silla Bofinger (1964-1967), del arquitecto alemán Helmut Bätzner; la Selene (1961-1968), del diseñador italiano Vico Magistretti o la Universale (1965), del también italiano Joe Colombo.

Un hombre alquila sillas en una playa de Cartagena, en Colombia.
Jeffrey Greenberg/Universal Images Group via Getty Images
Las Monobloc son un elemento común en el paisaje playero, como es esta de Cartagena de Indias, en Colombia.

Todas estas piezas son hoy objetos de deseo de coleccionistas, amantes del diseño y el interiorismo, sillas que pueden verse en museos y en hogares sofisticados.

¿Cómo se pasó entonces de la Panton o la Bofinger a la humilde silla de plástico de la sala de espera?

Fabricar esas piezas, aunque ya se hacía de manera industrial, seguía siendo caro. No fue hasta 1972 que el ingeniero francés Henry Massonet creó su Fauteuil 300 (sillón 300), que se considera, según el Vitra Design Museum, el arquetipo de la silla de plástico barata.

Al mejorar la eficiencia del proceso de fabricación, Massonet logró reducir la duración del ciclo de fabricación a solo 2 minutos y la comercializó a través de su compañía STAMP.

La Fauteuil 300 tenía brazos y se parecía mucho a las Monobloc de hoy, aunque no fue demasiado popular en un primer momento. La mala suerte hizo coincidir su aparición con la primera gran crisis del petróleo.

"Si bien los muebles de plástico habían sido un presagio de futuro, ahora se veían cada vez más negativamente, como resultado no solo del aumento del precio de la materia prima, sino también de una nueva conciencia medioambiental", explica su descripción en el Vitra Design Museum.

Un hombre lleva una pila de sillas Monobloc.
Andrew Woodley/Education Images/Universal Images Group via Getty Images
Su ligereza y apilabilidad hacen muy popular a la silla Monobloc.

Massonet, sin embargo, nunca patentó su invento, señala Paola Antonelli, que dirige el departamento de Arquitectura y Diseño del MoMA, y esto permitió que otras muchas empresas copiaran su proceso de fabricación y su modelo, que fue modificándose una y otra vez.

En la década de 1980, el grupo francés Grosfillex logró fabricar su silla de jardín de resina a tan bajo costo que pudo lanzarla al mercado a precios muy competitivos, multiplicando exponencialmente su popularidad y convirtiendo a la Monobloc en el producto de masas que es hoy.

Una silla para la vida

Haz un repaso a tus álbumes de fotos, como hizo Bad Bunny. Seguro que en más de una aparece esta icónica silla, ya sea en tu entorno doméstico como en las imágenes de tus viajes más exóticos.

Igual la encuentras en la medina de Rabat que en un mitin político en Marsella, en un restaurante callejero de Pekín, revestidas de tela en un banquete de boda en Buenos Aires o en la calle de un pueblo mediterráneo, donde las vecinas las sacan por la tarde a la acera para charlar a la fresca y ver pasar las horas y la vida.

Y no solo las hay blancas. Se fabrican en muchos colores, con diseños diferentes, con brazos y sin brazos, y en calidades distintas.

Más de una pata se ha quebrado en los modelos más económicos al ser desafiada por un usuario robusto o al que le gusta balancearse. Otras, sin embargo, duran décadas: las de la casa de mis padres siguen, desde hace más de 40 años, juntándonos a la mesa a toda la familia cada verano.

Un hombre pasa delante de un café callejero en El Cairo, Egipto.
Stuart Freedman/In Pictures Ltd./Corbis via Getty Images
Busca entre tus fotos a ver si encuentras una de estas sillas, en tu entorno o en tus viajes, como en este café de El Cairo, Egipto.

Se calcula que cuesta unos US$ 3 fabricarla, y en muchos sitios se vende por apenas US$10, lo que hace que esta silla sea ubicua.

Pero diez dólares no valen lo mismo en Accra que en Berlín y, por esto, mientras en algunas sociedades ricas es un objeto que en cuanto se estropea se tira, en muchos otros sitios se repara y adapta a las necesidades de sus usuarios.

Sillas blancas de plástico recosidas con alambre o entablilladas son moneda común en los barrios más humildes y en zonas rurales de muchos países.

Según Paola Antonelli, la silla Monobloc encarna una paradoja:

"En algunos países, se produce en masa y se deshecha rápidamente, mientras que en otros se valora y repara, reflejando diferentes percepciones de su valor. Su naturaleza multifacética simboliza la compleja cultura de consumo en el mundo de hoy".

Una silla Monobloc rota.
Getty Images
En muchos sitios, el hecho de que a la silla se le haya roto una pata no significa que haya que tirarla…

Para el teórico social Ethan Zuckerman, algunos objetos "han alcanzado tal nivel de perfección en su diseño que no necesitan adaptarse para tener éxito, tanto en África como en los barrios residenciales de Estados Unidos"

En su ensayo "Esas sillas blancas de plástico – El Monobloc y el objeto sin contexto", Zuckerman, quien dirigió el Centro para los Medios Cívicos del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), lanza una advertencia para los críticos de los objetos como esta popular silla.

"Despreciarlos es un riesgo: los objetos independientes del contexto como la Monobloc han alcanzado una fama mundial que pocos seres humanos podrían siquiera soñar".

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BBC

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