Vestidos de camuflaje y boinas verdes, el mayor Oleksandr Ivanov y su esposa, Nelly, sonríen para tomarse una selfie mientras abrazan a su hijo pequeño, Demid, con un chaleco blanco, en 2020.
Oleksandr Ivanov’s Instagram
"Cuando un cautivo cree que alguien lo está esperando en su casa, crea un Patronus tan fuerte que ningún dementor puede abrirse paso", dice Oleksandr.

Durante 1.495 días, el mundo del mayor Oleksandr Ivanov se redujo a un cubículo de hormigón.

Este infante de marina ucraniano fue capturado durante los combates por la ciudad de Mariúpol y encarcelado en una celda húmeda y gris de una colonia penal rusa.

No tenía contacto con el mundo exterior ni forma de saber si su país seguía en pie, o siquiera si su esposa y su hijo pequeño estaban vivos.

Pero, en medio de aquellos días oscuros, encontró algo que le ayudó a mantener vivo el espíritu.

Antes de la invasión rusa a gran escala de Ucrania, Oleksandr era un hombre entregado a su deber, que servía como mayor en la 36.ª Brigada de Infantería de Marina.

Sin embargo, la primavera de 2022 lo cambió todo.

Cuatro años en una celda rusa

Su último recuerdo de la ciudad ocupada de Mariúpol no era de tácticas de combate, sino del "olor a muerte que impregnaba el aire".

Su esposa, Nelly, recuerda aquella última y angustiosa llamada.

"Me dijo: 'Esta es la última vez que tendré contacto contigo’", relata ella.

Días después, un breve mensaje de texto confirmó que había sido capturado.

Una fotografía de un edificio que las fuerzas rusas supuestamente usaron como prisión en Izium antes de retirarse de la región ucraniana de Járkov, en septiembre de 2022, muestra una celda pequeña y oscura, con pintura desprendida de las paredes, dos camas con colchones sucios y un pequeño trozo de tela que cubre parcialmente la ventana.
Metin Aktas / Anadolu Agency via Getty Images
Oleksandr y sus compañeros de celda pasaron la mayor parte del tiempo de pie.

Oleksandr pasó tres de sus cuatro años de cautiverio en una colonia de la región rusa de Mordovia.

Estaba recluido en una celda pequeña junto a otras ocho personas, que pasaban la mayor parte del tiempo de pie.

La celda contaba con un inodoro y un lavabo de agua fría, una pequeña pastilla de jabón, un tubo de pasta de dientes y un único rollo de papel higiénico que debían compartir entre todos cada semana.

Una vez cada tres o cuatro días se les permitía caminar durante un periodo de entre dos y cinco minutos.

Recibían comida caliente tres veces al día, pero su calidad y cantidad eran tan deficientes que Oleksandr perdió 30 kilos durante su cautiverio.

Los guardias quemaban la correspondencia que llegaba para atormentar a los prisioneros, mientras una radio emitía propaganda incesante afirmando que Ucrania había dejado de existir.

Durante el último año, las condiciones mejoraron ligeramente y se redujo la frecuencia de las inspecciones, en las que a menudo se burlaban de los prisioneros.

A lo largo de esos cuatro años, Oleksandr solo logró enviar un mensaje de voz a su esposa. Los guardias le permitieron dictar tres oraciones.

Al día siguiente, recibió una respuesta igual de breve. Ella le contó que habían celebrado el cumpleaños de su hijo, ido al cine y visitado la guardería.

"Me di cuenta entonces de que, si los niños de Mykolaiv —no muy lejos del frente— iban al cine, eso significaba que todo estaba bien en Ucrania", explica.

Con una camiseta roja, Oleksandr Ivanov es uno de los 13 niños y niñas que están de pie, en tres filas, detrás de atriles blancos, frente al público de un estudio de televisión sentado en gradas. Una presentadora adulta, vestida con una blusa color melocotón, está de pie en el centro, abrazando a dos de los niños.
Alexander Ivanov
Oleksandr (el primero por la derecha en la segunda fila) solo llegó a la primera ronda del concurso televisivo infantil The Smartest, en 2005.

Harry Potter en la prisión

Mientras tanto, Nelly recopilaba fragmentos de información sobre su marido.

Todo lo que averiguaba sobre su estado y sus movimientos provenía de soldados liberados en intercambios de prisioneros, quienes habían memorizado los números de teléfono de las familias de sus compañeros de cautiverio.

"Así fui haciéndome una idea gracias a gente que decía: 'Sí, estuvo aquí, luego estuvo en aquel otro sitio’", relata.

"De esa forma supe cómo estaba de salud", explica.

Un día, Nelly escuchó algo que le sacó una sonrisa: Oleksandr entretenía a sus compañeros de celda narrándoles la historia de Harry Potter.

"No me sorprendió", dice, "pero me alegró".

Pensé: 'Si está contando la historia de Harry Potter, quizá la situación no sea tan terrible’".

Oleksandr cuenta que una de las formas de presión psicológica durante el cautiverio consistía en prohibir a los prisioneros hablar entre sí.

Pasaban casi todo el tiempo en sus celdas —desde que se despertaban hasta que se acostaban— de pie y en silencio.

