Cuando tenía 19 meses, una breve enfermedad dejó sorda y ciega a Helen Keller, antes de que pudiera aprender a hablar o siquiera saber qué era una palabra.
En 1887, cuando tenía 6 años, sus padres contrataron a una maestra llamada Anne Sullivan, quien intentó enseñarle palabras trazando las letras en las palmas de sus manos.
Aunque aprendió varios trazos de esta manera, "no sabía que estaba deletreando una palabra ni siquiera que existían las palabras", explicó Helen más tarde.
Un día, Helen y Anne tuvieron problemas con las palabras 'taza' y 'agua'. Helen no pudo relacionar los trazos con sus respectivos objetos, hasta que a Anne se le ocurrió llevarla al pozo y le indicó que sostuviera su taza bajo el grifo mientras ella bombeaba agua.
Mientras el agua caía sobre la taza y la mano de Helen, Anne trazó las letras w-a-t-e-r (a-g-u-a) en la otra mano de Helen.
"Me quedé inmóvil, con toda mi atención fija en los movimientos de sus dedos", contaría Helen.
"De repente sentí una vaga conciencia, como de algo olvidado, una emoción de un pensamiento que regresaba; y de alguna manera se me reveló el misterio del lenguaje. Supe entonces que "w-a-t-e-r" significaba esa maravillosa y fresca sensación que fluía sobre mi mano. ¡Esa alegría viva despertó mi alma, le dio luz, esperanza, gozo, la liberó!".
En ese instante asombroso, escriben John Kounios y Mark Beeman en The Eureka Factor (El factor Eureka), Helen comprendió que esos trazos en su mano representaban cosas del mundo, y que podía usarlos para pensar y comunicarse.
Fue un momento ¡ajá! en estado puro, también conocido como el efecto o momento Eureka.
"Es una idea o perspectiva nueva que llega de forma abrupta, a menudo irrumpiendo en el flujo continuo del pensamiento, ya sea mientras intentamos resolver un problema o de manera espontánea", explican Kounios y Beeman, neurocientíficos y psicólogos cognitivos.
Puede sorprenderte al meterte en una tina, como le ocurrió a Arquímedes al descubrir el famoso principio que lleva su nombre, o sentado en un jardín, como le sucedió a Newton, cuya célebre manzana lo llevó a preguntarse por qué los objetos caen siempre hacia la Tierra.
Quizás esas historias tengan algo de leyenda, pero ilustran cómo los momentos ajá a veces dan una solución súbita a un problema concreto, como en el caso de Arquímedes; otras, revelan una noción por desarrollar, como ocurrió con Newton y la ley de gravitación universal.
En ocasiones, también, reencuadran por completo una manera de ver el mundo, como ocurrió con lo que Albert Einstein llamó su "pensamiento más feliz": imaginar que una persona en caída libre no siente su propio peso desencadenó una serie de razonamientos que abrieron el camino hacia la teoría de la relatividad general.
Lo maravilloso es que esos destellos geniales no sólo los tienen los genios.
Y tú, probablemente, los has tenido.
Un estornudo
"Un momento ajá no tiene que ser algo que cambie el mundo. Puede ser algo muy ordinario o pequeño que le ayude a una persona a resolver algo cotidiano, como ingeniarse un truco para que un niño coma verduras", le dijo John Kounios a BBC Mundo.
"Pero la gente a menudo no reconoce esos momentos de ajá, ni siquiera cuando tienen uno brillante".
Y eso a pesar de que tenemos un montón de frases que los delatan.
¿Recuerdas momentos en los que "de repente todo encajó" o te "cayó la ficha"; quizás se te "prendió el foco", "tuviste una epifanía" o viste algo "con otros ojos".
Todas esas expresiones, dice Kounios, apuntan a lo mismo: la experiencia repentina de entender algo que antes no entendíamos, ver de manera nueva algo familiar o combinar elementos conocidos para producir algo nuevo.
Son, en sus palabras, "saltos cuánticos de pensamiento".
Pero no toda buena idea es un momento ajá: la clave está en cómo aparece.
Aunque en la cultura popular a veces se usa el término para describir cualquier idea importante o impactante, en psicología, explica Kounios, tiene un significado más preciso: se refiere a una solución o idea que emerge de forma súbita en la conciencia, generalmente de manera inesperada y como resultado de procesos inconscientes.
No basta con tener una idea; debe aparecer de golpe.
Es por eso que a veces parecen salir de la nada.
"Una noche me dormí y soñé con una melodía", recordó, en un episodio de su podcast el legendario músico Paul McCartney. "Al despertar, pensé: 'Me encanta, es genial’".
Durante un tiempo creyó que la había escuchado antes en alguna parte. Pero no. La melodía de Yesterday, una de las canciones más recordadas de The Beatles, fue, literalmente, soñada.
Pero los conocimientos -o en este caso, las notas- estaban ahí, a la espera de esa luz de la que hace 2.400 años habló el filósofo Aristóteles.
En De Anima sostuvo que nuestra mente cuenta con un intelecto agente capaz de darles sentido a los datos brutos, permitiéndonos captar verdades universales, resolver problemas y comprender la esencia de las cosas.
Así como la luz hace visibles los colores que están presentes pero ocultos a la vista, explicó, ese intelecto hace comprensibles ideas que están latentes.
Eso puede ocurrir a través del pensamiento analítico, que es consciente y deliberado, o con una "iluminación súbita", en palabras del matemático francés Henri Poincaré, quien observó que algunas de sus ideas más importantes aparecían de forma repentina en la conciencia tras un prolongado trabajo inconsciente.
A veces, esos momentos ajá son precedidos por un fenómeno que, según Kounios y Beeman, "se siente como si una idea estuviera a punto de estallar en la conciencia, casi como cuando estás a punto de estornudar".
"Los psicólogos cognitivos llaman a esta experiencia 'intuición', entendida como la conciencia de que hay información presente en la mente inconsciente -una nueva idea, solución o perspectiva- sin que se tenga acceso consciente a dicha información, al menos hasta que aflora en la conciencia".
El momento ajá sería entonces el estornudo.
Jugando
Los psicólogos de la escuela de la Gestalt, surgida en Alemania a comienzos del siglo XX, fueron los primeros en estudiar sistemáticamente lo que hoy los investigadores llaman en inglés insight o comprensión súbita.
Pero si los momentos ajá son tan elusivos y espontáneos, ¿cómo podían observarlos en un laboratorio?
De la manera más lúdica: mediante figuras ambiguas e ilusiones perceptivas, como el cubo de Necker, que pueden provocar una repentina reestructuración de lo que creemos estar viendo.
"Es una ilusión óptica porque lo ves como un cubo, aunque sea una imagen plana", precisó Kounios.
Lo interesante es que puede percibirse de dos maneras distintas, y el instante en que una interpretación cede súbitamente el paso a la otra produce un momento ajá.
El cubo parece 'invertirse' de pronto, pasando de apuntar hacia abajo a apuntar hacia arriba:
Interesados en cómo la mente organiza e interpreta patrones, los gestaltistas utilizaron ese tipo de herramientas para mostrar que a veces un problema parece irresoluble porque lo estamos interpretando de forma equivocada. La solución surge cuando logramos reestructurarlo y verlo desde una nueva perspectiva.
Sus experimentos fueron los primeros en sugerir que estos momentos de comprensión súbita están impulsados por procesos inconscientes.
En las décadas siguientes, los psicólogos cognitivos siguieron estudiándola, pero a comienzos de los años 90 el campo se estancó y algunos investigadores empezaron a dudar de que el insight fuera un proceso mental distinto.
Según ellos, lo único distinto era cómo lo experimentaba la persona.
Los momentos Eureka, argumentaban, no eran más que cuentos de hadas.
Y entonces apareció la varita mágica: las técnicas de neuroimagen permitieron, por primera vez, asomarse al cerebro en el instante mismo en el que una idea emerge en la conciencia.
Para estudiarlas, Kounios y Beeman registraron con electroencefalogramas e imágenes por resonancia magnética funcional la actividad cerebral de voluntarios mientras resolvían acertijos verbales.
Eran pruebas sencillas, porque cada participante debía resolver muchas para que los resultados fueran estadísticamente significativos.
Les daban tres palabras y tenían que pensar en una cuarta palabra que pudiera usarse para formar una palabra compuesta o frase familiar con cada una de las tres palabras dadas.
Por ejemplo: si te digo "razón", "sabor" y "sentido"… ¿cuál sería la cuarta?
Pero más importante aún es ¿cómo llegó la respuesta? ¿De golpe o probando varias hipotesis hasta descubrir que era "sin"?
Los voluntarios informaban si habían obtenido las respuestas mediante análisis deliberado o insight.