Pero, un día, Oleksandr confesó a sus compañeros de celda que era fan de Harry Potter y ellos le pidieron que les contara la historia.

Puso una condición: narraría los siete libros de memoria y con la mayor fidelidad posible. Todos aceptaron.

Una imagen compuesta estilizada muestra la cabeza y los hombros del mayor Oleksandr Ivanov, calvo y vestido de verde, delante de la portada "Harry Potter y la cámara secreta de JK Rowling".
Angelina Korba / BBC Collage

La saga de Harry Potter, de la autora J. K. Rowling, llegó a la vida de Oleksandr de forma inesperada.

En 2005, cuando cursaba séptimo grado, participó en un concurso televisivo infantil y eligió al azar el tema de Harry Potter.

Fue eliminado en la primera ronda, pero la saga lo cautivó para siempre y esperaba con ilusión cada nuevo libro.

Más tarde, leyó Harry Potter y la Orden del Fénix —la quinta entrega— en un solo día.

Años después, cuando ya era universitario, los libros ayudaban a Oleksandr a matar el tiempo durante los largos trayectos por Kyiv.

"Seguí leyendo Harry Potter y resultó que lo había memorizado", comenta.

El mayor Oleksandr Ivanov exhibe símbolos del universo de Harry Potter, como una varita y el número nueve y tres cuartos tatuados en la parte interna de su antebrazo.
Oleksandr Ivanov
Los guardias que reconocieron los tatuajes de Harry Potter de Oleksandr empezaron a mostrar "un grado de humanidad".

Las historias cautivaban de igual manera a quienes lo escuchaban en prisión: hombres de todas las edades, desde abuelos hasta jóvenes reclutas. Durante cinco o seis horas al día, Oleksandr susurraba las aventuras de los héroes de Hogwarts a su audiencia.

Lo hacía como si fuera un audiolibro: generaba suspense, hacía pausas en momentos clave y dejaba la trama en vilo.

"Tras treinta minutos de publicidad, sabrán qué sucede a continuación", decía.

A veces, Oleksandr se dejaba llevar por el entusiasmo y sus compañeros de celda lo calmaban para evitar llamar la atención de los guardias.

Al cabo de un mes llegó al final, pero su audiencia le pidió que volviera a empezar.

Durante esas pocas horas al día, los reclusos ya no se sentían en una prisión de Mordovia, sino en los pasillos de Hogwarts.

Con un disfraz de Harry Potter (capa negra, gorro de lana y bufanda con los colores amarillos y burdeos de la casa Gryffindor y gafas negras), sostiene una varita de juguete y con la otra mano bien abierta, Demid, el hijo del mayor Oleksandr Ivanov finge lanzar un hechizo.
Nelly Ivanova
El hijo de Oleksandr, Demid, lanzando "un hechizo" para que su padre volviera de su cautiverio.

"Nos sentíamos como prisioneros en Azkaban, con los dementores (los villanos de los libros) fuera de la celda", cuenta Oleksandr.

"¿Y cuál es la mejor forma de combatir a los dementores? Con un Patronus (una fuerza protectora que los ahuyenta)".

"Cuando un cautivo cree que alguien le espera en casa, se genera un Patronus tan poderoso que ningún dementor puede atravesarlo", concluye.

El regreso

Los conocimientos de Oleksandr sobre Harry Potter incluso influyeron en su relación con los guardias de la prisión.

Cuando algunos de ellos reconocieron los tatuajes inspirados en los libros que llevaba en el cuerpo, mostraron lo que él describe como "cierta humanidad" y empezaron a hablarle con mayor normalidad.

Mientras tanto, Nelly seguía haciendo campaña por la liberación de su marido.

Con un jersey y pantalones azules, el mayor Oleksandr Ivanov está sentado en un banco del parque entre su esposa, Nelly, con una camiseta gris antracita y unos vaqueros azules, y su hijo pequeño, Demid, con pantalones negros y una camiseta azul a rayas con letras rojas, todos sonriendo y abrazándose.
Nelly Ivanova
Oleksandr se reunió con su familia en mayo de este año.

Escribió a J. K. Rowling para contarle cómo Oleksandr había relatado los libros durante su cautiverio y cuánta esperanza les habían aportado.

"Creemos que se puede encontrar la felicidad incluso en los momentos más oscuros, si uno recuerda encender la luz", escribió, y añadió: "Oleksandr se ha convertido en esa luz para muchos otros".

No hubo respuesta, pero el milagro que Nelly tanto había pedido en sus oraciones finalmente se produjo.

El 15 de mayo de este año, recibió un mensaje de la Sede de Coordinación para el Trato de Prisioneros de Guerra de Ucrania: Oleksandr regresaba a casa tras ser liberado en un intercambio de prisioneros.

Poco después, se reencontró con su familia.

Ahora, inmerso en su recuperación, intenta recuperar los cuatro años de tiempo perdido.

Cuenta que ha recibido cientos de mensajes de apoyo, así como paquetes con objetos relacionados con Harry Potter enviados por personas que conocieron su historia.

"No tengo palabras para expresar lo que esto significa para mí", afirma.

Y sentencia: "Estoy agradecido a todos y orgulloso de formar parte de este país".

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BBC

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