"Cuando observamos la actividad cerebral asociada a soluciones que la gente etiquetó como momentos ajá frente a aquellas que etiquetaron como analíticas, vimos diferencias muy consistentes y sistemáticas en la actividad cerebral, así que hay diferentes mecanismos cerebrales asociados a esos dos tipos de soluciones".
No solo confirmaron que los momentos ajá no eran ningún cuento de hadas; también lograron capturarlos en acción, localizando dónde y cuándo surgían en el cerebro.
"También existen otras diferencias", señaló Kounios.
"Si antes de darte un acertijo te pido que recuerdes tres palabras, eso interferirá con el razonamiento analítico, que requiere atención y memoria de trabajo", explicó. "El insight, en cambio, surge de procesos inconscientes. No le importa lo que esté ocurriendo en tu conciencia en ese momento".
Estudios posteriores sugieren que los momentos ajá nos alegran, dejan huella en la memoria, aparecen cuando la mente por fin afloja y producen una satisfacción que no necesita premio.
"Una ráfaga de alegría"
Un momento ajá puede durar apenas un segundo, pero sus efectos suelen ir más allá.
"Te dan una ráfaga de alegría", dice Kounios. "Hay pequeños momentos ajá y hay grandes. Los grandes pueden hacerte sentir bien durante mucho tiempo; los pequeños, quizás solo por un rato".
Además dejan huella. Quizás porque llegan de golpe, pero también porque traen consigo una mezcla poderosa de sorpresa, claridad y emoción. Algo hace clic y lo que se entiende de ese modo tiende a quedarse en la memoria.
De ahí que Kounios vea en estos destellos un posible valor práctico para la enseñanza.
"Si simplemente le presentas una idea a un estudiante, tal vez la recuerde, tal vez no. Pero si logras que entienda esa idea a través de su propio momento ajá, es más probable que la recuerde después".
Y si eso pudiera fomentarse de manera más sistemática en educación, cree Kounios, los beneficios podrían ser reales: no solo porque los estudiantes recordarían más, sino porque también disfrutarían más el proceso.
"Es divertido tener un momento ajá". Y eso importa: cuando entender algo produce placer, da más ganas de seguir pensando.
Eso es algo que Kounios ha visto de cerca: en algunos experimentos, al terminar las pruebas, varios participantes "las disfrutaron tanto que querían seguir, sin pago ni nada. A la gente le gustan los rompecabezas. Le gusta leer novelas de misterio. Le gustan los momentos ajá".
Lo curioso es que a menudo aparecen cuando dejamos de buscarlos.
Quizás te ha pasado. Llevas rato atascado con una idea, una palabra, una solución. Le das vueltas y nada. Entonces te vas a bañar, sales a caminar o te distraes con cualquier cosa, y justo ahí, sin avisar, aparece. Como si la mente hubiera seguido trabajando por debajo mientras tú estabas en otra parte.
Por eso, cuando alguien se bloquea, uno de los consejos más repetidos es justamente alejarse un rato del problema. En psicología, a eso lo llaman "incubación": un período en el que la atención consciente se afloja, pero el cerebro, al parecer, no suelta del todo el hilo.
Para Kounios, "hay muchas razones para seguir explorando los momentos ajá", pues pueden dar lugar a un avance científico, una idea de negocio, una canción o una novela. O brindar una perspectiva transformadora sobre un dilema personal.
Él mismo tuvo su propio momento ajá.
"Lo recuerdo muy bien: fue en 1999. Yo había trabajado sobre todo en los mecanismos cerebrales de la memoria, pero quería dedicarme a algo distinto, un terreno casi inexplorado.
"Llevaba semanas pensándolo cuando, un día, sentado frente a una computadora en el campus, se me ocurrió de golpe que debía estudiar la neurociencia de la creatividad. Esa idea cambió el rumbo de mi carrera".
Y lo llevó a estudiar los momentos ajá.
En el caso de Helen Keller, aquel instante asombroso con el agua corriendo por sus manos, no fue solo la comprensión súbita de una palabra. Fue la apertura de un mundo.
Se convirtió en la primera persona sordociega en obtener un título universitario, escribió libros, fue amiga de Mark Twain, Alexander Graham Bell y Charlie Chaplin, y recibió la Medalla Presidencial de la Libertad.
Y todo empezó en un pozo, con Anne Sullivan, y un momento ajá.
Gráficos: Daniel Arce-Lopez, del equipo de Periodismo visual de BBC News Mundo.
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